Marcela Noriega: ‘La verdad está en el otro, no en el periodista’


Publicado en Diario La Hora, 17 de junio de 2019

Sección CULTURA

Por Abril Altamirano

VPC PORTADA

“La crónica te pasa factura en tu propia vida”, dice Marcela Noriega en su última obra: ‘Vivir para contar’, material de su taller de crónica dirigido al público juvenil. Desde 2009, la periodista y escritora guayaquileña encontró en este género la oportunidad de desarrollar una escritura involucrada con la gente, que devino en grandes cambios no solo en su carrera profesional, sino también en su percepción del mundo.

La principal enseñanza que le dejó el periodismo narrativo es el trabajo con la empatía: “Si no puedo sentir lo que el otro está sintiendo, no puedo escribir”, afirma. “Lo que hago es abrirme totalmente al sentimiento y que la historia me conmueva lo que me tenga que conmover”.

Noriega corre el riesgo de enfrentarse a la realidad ajena en total vulnerabilidad. “El cronista necesita sentir y cuando empiezas a escribir inicia una suerte de catarsis, empiezas a liberar ese dolor que no es tuyo realmente, sino del otro”.

El cronista, una presencia silenciosa
Para Noriega, encontrar la verdad en una historia depende por completo de la capacidad del cronista de escuchar y “privilegiar la voz del otro”, haciendo a un lado el ego y las ideas preconcebidas: “La verdad está en el otro, no en el periodista”, sostiene.

En una de sus crónicas más fuertes, ‘Puná Vieja, la tierra del Tin Tin’ -publicada en Mundo Diners en 2015-, Noriega fue testigo de las escenas desgarradoras de la pobreza. Ella mismo vivió el terror por la inseguridad y la violencia que imperan en la isla ecuatoriana; sin embargo, en el texto su presencia es casi invisible. Los personajes de la historia tienen todo el protagonismo.

“Nos enfrentamos con mafiosos, con drogadicción, un panorama terrorífico, fuimos a buscar al diablo, al Tin Tin, y lo encontramos -cuenta la autora-. No podíamos dormir del miedo que teníamos. Nada de eso está en la crónica contado de esa manera, pero se percibe el terror y eso es, yo creo, ese proceso de dejar tu ego a un lado”. La realidad de la isla Puná está contada de boca de sus habitantes, de los jóvenes que se enfrentan a un futuro ineludible de precariedad y vicios, así como de las mujeres que conviven con criminales y buscan salvar a sus hijos de su propio destino.

“Es la visión de quienes están construyendo esa realidad, el periodista casi no puede intervenir en ella, solo está ahí para narrarla, para reconstruir los pedazos”.

 


Poesía en todas partes
Noriega se inició en la escritura como poeta. Jugar con las herramientas del lenguaje se convirtió en su técnica predilecta a la hora de abordar textos narrativos de ficción y no ficción. “Hay cosas que no las puedes decir de otra manera, sino a través de la metáfora. Cuando ésta toca una fibra sensible tuya, puede suceder lo mismo con el lector”.

Autora de varios cuentos, de la novela ‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’ y de los libros de crónica ‘Historias que contar’ y ‘Crónicas de San Bartolomé’, Noriega siempre vuelve a la poesía como un medio para expresar lo que el lenguaje común no alcanza a decir.

“Me di cuenta de que la poesía lo ligaba todo y le daba la emoción y la intención que necesitaba para construir una novela”, comenta. En los últimos dos años, se ha dedicado a escribir relatos cortos dirigidos al público infantil y juvenil.
Involucrarse en lo real
También ha trabajado en talleres con jóvenes de colegio, en los que imparte su método de ‘Escritura instrospectiva’: “Hago ejercicios para que se puedan conectar con su yo, que se aparten del ruido exterior, que entren en su ser creativo y desde ahí escriban”.

Su libro ‘Vivir para contar’ invita a los jóvenes a interesarse en la realidad de quienes los rodean. Más que un manual de crónica, la obra busca animar a los estudiantes a contar casos reales para sensibilizarlos. “Si ellos no se involucran con la realidad, ¿qué futuro hay? La idea es dejar de estar tanto en las nubes, en los jueguitos, en la pantalla, y poner los pies en la tierra”.

FRASE

Quiero que los jóvenes no se lo planteen como: ‘voy a escribir una crónica’; sino como: ‘quiero contar algo real’.  Marcela Noriega, periodista y escritora. 

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Cuando vives la crónica en carne propia


CAPÍTULO VI

SIN CONFLICTO, NO HAY HISTORIA

Libro de Crónicas “VIVIR PARA CONTAR”

 

Probablemente se trata del género más difícil de dominar.

De hecho, en un periódico de prestigio

una crónica no la hace cualquiera.

Álex Grijelmo

Cuando escribes una crónica, siempre es recomendable que haya un conflicto. Es decir: obstáculos entre el personaje y sus metas, enfrentamientos con otros seres o, a veces, consigo mismo, choques con su entorno, limitaciones, diferencias con sus familias, etc. Si te das cuenta, la vida está llena de conflictos.

Entrar tan profundamente en los conflictos de los demás es, sin duda, la prueba de fuego para cualquier cronista. Tus nervios tienen que ser de acero y, aun así, estarás caminando sobre espinas y minas. Esta es la causa por la que muchos cronistas se meten en problemas. La crónica te pasa factura en tu propia vida.

Un ejemplo clásico de esto es lo que le ocurrió a Truman Capote, quien se dedicó seis años a investigar el crimen ocurrido en un pueblo rural, en Kansas, Estados Unidos, para escribir A sangre fría[1]. Capote se fue a vivir a este pueblo para seguir de cerca los acontecimientos. Puedes ver esto en la película Capote[2]. Los asesinos fueron sentenciados a pena de muerte y el escritor desarrolló un fuerte vínculo con uno de ellos, relación que lo llevó a plantearse temas de ética muy profundos. Capote decía que, por causa de esta historia, él enfermó y aumentó su adicción al alcohol y a las drogas, sumiéndose en una profunda depresión.

Salvando las distancias con Truman Capote, yo también, como cualquier otro cronista al que le apasiona el oficio, he vivido episodios de angustia, tristeza profunda o desasosiego a causa de los temas que he investigado.

La crónica de este capítulo es un ejemplo de aquello. Me enfoqué en la parte turbia de la isla Puná (Puná Vieja), donde se concentran todos los problemas de insalubridad y drogadicción. No solo tuve problemas con las personas del lado opuesto de la isla, donde se desarrollan proyectos turísticos, quienes llamaron a reclamar a la revista por mis observaciones tan crudas acerca del pueblo, sino que quien me dio la mayor cantidad de información, se retractó de lo dicho, y estaba furiosa porque yo había publicado todo lo que ella me había contado.

Pero los conflictos de la crónica siguieron al plano personal, pues terminé perdiendo a un amigo por esta historia. Él era el editor y yo la cronista, y no lográbamos ponernos de acuerdo en la escritura. Realmente, yo tenía la mente revuelta y no podía escribir decentemente en esos días. Esas cosas pasan. Pero debo decir que esta crónica fue reescrita por mi amigo Juan Fernando Andrade[3], en base a la investigación que hice. La historia, al final, fue publicada por la revista Diners.

Y es que donde hay conflicto, hay buenas historias, pero cuidado: ¡hay trampa! Estas historias te pasan factura a nivel emocional y personal. Es decir, que si vas a buscar al diablo, lo vas a encontrar.

[1]             Esta novela, considerada la primera del género non-fiction novel o novela periodística, es mezcla de la inventiva del reportaje verídico con la inventiva de la ficción. A sangre fría es una seductora versión de los asesinatos cometidos por dos sociópatas en el estado de Kansas. Capote, al conocer la noticia, decidió investigar por su cuenta las circunstancias. Pasó seis años escuchando, haciendo cientos de entrevistas a vecinos, a los policías encargados del caso, a los amigos íntimos de la familia Clutter; en total, más de seis mil folios de información.

[2]             Capote (2005) es una película dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Philip Seymour Hoffman, quien ganó el Óscar al mejor actor por esta interpretación.

[3]    Escritor, guionista de cine, cronista. Director adjunto de la revista Diners en Ecuador.

Puná Vieja, la tierra del Tin Tin 

Publicado en la revista MUNDO DINERS en Abril 2015, # 395.

Fotografía: Mauro Sbarbaro

puna vieja foto Mauro 2

Hay rincones del mundo donde eso que alguna vez se conoció como “realismo mágico” limita hombro a hombro con las realidades de nuestro siglo, donde personajes como el Tin Tin o el mismísimo diablo conviven con adolescentes que consumen drogas desde los doce años y se reproducen por accidente. La isla Puná es uno de esos lugares.

 

Parte 1: La llegada

Las lanchas, impulsadas por tres motores fuera de borda, tardan menos de una hora en llevar pasajeros desde el malecón de Posorja hasta la isla Puná, en el golfo de Guayaquil, frente al delta que forman el río Guayas y el estero Salado. El boleto de ida y vuelta cuesta cinco dólares. Al llegar, los pasajeros desembarcan en Puná Nueva, la esquina de la isla que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un atractivo turístico con hoteles ecológicos a disposición de los viajeros, un puente futurista cuyo esqueleto de metal se alza como un arco que apunta hacia las nubes, aves marinas de todos los colores descansando en las copas de los árboles y delfines con nariz de botella haciendo acrobacias cerca de la orilla. Puná Vieja, donde se concentra la población de esta isla de más de 900 kilómetros cuadrados de extensión, está a una hora y media de distancia. Allí, el paisaje es otro. Allí, la historia es distinta.

 

Parte 2: Puná Vieja en plano general

El hedor putrefacto y jugoso de la basura acaba con cualquier rastro de brisa que intente siquiera llegar desde el río. La gente mira a los extraños con abierta desconfianza y les advierten, en un tono más bien amenazante, que se calmen, que no se preocupen, que nadie les va a robar. La miseria brota incontenible por las paredes cuarteadas de las casas y, como si se tratara de una especie de claustro para marginados, es imposible no fijarse en la cantidad de personas con deformidades físicas y niños con algún grado de retardo mental que vagan a paso relajado. Hay solo unas cuantas calles que han sido bendecidas con el manto del asfalto; muros donde se puede leer propaganda política de la primera campaña de León Febres-Cordero por la alcaldía de Guayaquil, ruinas arqueológicos que datan de 1992, y perros sarnosos, agonizantes, en busca de su última cena. La sensación térmica es que nadie quiere vivir aquí, que lo hacen porque no les queda otro remedio.

Puná Vieja foto de Mauro Sbarbaro

 

Parte 3: Una entre ocho mil

Los cerdos que resguardan la casa de Ángela Parra tienen, todos, una soga atada al cuello, una soga corta que limita sus movimientos a una sola maniobra: bajar la cabeza para seguir mojando sus hocicos en el lodo. Detrás de la casa, está el basural de Puná Vieja, el lugar donde desembocan los ríos de basura del pueblo, una redundancia en sí mismo. Ángela está sentada en un mueble de la sala de su casa, tiene una pose de matrona y un dolor de cabeza que piensa curar con un poco de café caliente. Más tarde, en la esquina de una cancha deportiva en decadencia, dos adolescentes que no pasan de los diecisiete años comen galletas, toman gaseosas: pierden el tiempo en silencio. Dicen que no van al colegio “porque ya casi nadie va”, que pasan el día durmiendo, viendo televisión y escuchando reguetón. “Pero eso no es todo lo que hacen”, dice Ángela, “también se drogan”. La edad promedio para empezar a consumir drogas en Puná bordea los doce años.

puna vieja foto Mauro Sbarbaro

Parte 4: La misión

Ángela Parra tiene una misión: rescatar a los jóvenes de Puná. ¿Rescatarlos de qué? Rescatarlos de Puná, ¿de qué más? Todos los años, Ángela reúne estudiantes que se hayan graduado de bachilleres y los ayuda a realizar los trámites pertinentes para que entren en la Armada Nacional. Esta, por ahora, parece ser su única salida. Allí pueden recibir educación y alimentación gratuita; allí, tras dos años de preparación, se convertirán en marineros, luego ascenderán a cabo segundo y finalmente, en un año más, se especializarán: serán hombres-rana, paracaidistas o comandos. Así, en 36 meses, un joven que estaba condenado a una vida que se repite como una propaganda maldita, la de los hombres que pescan por la madrugada y se emborrachan por las noches, puede, si quiere, si no es arrastrado por el peso de la costumbre y la envidia de los otros, cambiar un futuro que le había sido arrebatado incluso antes de suceder.

 

Parte 5: El pasado, la prehistoria

En abril de 1531, llegó a la isla el tristemente célebre Francisco Pizarro, que venía desarmando el imperio inca con la complicidad de pequeños cacicazgos golpistas. Los nativos, llamados tumbes o punáes, hablaban una lengua distinta a la de sus compatriotas, pues habían logrado, batallas mediante, mantenerse como una tribu autónoma dentro del imperio. La tropa ibérica, sin embargo, se impuso con violencia y dejó como embajador itinerante al obispo Vicente de Valverde, dominico de la Universidad de Salamanca y capellán castrense del conquistador Pizarro. Durante su primera estancia en Puná, Valverde ordenó decapitar a los caciques locales y derribar los altares para Tumbal, el dios de Puná. Su segunda visita, en 1541, no fue tan placentera. Los nativos lo asesinaron con armas hechas con una especie de vidrio volcánico llamado obsidiana. Luego, en una celebración caníbal, se lo tragaron pedazo a pedazo.

 

Parte 6: El presente, ahora

En este pueblo de aproximadamente 8.000 habitantes, no hay centros comerciales ni teatros ni cines ni taxis ni lavanderías ni oficinas ni mensajeros ni supermercados ni gasolineras ni bancos ni plazoletas ni cruz roja ni defensa civil ni hospitales ni restaurantes con terrazas al sol ni pizzerías ni yogur con pan de yuca ni carros ni semáforos ni señales de tránsito ni camiones recolectores de basura ni jugueterías ni boutiques ni centros de trabajo comunitario ni centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos ni federaciones deportivas ni asambleas de vecinos ni bibliotecas ni cursos vacacionales de arte ni conservatorios de música ni centros de educación superior ni institutos que ofrezcan carreras técnicas y rápidas ni consultorios o médicos del seguro social ni carreteras revolucionarias ni escuelas del milenio ni asociaciones que defiendan los derechos de los animales ni un repelente para el abandono.

 

Parte 7: El diablo

Si algo hay en este escollo del mundo, son demonios. En el parque de Puná Vieja, cerca de la iglesia del pueblo, donde los niños juegan montados en artefactos desfigurados por el tiempo y afilados por el óxido, máquinas capaces de producir cantidades iguales de alegría y tétano, Milithzy Yánez y Mairoli Ramírez, dos niñas de nueve años que estudian el quinto grado en la escuela Nahím Isaías, hablan del más famoso de sus vecinos mientras suben y bajan en un fierro crujiente. “El diablo se puede convertir en cualquier persona; a veces es un hombre alto, flaco, ojo verde; pero lo que nunca se puede sacar es el rabo”, dice Milithzy, y agrega: “Viene a llevarse gente. Se le presentó a mi prima Janeth, y a Yuli, otra niña, y dicen que a esa niña le salió un pájaro negro por la boca”. “Fue como hace un mes”, dice Mairoli, “yo estaba en la cancha y escuchaba cómo esa niña gritaba que Dios no tiene poder”.

 

puna foto Mauro Sbarbaro

Parte 8: El Tin Tin

Según la tradición oral, el Tin Tin es una criatura pequeña, una especie de duende que esconde su enorme cabeza bajo un sombrero de paja, tiene los pies al revés y un miembro tan grande que, dormido, le cuelga desde la cintura y se arrastra por el suelo como una serpiente parada de cabeza. Según los historiadores, este personaje fue una invención de las tribus del litoral ecuatoriano que, incapaces de relacionar las relaciones sexuales con la mágica aparición de sus crías, lo asumieron como el dios de la fertilidad (en chino, Tin significa Dios y refiere a un dios de dioses). Según los ateos, el Tin Tin era el pseudónimo que los sacerdotes que visitaban la isla usaban para explicar el incremento de mujeres embarazadas tras esas misiones donde regaban la palabra y, claro, el esperma (como la multiplicación de los panes y los peces en aquel monte cercano a Betsaida, digamos). Según Ángela Parra, el Tin Tin existe. Es más, ella lo conoció cuando era apenas una jovencita a la que le gustaba mucho pescar.

 

Parte 9: Después del atardecer

Amadita, Pepe Viche, Rosita, Ruta Azul, Peña Karaoke, El Reencuentro, El Pelucón, Don Chato y Foquito Rojo son algunas de las más de treinta cantinas que, pasadas las cinco de la tarde y hasta que el cuerpo aguante, reciben a los pescadores de la isla: hombres honrados y humildes de todas las edades que trabajan duro desde las horas más oscuras y silenciosas de la madrugada y luego, en una especie de venganza cargada de resentimiento y soberbia contra la solitaria jornada, beben procurando la amnesia temporal, como si quisieran olvidar que mañana, y pasado mañana, tendrán que pescar de nuevo. En la noche, borrachos y descamisados, estos hombres se pasean por las calles gritando y repartiendo golpes. En Puná, en toda la superficie de la isla, no hay más que tres policías, que, sabiamente, prefieren no interferir con las peleas entre los mareados para salvaguardar su integridad física. Es, por tanto, la ley de la selva.

Parte 10: Los chicos

Ulises Delgado, Jean Crespín, David Espinoza, Israel Gómez y Bryan Chávez son seis de los jóvenes que, con la ayuda de Ángela Parra y el magnate, filántropo y playboy Segundo Reyes Gonzabay, entrarán pronto a la Armada Nacional. “Aquí en la isla el peligro es caer en las drogas. Acá llega todo desde Balao, Naranjal o Guayaquil. Hay marihuana, cocaína, heroína, y también hay esa droga que llaman ‘cocodrilo’ (la alternativa barata a la heroína, una droga que, entre otros efectos secundarios, produce el desprendimiento de la piel)”, dice Ulises. “Aquí todos los días es sábado. Los niños a los doce años ya están bebiendo y consumiendo drogas, porque no tienen dónde distraerse”, dice Jean. “Los hombres se gradúan y se quedan a pescar. Las mujeres se gradúan con bombo (embarazadas)”, dice David. “Nosotros quisiéramos decirles que la felicidad no es la droga, no es el alcohol. Pero aquí no hay nada para reemplazarlo”, afirma Israel. “Aquí no hay nada. Hay un centro de salud sin pastillas ni médico, porque nunca son doctores, siempre mandan practicantes. No hay farmacia 24 horas. Si tienes un accidente, te mandan a Guayaquil, pero hasta que prestes gasolina te mueres. Hay gente que se ha muerto en medio viaje”, dice Bryan.

Parte 11: Últimas palabras

“Si se quiere prosperar, no hay más opción que salir de la isla. Aquí la gente es pobre de espíritu y de conciencia”, dice Ángela Parra, cuya hija menor, una joven de diecisiete años llamada Rosemarie, todavía no termina el colegio y está embarazada. Así, la magia imposible de Puná, esas historias de otros tiempos que parecen una broma del folclore, se unen con la inevitable realidad de la isla.

 

Parte 12: Lo que nunca se puede sacar es el rabo

En Puná Vieja dicen que “reciencito”, hace dos semanas más o menos, el diablo se volvió a aparecer. El hombre, blanco, alto y guapo, se presentó en un karaoke, pidió un par de tragos, miró a su alrededor y activó su radar. Según quienes lo vieron, quienes dicen que lo vieron y quienes escucharon la historia al día siguiente y la repiten como si ellos también lo hubiesen visto, horas más tarde, cuando la noche ya estaba sudada y encendida, el diablo estaba bailando perreo, rebotando sus caderas contra las caderas de una isleña sometida por el ritmo agresivo y animal del reguetón, y fue entonces cuando, después de una maniobra lujuriosa, la punta del rabo se le salió por debajo de la basta del pantalón y todos se dieron cuenta de que era el diablo y salieron corriendo. Y esas son las últimas novedades del pueblo.

 

  • Gracias a mi compañero Mauro Sbarbaro por acompañarme en esta aventura de la crónica.

 

 

 

 

El amor por los animales


Ilustraciones para pintar de Mauro Sbarbaro

 

Las mascotas de Dana 1Dana juega sola en la arena, excava un enorme agujero con su pala amarilla pensando que encontrará el castillo de algún enorme cangrejo. Acaba de cumplir los nueve años, y lo que más le apasiona es observar a los animales de cerca, incluso los bichitos más raros le parecen una obra de arte digna de ser admirada. Le llena de entusiasmo estar entre animales. El año pasado, sus padres la llevaron de vacaciones a Mundo Marino, el oceanario más grande de Sudamérica. Un oceanario es un parque temático que muestra la vida marina. Allí, Dana pudo nadar con los delfines, jugar con las focas, ver de cerca a los tiburones y las orcas, así como deleitarse con las gracias que hacen las gigantescas morsas y los lobos marinos.

Dana respeta a la naturaleza por sobre todas las cosas, y jamás le haría daño a un animal. Cuando ella encuentra algún caracol, estrella de mar o cangrejito, simplemente los mira atentamente para saber su comportamiento. En cambio, su hermano Julián, dos años mayor a ella, es todo lo contrario. Le encanta destruir todo lo que se mueve. Siempre anda con una resortera en la mano para dispararle a los pájaros, y ya ha matado a varias palomas. Todos los insectos le dan asco y los bichitos de la playa no le hacen la menor gracia. A él también lo llevaron a Mundo Marino, y se pasó jugando videojuegos en su tablet, no le interesaba en absoluto aprender sobre los animales. Hasta ahora, Dana nunca ha tenido una mascota, porque sus padres piensan que si tuviera una, se desviviría por ella y no prestaría atención a sus obligaciones escolares. Además, como viven en un departamento sin patio, la mascota no podría jugar libremente.

De pronto, en el profundo hueco que ha hecho, Dana ve a una diminuta tortuga que, al parecer, acaba de salir del huevo. Dana la pone sobre su mano y contempla, fascinada, cómo las pequeñísimas patas de la tortuga se mueven y, enseguida, todo su cuerpecito se mete dentro del caparazón. Dana la coloca sobre la arena y, entonces, la pequeña empieza a caminar en dirección al mar. Dana la va guiando con mucha delicadeza, con su voz y con sus manos para que no se desvíe, hasta que la tortuguita logra tocar el agua. Su hermano, que observa la escena a lo lejos, llega corriendo y pone, a propósito, su pie encima de la tortuguita. Dana empieza a gritar dando alaridos, llamando a sus padres. Su mamá viene corriendo.

―¿Qué pasa, hija? ¿Por qué gritas de esa manera? ―le pregunta. Dana está llorando.

―¡Julián aplastó a la tortuguita! Yo la ayudé para que llegara al mar, y él vino y la pisó ―dice Dana. Para esto, su hermano ya se ha ido corriendo. La madre y Dana buscan a la tortuguita en la arena, pero no la encuentran. Dana regresa a casa muy triste.

―Julián siempre hace estas cosas. Él es malo con los animales. ¡No es justo! ―le dice Dana a su mamá ya en su cama, antes de irse a dormir. La mujer se queda pensando qué hacer.

―Tienes razón hija. Vamos a hacer algo para que él aprenda a valorar a los animalitos ¿Quieres? ―le propone la mamá.

―Sí, pero ¿qué? ―dice Dana secándose las lágrimas.

―Verás… vamos a traer animalitos a la casa por un tiempo. No serán nuestros, sino que se los pediremos prestados a nuestros amigos o vecinos. Solo estarán una semana o dos, hasta que Julián aprenda a quererlos y luego los devolvemos. En ese tiempo, tú podrás ser feliz jugando con ellos, y cuidándolos. ¿Te gusta la idea?

―Sí mamá, eso me parece genial.

***

La semana siguiente, llegó el primer huésped a la casa de Dana. Se trataba de un perrito de la raza Schnauzer, que era de su mejor amiga. Dana corría por toda la casa con el Schnauzer persiguiéndola, mientras su hermano intentaba ignorarlos, aunque la curiosidad pudo más.

―¿Qué hace ese perro aquí? ―le preguntó Julián a su madre.

―Es la mascota temporal de tu hermana y tienes que respetarlo ―le contestó muy seria.

―Es un perro horrible, me da alergia, quiero que se vaya ―dijo Julián y se encerró en su cuarto.

Dana no se separaba del Schnauzer y lo llevaba al parque para que hiciera sus necesidades. Allí estaban los amigos de Julián jugando con la pelota y, apenas vieron al perro, se acercaron para acariciarlo y jugar con él. Le tiraban un palo y el Schnauzer lo traía de regreso. A todos les parecía muy gracioso. A todos, menos a Julián, quien, al ver que sus amigos también jugaban con el perro, se puso muy celoso.

―¡Quiero que ese perro se vaya de la casa! ―gritó Julián.

―Está bien, hijo, el perro se irá mañana ―le respondió la madre.

Lo que no sabía Julián es que dos días más tarde, llegaría a casa una perra Labrador de nombre Sasha, que era mucho más grande que el  Schnauzer y que, desde el primer día, captó la atención de todos los amigos de Julián, quienes trajeron especialmente un disco frisbee para jugar con ella. Dana no se separaba de Sasha, salvo para ir a la escuela. Por las tardes, la llevaba al parque y todos los niños se divertían mucho. Dana hizo más amigos que nunca gracias a la perra que se convirtió en la sensación del barrio por su gracia e inteligencia.

―Tu hermana es lo máximo, siempre trae nuevas mascotas ―le dijeron a Julián, y esto terminó por ponerlo furioso.

―¡Mamá, todos mis amigos me han dejado solo por irse a jugar con mi hermana y esa perra! ¿Cuándo se irá?  ―dijo Julián protestando.

―Mañana se irá ―le respondió su madre.

Sasha se fue, pero al cabo de una semana llegó a la casa Sammy, que era un Samoyedo, de esos perros que parecen lobos, totalmente blanco y de ojos celestes. Extrañamente, desde el primer momento, el Samoyedo captó la atención de Julián. Le parecía un perro diferente, como enigmático. Sin embargo, por orgullo, no se le acercaba. Casi se le caía la baba al ver cómo su hermana se divertía a lo grande jugando con Sammy por toda la casa y en el parque. Los amigos de Julián estaban felices también con el nuevo perro. Todos se divertían, menos Julián.

Un día, Dana se puso enferma, le dio un resfriado que la dejó en cama varios días. Entonces, la madre le pidió a Julián que sacara al perro al parque. Julián pensó que era una buena oportunidad para, al fin, poder jugar con Sammy sin que su hermana lo viera. Y así lo hizo. Esa tarde y las dos tardes siguientes, Julián jugó de lo lindo con el perro y sus amigos. Se dio cuenta de que la simple compañía de un animal podía darle una felicidad que hacían mucho tiempo no sentía.

De regreso a casa, Julián abrazó a Sammy y le dijo: “De ahora en adelante, eres mi mejor amigo. No quiero separarme nunca de ti. Gracias por llegar a mi vida y hacerme tan feliz”.

Al día siguiente, Dana ya se sentía bien así que retomó el cuidado de Sammy. Su hermano se le acercó y le pidió que, por favor, lo dejara a él también jugar con el perro. Dana se sorprendió de la insólita amabilidad de Julián, pero aceptó compartir al perro. Sin embargo, le dijo que Sammy pronto tendría que irse. Entonces, Julián fue donde su madre.

―Mamá, por favor, no permitas que Sammy se vaya. Él y yo somos muy buenos amigos, me hace muy feliz su compañía ―le pidió. Su madre también se sorprendió del cambio de su hijo, pero, por dentro, esperaba que esto ocurriese en algún momento.

―Lo siento, hijo. El perro no es nuestro, sólo lo estamos cuidado por un tiempo. En dos días lo tenemos que devolver ―le dijo su madre.

―¿Por qué me haces esto, mamá? ¿Por qué traes un perro para que me encariñe con él, y luego te lo llevas? ―le dijo Julián y se soltó a llorar. Entonces, la madre comprendió que, al fin, este perro había logrado el milagro de sensibilizar el corazón de su hijo hacia los animales.

―Precisamente por eso Julián, porque tú antes no querías a los animales, y gracias a Sammy ahora estás pudiendo comprender que ellos son como nuestros hermanos menores, y tenemos que amarlos y cuidarlos, nunca maltratarlos ― le contestó la mamá.

―Mamá, te prometo que nunca más volveré a maltratar a un animal, ni a un gato ni a un pájaro, pero, por favor, no te lleves a Sammy ―dijo Julián llorando.

―Me alegro de que prometas esto, Julián. Si lo cumples, te traeremos a una mascota para que sea tuya y la cuides siempre, pero Sammy no es nuestro y tiene que irse.

***

Al cabo de tres días, Sammy se fue de la casa y Julián se quedó llorando. Sufrió unas semanas, pero comprendió que los animales son seres amorosos que no merecen su desprecio, sino su cuidado. Se prometió a sí mismo nunca volver a dañar a ningún animal.

En vista de que su corazón ahora estaba abierto, sus padres le regalaron a Julián una visita a un lugar de adopción de mascotas. Allí, pudo ver a muchos perritos abandonados, que necesitaban un hogar. Julián se sintió muy triste al ver a tantos perros maltratados y pidió perdón en silencio porque antes él también los maltrató.

―Cuando sea grande, quiero tener un lugar como este para rescatar a todos los perritos que están en la calle. También podríamos tener a gatitos y a todos los animales que han sido maltratados ―le dijo a su mamá.

Ese día, Julián volvió a casa con una perrita mestiza o runa, a quien puso por nombre Tina. Ella se volvió su compañera inseparable, era quien lo despertaba en las mañanas, quien lo protegía en la calle y con quien jugaba en el parque. Compartía sus cuidados con su Dana y recuperó a todos sus amigos gracias a que Tina se convirtió en la mascota de todos.

Las mascotas de Dana 2

 

 

 

 

Introducción al libro “Las recetas de las abuelas”


LAS RECETAS DE LAS ABUELAS

Una historia que despertará tu creatividad culinaria

RECETAS

LAS RECETAS DE LAS ABUELAS trata sobre Martha, quien no entiende cómo es posible que su nieto Mauricio, de 14 años, prefiera cocinar antes que jugar fútbol o videojuegos. Rubén, el abuelo, no soporta verlo con un delantal puesto, pero a Mauricio ¡le encanta cocinar!

Cuando un día Martha enferma, debido a sus malos hábitos alimenticios, se desencadena el cambio que llevará a los abuelos a comprender cómo es alimentarse y vivir saludablemente.

Escrito por Marcela Noriega. Ilustrado por Mauro Sbarbaro y Galo Lapo

SERIE LEER ES MÁS

Con actividades de comprensión lectora.

Lectura recomendada para jóvenes a partir de los 12 años.

EDITADO POR ACADEMIA EDITORES

 

 

Gracias a nuestras abuelas

por enseñarnos a cocinar.

 

PRESENTACIÓN

Este libro tiene la intención de despertar el interés y la creatividad culinaria en los jóvenes lectores, pues quien aprende a cocinar a una temprana edad, está aprendiendo cómo alimentarse sin depender de otros en el futuro, lo que lo encaminará a ser una persona autónoma e independiente.

            Aprender a cocinar es algo que no todos los padres y maestros consideran importante. Sin embargo, las personas que crecen sin aprender a cocinar, ya de adultos, pasan serias dificultades. Siempre tienen que comer en la calle, o pagar para que otro les cocine, y esto afecta no solo a su bolsillo, sino también a su estómago y a todo su organismo, pues no hay nada más perjudicial para la salud que comer siempre afuera. Y nada más delicioso y sano que comer en casa la comida que uno mismo ha cocinado.

            Cocinar no sirve solo para aprender a alimentarse por sí mismo, sino también para reforzar los lazos de amor con quienes te rodean. Servir una nutritiva sopa caliente, hecha por ti, a tus seres queridos siempre será un bien recibido gesto de amor. Y cuando necesites sorprender o conquistar a alguien, en lugar de comprarle flores o hacer algo cursi, siempre será más divertido tomar un buen recetario y ponerte a experimentar con los vegetales y las especias.

            Cocinar ha sido visto durante demasiado tiempo como algo relacionado sólo al ámbito femenino. Sin embargo, ya podemos ver que los grandes chefs del mundo son hombres. Esos hombres que desafiaron el estereotipo de que la cocina es sólo para las mujeres, fueron un día niños con una curiosidad innata por aprender a cocinar. Tal es el caso del protagonista de nuestra historia: Mauricio, un niño de 13 años al que le encanta cocinar.

            En este libro recetas de la cocina italiana y ecuatoriana, pues Mauricio tiene abuelas de ambas nacionalidades. Y son ellas las que enseñan las recetas secretas al pequeño chef.

            Aprender a cocinar es algo que estimulará tu creatividad, te volverá más recursivo y  más consciente de lo que te llevas a la boca. Además, te permitirá conectarte, a través de los sabores, con tu propia cultura y con otras culturas que, en el futuro, podrás conocer.

La autora

 

 

Introducción al libro “Vivir para Contar”


VIVIR PARA CONTAR es un libro que motivará a los jóvenes lectores a volverse observadores de su realidad para luego poder contar historias apasionantes, inspiradoras y totalmente reales. Escrito por una cronista con veinte años de experiencia, su intención es que las nuevas generaciones se acerquen con ética y honestidad a los mundos que les interesan y apasionan.

SERIE LEER ES MÁS

Con actividades de expresión escrita.

Lectura recomendada para jóvenes a partir de 15 años.

EDITADO POR ACADEMIA EDITORES

VPC PORTADA

Esta es una de las historias del libro:

RAÚL CABRERA, EL NÓMADA

A los 17 años, Raúl Cabrera recorrió el Ecuador con una mochila. A los 18 viajó durante seis meses por América del Sur. A los 20 años inició su viaje por el mundo y su vida de nómada. Ha recorrido más de ochenta países haciendo surf, snowboard y amigos. Cuando conoció a Tina, su esposa, y nació Milo, su hijo, Raúl encontró su hogar. Pero no quiso que sus viajes quedaran solo en la memoria. Con un equipo de producción viajó por 25 países durante tres años para filmar Nomad-A, el proyecto audiovisual que lo trajo de vuelta a Ecuador. 

Raúl Cabrera (foto de Andrés Francov)

HAWAI. El día se abre limpio, las olas gigantes esperan al hombre que intentará fluir en sus movimientos violentos, llenos de vida. Raúl Cabrera ha entrenado un año para este día. Largas jornadas de surf, de natación, de crossfit, le hacen pensar que está listo. Antes de entrar al mar, un amigo y mentor que lo acompaña, le recuerda: nunca tomes la primera ola. Las olas vienen en tandas, de seis, de ocho, de diez. Raúl, como si nada hubiese sido dicho, como si ese consejo no fuese de vida o muerte, toma la primera ola de la serie. La ola no lo lleva. Mira hacia atrás, y ve que todo el horizonte se nubla, un tsunami se avecina. No puede hacer nada para evitarlo. Le caen encima todas las olas de cinco, o seis metros. Lo sepultan, lo revuelcan, lo ahogan.

De pronto, tuvo la certeza de que moriría. Estaba debajo del agua y dijo: “Dios, gracias por la bella vida que me has dado”. La película de su vida pasó ante sus ojos. Y cuando estaba revolcándose y llegó al punto de comenzar a desmayarse, vio a un niño que le daba la mano. Raúl no sabía qué pasaba, si estaba llegando al cielo, si ya se había muerto. Cuando el niño dejó de darle la mano, sus labios toparon la superficie, y pudo respirar. Volvió a ver a ese niño cuando surfeaba en Inglaterra y en Marruecos. Raúl dice que ese niño era su hijo Milo, que aún no nacía. Pero cuando lo vio nacer, y Milo lo miró, supo que era el mismo niño que había visto en las tres ocasiones.

“Hay una parte de aventura, y una parte espiritual. No sabemos cómo estamos conectados, pero es como una red invisible en la que se conecta pasado, presente y futuro”, dice Raúl, quien ha venido a Ecuador para promocionar la serie de televisión y la película Nómad-A, hecha a partir de sus viajes.

Raúl nació hace 37 años en Guayaquil y siempre quiso ser un explorador. Desde pequeño sintió una intensa curiosidad por saber qué pasaba fuera de su barrio. De niño, fantaseaba con que su armario era un portal tridimensional capaz de transportarlo a cualquier lugar del planeta, amaba los mapas y saber sobre el mundo.

Raúl es el menor de seis hermanos, y su padre, que era un próspero comerciante, murió cuando él tenía apenas 9 años. Recuerda a su padre como un hombre opuesto a él, que vive el día a día. “Era una persona muy seria, muy cerrada, parecía alemán, con una ética de trabajo muy firme”. Trabajaba de lunes a domingo. Su familia lo perdió todo cuando murió, pero Raúl mantuvo firmes sus enseñanzas. “No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita”, o… “Todos los huesos de todas las personas son blancos”, o… “No importa si la persona tiene o no dinero, lo que importa es el corazón”.

A los 17 años, Raúl hizo su primer viaje por su cuenta. Después de clases, enseñaba matemática o trabajaba de cajero en el minimarket de su hermano para ahorrar. Reunió 500 mil sucres y con eso se dio la vuelta al Ecuador. Eran cincuenta dólares. Un año más tarde, al salir del colegio, viajó por Latinoamérica: Perú, Brasil, Chile, Argentina, Bolivia durante seis meses. Gastó solo 400 dólares, incluidos los tickets. Se quedó en casas de gente que había conocido en Montañita y Playas, donde ya surfeaba. Además, vendió cada cosa que tenía en su maleta. Vendió hasta un terno que su madre le aconsejó llevar “por si acaso haya un matrimonio”. Por él, le dieron 80 dólares en Brasil.

Hace 17 años, Raúl se fue por primera vez de viaje a Europa y nunca más regresó a vivir a Ecuador. Su primera parada, a los 21 años, fue Nueva Zelanda, el país perfecto para desarrollar sus dos grandes pasiones: el surf y el snowboard. Allá sacó la ciudadanía neozelandesa, estudió en la Universidad y logró un título de Economista, otro en Idiomas y además hizo un posgrado en Educación y Pedagogía. Trabajó para el servicio migratorio, como profesor de colegio, como instructor de snowboard, entre otras cosas. De Nueva Zelanda se movió por todo el mundo, y empezó su vida de nómada.

“Cuando estaba en la universidad en Nueva Zelanda, me tuve que pagar los estudios. Me costó 13 mil dólares solo el año escolar. Tenía que trabajar de mesero y entrenar snowboard para las competencias. Hice dos años en uno porque quería salir a explorar el mundo y no quería estudiar más. Fue duro, estaba más ocupado que un cojo en una competencia de patear traseros”, dice.

Pero lo que Raúl más tiene es energía; sigue siendo un niño hiperactivo. “Me puedo quedar un mes sin comer y sin dormir si tengo que hacer algo. Si estoy surfeando es lo mismo, tengo un problema de obsesión con las cosas que amo hacer”. Lo que ocupa su mente estos días es la realización de la película y serie de televisión que tiene entre manos. Sin pagarles un centavo, Raúl logró juntar a un equipo de producción de alto nivel que lo siguió durante tres años por 25 países y cinco continentes.

Todos son amigos que ha ido haciendo en sus viajes. Gareth Sheehan, cineasta neozelandés que vive en Hawai; Adan De Miguel, fotógrafo español; Pablo Suárez, encargado de logística, español; Albert Ibáñez, cinematógrafo chileno; Claudia Vieira, fotógrafa de África del Sur; Eduardo Pérez, web master, de Ecuador que vive en Nueva Zelanda; Cristóbal Sciaraffia camarógrafo de Chile, y Tina Christensen, su esposa y directora ejecutiva de Nomad-A, que vive en Dinamarca. Además, Los Díaz de Fly y Mona Producciones les ayudaron a filmar con RED EPIC, las mismas cámaras que fueron utilizadas para filmar El Señor de los Anillos.

“Viajar es realmente asombroso. Las cosas que aprendes, las personas que conoces, y las experiencias que vives son más educativas que cualquier cosa que te enseñan en el colegio. Eso es lo fundamental de viajar, ya que las experiencias se quedan impregnadas en ti por el resto de tu vida”. Y son tantas las historias que podría contarme el nómada que, para organizarnos, le propuse un juego. Yo le doy una palabra y él la asocia a una memoria, un lugar, unas personas y una situación vivida. Este fue el resultado.

Raúl Cabrera foto de andres francov

EL MIEDO

En Canadá compré un carro por $125 dólares con dos amigos de Nueva Zelanda, dos amigas de Noruega y yo. Todos eran rubios, ojos azules. Yo dije: bueno, vamos a hacernos la misma cosa y me pinté el cabello de rubio. Viajamos por toda la costa de México. Alguien nos había hecho un mapa de un lugar para surfear que nadie conocía, cerca de San Blas. Cruzamos un río de marea baja y llegamos a un pueblo donde no había autos, no había nada. A los dos días, los campesinos del lugar hicieron una barbacoa, mataron una vaca enfrente de nosotros y se me empezó a hacer extraña toda la situación. Me di cuenta de que era un lugar donde producían cocaína. Escuché cuando dijeron: violemos a las chicas, matemos a los chicos y nos quedamos con el carro. Ellos no pensaron que yo hablaba español, porque pretendí que era gringo también. De pronto comprendí que estábamos con el cartel. Tomé el carro y manejé lo más rápido que pude, dejamos todo tirado en la playa: las tablas de surf, las maletas. Lo único que teníamos en el carro eran nuestros pasaportes. Ellos nos dispararon, pero no nos dieron. Manejé hasta que llegamos al río. Yo conocía el camino y escapamos. Nos pudieron haber matado.

Esto es lo que se conoce como el síndrome de Zeus, quieres experimentar, quieres explorar, pero a veces no sabes a dónde te pueden llevar las aventuras.

 

EL AMOR

El amor está relacionado a todo. Es una palabra muy fuerte y es lo que me ha llevado a viajar por 83 países y 5 continentes durante 20 años. Es el amor que siempre he tenido por las aventuras, por los demás, por saber acerca de otras culturas, por experimentar un amanecer diferente. Es el amor a la vida que tengo que me sigue llevando y me llevará. Si pudiera irme a Marte me iría, pero tengo un hijo, Milo, hace dos años y es el amor hacia él que me hace luchar cada día, levantarme y tratar de ser una mejor persona. Es el amor hacia él lo que me hace sacar mi proyecto adelante. Es el amor hacia él el que me llevará a grandes ideales.

Cuando viajé a Hawai ─uno de los mejores viajes de mi vida─, la conocí a ella, a Tina, en una salsoteca. Normalmente no voy a salsotecas, y ella no sabe bailar. Ella es de Dinamarca. Hemos viajado por todo el mundo juntos, pero en estos momentos ella tiene que estar en Dinamarca mientras yo promuevo Nómad-A.

El amor no es algo palpable, algo que puedas ver o sostener. Es un hilo y puedes estar a millones de kilómetros de la persona que amas, no verla por diez años, y eso no significa que no hayas estado porque tu amor por ese lazo invisible nunca se rompió. Es como cuando no ves a un amigo durante mucho tiempo, es lo mismo con ella. En este último año no la he visto, no hemos podido estar juntos, pero cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo. Es una bella relación, porque ella comprende que esto es lo que hago, comprende que soy un gato salvaje. Ella es lo contrario a mí, ella es una mujer de casa y le gusta luchar día a día para ver los frutos. Milo es el balance perfecto. Tina y yo somos el Gin y el Yang, Milo es la bolita que nos une.

Raúl Cabrera por Andrés Francov


EL PELIGRO

Estábamos en Whistler, Canadá, haciendo snowboard. Whistler es el mejor lugar para hacer snowboard del mundo. Estaba con una amiga de la República Checa, Marushka, y le dije: siempre tomamos las pistas convencionales, vámonos por atrás. Yo creí que conocía el camino. Y la perdí. Y me di cuenta que estaba perdido. Traté de relajarme, pero sabía que las montañas son vida o muerte. Una noche en las montañas y mueres. Comencé a descender y encontré la guarida de un oso, y es muy muy peligroso. Apestaba, porque ya era la época de primavera y es cuando los osos tienen a los bebés y son muy celosos y te atacan. Salí corriendo y encontré un río. Yo sabía que el río me iba a llevar de regreso a la ciudad. Había nieve, estaba congelado y tuve que meterme y nadar durante cuatro horas con mi equipo de snowboard. Eventualmente, salí. Ya era de noche. La policía me estaba buscando, el helicóptero me estaba buscando; yo estaba con hipotermia. Pensé que no iba a vivir para contarlo. Pero siempre encuentro el camino de regreso a casa.

LA SOLEDAD

Estaba en una isla de Indonesia a la que para llegar nos demoramos siete días. Cinco días en carro, dos días en bote. Es una isla donde se encuentran las mejores olas del planeta. Teníamos que llevar provisiones de alimentación, mosquiteras, no había nada. Éramos dos japoneses, un canadiense; Remi, mi hermano francés, y yo. En ese lugar la gente muere por malaria o por cocos que caen de las palmeras; hay demasiados cocos. En ese momento no me di cuenta, pero la historia comienza ahí. Volví del viaje, llegué a Nueva Zelanda y seis meses más tarde caí en coma de la nada. Me levantaba un día, y al otro día estaba en coma. Me levantaba un día, y al otro día en coma. El doctor me dijo que tenía una inflamación cerebral; comencé a alucinar. Veía que la televisión se derretía.

Y estaba solo y estaba al punto de morir. Ellos abrieron mi pasaporte y se dieron cuenta que había visitado Indonesia. Mandaron los exámenes a Indonesia y los regresaron de vuelta y dio positivo. Todo había sido porque me picó un mosquito. Lo único que quería era ver a mi madre por última vez antes de cerrar los ojos. El doctor pidió mi pasaporte porque estaba agonizando, me dijeron que un día más y moría. Me dieron medicamentos, y cuando me mejoré me di cuenta de que ser un nómada es chévere, pero tiene un precio. Es muy duro estar lejos de tu familia, de tus costumbres, cuando no sabes qué te puede pasar. La idea de que te puedes ir mañana y no ver a la gente que te quiere por última vez es atroz. Es lo mismo que siento cuando estoy lejos de mi mujer y mi hijo.

Después de todas las aventuras, de surfear, de dejar la montaña llego a mi casa y estoy solo. Vivir las aventuras es bacán, pero la felicidad es mucho mejor cuando es compartida.

LA COMPASIÓN

Esto fue este año. Yo estaba filmando para Nómad-A, en Salango, cuando escucho unos llantos y unos gritos. Yo pensaba que era un niño el que lloraba, pero eran cinco gatitos recién nacidos que una persona desalmada había al agua. Corrí a ver a los gatitos, les di respiración boca a boca. Tres de ellos estaban clínicamente muertos y se salvaron. Fue compasión porque a mí me da mucha pena cuando un perro o un león ataca a alguien y lo mata, pero nosotros matamos a tantos seres vivos.

Tanto nosotros como ellos debemos tener las mismas reglas. El amor hacia la naturaleza se debe reflejar en el amor que tenemos los unos hacia los otros. La compasión de los otros hacia mí la siento día a día. He conocido a más personas que me han querido dar una mano que personas que me la han negado. Una vez llegué a Alemania y no hablaba el idioma, pero la persona me entendió. Yo quería ir a la casa de alguien, y él pagó por mí diez euros a un taxi para que me llevara. Eso pasa día a día. La compasión de mis amigos, de recibir a un equipo de trabajo de seis personas a donde yo voy, sin cobrarme, llevarnos a comer. Yo puedo vivir día a día de invitación gracias a la gente que he conocido. Tal vez, en estos momentos no tengo nada en el bolsillo, pero cuando yo ofrezco mi amistad o te doy la mano lo hago porque me nace. Cuando yo vivía en Nueva Zelanda o vivía en Japón a mí no me importaba que tú llegaras a la madrugada, yo era feliz de poder darte una comida, un sofá, una cama. Es lo menos que puedo hacer por cualquier ser humano. Y es como un bumerán. Tú tiras el bumerán y regresa a ti. Si tiras el bumerán a matar va a volver a matar. El que a hierro mata a hierro muere; es karma, la ley del universo.

 

raul cabrera foto de Andres Francov

Bichos raros


BICHOS RAROS

BICHOS RAROS es un conjunto de historias que nos hablan de lo natural que es ser diferente, o de lo normal que es (o debería ser) hacer algo que los demás no esperan, pues todos somos un poco “raros” y es normal sentirse así. Pero ¿qué es ser “raro” en realidad? ¡Difícil cuestión, aunque tal vez los personajes de este libro nos ayuden a entender simplemente que animales y personas, todos bichos somos.

SERIE LEER ES MÁS

Con actividades de comprensión lectora.

Lectura recomendada para jóvenes a partir de los 12 años.

EDITADO POR ACADEMIA EDITORES

 

Escrito por Marcela Noriega y Damián Pavón (Buenos Aires, 1988) Viajero que se dedica a ir por el mundo para conocer nuevas culturas e historias.

Ilustrado por Mauro Sbarbaro (creativo, gráfico editorial y fotógrafo). Ha desarrollado técnicas como la Escultopintura. Ha incursionado en la fotografía microscópica digital, actualmente continúa su producción y trabaja independientemente). Y Vicente Gallart (Barcelona, 1970) dibujante e lustrador ecléctico que reúne influencias desde el cómic underground norteamericano al surrealismo.

El siguiente es uno de los cuentos del libro.

DEMETRIO Y EL CASTILLO DE ARENA

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Demetrio es el niño más solitario de su salón. Aunque él siempre está dispuesto a ser sociable y agradar a los demás, los niños no lo quieren en sus equipos. “Estamos completos”, siempre escucha. Cuando ven que va llegando, las niñas en voz baja dicen: “háganse las locas” y si él les dice: “¿qué hacen?” ellas contestan, “Nada Dee-mee-triioo”, poniéndole énfasis y alargando su nombre al máximo. Esto hace sentir mal a Demetrio, que prefiere irse. Demetrio sabe que su nombre es extraño, incluso lo considera horrible, pero él no es su nombre. Las personas no se dan cuenta de que él no es su nombre.

Cuando la maestra ve a Demetrio en un rincón, porque algún chico se ha burlado de él, o incluso lo han agredido físicamente, ella va y les pregunta por qué han actuado así. Los chicos siempre dicen: “Demetrio es raro y quiere tocarnos”.

Pero Demetrio no es raro y no es verdad que quiera tocarlos, al menos no de una manera sexual. Demetrio es tan puro que ni siquiera piensa en esas cosas. Él tiene nueve años, pero su mente funciona al igual que un niño de tres, que apenas está descubriendo el mundo y todo le asombra. Y todo quiere tocar. Y no es que Demetrio sea discapacitado mental, él es mucho más inteligente y creativo que todos los demás niños juntos. Lo que pasa es que Demetrio tiene activados los dos hemisferios de su cerebro, izquierdo y derecho.

Demetrio se divierte solo. Siempre está jugando con los bichitos y hace muñecos en miniatura con todo tipo de materiales. También, sabe curar a los animales y aprende idiomas por las tardes. Demetrio no es bueno con el fútbol, pero sí es bueno pintando y escribiendo poemas. Demetrio no es raro, simplemente es distinto al común de la gente.

Demetrio no tiene hermanos, y siempre se siente solo. Uno de sus amigos es un gusanito que lleva al colegio para tener con quién conversar.

Un día, Demetrio estaba en la playa con sus padres. Hacía un castillo de arena con la maestría de un artista. Le había puesto los balcones y le había hecho una muralla para protegerlo de los invasores. A lo lejos, vio a un niño con un extraño objeto en su mano. Parecía como un bastón de ciego. Al lado del niño, había un señor anciano.

Quien se acerca es Luca y su abuelo Ángelo, que es un reconocido profesor y científico inventor. Ahora mismo, están probando un detector de metales que el profesor ha enseñado a construir a Lucas este verano. Caminan por la playa, en dirección a Demetrio. Cuando están cerca del niño, el detector empieza a emitir un pitido intenso. Los padres de Demetrio se han quedado dormidos debajo del parasol.

La perra de Demetrio también estaba soñolienta en la sombra, pero al escuchar ese sonido, se levanta y viene corriendo.

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―¡Mira Luca! El detector ha encontrado algo. Parece estar debajo del castillo de arena.

―Así es abuelo, está justo debajo del castillo.

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Demetrio está a un par de metros y los escucha perfectamente. “¿Quieren derribar mi castillo? ¡No se los permitiré!” se dice a sí mismo, y frunce el ceño. El abuelo apaga el detector y se acercan a Demetrio.

―Hola, soy Ángelo y este es mi nieto, Luca. Estamos probando este detector de metales y acaba de sonar justo aquí en tu castillo de arena, que, por cierto, está precioso. Eres un verdadero artista ―dice el abuelo con sinceridad.

―Muchas gracias, señor, soy Demetrio ―le dice y le extiende la mano.

―Mira Demetrio, probablemente debajo de este castillo no haya más que la vincha de una mujer o cualquier tipo de chatarra, pero quizá también pueda haber enterrado un lingote de plata o cualquier cosa increíble. ¿Qué te parece si lo descubrimos juntos? con el compromiso, claro está, de que sea lo que sea que se encuentre, será solamente tuyo, por estar debajo de tu castillo  ―le dice el abuelo.

Demetrio se queda pensando. “Si dejo que destruyan mi castillo, tal vez descubra algo, en cambio, si no permito que lo destruyan, ellos se irán y yo me quedaré tan aburrido como siempre, y sin nadie con quién conversar”. Al cabo de un rato, Demetrio dice: “está bien, veamos qué hay debajo del castillo”.

El abuelo mete la mano, intentando no destruir demasiado el castillo, aunque toda la parte de la torre cae… Remueve un poco y, al cabo de un rato, saca ¡una llave!

Se trata de una llave antigua corroía por la sal, a la cual estaba atada un pedazo de cabo.

Demetrio parece decepcionado, es simplemente una llave, qué tiene eso de interesante. Como siempre, todo es aburrido. Pero Luca dice super emocionado: “¡Wow, una llave antigua, abuelo. ¿Sabes qué puede significar?”. Como buen aprendiz de inventor, Luca sabe que nada es lo que parece y las cosas más simples pueden esconder grandes descubrimientos.

El abuelo se queda pensando, y le dice a Demetrio: “¿Nos permitirías llevar esta llave a mi laboratorio? Y, de paso, si quieres, vienes con nosotros y te mostramos todos los inventos en los que estamos trabajando. Ahora estamos diseñando una máquina para detener el sonido. Se trata de un escudo electromagnético que puede protegernos de altísimos niveles de invasión sonora. Me presento más formalmente: soy el profesor en física cuántica Ángelo Demaggio.

―¡Wow! ¿en serio? ¡Me encantaría conocer su laboratorio, señor profesor! ―dice Demetrio, casi no pudiendo ocultar su emoción. Nunca recibía una invitación de nadie y ellos realmente parecían ser personas interesantes.

Demetrio fue esa tarde al laboratorio del doctor Demaggio y nunca dejó de ir, porque todas las cosas que descubrió allí lo llevaron a desarrollar mucho más su imaginación y su creatividad se disparó. Además se hizo muy amigo de Luca, se volvieron inseparables, y juntos empezaron a  inventar sus propias máquinas.

Demetrio sonríe. Mira la llave y se dice a sí mismo: “esta llave, que pensé que era inútil o inservible ha abierto la puerta de una verdadera amistad y de una gran aventura. Menos mal, permití que destruyeran el castillo”.

Demetrio se dio cuenta de que la llave significaba su entrada a un nuevo mundo, donde nadie lo juzgaba y, al fin, podía estar con personas como él.

 

 

Introducción al libro “Mamá: ¡estoy embarazada!”


La empatía es la capacidad que tenemos los seres humanos para sentir lo que el otro siente, para “ponernos en los zapatos” de alguien más. Les pido que utilicen esta capacidad para entrar en la historia de dos chicas de colegio, que viven el complejo drama del embarazo no deseado.

Acompañan a la historia imágenes de hermosos ángeles femeninos o hadas que han caído en el vacío y en la angustia de no saber qué hacer. Nos hablan de la intensidad del momento, y nos recuerdan que estas chicas son apenas niñas que ayer leían cuentos de fantasía en los que siempre los finales eran felices.

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Intentaremos darle a nuestra historia también un final feliz, pero antes hay quitar del medio el egoísmo, la falta de comprensión y el rechazo que suele generar este tema.

Cuando una chica de colegio queda embarazada se convierte en el centro de críticas, juicios y condenaciones. Los martillazos llegan de todos lados, empezando por sus propios padres para quienes la joven pasa a ser un foco de vergüenza, algo que deben ocultar del qué dirán.

Algunos padres se vuelven violentos, obligan a su hija a casarse con el hombre que la embarazó, sin considerar factores como la falta de amor real en esa pareja, que suele ser una relación basada en la inconsciencia, en el sexo casual y no en el compromiso y el respeto mutuos.

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Otros padres empiezan a tratar a sus hijas como si fueran unas desconocidas, les quitan todo su apoyo y su amor.

El amor de los padres debe ser incondicional. Ningún padre o madre que realmente ame a sus hijos puede dejarlos solos cuando más los necesitan. Sin contención emocional ni asistencia psicológica, una adolescente embarazada es presa fácil de la desesperación y depresión que solo empeora las cosas.

Algunas familias no tienen reparos en echar a la chica a la calle para que se las arregle como pueda, otras inclusive la obligan a abortar, algo que aumenta en gran medida el trauma. En general, las familias las hacen sentir las personas más miserables sobre la faz de la tierra.  ¿Acaso ellos no cometieron errores? ¿Acaso no son esos padres quienes inculcaron los valores a su hija? ¿No fueron ellos quienes impusieron el ejemplo?

Generalmente, las historias de los padres se repiten en los hijos cuando no se ha tomado consciencia y no se ha sanado internamente. Las chicas que viven embarazos no deseados suelen ser hijas de mujeres que vivieron lo mismo. Sin embargo, todos los dedos apuntan a las niñas, cuando el hombre que las sedujo, la familia y la sociedad entera también son responsables.

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Las chicas que viven esto ya tienen suficiente dolor con los cambios que implican un embarazo no deseado. Sus vidas se trastocan totalmente. Sus sueños se convierten en polvo. Sus ideales terminan en un cajón olvidado.

Los padres y los maestros no pueden convertirse en acusadores ni en jueces, más bien deben ser una luz encendida para que ellas puedan alumbrar su camino y logren salir adelante de la mejor manera posible.

Vivimos en una sociedad que condena a las menores embarazadas, cuando es la propia sociedad la que ha colocado en una situación de vulnerabilidad a estas niñas al negarles la información necesaria a tiempo. Sigue habiendo tantos tabúes sobre la actividad sexual de los jóvenes que los mayores eligen mirar para otro lado y no hacerse cargo.

A través de la publicidad, las películas, las canciones, las revistas, la televisión, los periódicos y las redes sociales se bombardea a la población, incluso a la infantil, con ideas de sexo sin compromiso, placer fácil sin consecuencias. Y luego condenan a las chicas cuando caen en la trampa.

A esta sociedad le falta sensibilizarse y desarrollar los verdaderos valores humanos, como son: la empatía, la compasión, la solidaridad, la comprensión, la comunicación, el respeto, el amor propio y el amor al prójimo.

En Ecuador, los adolescentes empiezan a tener relaciones sexuales demasiado pronto, alrededor de los 15 años, incluso antes. Esta es la causa de que este país tenga una de las tasas más elevadas de embarazo precoz en el continente. Esconder el tema debajo de la alfombra solo ha hecho más daño.

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Este libro intenta ser una voz de aliento para las chicas que atraviesan por esta difícil situación y una llamada a la reflexión para los jóvenes que inician su vida sexual. También, pretende ser una herramienta para que los educadores y los padres encuentren maneras de conversar de estos temas con sus estudiantes e hijos.

Consideramos importante poner el tema del embarazo adolescente sobre la mesa, para que sea abiertamente discutido dentro de las aulas de clase y también en las casas. Probablemente, cuando empecemos a hablar de esto, sin máscaras ni maquillajes morales, logremos cambiar esta cruel realidad.

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Todas las ilustraciones son de Mauro Sbarbaro

Pueden ver más de su arte aquí: https://msbarbaro9.wixsite.com/sbarbaro/

 

 

 

 

 

 

La autora

 

 

Cinco libros de Literatura Juvenil


SERIE 5 LIBROS

Escribí estos libros en 2017, por pedido de la editorial Academia Editores, mientras vivía en Yamburara Alto, zona de montaña en Vilcabamba, provincia de Loja.

La soledad, el silencio, la paz que se respira en la montaña me permitió acceder a un caudal de imaginación, creatividad, recursos literarios que guardaba. Y aunque mi estilo de escritura ha sido transformado por mi propio proceso vital y por el público al que van dirigidos los libros, continúa fluyendo una misma narrativa en la que predomina la introspección, la auto-indagación, y la sorpresa por el otro.

Cada historia en estos cinco libros es una parte de mi vida, o de lo que me rodea.

Y puedo decir con el corazón que estos libros no son simples objetos de entretenimiento para chicos, sino que transmiten poderosos mensajes a la consciencia de las personas.

Estos libros ilustrados introducen en la mente mensajes de amor incondicional, sexualidad responsable, respeto a las diferencias, amor a los animales, alimentación saludable, triunfo sobre las enfermedades, valor, solidaridad, empatía. Es decir, difunden los valores esenciales del ser humano. Todos los libros tienen la misma intención: de ayudar a construir un vínculo sano, una relación armónica con el otro y el planeta.

Esperamos que también encuentres relevantes también estos mensajes, y que disfrutes de la lectura. Encontrarás todos los géneros: novela, cuentos, poemas, cartas y crónicas periodísticas.

ABANICO 5 LIBROS

MAMÁ ¡ESTOY EMBARAZADA! Cuenta la historia de dos estudiantes del mismo colegio que están embarazadas, hecho que revolucionará sus vidas, las de sus familias y será una valiosa enseñanza para otros estudiantes de su centro.

La novela busca hacer reflexionar, no solo a los jóvenes respecto a que el sexo no es un juego, sino también apoyar en el diálogo sobre este tema a los padres y docentes que tienen dificultades para abordarlo con naturalidad.

Con Ilustraciones de Mauro Sbarbaro  https://msbarbaro9.wixsite.com/sbarbaro/

 

 

VIVIR PARA CONTAR. Descubre al cronista que hay en ti

Es un libro que motivará a los jóvenes lectores a volverse observadores de su realidad para luego poder contar historias apasionantes, inspiradoras y totalmente reales. Escrito por una cronista con veinte años de experiencia, su intención es que las nuevas generaciones se acerquen con ética y honestidad a los mundos que les interesan y apasionan.

 

EL GUARDIÁN DE JABONCILLO cuenta la historia de Miguel, quien desde los ochos años de edad es capaz de comunicarse con sus ancestros, los cuales pertenecieron a la estirpe de los manteños. Ellos le indican que el cerro Jaboncillo (Manabí) esconde las ruinas de una antigua civilización. Para protegerla, Miguel tendrá que enfrentarse a su familia, a la sociedad y a las poderosas empresas depredadoras de la naturaleza.

Ilustrado por Galo Lapo (artista plástico graduado en la Universidad Nacional de Loja, donde se especializó en artes plásticas y en la interpretación de leyendas tradicionales).

 

LAS RECETAS DE LAS ABUELAS trata sobre Martha, quien no entiende cómo es posible que su nieto Mauricio, de 14 años, prefiera cocinar antes que jugar fútbol o videojuegos. Rubén, el abuelo, no soporta verlo con un delantal puesto, pero a Mauricio ¡le encanta cocinar!

Cuando un día Martha enferma, debido a sus malos hábitos alimenticios, se desencadena el cambio que llevará a los abuelos a comprender cómo es alimentarse y vivir saludablemente.

Ilustrado por Mauro Sbarbaro y Galo Lapo

 

BICHOS RAROS es un conjunto de historias que nos hablan de lo natural que es ser diferente, o de lo normal que es (o debería ser) hacer algo que los demás no esperan, pues todos somos un poco “raros” y es normal sentirse así. Pero ¿qué es ser “raro” en realidad? ¡Difícil cuestión, aunque tal vez los personajes de este libro nos ayuden a entender simplemente que animales y personas, todos bichos somos.

Escrito por: Marcela Noriega y Damián Pavón (Buenos Aires, 1988) Viajero que se dedica a ir por el mundo para conocer nuevas culturas e historias.

Ilustraciones de Vicente Gallart y Mauro Sbarbaro

Vicente Gallart (Barcelona, 1970) dibujante e lustrador ecléctico que reúne influencias desde el cómic underground norteamericano al surrealismo.

 

Disponibles en librerías a partir de abril. Sólo ECUADOR.

Hacemos envíos a todo el país, desde Guayaquil. Comunícate al whatsapp 096 0992575.

 

El camino de regreso


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Triangulamos el amor

El tú, el yo, el somos

El canto de los pájaros nos saca

de nuestro sopor edulcorado

Mantenemos la estirpe de guerreros

de la luz

Vamos en el camino sin dudas ni falsas ilusiones

Encajamos la certeza del corazón

en nuestro aliento

Un día más, otro instante

Somos la posibilidad de un ser completo.

 

 

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Sonreímos en el estado puro de la alegría

Volver a ser niños nos salva

de la seriedad del encierro

Ya no somos prisioneros

de juicios ni adulaciones

Dejamos atrás la codicia

y la necesidad de poder

para volvernos libres, fieros y eternos.

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Dejaste huellas imborrables

en árboles y rocas milenarias

para encontrar el camino de regreso

Pero el sendero nunca parece el mismo

una vez que te has perdido.

Todo es nuevo y atemorizante

Ni siquiera nosotros éramos iguales

Llevábamos espinas como peces

y hablábamos con roncas voces de gigantes

recién levantados

Una a una fueron apareciendo las marcas

pero sólo lográbamos verlas a solas, y en el silencio

Por las noches nos guiaban luciérnagas en vuelo

Por el día, el sol se combinaba con reflejos de ojos

compañeros

Ellos eran otras marcas, otros señuelos

Un día nos descubrimos desnudos y sedientos

rodeados de una perfecta brisa

sobre un manto de flores recién nacidas

Habíamos llegado al tercer cielo

Nos pertenecen nuestros errores

y los atajos que tomamos para evitar

caer en las trampas

Nos pertenecen nuestras heridas

nuestras mareas interiores

de las que surge un río grande

donde nadamos en libertad.

 

GUAYAQUIL CENTRO, TERRITORIO DE ARTISTAS


La ciudad es un macro espejo, un caleidoscopio, en el que se refleja el inconsciente de todos quienes en ella habitan, sean propios o extranjeros. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Por alguna razón, mi alma de poeta y cronista eligió a Guayaquil como su ciudad natal, como su matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos una y otra vez.

Guayaquil es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Pero, ahora, la ciudad es un infiernillo de alrededor de cuatro millones de personas, donde manda el materialismo, y prima la supervivencia. El calor es insoportable, los árboles han sido derribados. En Guayaquil todo tiene un precio, se vive el consumismo en su máxima expresión. Nada permanece. Todo es desechable. Los budistas dicen que la mente humana es como un mono que va de rama en rama intentando coger un banano que nunca alcanzará. Así actúa una persona que nunca logra estar en ella misma, en su centro, que no consigue la paz interior. No es casualidad que a los propios de Guayaquil les llamen “monos”.

Sin embargo, en el centro, en el corazón de Guayaquil, podría haber una luz. El centro es donde las ciudades llevan el alma. Y el alma de Guayaquil es alma de artista. Alma sensible, hiper-sensible dirían algunos; curiosa, ávida de vivir experiencias que la sacudan, siempre lista para la aventura y el romance, ansiosa de adrenalina y pasión, ingobernable, rebelde, profunda. Autodidacta, investigadora, libre-pensadora, llena de dones y talentos que ha desarrollado en sus muchas vidas. Un artista es siempre un alma vieja. No le gustan las doctrinas, huye de los yugos. Es el alma de los poetas, de los músicos, de los pintores, de los cineastas, de los filósofos, de los artistas escénicos, de los amantes de la vida al aire libre, de los perseguidores de la libertad, de los viajeros.

En el centro, todo parece ir más de prisa, pero los artistas hacen que se ralentice la vida. Ellos desgranan el tiempo. Se relajan y logran abrir espacios donde es posible respirar un aire menos viciado, un aire de autencidad. Los artistas limpian la estela tóxica que deja el consumismo, el borreguismo, la inconsciencia que esclaviza a las masas. Los artistas salen de la multitud, pero no la desprecian, sino que intentan elevarla a su altura, compartir un poco de su libertad creativa, de su inmenso potencial creador.

Si eres un artista, Guayaquil te empujará para que seas su voz, y la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. Ve al centro y encontrarás el alma de esta ciudad. Ella te acogerá, y te darás cuenta de que puedes ser lo que tú quieras en ella. Guayaquil no se espanta de nada. Tú eres quien podría asustarse de las sombras que proyectarás en su escenario. Ella incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la saborees, para que te enamores de ella y la penetres. Te llevará a sus profundidades. Ella calmará tu sed de cuerpos, tus ansias de sentirte adentro.

Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llama y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. Te parecerá que, en Guayaquil, todo truco se hace con dinero. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir la ciudad”, te volverás un esclavo de ella. Entonces, empezarás a transitar tus sombras y las verás reflejadas en sus calles, en su gente, en su arte. Es cuando empieza el juego del caleidoscopio. Una vez que comprendes los patrones de la ilusión en los que vive Guayaquil, empiezas a divertirte.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas.

Estos son seis testimonios de artistas, gente que ha movido y que mueve la actividad cultural en el centro de Guayaquil. Seis versiones distintas del juego, del mismo caleidoscopio.

ALICE GOY-BILLAUD: La efervescencia del ahora

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(escritora y viajera francesa de 27 años. Vivió en París, vivió en India, y nunca se ha sentido tan en casa como en Guayaquil. En menos de un año aprendió español, sin hacer ningún curso, simplemente viviendo la vida bohemia del centro. Está escribiendo un libro autobiográfico, en español, al respecto. Este texto está construido a partir de algunos fragmentos.)

París, te amo más que todo, pero hoy día, me cansas. Guayaquil me hace pensar en París. Y en Nueva Delhi también, donde estuve viviendo siete meses. De Nueva Delhi encuentro en Guayaquil el calor y la libertad. La libertad de la locura. La locura de la libertad. Cosas que no puedo hacer en mi país, como abrir un café en una salsoteca underground que propone literatura erótica los jueves. De París, Guayaquil tiene las noches. La belleza de las noches; el calor de los cuerpos.”

Alice Goy-Billaud

Guayaquil ejerce un encanto irresistible para algunos viajeros, escritores o artistas que buscan la noche, la vida cultural que se bebe en largos sorbos de cerveza y que palpita en determinados lugares del centro. Alice Goy-Billaud es una de ellas. Nació el 26 de junio de 1989 en Montpellier, al sur de Francia. Eligió Guayaquil como su destino, después de haber buscado trabajo en China durante tres meses y de haber vivido en París y en India. Aplicó para tres puestos en América del Sur. La Alianza Francesa de Guayaquil fue la que primero le contestó. Se instaló en la ciudad y a los 8 meses, renunció al puesto de profesora de francés porque estaba descubriendo la vida bohemia del centro y el trabajo no le dejaba tiempo para dedicarse como quería a experimentar la noche.

Alice llegó a Las Peñas, el año pasado, como cualquier turista. Pero a ella no le gusta solo “visitar”, sino conocer a fondo los lugares y su gente. Dice que las ciudades son como mujeres. Y, al igual que París, Guayaquil es una mujer bien poderosa que tiene influencia sobre todo lo que Alice hace.

Sus primeros trayectos eran desde la Alianza Francesa hasta la calle Numa Pompilio. Iba lo más rápido que podía, porque apenas llegó a Guayaquil conoció a J y se enamoró perdidamente. El bus la dejaba en el mercado artesanal, bajaba la calle Loja, entraba en el Malecón, pasaba por el MAAC, caminaba sobre las piedras irregulares de la calle Pompilio, y llegaba a la terraza de J. Esta llegada era su momento favorito. “Al bajar las escaleras, se puede observar el río tranquilo que me hizo amar esta ciudad”, escribe en sus notas. Alice está preparando un libro en español sobre sus vivencias en esta tierra caliente.

J. introdujo a Alice en los tres lugares que luego serían su vida en el centro. Estos tres lugares han sido, en los últimos tiempos, el punto de encuentro de los artistas que viven o están de paso por la ciudad. La Culata, el Guayaquil Social Club, que luego cerró, y El Cangrejo Cultural, “el único lugar dónde vale la pena ir para bailar de verdad”.

Empezó con el Guayaquil Social Club. Se hizo amiga de Gabriel Proaño, un fotógrafo free-lance que decidió abrir este bar sobre la calle Rocafuerte como un espacio libre para músicos, actores, escritores, pintores o cualquier artista que quisiera intervenir. “Estaba buscando un lugar como el Guayaquil Social Club desde que empezó mi vida nocturna. Este bar mueve una parte del pequeño mundo intelectualo-cultural de la ciudad, que entiendo como una comunidad muy cerrada. No aguanto este mundo en Francia, quizás porque no me siento parte de él, pero me encanta mezclarme en él en otros países.”

Alice se dedicó a pintar un mural en el primer piso del bar. Terminaba clases a las 9 en la Alianza Francesa y llegaba, con el apuro de siempre, hasta el Club. “Bajaba la 9 de octubre, me paraba por el parque Centenario para comer un encebollado con mi amigo José, quien tiene allí su quiosco y seguía sobre la 9 hasta girar en la Córdoba. Giraba a la esquina de la Juan Montalvo y allí estaba el bar de mis sueños: abierto como una segunda casa, rústico y underground como un garaje de adolescentes que buscan un lugar para tocar música, amigable como un bar de pueblo donde todos los amigos se juntan porque no hay otro lugar”. Se quedó unos tres meses trabajando en el bar. Pasaba más ahí que en su propia casa. Atrás de la barra, viendo a sus amigos bailar y pedirle cervezas, era la más feliz del mundo.

Pero el bar fue clausurado dos, tres veces, perdió a sus clientes y nunca abrió de nuevo. El mural de Alice quedó encerrado en la sombra. Su vida del centro se movió a la calle Córdova y Mendiburo, donde queda el restaurante La Culata, que para Alice es como el Café de Flore, del boulevard Saint-Germain, de París, que fue lugar de encuentro de dadaístas y surrealistas. Alice es generosa al hacer esta comparación, pues en el Café de Flore, personajes como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir tenían mesa fija y atrajeron allí a buena parte del movimiento existencialista. Sartre escribió: “Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad”.

Alice ve que en La Culata, de Guayaquil, se juntan los artistas por todo motivo, una reunión de trabajo, comer un poco, compartir una biela. F., quien luego se hizo novio de Alice, dice que lo que hace un lugar, aquí en Guayaquil, no es el parecer bonito, si no la gente que cae. Y la gente cae a la Culata porque la Muñeca y Freddy, sus dueños y anfitriones, lograron dar amor a la comida y al ambiente.

(Escena tomada del libro de Alice)

Llego a La Culata. Son la cinco, y me uno a F. que está desayunando una cerveza y un ceviche.

Ustedes los artistas se levantan a las tres de la tarde y empiezan el día con una cerveza.

La plena, contesta F. y se deja resbalar en su silla, las manos sobre su barriga. Mira, qué bella es esta ciudad. Mira cómo voy a quedarme aquí y las cosas van a pasar.

Tenía razón. Sentarse en la terraza de la Culata es una cosa maravillosa. La gente pasa, saluda, se sienta, conversa, se va un rato, regresa, toma una biela, se caga de risa y, a veces, se calla. Y todos nos callamos para mirar a los buses y disfrutar del tiempo que pasa lento. Así es Guayaquil.

A veces, llegamos juntos. Él, con su bicicleta roja. Ojeo para ver si conozco alguien. F. no lo necesita, él ya conoce a todo el mundo (y gracias a eso, conozco a mucha más gente hoy). La primera persona que va a saludar es la Muñeca. La Muñeca es la dueña del lugar y también la mamá de estos niños borrachos. Todos están de acuerdo en decir que hace el mejor ceviche de Guayaquil.

Nos sentamos afuera para disfrutar del viento. El tiempo pasa, los panas se unen, las cervezas en la mesa se añaden y la bulla crece. El guayaco tiene esta particularidad: después de solo una cerveza empieza a gritar. Llega la noche y se inicia un movimiento lento para moverse de lugar. Cuando todo el mundo terminó de comer su plato (o el de otra persona, porque el guayaco tiene también la particularidad de compartir cualquier cosa que pide con 2, 3 ó 6 amigos), empieza el viaje más largo del mundo hasta El Cangrejo Cultural, dos cuadras mas allá de la Mendiburo.

El Cangrejo Cultural es mi otra casa. Es un hueco que solo tiene de cultural su nombre y la mitad de la gente que cae. La otra mitad son borrachos y punto. Los jueves son noches de lectura de poesía y literatura erótica. Nunca me arriesgaría a leer allá porque la gente está más ocupada en emborracharse, reír, gritar o en pelar su cangrejo que en escuchar, ¡yo incluida!

Después de la poesía es la hora de bailar salsa. Bailamos hasta el cierre, compartiendo cervezas menos y menos heladas y riendo más y más fuerte. Como de acostumbre, el cierre se hace con la policía. El bar se vacía y nos quedamos una hora más afuera, chupando las últimas bielas.

Esta vereda es parte inherente al Cangrejo Cultural. Una vez, salimos temprano de un evento que hubo a una cuadra y queríamos seguir la noche. Fuimos al Cangrejo pero estaba cerrado. Perdidos como niños sin padres ni casa, nos quedamos en la vereda pensando en dónde ir. Al lado, una familia estaba chupando en un carro, y sonaba salsa. Nos ofrecieron unos tragos y nos pusimos a bailar en la vereda vacía, hasta que se acabaron los tragos y se fue la familia, deseándonos un lindo final de la noche.

Cuando se termina el baile, empieza la ruta del punto A al punto B. Del Cangrejo Cultural tenemos que ir a la Ferroviaria, donde vive F. Subimos la Córdoba, giramos en la P. Icaza, y hacemos la primera parada. Compramos las “dos últimas bielas” en el Economarket de la esquina. Parece cerrado, pero hay que tocar la ventana mágica, y allí se puede pedir cualquier cosa. Para beberlas, nos sentamos en la esquina de la 9 de octubre. Los chicos llaman a este lugar “la oficina”. Al inicio de este ritual, me quedaba bastante callada, escuchando las huevadas de los chicos. Luego, vino mi integración y ahora soy parte del grupo. Gané el derecho de que se burlen de mí también. Estar bebiendo cervezas en la calle de noche en Guayaquil es una experiencia genial.

Antes de venir a Guayaquil, Alice estuvo viviendo siete meses en Nueva Delhi. Allá aprendió todo lo relacionado con el té, así que, por las mañanas hasta las seis de la tarde, Alice abre El Café del Cangrejo, que queda en el mismo local del Cangrejo Cultural. Ahí, además de café con caña o café chai, prepara variedades de té: verde, negro, rojo, de flores, de frutos, o el té de la bruja, su especialidad. Se siente tan gusto en Guayaquil que está buscando departamento en el centro. “Es la primera vez que me siento en casa”, dice.

AMARANTA PICO. El centro como un horizonte abierto

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(antropóloga, investigadora, escritora quiteña. Se mudó al centro de Guayaquil el año pasado para trabajar en la Universidad de las Artes y su experiencia ha resultado profundamente transformadora.)

He llenado como diez cuadernos de información sobre mí misma en estos meses en Guayaquil. Me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Amaranta Pico

Amo el silencio, dice Amaranta Pico para empezar. Ella nació en Quito hace 36 años, y el 7 de junio del 2015 se mudó al quinto piso de un edificio que queda sobre la ruidosa calle Aguirre, esquina Malecón. Desde el ventanal de su cuarto hay una vista espectacular de la ría, el centro y su lugar de trabajo: la Universidad de las Artes.

En Quito, también vivía en el centro, en Matovelle y Canadá, en el barrio San Juan, justo en una esquina en la que los buses frenan con mucho esfuerzo por lo empinado de las calles. Como diez líneas de buses pasaban por ahí. No había instante en que no haya un bus pitando o frenando, u otro carro casi chocándose con él. Lanzando humo negro todo el día. Por suerte, solo la sala daba hacia esa calle. Su cuarto daba hacia las montañas. Frente a su ventana había un horizonte abierto. San Juan es un barrio muy empinado, es como un mirador natural de Quito. Desde su ventana se veía el Cotacachi, el Imbabura, el Cayambe, el Cotopaxi, el Antisana. En su habitación, en las noches, el silencio era total. Si abría las ventanas, se desplegaba un paisaje increíble.

Yo llegué un domingo de noche a Guayaquil y el lunes por la mañana, el ruido era ensordecedor. Acá pitan el doble, es mucho más ruidoso. Y aunque aquí estoy en un quinto piso y allá era un primer piso, aquí fue más fuerte el ruido. Pero ya el segundo día, dejé de poner mi atención en ese ruido, cambié mi actitud, porque si me enfocaba en esa queja, no lo iba a pasar bien. Lo que hice fue, como si fuera una lámpara que le había puesto al ruido, quitarle la lámpara al ruido y ponerla en todo lo otro que sí estaba bien. El ventanal es enorme, y desde mi cuarto se ve un paisaje impresionante. Cuando uno se levanta, no ve los edificios. La vista de la ventana me permite sólo ver la Ría y la isla Santay. Se ven solo árboles. Entonces, mi primera impresión fue como estar en la selva, porque el río Guayas es como los de la selva en su amplitud. ¡Estoy en la selva! me dije y todo cambió.”

Todo cambió de un día para otro. Amaranta puso su atención en ese horizonte limpio y hasta ahora la sigue poniendo. Después, se fue dando cuenta de que hay un montón de pájaros que nunca había visto en su vida, porque la gran mayoría de pájaros son distintos en la Sierra. Empezó a darle mucho espacio a la contemplación gracias a esto. Después, puso atención a otras cosas, como que su casa era un espacio amplio que le proponía mucha introspección.

El espacio de contemplación también trajo experiencias distintas. Pudo, por ejemplo, percatarse de la intensidad de los colores y descubrir la magia del gris.

En Guayaquil los colores son saturados, piensa Amaranta. Los verdes son más verdes, los amarillos son más amarillos que en Quito. Y eso que allá es canicular el sol. A mí me afecta más el sol de la Sierra que el de acá, porque acá el cielo es gris, y siempre hay como un velo. En Quito, el cielo es azul nítido. Yo crecí en ese azul y conozco quiteños que se quejan porque aquí el cielo es gris. Pero a mí me encantó este cielo diferente, porque descubrí la belleza del gris. Incluso el río y el cielo cambian de colores. En la mañana, justo cuando sale el sol, tipo 6, el río es plata y el cielo también. En el día, el río es ya más turbio, se pone un poco café con el calor. Y en la noche, el río es color firmamento, y se confunde con la oscuridad del cielo. Como no hay luz en la isla Santay, el río desaparece en la noche, no se ve. El cielo es negro, el río es negro y parece que la ciudad estuviera flotando en mitad del océano como un barco. Es increíble esta ciudad”.

Cuando Amaranta va a Quito se siente otra. Como se crió ahí, le da la impresión de que esa es la vida real. Llega a la casa de sus papás (su padre es el coreógrafo y bailarín Wilson Pico y su madre, la escritora Natasha Salguero) y se conecta con toda su historia personal. Algo en ella se pone el chip de Quito apenas baja del avión o del bus. “Tengo una relación que ya está establecida con mi familia, que es muy bonita, veo a mi gato y a mis amigos que siempre me reciben con una sonrisa como si no me hubiera ido ni un día. Y eso es perfecto. Pero yo siento que actúo de una manera distinta allá. De la manera en que yo creía que era. No digo que esté mal, pero venir acá me dio la posibilidad de ver que no era solo así”.

Guayaquil le da la libertad de estar sola en una ciudad. “Al no tener acá a mi familia, estoy desprovista de ese abrazo, que está ahí cuando quiera, incluso a la distancia lo siento, pero, al estar desprovista, puedo abrirme. Aquí es como si tuviera la posibilidad de hacer lo que quiera, cualquier día, en cualquier momento. Como tampoco tengo familia que mantener, estoy en un momento de total independencia”.

Esta experiencia en Guayaquil ha sido tan profunda que, incluso, puso en jaque la personalidad de Amaranta. “Yo antes pensaba “es que yo soy así”. Por ejemplo, si en un sitio no me sentía bien recibida, me iba, como por una idea de dignidad. No decía nada, pero me iba y por dentro decía: “es que yo soy así”. Dentro de ti hay como un orgullo. Ese y un montón de rasgos muy arraigados que finalmente hacían mella en mí, salieron a la luz aquí. Al salir de mi antiguo espacio de confort pude ver algunos rasgos y darme cuenta de que eso no era yo. Aquí puedo como desvestirme, cuando yo quiera de eso, de esa supuesta personalidad. Ahora me siento tan bien recibida que estoy repleta de gratitud”.

Antes yo decía, muy férrea: “estos son mis valores”. Pero aquí vi que no todo era tan rígido. Pude ver los matices. Aprendí a apreciar el gris. Aquí he podido dejar de ser ese juez tan implacable con uno mismo que no deja pasar ni una. En Quito, escribí una vez una escena de un juicio. Yo era la jueza, el abogado acusador, el abogado defensor, la acusada, el jurado, el público y hasta el guardia que cuidaba la puerta. Y todos eran terribles. Poner eso en palabras fue bueno, porque todo lo que estaba ahí podía parecer chistoso literariamente, pero todo era verdad”.

SIMONÉ DELGADO: La transformación interior del centro

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(Artista del maquillaje, amante de la danza, casada con Javier Borja, quien es fotógrafo y músico experimental. Simoné dirige el Café del Río, que queda dentro del MAAC y es un espacio que se abrió en 2015 para acoger las propuestas de los artistas locales y extranjeros que están de paso.)

Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad.”

Simoné Delgado

Si ustedes se adentran en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo, ubicado al final del Malecón, podrán ver una tienda de souvenirs, que está llena de objetos, postales, artesanías, libros, ropa y demás cosas hechas por los artistas locales. Más allá, verán el escenario donde todos los jueves en la noche se presentan diferentes propuestas artísticas, arqueológicas, antropológicas, filosóficas, como parte de la programación del Café del Río, inaugurado en agosto de 2015. Si continúan, se encontrarán con la cafetería, donde pueden pedir un tinto, vino, té o algo para picar. Al lado izquierdo, hallarán una puerta que los llevará al balcón de fumadores, donde podrán contemplar la belleza del río Guayas. Y si prosiguen, más allá de la cafetería, encontrarán tres cubículos, cada uno con una pantalla donde se proyectan distintos vídeos sobre los artistas del Café del Río, o sobre las muestras del Museo.

Simoné Delgado es quien está a cargo de la programación del Café del Río. Ella admite que nunca se llevó bien con Guayaquil, siempre mantuvo una relación de odio / amor con la ciudad. Pone primero al odio, porque es lo primero que siente hacia Guayaquil. Esto suele pasarle a muchas personas sensibles que no encuentra un espacio de libertad y armonía en el caos guayaco. Sin embargo, durante los últimos seis meses del 2015, Simoné siente haber vivido un renacer, no de Guayaquil, sino de ella misma.

Le propusieron hacerse cargo del Café del Río, un espacio que estaba inerte dentro del MAAC. “De repente, se me da la oportunidad de hacer algo con un espacio hermoso que ha estado ahí para nosotros todo este tiempo. Y de repente todo cambió. Vi otro Guayaquil. Otra gente. Otra energía. Unas ganas de absorber información, una curiosidad, una urgencia por compartir el talento, un ímpetu por disfrutar la ciudad de verdad. Todos los jueves Guayaquil me llena un poco más de esperanza”.

Para Simoné, el Café del Río “es un espacio donde converge todo lo más lindo del ser humano: su arte, su pasión por lo que hace, sus talentos pulidos con disciplina, su mejor energía, su agradecimiento infinito. Es increíble. Por eso a mí me encanta tomar una foto al final del público junto con los artistas en el escenario. Porque ellos son los que invaden el museo con lo mejor de ellos. Sin nuestro público, el museo no es más que un edificio lindo y frío. El público de Café del Río y todo lo que ahí sucede me recarga de amor por esta ciudad. Nos unimos a Malakita, La Culata, El Cangrejo Cultural, los lunes culturales de la ESPOL, Casa Fantoche y toda la comunidad del centro de Guayaquil para celebrarnos a nosotros mismos y nuestro arte. Y yo estoy muy orgullosa de eso”.

JAVIER LAZO: Cronometría y personalidad del centro

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(Fotógrafo, bohemio, nómada urbano. Ha vivido en muchas direcciones de Guayaquil, pero desde hace 13 años, el centro es su casa. Conoce los ires y venires de la gente, y los ritmos en los que se mueve el centro).

El norte empieza en Las Peñas, en las escalinatas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, en la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. Al este, tienes el malecón del río y al oeste, el malecón del salado.

Javier Lazo

El fotógrafo Javier Lazo fue uno de los primeros en exponer su trabajo en el Café del Río. Él nació en la boca del Pozo, en 1979, atrás del colegio Huancavilca, donde había una pequeña vecindad. También vivió en La Pradera, en Ximena y Urdaneta, en la Garzota, en Brisas de Santay, que era como estar en el campo: podía salir en bicicleta y regresar a las dos de la mañana. Pero no cambia por nada la vida intensa del centro.

Una vez vivió en Mendiburo y Rocafuerte, plena Zona Rosa. “En las noches, estar en mi departamento era un suplicio por el Colonial, el único bar que no tenía hermetizado el sonido. Aguanté unos tres años, al principio bien, porque llegaba a las tres de la mañana, pero luego cuando trabajas, y trabajas en un diario, es imposible”. De todas formas, según Javier, la intensidad del centro depende del horario. A partir de las siete, la ciudad muere, “y el centro es más silencioso de lo que la gente piensa”.

En el centro tienes todo, y todo lo haces a pie. Te evitas ese movimiento en bus, en taxi, que siempre te quita tiempo. Si hay que movilizarse, un taxi no te cuesta más de 3 dólares”.

Javier prefiere vivir en el centro, aunque pueda ser peligroso. “Yo andaba mucho en bici, hasta que me robaron, por la Culata, a las 11 de la mañana. Pero, al final, por donde paso, tengo la facilidad de siempre vincularme en las calles, sea en las seguras o en las inseguras. Muchos ya me ubican como un personaje del barrio. No me siento inseguro, a pesar de que siempre hay que estar alerta. Estás en Guayaquil, eso te demanda vivir un poco de paranoia, pero una vez que tienes aprendido el funcionamiento del ser humano sorprendes al propio ser humano”.

Guayaquil tiene ciertos circuitos seguros, pero más allá de esos circuitos seguros quién sabe qué pueda pasar. Ese circuito no deja de ser una especie de cruce que te permite conectarte a la red. En el centro tienes el Malecón, tienes hasta la calle Boyacá para caminar seguro y tienes la 9 de Octubre. De esa manera, tú puedes llegar a los puntos donde puedes tomar la metro o cualquier transporte. A pesar de que la mayoría lo considere inseguro, el centro es el más seguro porque tienes cámaras por todos lados. El centro está super vigilado.

Le pido a Javier que me delimite el centro. Dice que al norte empieza en las escalinatas de Las Peñas. El sur llega hasta la Caja del Seguro, que queda sobre la calle Olmedo. De ahí para allá es un centro-sur. La Bahía está incluida dentro del perímetro. Al este, tienes el malecón del río; y al oeste, el malecón del Salado. La 9 de Octubre atraviesa el centro y lo divide en dos a la altura de la plaza del Centenario.

Guayaquil tiene muchas caras. El centro es mucho más de gestión y en las noches, la vida se concentra en pocos espacios. La gente viene del norte, sur, de todas partes, pero es gente vinculada al arte o a la cultura y siempre buscan apropiarse de estos lugares donde todo el mundo se conoce, donde siempre se encuentran.

Javier ha expuesto su trabajo en varios lugares del centro. De manera individual, expuso en el Museo Presley Norton y ha participado en muestras colectivas en el centro apropiándonos de bares, o lugares como la galería Espacio Vacío, en su momento. “Son lugares donde la comunidad se desenvuelve e invita a los que están fuera del circuito a acercarse, dándole una vida nocturna al centro de una manera sana, y me refiero a que no es lo mismo la onda de los bares y discotecas, donde puedes ver mujeres golpeándose, a un lugar donde está reunida gente que se conoce, se aprecia y se cuida. En estos momentos, esos lugares son La Culata, el Cangrejo Cultural y el Mono Goloso (queda sobre la calle Luzarraga y es un rincón francés de pan y dulces en el centro)”.

Luego, están los circuitos culturales que se suceden en el año. Entre enero y abril poco ocurre en la ciudad. Todo empieza en mayo. En julio, están los salones y demás y siempre hay un cronograma del año. En promedio, puede que dos veces al mes sucedan cosas interesantes. Los mejores meses son finales de julio hasta septiembre-octubre. Después de las fiestas de octubre, baja el ritmo y se retoma en diciembre.

WALTER PÁEZ: La ciudad son los amigos

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(Walter es el maestro de grabado por excelencia de Guayaquil y su taller, uno de los lugares más exquisitos para visitar en el centro. En toda su vida, ha tenido alrededor de mil ochocientos alumnos. Es maestro en Guayaquil y lo ha sido en lugares tan distantes como Lisboa o Teherán. Junto a un grupo de poetas y cronistas, vivió, desde el inicio, el proceso de la vida bohemia del centro.)

Nosotros podíamos dejarle a los saloneros del Montreal cualquier encargo o recado. Entonces, yo llegaba y me decían: ahorita pasó Martillo, dijo que iba a estar en tal parte. Siempre pasaba lo mismo: nos sentábamos a refrescar con un par de bielas y terminábamos en una borrachera hasta el día siguiente. Todos casi mueren por el alcohol.”

Walter Páez

Walter Páez es un hombre de profundas convicciones. Viajar por todo el mundo no lo ha cambiado. Tiene 65 años y dice, de una manera tajante, que hay cosas a las que no puedes renunciar: a la ciudad en la que naciste, a tu equipo de fútbol y a tu familia.

Él nació en Quito y pasó su infancia entre Quito y Latacunga, donde estudiaba en un colegio agrícola. Después se vino para la Costa, y se matriculó en una escuela cerca de Tenguel. Su memoria guarda parajes hermosísimos de esa época, dice que era como estar en Macondo. Walter completó su bachillerato en otro colegio de Agricultura, en Daule. Sin embargo, los conocidos en esa infancia remota quedaron atrás. Sus amigos, los de la travesía en Guayaquil, son como sus hermanos. “Con ellos tengo esas vivencias más interiores”, dice. En 1969, Walter llegó a Guayaquil para estudiar en la Universidad, donde se graduó de ingeniero agrónomo.

Por aquella época, Walter tenía una tremenda actividad política. Era militante del partido Socialista Revolucionario y fue miembro del Consejo Universitario. Empezaba a multiplicar gente. Luego se graduó, se fue a Nicaragua un tiempo, después a México, ahí se empató con un viejito que le enseñó Grabado, sin embargo, Walter siempre tuvo la inclinación creativa. En el partido era el que diseñaba los afiches. Empezó a frecuentar, en el centro de Guayaquil, los dos lugares que, por entonces, eran el sitio de reunión de los intelectuales y artistas: la Casa de la Cultura y la cafetería El Montreal, que quedaba diagonal a la plaza Centenario. Esto a finales de los sesenta. Ahí era común ver a escritores, poetas, cronistas observando y escribiendo sobre Guayaquil.

Sobre todo nos reuníamos con los intelectuales del grupo Sicoseo: Edwin Ulloa, Jorge Itúrburo, Jorge Martillo, Fernando Nieto. Luego, comencé a ilustrar cosas para muchos de ellos. A Jorge Velasco (Mackenzie) le he ilustrado como siete libros. Hasta ahora viene, borrachito y cojito, pero aquí viene”, dice Walter.

Las crónicas y los cronistas son parte de esta generación. Guayaquil era terreno fértil para dejar correr ríos de alcohol y de tinta. Se destacan los amigos de Walter: Jorge Martillo Monserrate, a quien llaman “el conde”. Francisco Santana, más conocido como “el negro”. Y “el pelado” Jimmy Mendoza, probablemente el artista más desadaptado de entonces. Junto a ellos, “vivíamos con una velocidad que es difícil de volver a vivir”, dice Walter.

Hace 14 años, Walter reconstruyó el lugar donde ahora queda su taller, sobre la calle Imbabura, entre Panamá y Rocafuerte. Justo abajo del taller, estuvo el Gran Cacao, el primer bar underground de la Zona Rosa, que puso “el pelado”. Antes, montó el primer Palo Santo, que quedaba en el sur, y el segundo Palo Santo que quedaba en el centro.

El libro Historia Sucia de Guayaquil, de Francisco Santana, cuya portada es un grabado de Walter, cuenta muchas historias intensas y lujuriosas, que ocurren en estos lugares del centro. En una crónica suya publicada en diario El Universo, en 2011, se describe perfectamente el ambiente del Cacao: “Colgadas en las paredes se ven las palas de madera para remover el cacao cuando este secaba al sol, sacos rellenos que sirven para sentarse, sillas y mesas de muyuyo, velas encerradas en complicados receptáculos y otras cosas antiguas, no viejas. En el centro de todo eso, la gente. Cuando pregunto por ahí ¿por qué vienen? Francisco Perrone asegura que le recuerda a Estudio 54 de Nueva York, pero en versión underground 2004. Aquí a nadie le importa quién eres ni de dónde vienes. Eres un simple ser tomando unas copas.

Eso sirve, por aquí todo viene bien. Viene bolero, blues, salsa, son, rock, disco, flamenco, balada, pop, tango, bossa nova, jazz. Viene variado y fuerte, va con todo la música, aquí no hay algo definido. Es un lugar donde la gente baila y pierde; pierde esa sensación de excluido que tantas veces ha masticado en otros sitios”.

Walter recuerda que “cuando aquí había El Cacao, con “el pelado” bebíamos tres días seguidos. A veces, “el negro” no iba al trabajo. Y cuando iba, iba a esconderse en su oficina (en diario El Universo). Martillo siempre fue free lance del mismo periódico. Se desaparecía y lo buscaban. Estaba siempre desaparecido. Nosotros nos íbamos a Mapasingue, cuando no se podía subir a los cerros. Allí teníamos a una señora que nos hacía el desayuno y nos vendía cerveza. También, teníamos una tiendita en el barrio Cuba. Nos movíamos por toda la ciudad. Pero, al final, siempre terminábamos en el centro”.

Pero en su santuario, que es el taller, él no ha dejado entrar el relajo. “Ni aquí ni en ninguna parte”, dice muy serio. Porque cuando dirigió los talleres de grabado en el Banco Central tampoco. “Siempre que querían entrar borrachones los botaba, porque eso crea un mal ambiente, así no se puede enseñar”. Walter dejó de beber hace seis años.

El otro día, dice, estaba sacando las cuentas de cuántos alumnos ha tenido. Dice que ha enseñado técnicas de grabado a unos 1.800 alumnos en Ecuador. Afuera, en Portugal, dio clases en la Universidad. Viajaba en junio y se quedaba hasta noviembre. Walter también dio clases en Irán, cuando no se podía. “En Teharán preparé un grupo de grabado, hace cuatro años. En Cuba también compartí como profesor invitado”.

¿Qué sientes por Guayaquil?

Siento por Guayaquil lo que todo el mundo siente por la ciudad en la que vive. No siento una diferencia mayor que lo que siento por el casco colonial de Quito o lo que siento por la Habana Vieja, porque tiene que ver con lo que he vivido con la gente en sus esquinas interiores.

MAURO SBARBARO: El caos se revela en el centro 

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(Pintor, escultor, creativo, trotamundos. Nació en Guayaquil hace 43 años. Desde niño estuvo ligado al centro. Su abuelo vino de Italia para poner, sobre la calle Quisquís, la fábrica de los famosos sombreros conocidos como “tostadas” que se usaron en el Guayaquil de antaño.)

En 42 años he transitado por más de diez países y he vivido en Ecuador, Estados Unidos, Italia, Suiza e Inglaterra. Y Guayaquil centro es el lugar más tenaz donde he estado. Aquí no importa si eres rico, o estás chiro. Vienes al centro y te vas a un bar, te pegas dos tragos y te sientes un dios. O el dios de los miserables, o el dios de los reyes. Lo que se llama “la bohemia del centro” incluye todo: sexo, drogas y rock and roll.”

Mauro Sbarbaro

Mauro es alguien que no pasa desapercibido en el centro. Parece un gringo, pero habla como guayaco. Es lo primero que me impresionó de él, eso y sus enormes ojos azules.

Nació el 18 de enero de 1973, en Guayaquil. Estudió en el Cristóbal Colón y se crió en el barrio del Centenario, pero iba siempre al centro para visitar a sus abuelos. Sobre la calle Quisquís, dos cuadras más allá de la Boyacá, hay una casa de propiedad de italianos que llegaron al puerto hace tres generaciones. En esa casa, una de las más antiguas del barrio, vivían los abuelos de Mauro, quienes tenían seis hijos; la menor de todas, la madre de Mauro. Ezio Bigalli fue quien trajo, desde Italia, las famosas tostadas, los sombreros que reinaron en la cabeza de todos en el elegante Guayaquil de antaño, cuando la calle 9 de Octubre era una pasarela glamorosa, donde estaban los teatros. Las mujeres, los hombres y los niños se vestían con pulcritud y elegancia, tenían buenos modales y eran gentiles. Con el tiempo, el centro de Guayaquil se fue degenerando.

La primera fábrica de los sombreros Ezio estuvo en esta casa, donde ahora viven los padres de Mauro. Desde la ventana de esta casa, Mauro ha observado detenidamente a la gente que vive y pasa por el centro.

El centro es nostálgico, porque aquí es donde nació Guayaquil. Comenzó en estas calles, desde el cerro hasta acá. Aquí es la división entre Quisquís y Junín. Mi abuela vivía en esta casa y yo he visto de todo, desde que era un niño.

Mauro siempre ha sido hiperactivo y un viajero incansable. Ha recorrido medio mundo. La primera vez que vivió fuera de casa fue durante un intercambio, en Estados Unidos. La Universidad la hizo en Florencia, Italia, país de donde provienen sus abuelos de parte de madre. Durante diez años, estuvo viviendo en varias ciudades europeas. Vivió seis años en Suiza y tres en Londres. Luego de esto, decidió volver a Guayaquil. Entonces, regresó a vivir con sus padres, en la casa del centro. Ahí instaló su estudio de arte. Mauro pinta, esculpe, fotografía, es un artesano y un creativo a tiempo completo. Su obra ha sido expuesta en Japón, en Suiza, en Londres y, varias veces, en Quito y Guayaquil. El año pasado, durante un mes, estuvo expuesta en uno de los museos del centro, el Nahim Isaías.

Cuando dices que has visto de todo ¿a qué te refieres?

Por cien metros hay un distribuidor de droga, tú ves las batidas de los policías, están los chongos, las cantinas de mala muerte… Esta es la zona de tolerancia donde están todos los cabarets. A mí nunca me gustó vivir en el centro. Siempre fue sucio, maloliente, la gente te mira mal. Nunca me he sentido seguro. Una vez, desde la ventana, vi cómo me estaban robando el carro. Bajé y vi al tipo que estaba husmeando, y le digo: ¿qué haces, oe? Y me contesta: ¡ya, quédate frío! Y se fue”.

Así es aquí en el centro. La cosa es descarada. Ya no es que te timan, ya te arranchan. Esto ya no es viveza criolla, esto ya es el zafarrancho. Aquí no hay respeto por nadie.

En el centro tú puedes orinar, cocinar, robar, abrir los carros, jugar pelota, dormir dentro del carro, dormir con un cartón donde te dé la gana, cerrar las calles, botar basura, escupir, tener sexo. El centro está lleno de moteles, pero en la calle mismo tiran. Yo lo he visto. También he visto cómo sacan el trasero en la avenida y defecan a plena luz del día. Eso no lo he visto en ninguna parte del mundo. Desde mi ventana, he visto de todo: policías corruptos, comisión de tránsito corruptos, ladrones, prostitución. Y no es de ahora, ha sido toda la vida. En más grado, en menos grado, pero siempre ha habido. La cantidad de basura que he visto tirar. Nunca en mi vida he visto un lugar tan sucio como el centro de Guayaquil. Nunca vi tan poco amor de la gente por su ciudad.

Para Mauro, la ventana de su casa es como una pantalla gigante. Él no ve televisión y dice que con esta película que ve del centro tiene para toda la vida.

Compara el centro con el arca de Noé, con todos sus animales adentro. Dice que Guayaquil está llena de sapos, iguanas, lagartos, monos, chanchos. Y harto borrego. Pero esos borregos que no saben decir ni meee, simplemente guardan un absoluto silencio.

Él ha ido y venido de Guayaquil varias veces. Pero ya desistió de intentar vivir en una ciudad de la que se siente excluido como artista. “Siempre he visto lo mismo, nunca he visto un cambio. Los mismos cuatro se reparten los premios entre ellos. Siempre queda una garra de algún dinosaurio que con una uña pellizca”.

Cuando volvió de Londres, en 2013, Mauro vivió dos años en el centro y asegura que su experiencia fue terrible. “Yo tengo callos de vivir aquí, y he vivido obligado. Yo no elegiría jamás vivir en ninguna parte del centro. Yo elegiría vivir apartado de todo este cablerío (se refiere a los cables de teléfono y luz que parecen tallarines sobre las cabezas de la gente). Yo he logrado crear en este caos, pero con mis artimañas: audífonos, música a todo volumen o tapones, porque el grado de contaminación auditiva es altísimo”.

Desde el año pasado, Mauro vive alejado de la ciudad, en Puerto López, un pueblo de pescadores al que todos los años llegan las ballenas. Allí, en medio de la naturaleza, con el silencio necesario para crear, se siente el hombre más feliz del mundo. La crudeza del centro de Guayaquil lo altera. Es algo que no puede soportar. No solo es el caos, el ruido, sino también el control.

Guayaquil es una ciudad sitiada, una ciudad tomada por los piratas, donde las riquezas ya están repartidas. Por eso tanto control. Los piratas lograron infiltrarse. Todo es pirata lo que compras. Todo lo que tú quieras comprar que antes venía de China de manera ilegal, ahora es legal. Por eso terminó la Bahía. Se ahogaron ellos mismos. Dieron tanta oferta que lo único que les queda es regalar el producto. Y no pueden hacerlo ¿si no qué ganan? Hay tanta competencia. En Guayaquil todo está basado en la economía, en el dinero. Es la capital consumista del país.

Guayaquil es una ciudad tóxica donde las aguas se estancaron ya.

¿Qué crees que hay que hacer en Guayaquil?

Al contrario, en Guayaquil hay que dejar de hacer. Guayaquil es una ciudad en permanente actividad, nunca deja de hacer. ¿Para qué quieren más cosas? ¿Para qué tanto hacen? No hay personas suficientes para acudir a tanto restaurante, a tanta franquicia, a tantos eventos, para comprar tantas cosas. Las personas en Guayaquil, sean artistas o no, deben dejar de hacer, buscar la quietud. Encerrarse en sus casas y meditar. Hacer un acto de consciencia general.

Porque, al final de todo, uno dice: es chévere vivir la locura, la borrachera del centro. Pero eso ya fue, eso ya colapsó. Ya no es chistoso, ni es una forma de vida. Todos los que vivían de la “huevadilla”, vivieron de algo momentáneo, ilusorio. Vieron hacia afuera, no vieron hacia dentro de ellos mismos. Son como monos que van detrás de la novedad. A pesar de ser tan caliente, en Guayaquil nunca sentí fraternidad, o hermandad. El apoyo siempre fue ficticio, fue “pura boca”. Todo es falso. Es obvio para todos: yo no me siento parte de este lugar. Nunca fui parte. En Guayaquil no hay dónde ni cómo echar raíces.”.