Ema y la libreta mágica


Ema sueña que viaja por el cielo nocturno montada sobre un ganso gigante. No sabe a dónde se dirigen, pero se siente feliz y muy cómoda sobre el enorme cuerpo del ave, que tiene el pico grueso y naranja, las patas de color rosa suave y el plumaje de un blanco plateado y resplandeciente como la luna. La voz del ganso es muy fuerte y suena como una trompeta. Al parecer, Ema entiende todo lo que su amigo ganso le dice. De pronto, Ema siente una mano sobre su cabeza. Es su madre, quien la despierta para ir a la escuela.

A regañadientes, Ema se levanta. Quiere seguir soñando, pero el horario escolar se lo impide. “No importa”, piensa, “lo anotaré todo en mi libreta para que no se me escape el ganso”. Enseguida, Ema toma su libreta y describe la imagen de ella volando sobre la ciudad con su amigo. 

Los sueños son su inspiración, de ellos saca ideas geniales para escribir cuentos. Para Ema, el mundo no está hecho de átomos ni de polvo de estrellas ni de diminutas partículas, sino que está hecho de fantásticas historias que apunta en su libreta. Ella va con su libreta a todas partes.

Ema ama con locura las historias de todo tipo, menos las que dan miedo. En su habitación, tiene una repisa llena de libros de cuentos, y todas las noches su madre le lee alguno.

Ema no lo recuerda, pero su padre le contaba historias cuando era un bebé, y aún en el vientre de su madre, su padre se quedaba dormido contándole historias que, muchas veces, sacaba de su cabeza. 

Cuando Ema regresó de la escuela, tuvo una idea: escribir una historia que no haya soñado para ver si se producía el efecto contrario. Si cuando sueña algo, lo escribe. Tal vez, cuando escriba algo, lo sueñe. Entonces, Ema escribió un cuento en el que ella estaba a punto de ser raptada por unos bandidos y, de pronto, apareció un hermoso príncipe que la rescató, la cargó en sus brazos y la puso a salvo.

El príncipe llevó a Ema a un bosque encantado en el que le presentó a todos su amigos. Entre ellos, estaba un zorro mucho más grande que ella, a quien, en principio, le tuvo miedo, pero luego, al ver la enorme sonrisa del zorro, Ema lo abrazó como si fuese su compañero de aventuras.

También, estaban los pájaros multicolores con los que Ema podía comunicarse perfectamente en el idioma de las aves y el caballo del príncipe, que era negro pero de brillantes crines doradas.

Tal como lo pensó, cuando Ema se durmió esa noche se vio montada en el caballo negro del príncipe, cabalgando bajo un manto de estrellas que caían fugaces.

Ema se sentía libre y estaba muy emocionada, porque en el sueño sabía que el caballo la estaba llevando directamente donde el príncipe. Y así fue. Pero cuando lo vio, Ema se dio cuenta de que el príncipe no era como ella lo había pensado en su cuento: un hombre ya grande, moreno, alto, fuerte, sino que era parecido a ella.

Era un niño de nueve años que vestía con ropajes reales y que podía hablar con todos los animales del bosque encantado.

El pequeño príncipe llevó a Ema en su caballo negro a conocer a sus amigos, y Ema pudo abrazar al zorro y conversar con los pájaros multicolores, igual que lo hizo en su cuento.

A la mañana siguiente, Ema le dijo a su mamá que su libreta era mágica, y que todo lo que en ella escribía, luego lo soñaba.

Su mamá se quedó sorprendida, y se alegró de que su hija tuviera una imaginación tan prodigiosa.

Viendo que el cumpleaños de Ema se acercaba, su mamá le preguntó qué quería de regalo. La niña le dijo que quería que todos sus amigos se hicieran reales para que ella los pudiera ver.

“Eso no es posible, hija”, le dijo su mamá. “Esas son sólo historias de fantasía que se quedan en los cuentos y en los sueños”.

Pero Ema insistió en que sí era posible.

Esa noche, en los sueños, Ema volvió al bosque encantado y les pidió a sus amigos: el ganso, el zorro, los pájaros, el caballo y el príncipe que se volvieran reales para su cumpleaños.

Ellos le explicaron que si se volvían reales, las personas podrían asustarse y hacerles daño y que ellos preferían seguir viviendo tranquilos en el bosque encantado y que ella podría visitarlos siempre en sus sueños. Entonces, Ema rompió a llorar.

El príncipe le dijo que como él era humano, él sí podía ir con ella a su mundo, pero que dejara a los animales en el bosque. Ema aceptó.

Cuando su mamá fue a despertarla, Ema le contó que el príncipe vendría para su cumpleaños y que había que preparar una comida digna de él.

Su mamá sonrío, y aceptó el desafío de cocinar para alguien de la realeza. 

El cumpleaños de Ema llegó, todas sus amigas de la escuela fueron a su casa por la tarde, le dieron regalos, le cantaron el cumpleaños feliz y comieron el pastel y la deliciosa y abundante comida que había preparado su mamá, pero Ema estaba triste, porque el príncipe nunca asomó.

“No importa, hija. Tú eres mi princesa, hice esta comida por ti”, le dijo su mamá consolándola, y de regalo le dio una nueva libreta, de filos dorados que en la tapa tenía dibujado un cielo estrellado.

Esa noche, Ema se quedó dormida y soñó con el príncipe. Él le dijo que sí estuvo en su cumpleaños y para probárselo le contó, paso a paso, todo lo que ocurrió, incluso le dijo las cosas que hablaron sus amigas, todo lo que comieron y le describió su cara de tristeza porque él no llegaba.

“¿Pero por qué no te podíamos ver?”, le preguntó Ema.

“Porque yo sólo existo en tu imaginación, querida Ema. Tú sólo puedes verme cuando estás conectada con tu imaginación, y cuando eres feliz. Y en tu cumpleaños, tú estabas conectada con otras personas, y con la tristeza, así es imposible que me veas. Eres tú quien me da la vida”.

Ema comprendió que sólo en sus sueños o cuando ella escribía sentía esa profunda emoción de felicidad que le hacía percibir esos reinos sutiles que ella recreaba en su imaginación.

Entendió que había una realidad paralela a la que ella tenía acceso solamente cuando dejaba fluir esa increíble creatividad, y que se cortaba cuando se lo contaba a alguien más, o permitía que la tristeza la invadiera.

A partir de entonces, Ema conservó como un secreto su relación con los maravillosos seres que ella conocía a través de sus cuentos y sus sueños. Sólo la libreta mágica podía saber todos sus secretos.

Despertar


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La consciencia de cada persona despierta de manera distinta. Siendo este un proceso, se iniciará cuando la persona empiece a ver más allá de la mente, el ego o personalidad y de todas las ofertas que se ofrecen como garantías y alternativas de una supuesta mejor calidad de vida.

Muchas personas dicen sentirse decepcionadas de la vía espiritual que han tomado, porque sus religiones, pastores, sacerdotes, chamanes, maestros, guías o sanadores no han sido lo que ellas creían. Estas personas se confundieron creyendo que el camino era hacia afuera, y mientras no empiecen el camino verdadero, que es hacia adentro, despertando sus propias consciencias dormidas, ellos no verán más que oscuridad.

Ahora como hongos se reproducen los falsos maestros intentando captar víctimas. Muchos caen presas de seres oscuros que, a través del engaño, los llevan a abismos de donde es difícil escapar.

El despertar empieza cuando el ser interno despierta, y comprende que es un espíritu viviendo una vida física. Se da cuenta de que está más allá de las formas, pensamientos, acciones y experiencias, entendiendo que todas estas son ilusiones creadas por la mente. La mente es una energía con consciencia que, en complicidad con el ego, manipula a través de los pensamientos y creencias para controlar y construir realidades que solo son fantasías.

Todas esas distracciones nos impiden ver lo que realmente es, lo que somos y desvían nuestra atención hacia otros lugares que nos llevan hacia la dependencia y la esclavitud mental. Incluso nos llevan al extremo de hacernos creer que vivir experiencias extrasensoriales, donde, aparentemente, nos conectamos con seres de otros planos dimensionales, es una señal de que ya hemos despertado.

Otra de las trampas de la mente ególatra es hacernos creer que hay fórmulas o requisitos para despertar y, además, que debe producirse luego de mucho sufrimiento y dolor. Pero no es así, ya que seres de alta vibración, ya sean religiosos, científicos, filósofos, artistas, músicos, místicos y otros, lograron despertar cuando orientaron su mirada hacia su interior, ya sea en estado de meditación, aislados de todo bullicio, alejados de la vida mundana y de distracciones exteriores.

En aquellos momentos, solo hubo soledad, silencio, ausencia de lo cotidiano, logrando adentrarse en las profundidades de su ser interior, sin fórmulas ni instrucciones terrenales pre-concebidas. Sólo cerrando los ojos, y respirando pausada y conscientemente. Cada uno de ellos lo hizo a su ritmo, porque los tiempos para despertar la consciencia son distintos y particulares.

Así, fueron descubriendo que existe un campo de posibilidades infinitamente grande e inagotable que les permitió ver que su existencia exterior era minúscula, limitada e imaginaria. Comprendieron que mirar hacia afuera es estar dormidos y ser prisioneros de la matrix, en tanto que mirar hacia adentro es despertar y escapar de ella.

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Despertar la consciencia es liberarnos de la rutina que nos agota. Es romper con los esquemas que impone la sociedad y nos vuelve zombis. Una sociedad que establece reglas o condiciones que, si no las cumplimos, seremos rechazados, sancionados, disminuidos y hasta execrados de este sistema ilusorio y virtual.

Despertar es desapegarnos de las personas y las cosas materiales, ser humildes y sencillos. No imponer a los demás nuestra filosofía, nuestro sistema de creencias y nuestra manera de percibir la existencia. Pero tampoco permitir que nos impongan la suya.

Cuando despertemos, muchos nos tildarán de locos y enfermos mentales mientras otros nos verán como seres muy despiertos y claros. Por lo tanto, lo mejor es sentir nuestra intuición y sentimiento interno. Si sentimos paz desde adentro y desde afuera, esa es una magnífica señal.

Despertar es aceptar a nuestros semejantes tal y como son, y aceptarnos a nosotros mismos como somos, ya que todo es perfecto ante los ojos y la consciencia de Dios, la fuente creadora.

Despertar es llevar la vida con fluidez, sin complicaciones, haciendo las cosas que llenen nuestro corazón, anclados en el presente, sostenidos en el ahora, y solo mirar atrás para recordar momentos de alegría, o para sanar lo que aún no se ha sanado, pero sin quedarse enganchado con ninguna de esas experiencias.

Despertar es sentir que nada nos molesta ni perturba, a pesar de lo que estemos viviendo. Es ver cómo los problemas físicos, mentales, emocionales se van desvaneciendo hasta hacerse imperceptibles e inofensivos.

Despertar es sentir y expresar las emociones, soltarlas, no quedarse con ellas, y así evitar somatizarlas a través del cuerpo físico.

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Despertar es experimentar y aceptar nuestras sombras y oscuridades, entendiéndose que es la otra parte de la dualidad en este plano, que es la luz, para al fin observar que no están separadas, ya que todo se encuentra unido.

Despertar es evitar ser protagonista, sentirse líder o maestro de los demás, porque todos somos maestros o alumnos según las circunstancias. Sobre todo somos maestros de nosotros mismos, cuando miramos hacia adentro que es donde se haya el mayor conocimiento, la sabiduría divina. Un verdadero maestro espiritual transmite la verdad en la cual cree sin imponerla. Es un emisor de información, pero también está dispuesto a escuchar, a aprender de los demás, con humildad y agradecimiento.

Despertar es sentir paz interior, una paz inexplicable que no pertenece a este mundo, sino a planos o esferas más sutiles y etéreas. Una paz que se haya en nuestro corazón, que es la conexión con nosotros mismos, nuestra esencia espiritual y la conexión directa con el amor incondicional y eterno de la consciencia única de Dios.

Llenar el vacío crónico


Arrebatados por el apego, el odio y la ofuscación, los seres humanos, perdido el gobierno de la propia mente, se hacen daño a sí mismos y a los demás, sufriendo toda clase de dolores y aflicciones. Pero el que se ha apartado del apego, el odio y la ofuscación no se hace daño a sí mismo ni hace daño a los demás, y no sufre ninguna clase de dolor ni aflicción.

Buda

El gran camino es muy llano y recto, aunque la gente prefiere senderos tortuosos.

Lao Tse

Miren, dentro de ustedes se encuentra el reino de los cielos.

Jesús

 

INSATISFACCIÓN CRÓNICA

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Una de las sensaciones más evidentes del ser humano es precisamente esta: la insatisfacción. Es algo parecido a una enfermedad mental. Esta insatisfacción crea ansiedad, angustia, confusión y malestar.

A veces, se percibe como algo difuso, indefinido, pero a pesar de su sutilidad acaba por robarnos el sosiego, la claridad mental y el estado de ánimo. Nos causa sufrimiento, y nos obliga a buscar compulsivamente la forma de encontrar soluciones a esa sensación de vacío, al igual que la persona hambrienta busca su comida. Es como si la persona tuviera un hueco que llenar.

La sensación de foso sin fondo.

Nos ponemos a llenar ese hueco con todo tipo de actividades, logros y metas para llenar el vacío.

Nos compramos un carro nuevo, cambiamos de pareja, intentamos ascender en la empresa, cueste lo que cueste, viajamos para distraernos, consumimos de forma voraz. Toda esa sed, esa voracidad por llenar el vacío, la insatisfacción, hace que al tomar decisiones equivocadas, nos provoquen el mismo efecto que beber agua salada en un sediento: la sed aumenta, aumenta el malestar y el vacío no se llena. Por lo tanto, aparece la insatisfacción crónica.

De esta forma, al desatender los aspectos más valiosos de la vida, es decir: los internos, la paz interior, la salud mental y física, nuestra relación con los demás, nuestra psiquis colapsa como un alud de nieve.

Pero lo bueno es que este estado negativo de insatisfacción puede ser precisamente el detonante que invita a la persona a modificar su mente, y aspirar a un nuevo estado de consciencia. Así, haber sentido en carnes propias la vacuidad nos impulsa a conseguir la plenitud.

Si así nos ejercitamos, poco a poco, iremos sustituyendo el veneno por el antídoto. O sea, transformaremos la ofuscación en claridad, la avidez en serenidad y el odio en amor.

De esta forma, se acabará con la insatisfacción y el vacío crónico, y a su vez, pondremos en marcha las fuerzas psicosomáticas naturales que nos llevan hacia la integración y la evolución de la consciencia, de forma que evitaremos quedar atrapados en nuestras contradicciones internas, en nuestro desorden psíquico, y en todo aquello que consume de forma voraz nuestra paz interior, nuestra claridad espiritual.

Busquemos las herramientas que nos permitan la liberación de lo pernicioso. Volvamos al lugar del que hablaban Jesús y Buda en la parábola del hijo pródigo, y volviendo a él encontraremos aquello que llena el vacío: la plenitud, la paz interior.

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Hay tres herramientas para hacerlo posible. En primer lugar: practiquemos una ética genuina, o sea, poner los medios para que los demás sean felices y evitarles cualquier sufrimiento.

Segundo: una disciplina mental que pasa por usar métodos para el cultivo, desarrollo y perfección de la propia mente, aprendiendo a gobernarla hasta donde sea posible. Todo esto se resume en una sola palabra: meditación.

Y la última recomendación es el desarrollo de la sabiduría, que obtendremos al practicar los dos primeros puntos. Esta sabiduría no está en los libros, no está en la acumulación de datos, no está en la erudición, está dentro de ti, en tu alma, en tu consciencia.

Serena tu mente. Gobiérnala, y llenarás el vacío crónico.

 

 

 

 

 

Comentarios sobre el Taller de Escritura/ Todos los Géneros


Taller de Febrero

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Michelle López 

 

“Sanar, DESCUBRIR, verme a mí, a la auténtica Cinthya mientras escribía, sintiendo dolor y alegría, con lágrimas y risas, con aprendizaje y amor, amor a esa mujer que ahora veo; fluir escribiendo ya no desde la sumisión y el hundirme en lo oscuro y triste… sino verme y agradecer porque eso me ha hecho quien soy ahora y me hace feliz, verme en mi lado oscuro y con mi luz. GRACIAS”.

Cinthya Plaza

 

“El Taller de Escritura para mí ha sido revelador y liberador (en ese orden). Distinguí cosas que no tenía ni idea que estaban ahí y me está apoyando a sanar. Es una forma diferente de expresión. Siempre podremos crear un personaje que haga lo que nosotros no nos atrevemos, o uno que cuente nuestra historia. Siempre podremos conocernos por medio de ellos. Gracias Marcela por compartir tus conocimientos, y abrir este espacio para personas que, tal vez sin saberlo, buscamos sanar y ser libres”.

Cinthya Jeldes 

 

“Fue un Taller que aportó muchísimo en que yo reconozca mi vulnerabilidad e imperfección, como un valor que habita en mi naturaleza humana, sin juzgamientos ni señalamientos, sólo con la simpleza de las frases y las letras que iban impregnadas de mi sentir y el de todas las personas que tuve el gusto de conocer y compartir. Escucharlas, sentirlas, fue un regalo maravilloso que lo guardaré en mis memorias. Logré recordar momentos hermosos de mi infancia y adolescencia, e incluso ver etapas de mi vida desde una perspectiva poderosa! Gracias Marcela por esta experiencia.

Verónica Coronel 

“Para mí el Taller fue una experiencia enriquecedora como persona, sobre todo en lo espiritual. Fue una reconexión conmigo misma, un alto a esta vida apurada y reflexionar en cómo estoy, a dónde voy, qué hago, qué pienso, qué siento. Mejoró mi manera de verme, me ayudó a amarme más, y pude ver cómo mis compañeros tuvieron un antes y un después del taller, se sentía el cambio. Gracias por ser como eres, por tu energía y por transmitir reflexión y paz”.

Catherine Delgado 

 

 

Taller de Diciembre

“Mi idea con el taller era poder ver de forma técnica la escritura, poder mejorarla y quizá recibir algunas reglas gramaticales, como dónde van las pausas, comas, puntos, etcétera, pero definitivamente fue mucho más allá de mis expectativas.

Ha sido un continuo auto-descubrimiento, redactar la historia que se alejaba de mi realidad y darme cuenta que en cada parte estoy yo, descubrir esos lazos que me atan, ideas preconcebidas de cómo deben verse las cosas, cómo una mujer debe actuar y qué es permitido hacer sin escandalizar a la gente. Es una forma de ir profundo a conocerme y darme esa libertad que en mi vida particular no me he dado.

La experiencia del taller es aún más rica cuando escuchas a tus compañeros descubrir lo que necesitan descubrir y, de paso, crear historias maravillosas. Gracias Marcela por darnos una herramienta de sanación, descubrimiento y libertad”.

Stephania Cagua 

 

“Recuerdo cuánto disfrutaba leer un libro y las ganas que metía en cada carta que escribía para mis amigas o familiares queridos durante mi adolescencia. De repente, me encontré sin ese placer y lo extrañé mucho.

Sabía de los talleres de Marcela,  pero no se me dio hasta ahora, que estoy teniendo esta mágica experiencia. La  busqué con la intención de reconectar con mi creatividad. Sentía que debía volver a fascinarme por algo. Y en el proceso me reencontré.

Estoy maravillada de poder sanar junto a otros seres hermosos en un calor tan cálido como el de un hogar.

Volver a casa a través de la escritura es un regalo. Estoy aprendiendo a integrar mi luz y oscuridad con amor y compasión. Confirmando que el maestro aparece cuando el alumno está listo. No antes ni después. Gracias Marcela por tu entrega de amor y paciencia, por ser guía en este caminar”.

Meli Chan 

“Realizar el Taller de Escritura con Marcela está aportando a mi visión de escribir un libro con técnicas y herramientas prácticas. Además, me ha apoyado a observar mi realidad interior, ver información que estaba en mi memoria, reconocerla objetivamente y escribir sobre ello”.

Julia Gómez

“A través de la escritura he podido encontrar una forma de expresar todo aquello que guardaba en mí. El dolor, la desilusión, el amor, la esperanza. Tantas veces ha sido mi refugio, mi casa, mi compañía.

Viviendo a través de las letras. La vida te lleva a los lugares en los que debes estar, en el momento que estás listo, y con personas que vibran en tu frecuencia.

Es así, como puedo describir la hermosa energía que fluye en esta experiencia, entre las personas que conformamos este curso. Encuentras vivencias con las que te reflejas, historias que te identifican, silencios cargados de una magnífica reflexión, risas que te van curando el alma.

Cuando resulta la sincronía y se dan encuentros tan hermosos, en una atmósfera tan profunda, no queda más que ser agradecido.

Fui con el objetivo de mejorar mi escritura, y he recibido una recompensa aún mayor”.

Mafer Emen 

“La escritura es una experiencia tan maravillosa como volver a casa, a la casa más bella, la del alma. Al inicio, escribir fue la burbuja de mis quimeras, mi mundo alterno. Hoy, escribir es sentirme mitad cielo, mitad tierra, abrazando mis matices y haciendo eco de mi voz. Gracias Marcela Noriega por ser luz en el camino, a través de tu amor por las letras”.

Alexandra Coloma

 

Si quieres participar en el Taller, escríbeme a marcenoriega@gmail.com

La estela azul


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Recordé el sueño que tuve hace un tiempo. Habíamos salido a la terraza, faltaba poco para que el sol terminara de caer. Nos sentamos en el suelo. Me tomaste de las manos y me pediste que cerrara los ojos. Yo obedecí.

Imagina que tu cuerpo se desintegra poco a poco, me dijiste. Imagina que te vas volviendo de aire, que te vas haciendo partículas de un polvo luminoso, imagina que tu alma sale de ti y vuela. Detrás, deja una estela brillante. Ahora, desde arriba, te fundes con los colores y caes sobre la ciudad en forma de luz azul. Esta luz es un consuelo para los que sufren.

De pronto, en el sueño, me vi a mí misma sentada en la ventana de un bus. Me sorprendió ver cómo podía caber en una pequeña ventana. Al parecer, tenía el mismo cuerpo, sin embargo, era como de aire, como un espíritu. Sí, era un espíritu, porque los demás pasajeros no podían verme. Tú estabas sentada a mi lado, en el primer asiento del bus, y mirabas para adelante, como si esperaras a que algo ocurriera de un momento a otro. Por lo visto, te parecía muy normal que yo estuviera sentada en una ventana y con casi todo el cuerpo afuera.

Como una niña pequeña, muy divertida, yo metía y sacaba el cuerpo. Y cuando lo sacaba, a veces, sentía cómo todo tipo de buses e incluso camiones grandes me atravesaban, como si yo fuera puro éter. No me dolía ni nada, pero era una sensación que me hacía apretar muy fuerte los ojos. Tú estabas demasiado concentrada en ver al frente. Así que yo seguía jugando a sacar y meter el cuerpo.

El bus iba realmente muy rápido, tanto que los pasajeros empezaron a protestar. Era inusual la velocidad que llevaba, parecía un carro de carreras. Se armó una bulla intensa dentro por las voces de los pasajeros que exigían al chofer que saque el pie del acelerador. Pero ninguno se atrevía a levantarse del asiento. Una energía de miedo empezó a inundar el bus, algunas personas empezaron a gritar.

De pronto, tú me dijiste: ¡Ahora! ¡Suéltate ahora!

Y cuando tú dijiste esto, yo inmediatamente supe qué hacer, como si lo hubiésemos planeado en algún momento pasado que yo no recordaba. Fue cuando me lancé hacia atrás. Simplemente me dejé caer, como cuando uno está en un mar tranquilo y se echa hacia atrás para flotar. Caí en el suelo, di algunas vueltas, y muchos autos me pasaron por encima. Pero me levanté sin ningún dolor. Me sacudí el polvo. Y tú, desde adentro del bus, me gritaste ¡Ahora vuela!

Entonces, instintivamente yo empecé a flotar por encima de toda la carretera, y pude ver lo que había ocurrido. El bus había provocado un choque múltiple, y todo era demasiado terrible para quererlo ver. Tú estabas ahí, fuera del bus, indicándome con la mano que me aleje. Así que, en medio de la confusión, me fui flotando, ascendiendo. Cuando regresé la mirada para buscarte entre lo diminuto, pude ver una estela de luz azul que yo misma estaba desprendiendo. Era como un polvo que me caía del cuerpo, y se difundía sobre la ciudad.

Después de esto, me vi sentada frente a ti. Y me pregustaste ¿Ahora lo recuerdas?

Yo recordé claramente que desde niña tuve visiones, siempre supe que el lugar donde estaba, de alguna manera, no era real, sino que estaba representando una especie de teatro, en el que todos actuaban de una manera contraria a lo que realmente eran, sentían y querían.

Entonces, fui a otro sueño en el que veía cómo los hombres usaban corbata cuando realmente querían usar camisetas. Las mujeres usaban tacones, cuando en realidad querían ir descalzas. Los niños usaban camisas cuando en realidad querían ir en pijama o desnudos. Y te preguntaba: ¿Por qué las personas se visten como no se quieren vestir? ¿Por qué las personas se esconden detrás de esos personajes que crean? ¿Por qué no quieren ser ellos mismos? ¿Ellos saben lo que son?

Entonces, mirándome a los ojos, me respondiste: Sabía que este día llegaría. El día del recuerdo y la palpitación. Fue cuando desperté, con sus palabras repitiéndose, como un mantra, en mi mente.

Marcela Noriega: ‘La verdad está en el otro, no en el periodista’


Publicado en Diario La Hora, 17 de junio de 2019

Sección CULTURA

Por Abril Altamirano

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“La crónica te pasa factura en tu propia vida”, dice Marcela Noriega en su última obra: ‘Vivir para contar’, material de su taller de crónica dirigido al público juvenil. Desde 2009, la periodista y escritora guayaquileña encontró en este género la oportunidad de desarrollar una escritura involucrada con la gente, que devino en grandes cambios no solo en su carrera profesional, sino también en su percepción del mundo.

La principal enseñanza que le dejó el periodismo narrativo es el trabajo con la empatía: “Si no puedo sentir lo que el otro está sintiendo, no puedo escribir”, afirma. “Lo que hago es abrirme totalmente al sentimiento y que la historia me conmueva lo que me tenga que conmover”.

Noriega corre el riesgo de enfrentarse a la realidad ajena en total vulnerabilidad. “El cronista necesita sentir y cuando empiezas a escribir inicia una suerte de catarsis, empiezas a liberar ese dolor que no es tuyo realmente, sino del otro”.

El cronista, una presencia silenciosa
Para Noriega, encontrar la verdad en una historia depende por completo de la capacidad del cronista de escuchar y “privilegiar la voz del otro”, haciendo a un lado el ego y las ideas preconcebidas: “La verdad está en el otro, no en el periodista”, sostiene.

En una de sus crónicas más fuertes, ‘Puná Vieja, la tierra del Tin Tin’ -publicada en Mundo Diners en 2015-, Noriega fue testigo de las escenas desgarradoras de la pobreza. Ella mismo vivió el terror por la inseguridad y la violencia que imperan en la isla ecuatoriana; sin embargo, en el texto su presencia es casi invisible. Los personajes de la historia tienen todo el protagonismo.

“Nos enfrentamos con mafiosos, con drogadicción, un panorama terrorífico, fuimos a buscar al diablo, al Tin Tin, y lo encontramos -cuenta la autora-. No podíamos dormir del miedo que teníamos. Nada de eso está en la crónica contado de esa manera, pero se percibe el terror y eso es, yo creo, ese proceso de dejar tu ego a un lado”. La realidad de la isla Puná está contada de boca de sus habitantes, de los jóvenes que se enfrentan a un futuro ineludible de precariedad y vicios, así como de las mujeres que conviven con criminales y buscan salvar a sus hijos de su propio destino.

“Es la visión de quienes están construyendo esa realidad, el periodista casi no puede intervenir en ella, solo está ahí para narrarla, para reconstruir los pedazos”.

 


Poesía en todas partes
Noriega se inició en la escritura como poeta. Jugar con las herramientas del lenguaje se convirtió en su técnica predilecta a la hora de abordar textos narrativos de ficción y no ficción. “Hay cosas que no las puedes decir de otra manera, sino a través de la metáfora. Cuando ésta toca una fibra sensible tuya, puede suceder lo mismo con el lector”.

Autora de varios cuentos, de la novela ‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’ y de los libros de crónica ‘Historias que contar’ y ‘Crónicas de San Bartolomé’, Noriega siempre vuelve a la poesía como un medio para expresar lo que el lenguaje común no alcanza a decir.

“Me di cuenta de que la poesía lo ligaba todo y le daba la emoción y la intención que necesitaba para construir una novela”, comenta. En los últimos dos años, se ha dedicado a escribir relatos cortos dirigidos al público infantil y juvenil.
Involucrarse en lo real
También ha trabajado en talleres con jóvenes de colegio, en los que imparte su método de ‘Escritura instrospectiva’: “Hago ejercicios para que se puedan conectar con su yo, que se aparten del ruido exterior, que entren en su ser creativo y desde ahí escriban”.

Su libro ‘Vivir para contar’ invita a los jóvenes a interesarse en la realidad de quienes los rodean. Más que un manual de crónica, la obra busca animar a los estudiantes a contar casos reales para sensibilizarlos. “Si ellos no se involucran con la realidad, ¿qué futuro hay? La idea es dejar de estar tanto en las nubes, en los jueguitos, en la pantalla, y poner los pies en la tierra”.

FRASE

Quiero que los jóvenes no se lo planteen como: ‘voy a escribir una crónica’; sino como: ‘quiero contar algo real’.  Marcela Noriega, periodista y escritora. 

Cuando vives la crónica en carne propia


CAPÍTULO VI

SIN CONFLICTO, NO HAY HISTORIA

Libro de Crónicas “VIVIR PARA CONTAR”

 

Probablemente se trata del género más difícil de dominar.

De hecho, en un periódico de prestigio

una crónica no la hace cualquiera.

Álex Grijelmo

Cuando escribes una crónica, siempre es recomendable que haya un conflicto. Es decir: obstáculos entre el personaje y sus metas, enfrentamientos con otros seres o, a veces, consigo mismo, choques con su entorno, limitaciones, diferencias con sus familias, etc. Si te das cuenta, la vida está llena de conflictos.

Entrar tan profundamente en los conflictos de los demás es, sin duda, la prueba de fuego para cualquier cronista. Tus nervios tienen que ser de acero y, aun así, estarás caminando sobre espinas y minas. Esta es la causa por la que muchos cronistas se meten en problemas. La crónica te pasa factura en tu propia vida.

Un ejemplo clásico de esto es lo que le ocurrió a Truman Capote, quien se dedicó seis años a investigar el crimen ocurrido en un pueblo rural, en Kansas, Estados Unidos, para escribir A sangre fría[1]. Capote se fue a vivir a este pueblo para seguir de cerca los acontecimientos. Puedes ver esto en la película Capote[2]. Los asesinos fueron sentenciados a pena de muerte y el escritor desarrolló un fuerte vínculo con uno de ellos, relación que lo llevó a plantearse temas de ética muy profundos. Capote decía que, por causa de esta historia, él enfermó y aumentó su adicción al alcohol y a las drogas, sumiéndose en una profunda depresión.

Salvando las distancias con Truman Capote, yo también, como cualquier otro cronista al que le apasiona el oficio, he vivido episodios de angustia, tristeza profunda o desasosiego a causa de los temas que he investigado.

La crónica de este capítulo es un ejemplo de aquello. Me enfoqué en la parte turbia de la isla Puná (Puná Vieja), donde se concentran todos los problemas de insalubridad y drogadicción. No solo tuve problemas con las personas del lado opuesto de la isla, donde se desarrollan proyectos turísticos, quienes llamaron a reclamar a la revista por mis observaciones tan crudas acerca del pueblo, sino que quien me dio la mayor cantidad de información, se retractó de lo dicho, y estaba furiosa porque yo había publicado todo lo que ella me había contado.

Pero los conflictos de la crónica siguieron al plano personal, pues terminé perdiendo a un amigo por esta historia. Él era el editor y yo la cronista, y no lográbamos ponernos de acuerdo en la escritura. Realmente, yo tenía la mente revuelta y no podía escribir decentemente en esos días. Esas cosas pasan. Pero debo decir que esta crónica fue reescrita por mi amigo Juan Fernando Andrade[3], en base a la investigación que hice. La historia, al final, fue publicada por la revista Diners.

Y es que donde hay conflicto, hay buenas historias, pero cuidado: ¡hay trampa! Estas historias te pasan factura a nivel emocional y personal. Es decir, que si vas a buscar al diablo, lo vas a encontrar.

[1]             Esta novela, considerada la primera del género non-fiction novel o novela periodística, es mezcla de la inventiva del reportaje verídico con la inventiva de la ficción. A sangre fría es una seductora versión de los asesinatos cometidos por dos sociópatas en el estado de Kansas. Capote, al conocer la noticia, decidió investigar por su cuenta las circunstancias. Pasó seis años escuchando, haciendo cientos de entrevistas a vecinos, a los policías encargados del caso, a los amigos íntimos de la familia Clutter; en total, más de seis mil folios de información.

[2]             Capote (2005) es una película dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Philip Seymour Hoffman, quien ganó el Óscar al mejor actor por esta interpretación.

[3]    Escritor, guionista de cine, cronista. Director adjunto de la revista Diners en Ecuador.

Puná Vieja, la tierra del Tin Tin 

Publicado en la revista MUNDO DINERS en Abril 2015, # 395.

Fotografía: Mauro Sbarbaro

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Hay rincones del mundo donde eso que alguna vez se conoció como “realismo mágico” limita hombro a hombro con las realidades de nuestro siglo, donde personajes como el Tin Tin o el mismísimo diablo conviven con adolescentes que consumen drogas desde los doce años y se reproducen por accidente. La isla Puná es uno de esos lugares.

 

Parte 1: La llegada

Las lanchas, impulsadas por tres motores fuera de borda, tardan menos de una hora en llevar pasajeros desde el malecón de Posorja hasta la isla Puná, en el golfo de Guayaquil, frente al delta que forman el río Guayas y el estero Salado. El boleto de ida y vuelta cuesta cinco dólares. Al llegar, los pasajeros desembarcan en Puná Nueva, la esquina de la isla que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un atractivo turístico con hoteles ecológicos a disposición de los viajeros, un puente futurista cuyo esqueleto de metal se alza como un arco que apunta hacia las nubes, aves marinas de todos los colores descansando en las copas de los árboles y delfines con nariz de botella haciendo acrobacias cerca de la orilla. Puná Vieja, donde se concentra la población de esta isla de más de 900 kilómetros cuadrados de extensión, está a una hora y media de distancia. Allí, el paisaje es otro. Allí, la historia es distinta.

 

Parte 2: Puná Vieja en plano general

El hedor putrefacto y jugoso de la basura acaba con cualquier rastro de brisa que intente siquiera llegar desde el río. La gente mira a los extraños con abierta desconfianza y les advierten, en un tono más bien amenazante, que se calmen, que no se preocupen, que nadie les va a robar. La miseria brota incontenible por las paredes cuarteadas de las casas y, como si se tratara de una especie de claustro para marginados, es imposible no fijarse en la cantidad de personas con deformidades físicas y niños con algún grado de retardo mental que vagan a paso relajado. Hay solo unas cuantas calles que han sido bendecidas con el manto del asfalto; muros donde se puede leer propaganda política de la primera campaña de León Febres-Cordero por la alcaldía de Guayaquil, ruinas arqueológicos que datan de 1992, y perros sarnosos, agonizantes, en busca de su última cena. La sensación térmica es que nadie quiere vivir aquí, que lo hacen porque no les queda otro remedio.

Puná Vieja foto de Mauro Sbarbaro

 

Parte 3: Una entre ocho mil

Los cerdos que resguardan la casa de Ángela Parra tienen, todos, una soga atada al cuello, una soga corta que limita sus movimientos a una sola maniobra: bajar la cabeza para seguir mojando sus hocicos en el lodo. Detrás de la casa, está el basural de Puná Vieja, el lugar donde desembocan los ríos de basura del pueblo, una redundancia en sí mismo. Ángela está sentada en un mueble de la sala de su casa, tiene una pose de matrona y un dolor de cabeza que piensa curar con un poco de café caliente. Más tarde, en la esquina de una cancha deportiva en decadencia, dos adolescentes que no pasan de los diecisiete años comen galletas, toman gaseosas: pierden el tiempo en silencio. Dicen que no van al colegio “porque ya casi nadie va”, que pasan el día durmiendo, viendo televisión y escuchando reguetón. “Pero eso no es todo lo que hacen”, dice Ángela, “también se drogan”. La edad promedio para empezar a consumir drogas en Puná bordea los doce años.

puna vieja foto Mauro Sbarbaro

Parte 4: La misión

Ángela Parra tiene una misión: rescatar a los jóvenes de Puná. ¿Rescatarlos de qué? Rescatarlos de Puná, ¿de qué más? Todos los años, Ángela reúne estudiantes que se hayan graduado de bachilleres y los ayuda a realizar los trámites pertinentes para que entren en la Armada Nacional. Esta, por ahora, parece ser su única salida. Allí pueden recibir educación y alimentación gratuita; allí, tras dos años de preparación, se convertirán en marineros, luego ascenderán a cabo segundo y finalmente, en un año más, se especializarán: serán hombres-rana, paracaidistas o comandos. Así, en 36 meses, un joven que estaba condenado a una vida que se repite como una propaganda maldita, la de los hombres que pescan por la madrugada y se emborrachan por las noches, puede, si quiere, si no es arrastrado por el peso de la costumbre y la envidia de los otros, cambiar un futuro que le había sido arrebatado incluso antes de suceder.

 

Parte 5: El pasado, la prehistoria

En abril de 1531, llegó a la isla el tristemente célebre Francisco Pizarro, que venía desarmando el imperio inca con la complicidad de pequeños cacicazgos golpistas. Los nativos, llamados tumbes o punáes, hablaban una lengua distinta a la de sus compatriotas, pues habían logrado, batallas mediante, mantenerse como una tribu autónoma dentro del imperio. La tropa ibérica, sin embargo, se impuso con violencia y dejó como embajador itinerante al obispo Vicente de Valverde, dominico de la Universidad de Salamanca y capellán castrense del conquistador Pizarro. Durante su primera estancia en Puná, Valverde ordenó decapitar a los caciques locales y derribar los altares para Tumbal, el dios de Puná. Su segunda visita, en 1541, no fue tan placentera. Los nativos lo asesinaron con armas hechas con una especie de vidrio volcánico llamado obsidiana. Luego, en una celebración caníbal, se lo tragaron pedazo a pedazo.

 

Parte 6: El presente, ahora

En este pueblo de aproximadamente 8.000 habitantes, no hay centros comerciales ni teatros ni cines ni taxis ni lavanderías ni oficinas ni mensajeros ni supermercados ni gasolineras ni bancos ni plazoletas ni cruz roja ni defensa civil ni hospitales ni restaurantes con terrazas al sol ni pizzerías ni yogur con pan de yuca ni carros ni semáforos ni señales de tránsito ni camiones recolectores de basura ni jugueterías ni boutiques ni centros de trabajo comunitario ni centros de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos ni federaciones deportivas ni asambleas de vecinos ni bibliotecas ni cursos vacacionales de arte ni conservatorios de música ni centros de educación superior ni institutos que ofrezcan carreras técnicas y rápidas ni consultorios o médicos del seguro social ni carreteras revolucionarias ni escuelas del milenio ni asociaciones que defiendan los derechos de los animales ni un repelente para el abandono.

 

Parte 7: El diablo

Si algo hay en este escollo del mundo, son demonios. En el parque de Puná Vieja, cerca de la iglesia del pueblo, donde los niños juegan montados en artefactos desfigurados por el tiempo y afilados por el óxido, máquinas capaces de producir cantidades iguales de alegría y tétano, Milithzy Yánez y Mairoli Ramírez, dos niñas de nueve años que estudian el quinto grado en la escuela Nahím Isaías, hablan del más famoso de sus vecinos mientras suben y bajan en un fierro crujiente. “El diablo se puede convertir en cualquier persona; a veces es un hombre alto, flaco, ojo verde; pero lo que nunca se puede sacar es el rabo”, dice Milithzy, y agrega: “Viene a llevarse gente. Se le presentó a mi prima Janeth, y a Yuli, otra niña, y dicen que a esa niña le salió un pájaro negro por la boca”. “Fue como hace un mes”, dice Mairoli, “yo estaba en la cancha y escuchaba cómo esa niña gritaba que Dios no tiene poder”.

 

puna foto Mauro Sbarbaro

Parte 8: El Tin Tin

Según la tradición oral, el Tin Tin es una criatura pequeña, una especie de duende que esconde su enorme cabeza bajo un sombrero de paja, tiene los pies al revés y un miembro tan grande que, dormido, le cuelga desde la cintura y se arrastra por el suelo como una serpiente parada de cabeza. Según los historiadores, este personaje fue una invención de las tribus del litoral ecuatoriano que, incapaces de relacionar las relaciones sexuales con la mágica aparición de sus crías, lo asumieron como el dios de la fertilidad (en chino, Tin significa Dios y refiere a un dios de dioses). Según los ateos, el Tin Tin era el pseudónimo que los sacerdotes que visitaban la isla usaban para explicar el incremento de mujeres embarazadas tras esas misiones donde regaban la palabra y, claro, el esperma (como la multiplicación de los panes y los peces en aquel monte cercano a Betsaida, digamos). Según Ángela Parra, el Tin Tin existe. Es más, ella lo conoció cuando era apenas una jovencita a la que le gustaba mucho pescar.

 

Parte 9: Después del atardecer

Amadita, Pepe Viche, Rosita, Ruta Azul, Peña Karaoke, El Reencuentro, El Pelucón, Don Chato y Foquito Rojo son algunas de las más de treinta cantinas que, pasadas las cinco de la tarde y hasta que el cuerpo aguante, reciben a los pescadores de la isla: hombres honrados y humildes de todas las edades que trabajan duro desde las horas más oscuras y silenciosas de la madrugada y luego, en una especie de venganza cargada de resentimiento y soberbia contra la solitaria jornada, beben procurando la amnesia temporal, como si quisieran olvidar que mañana, y pasado mañana, tendrán que pescar de nuevo. En la noche, borrachos y descamisados, estos hombres se pasean por las calles gritando y repartiendo golpes. En Puná, en toda la superficie de la isla, no hay más que tres policías, que, sabiamente, prefieren no interferir con las peleas entre los mareados para salvaguardar su integridad física. Es, por tanto, la ley de la selva.

Parte 10: Los chicos

Ulises Delgado, Jean Crespín, David Espinoza, Israel Gómez y Bryan Chávez son seis de los jóvenes que, con la ayuda de Ángela Parra y el magnate, filántropo y playboy Segundo Reyes Gonzabay, entrarán pronto a la Armada Nacional. “Aquí en la isla el peligro es caer en las drogas. Acá llega todo desde Balao, Naranjal o Guayaquil. Hay marihuana, cocaína, heroína, y también hay esa droga que llaman ‘cocodrilo’ (la alternativa barata a la heroína, una droga que, entre otros efectos secundarios, produce el desprendimiento de la piel)”, dice Ulises. “Aquí todos los días es sábado. Los niños a los doce años ya están bebiendo y consumiendo drogas, porque no tienen dónde distraerse”, dice Jean. “Los hombres se gradúan y se quedan a pescar. Las mujeres se gradúan con bombo (embarazadas)”, dice David. “Nosotros quisiéramos decirles que la felicidad no es la droga, no es el alcohol. Pero aquí no hay nada para reemplazarlo”, afirma Israel. “Aquí no hay nada. Hay un centro de salud sin pastillas ni médico, porque nunca son doctores, siempre mandan practicantes. No hay farmacia 24 horas. Si tienes un accidente, te mandan a Guayaquil, pero hasta que prestes gasolina te mueres. Hay gente que se ha muerto en medio viaje”, dice Bryan.

Parte 11: Últimas palabras

“Si se quiere prosperar, no hay más opción que salir de la isla. Aquí la gente es pobre de espíritu y de conciencia”, dice Ángela Parra, cuya hija menor, una joven de diecisiete años llamada Rosemarie, todavía no termina el colegio y está embarazada. Así, la magia imposible de Puná, esas historias de otros tiempos que parecen una broma del folclore, se unen con la inevitable realidad de la isla.

 

Parte 12: Lo que nunca se puede sacar es el rabo

En Puná Vieja dicen que “reciencito”, hace dos semanas más o menos, el diablo se volvió a aparecer. El hombre, blanco, alto y guapo, se presentó en un karaoke, pidió un par de tragos, miró a su alrededor y activó su radar. Según quienes lo vieron, quienes dicen que lo vieron y quienes escucharon la historia al día siguiente y la repiten como si ellos también lo hubiesen visto, horas más tarde, cuando la noche ya estaba sudada y encendida, el diablo estaba bailando perreo, rebotando sus caderas contra las caderas de una isleña sometida por el ritmo agresivo y animal del reguetón, y fue entonces cuando, después de una maniobra lujuriosa, la punta del rabo se le salió por debajo de la basta del pantalón y todos se dieron cuenta de que era el diablo y salieron corriendo. Y esas son las últimas novedades del pueblo.

 

  • Gracias a mi compañero Mauro Sbarbaro por acompañarme en esta aventura de la crónica.

 

 

 

 

El amor por los animales


Ilustraciones para pintar de Mauro Sbarbaro

 

Las mascotas de Dana 1Dana juega sola en la arena, excava un enorme agujero con su pala amarilla pensando que encontrará el castillo de algún enorme cangrejo. Acaba de cumplir los nueve años, y lo que más le apasiona es observar a los animales de cerca, incluso los bichitos más raros le parecen una obra de arte digna de ser admirada. Le llena de entusiasmo estar entre animales. El año pasado, sus padres la llevaron de vacaciones a Mundo Marino, el oceanario más grande de Sudamérica. Un oceanario es un parque temático que muestra la vida marina. Allí, Dana pudo nadar con los delfines, jugar con las focas, ver de cerca a los tiburones y las orcas, así como deleitarse con las gracias que hacen las gigantescas morsas y los lobos marinos.

Dana respeta a la naturaleza por sobre todas las cosas, y jamás le haría daño a un animal. Cuando ella encuentra algún caracol, estrella de mar o cangrejito, simplemente los mira atentamente para saber su comportamiento. En cambio, su hermano Julián, dos años mayor a ella, es todo lo contrario. Le encanta destruir todo lo que se mueve. Siempre anda con una resortera en la mano para dispararle a los pájaros, y ya ha matado a varias palomas. Todos los insectos le dan asco y los bichitos de la playa no le hacen la menor gracia. A él también lo llevaron a Mundo Marino, y se pasó jugando videojuegos en su tablet, no le interesaba en absoluto aprender sobre los animales. Hasta ahora, Dana nunca ha tenido una mascota, porque sus padres piensan que si tuviera una, se desviviría por ella y no prestaría atención a sus obligaciones escolares. Además, como viven en un departamento sin patio, la mascota no podría jugar libremente.

De pronto, en el profundo hueco que ha hecho, Dana ve a una diminuta tortuga que, al parecer, acaba de salir del huevo. Dana la pone sobre su mano y contempla, fascinada, cómo las pequeñísimas patas de la tortuga se mueven y, enseguida, todo su cuerpecito se mete dentro del caparazón. Dana la coloca sobre la arena y, entonces, la pequeña empieza a caminar en dirección al mar. Dana la va guiando con mucha delicadeza, con su voz y con sus manos para que no se desvíe, hasta que la tortuguita logra tocar el agua. Su hermano, que observa la escena a lo lejos, llega corriendo y pone, a propósito, su pie encima de la tortuguita. Dana empieza a gritar dando alaridos, llamando a sus padres. Su mamá viene corriendo.

―¿Qué pasa, hija? ¿Por qué gritas de esa manera? ―le pregunta. Dana está llorando.

―¡Julián aplastó a la tortuguita! Yo la ayudé para que llegara al mar, y él vino y la pisó ―dice Dana. Para esto, su hermano ya se ha ido corriendo. La madre y Dana buscan a la tortuguita en la arena, pero no la encuentran. Dana regresa a casa muy triste.

―Julián siempre hace estas cosas. Él es malo con los animales. ¡No es justo! ―le dice Dana a su mamá ya en su cama, antes de irse a dormir. La mujer se queda pensando qué hacer.

―Tienes razón hija. Vamos a hacer algo para que él aprenda a valorar a los animalitos ¿Quieres? ―le propone la mamá.

―Sí, pero ¿qué? ―dice Dana secándose las lágrimas.

―Verás… vamos a traer animalitos a la casa por un tiempo. No serán nuestros, sino que se los pediremos prestados a nuestros amigos o vecinos. Solo estarán una semana o dos, hasta que Julián aprenda a quererlos y luego los devolvemos. En ese tiempo, tú podrás ser feliz jugando con ellos, y cuidándolos. ¿Te gusta la idea?

―Sí mamá, eso me parece genial.

***

La semana siguiente, llegó el primer huésped a la casa de Dana. Se trataba de un perrito de la raza Schnauzer, que era de su mejor amiga. Dana corría por toda la casa con el Schnauzer persiguiéndola, mientras su hermano intentaba ignorarlos, aunque la curiosidad pudo más.

―¿Qué hace ese perro aquí? ―le preguntó Julián a su madre.

―Es la mascota temporal de tu hermana y tienes que respetarlo ―le contestó muy seria.

―Es un perro horrible, me da alergia, quiero que se vaya ―dijo Julián y se encerró en su cuarto.

Dana no se separaba del Schnauzer y lo llevaba al parque para que hiciera sus necesidades. Allí estaban los amigos de Julián jugando con la pelota y, apenas vieron al perro, se acercaron para acariciarlo y jugar con él. Le tiraban un palo y el Schnauzer lo traía de regreso. A todos les parecía muy gracioso. A todos, menos a Julián, quien, al ver que sus amigos también jugaban con el perro, se puso muy celoso.

―¡Quiero que ese perro se vaya de la casa! ―gritó Julián.

―Está bien, hijo, el perro se irá mañana ―le respondió la madre.

Lo que no sabía Julián es que dos días más tarde, llegaría a casa una perra Labrador de nombre Sasha, que era mucho más grande que el  Schnauzer y que, desde el primer día, captó la atención de todos los amigos de Julián, quienes trajeron especialmente un disco frisbee para jugar con ella. Dana no se separaba de Sasha, salvo para ir a la escuela. Por las tardes, la llevaba al parque y todos los niños se divertían mucho. Dana hizo más amigos que nunca gracias a la perra que se convirtió en la sensación del barrio por su gracia e inteligencia.

―Tu hermana es lo máximo, siempre trae nuevas mascotas ―le dijeron a Julián, y esto terminó por ponerlo furioso.

―¡Mamá, todos mis amigos me han dejado solo por irse a jugar con mi hermana y esa perra! ¿Cuándo se irá?  ―dijo Julián protestando.

―Mañana se irá ―le respondió su madre.

Sasha se fue, pero al cabo de una semana llegó a la casa Sammy, que era un Samoyedo, de esos perros que parecen lobos, totalmente blanco y de ojos celestes. Extrañamente, desde el primer momento, el Samoyedo captó la atención de Julián. Le parecía un perro diferente, como enigmático. Sin embargo, por orgullo, no se le acercaba. Casi se le caía la baba al ver cómo su hermana se divertía a lo grande jugando con Sammy por toda la casa y en el parque. Los amigos de Julián estaban felices también con el nuevo perro. Todos se divertían, menos Julián.

Un día, Dana se puso enferma, le dio un resfriado que la dejó en cama varios días. Entonces, la madre le pidió a Julián que sacara al perro al parque. Julián pensó que era una buena oportunidad para, al fin, poder jugar con Sammy sin que su hermana lo viera. Y así lo hizo. Esa tarde y las dos tardes siguientes, Julián jugó de lo lindo con el perro y sus amigos. Se dio cuenta de que la simple compañía de un animal podía darle una felicidad que hacían mucho tiempo no sentía.

De regreso a casa, Julián abrazó a Sammy y le dijo: “De ahora en adelante, eres mi mejor amigo. No quiero separarme nunca de ti. Gracias por llegar a mi vida y hacerme tan feliz”.

Al día siguiente, Dana ya se sentía bien así que retomó el cuidado de Sammy. Su hermano se le acercó y le pidió que, por favor, lo dejara a él también jugar con el perro. Dana se sorprendió de la insólita amabilidad de Julián, pero aceptó compartir al perro. Sin embargo, le dijo que Sammy pronto tendría que irse. Entonces, Julián fue donde su madre.

―Mamá, por favor, no permitas que Sammy se vaya. Él y yo somos muy buenos amigos, me hace muy feliz su compañía ―le pidió. Su madre también se sorprendió del cambio de su hijo, pero, por dentro, esperaba que esto ocurriese en algún momento.

―Lo siento, hijo. El perro no es nuestro, sólo lo estamos cuidado por un tiempo. En dos días lo tenemos que devolver ―le dijo su madre.

―¿Por qué me haces esto, mamá? ¿Por qué traes un perro para que me encariñe con él, y luego te lo llevas? ―le dijo Julián y se soltó a llorar. Entonces, la madre comprendió que, al fin, este perro había logrado el milagro de sensibilizar el corazón de su hijo hacia los animales.

―Precisamente por eso Julián, porque tú antes no querías a los animales, y gracias a Sammy ahora estás pudiendo comprender que ellos son como nuestros hermanos menores, y tenemos que amarlos y cuidarlos, nunca maltratarlos ― le contestó la mamá.

―Mamá, te prometo que nunca más volveré a maltratar a un animal, ni a un gato ni a un pájaro, pero, por favor, no te lleves a Sammy ―dijo Julián llorando.

―Me alegro de que prometas esto, Julián. Si lo cumples, te traeremos a una mascota para que sea tuya y la cuides siempre, pero Sammy no es nuestro y tiene que irse.

***

Al cabo de tres días, Sammy se fue de la casa y Julián se quedó llorando. Sufrió unas semanas, pero comprendió que los animales son seres amorosos que no merecen su desprecio, sino su cuidado. Se prometió a sí mismo nunca volver a dañar a ningún animal.

En vista de que su corazón ahora estaba abierto, sus padres le regalaron a Julián una visita a un lugar de adopción de mascotas. Allí, pudo ver a muchos perritos abandonados, que necesitaban un hogar. Julián se sintió muy triste al ver a tantos perros maltratados y pidió perdón en silencio porque antes él también los maltrató.

―Cuando sea grande, quiero tener un lugar como este para rescatar a todos los perritos que están en la calle. También podríamos tener a gatitos y a todos los animales que han sido maltratados ―le dijo a su mamá.

Ese día, Julián volvió a casa con una perrita mestiza o runa, a quien puso por nombre Tina. Ella se volvió su compañera inseparable, era quien lo despertaba en las mañanas, quien lo protegía en la calle y con quien jugaba en el parque. Compartía sus cuidados con su Dana y recuperó a todos sus amigos gracias a que Tina se convirtió en la mascota de todos.

Las mascotas de Dana 2

 

 

 

 

Introducción al libro “Las recetas de las abuelas”


LAS RECETAS DE LAS ABUELAS

Una historia que despertará tu creatividad culinaria

RECETAS

LAS RECETAS DE LAS ABUELAS trata sobre Martha, quien no entiende cómo es posible que su nieto Mauricio, de 14 años, prefiera cocinar antes que jugar fútbol o videojuegos. Rubén, el abuelo, no soporta verlo con un delantal puesto, pero a Mauricio ¡le encanta cocinar!

Cuando un día Martha enferma, debido a sus malos hábitos alimenticios, se desencadena el cambio que llevará a los abuelos a comprender cómo es alimentarse y vivir saludablemente.

Escrito por Marcela Noriega. Ilustrado por Mauro Sbarbaro y Galo Lapo

SERIE LEER ES MÁS

Con actividades de comprensión lectora.

Lectura recomendada para jóvenes a partir de los 12 años.

EDITADO POR ACADEMIA EDITORES

 

 

Gracias a nuestras abuelas

por enseñarnos a cocinar.

 

PRESENTACIÓN

Este libro tiene la intención de despertar el interés y la creatividad culinaria en los jóvenes lectores, pues quien aprende a cocinar a una temprana edad, está aprendiendo cómo alimentarse sin depender de otros en el futuro, lo que lo encaminará a ser una persona autónoma e independiente.

            Aprender a cocinar es algo que no todos los padres y maestros consideran importante. Sin embargo, las personas que crecen sin aprender a cocinar, ya de adultos, pasan serias dificultades. Siempre tienen que comer en la calle, o pagar para que otro les cocine, y esto afecta no solo a su bolsillo, sino también a su estómago y a todo su organismo, pues no hay nada más perjudicial para la salud que comer siempre afuera. Y nada más delicioso y sano que comer en casa la comida que uno mismo ha cocinado.

            Cocinar no sirve solo para aprender a alimentarse por sí mismo, sino también para reforzar los lazos de amor con quienes te rodean. Servir una nutritiva sopa caliente, hecha por ti, a tus seres queridos siempre será un bien recibido gesto de amor. Y cuando necesites sorprender o conquistar a alguien, en lugar de comprarle flores o hacer algo cursi, siempre será más divertido tomar un buen recetario y ponerte a experimentar con los vegetales y las especias.

            Cocinar ha sido visto durante demasiado tiempo como algo relacionado sólo al ámbito femenino. Sin embargo, ya podemos ver que los grandes chefs del mundo son hombres. Esos hombres que desafiaron el estereotipo de que la cocina es sólo para las mujeres, fueron un día niños con una curiosidad innata por aprender a cocinar. Tal es el caso del protagonista de nuestra historia: Mauricio, un niño de 13 años al que le encanta cocinar.

            En este libro recetas de la cocina italiana y ecuatoriana, pues Mauricio tiene abuelas de ambas nacionalidades. Y son ellas las que enseñan las recetas secretas al pequeño chef.

            Aprender a cocinar es algo que estimulará tu creatividad, te volverá más recursivo y  más consciente de lo que te llevas a la boca. Además, te permitirá conectarte, a través de los sabores, con tu propia cultura y con otras culturas que, en el futuro, podrás conocer.

La autora

 

 

Introducción al libro “Vivir para Contar”


VIVIR PARA CONTAR es un libro que motivará a los jóvenes lectores a volverse observadores de su realidad para luego poder contar historias apasionantes, inspiradoras y totalmente reales. Escrito por una cronista con veinte años de experiencia, su intención es que las nuevas generaciones se acerquen con ética y honestidad a los mundos que les interesan y apasionan.

SERIE LEER ES MÁS

Con actividades de expresión escrita.

Lectura recomendada para jóvenes a partir de 15 años.

EDITADO POR ACADEMIA EDITORES

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