La residencia fantasma


Publicado en la revista Mundo Diners de agosto de 2012

Los eventos narrados a continuación ocurrieron en algún lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Finales de 2010, el año da sus últimos pasos. Los días en Guayaquil son siempre bulliciosos, caóticos, pero no pasa nada aquí. Mucho ruido, ninguna nuez. En esta Babel uno podría morir de calor o aburrimiento cualquier tarde. La maldición de Mano Negra se cierne nítida sobre mi cabeza: Guayaquil city gonna kill you, baby. Siento que este puerto frenético y caliente me aplasta como un enorme zapato a un grillo. Necesito huir. Googleo una residencia para escritores. Busco un lugar para escribir mi primera novela. He adelantado algunos capítulos, pero esta ciudad no me deja avanzar. Guayaquil estrangula la poesía.

Encuentro una residencia en un pueblo de Castilla – La Mancha, que pinta bien y ofrece becas. Pienso que la tierra de Cervantes debe ser un lugar inspirador. Recuerdo aquella novelita El coloquio de los perros. Cipión y Berganza son dos perros que cuidan el Hospital de la Resurrección, en Valladolid. Por la noche, a los animales se les suelta la lengua. Berganza es un vagabundo que ha rodado por Sevilla, Córdoba y Granada antes de llegar a Valladolid, y se divierte relatándole a Cipión las peripecias con sus amos. Yo quiero recorrer España como aquel perro. Envío a la residencia un bosquejo de mi novela, lo aderezo con relatos y poemas, y pido una beca.

Al cabo de tres semanas me llega un mail de la Universidad Rural Internacional que, según dice en su sitio web, es la institución que gestiona la residencia. Me informan que mi solicitud ha sido aprobada entre cientos de solicitudes enviadas de 30 países. Me dan “una beca que consiste en el 75% de la reducción del costo del alojamiento”. Quiero viajar cuanto antes, y quedarme el mayor tiempo posible: seis meses. Me indican que antes de gozar de la beca, debo pagar 500 euros por la inscripción –incluye gastos de gestión, un seguro de accidentes y tasas–. A cambio, ellos me ofrecen un lugar cómodo, alejado del mundanal ruido, con todos los servicios, Internet satelital, talleres, intercambios con artistas de todo el mundo, una riquísima vida cultural en un enclave de ensueño. Dejo a mi gato encargado y el 11 de junio de 2011, con una mochila roja y mi portátil, parto para las Españas.

Desde Madrid, me embarco en un bus rumbo a Albacete, la ciudad más cercana a Alcalá del Júcar, el pueblo donde queda la residencia. “Albacete, caga y vete”, así dicen. Y, la verdad, es que largarse rápido de aquí es lo mejor que uno puede hacer. La estación de buses está llena de moscas. Tomo una combi, porque para Alcalá no van buses ni trenes, ya que es un pueblo perdido, adentrísimo diría el montubio. Después de recorrer unos 40 minutos con los ojos bien abiertos, aquella visión  aparece: la hoz del río Júcar. Se trata de un valle, flanqueado por paredes altísimas, exorbitantes, de roca pura, que forman el cauce de un río de aguas tornasol. Una belleza que hay que ver para creer.

Pero la residencia no queda en el pueblo, sino en una aldea alta llamada Casas del Cerro, donde viven unas 200 personas. Llego hasta allá en un auto que hace de taxi. En el trayecto pienso en lo hermoso que es este lugar, y en lo que leí en el sitio web de la Universidad Rural: “esta residencia está convirtiendo a esta pequeña localidad de Castilla – La Mancha en la meca del arte”. “Muy poco conocida más allá de su entorno, la iniciativa ha alojado ya a cerca de 200 artistas de cuatro decenas de países de los cinco continentes”, dice una nota, publicada en 2009, en el diario La Verdad, de Murcia. Lucas Carrión Vázquez, un escultor valenciano que se hace llamar Lucas Karrvaz, es quien dirige la residencia.

Lucas es un artista del reciclaje. En sitios públicos de Valencia ha montado enormes esculturas hechas con chatarra. Su biografía cuenta que sus obras también están en el Museo Vaticano y en Palacio de las Naciones, en Ginebra. Con sus 65 años, cabellos blanco platino, modos agradables y su sonrisa fácil y ligera, me espera en la puerta. Con minuciosidad, me muestra la residencia. Mientras tanto, me cuenta cómo él y otros entusiastas construyeron este lugar, cuando aquí no había nada más que el cerro.

Entramos a varias habitaciones, me explica cómo funcionan la cocina, la ducha, los espacios comunes. La casa que él ocupa está conectada por un pasadizo a un hostal rural, también de su propiedad, al que suele llegar mucha gente sobre todo en verano. Los dormitorios de los artistas quedan del otro lado, yendo por un camino de piedra. Lucas me instala en un cuarto-cueva, cuya pared es de roca pura. Es pequeño, pero me gusta porque parece la cueva de un hobbit. Sin embargo, hay algo que me molesta: Lucas no me mira a los ojos.

A medida que recorremos el lugar, me voy dando cuenta de que aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿Dónde están todos?, le pregunto. “Ya vendrán”, me contesta despreocupado y sigue hablando de cualquier cosa. Al atardecer, me lleva a conocer el pueblo. Me cuenta que su proyecto “Stars for Peace” quedó finalista entre 85.000 ideas para realizar el monumento en memoria del 11S, en Nueva York. Me impresiona el lugar y también lo que me dice, sin embargo, sigo inquieta. La idea de que estamos solos en aquella enorme residencia me perturba.

Caminamos sobre el puente romano que cruza el pueblo, debajo corre tranquilo el río Júcar. No te fíes de él, me dice. Es un río de temer. Ha provocado muchas inundaciones y muertes. Pero te puedes bañar en la playa, cuando quieras. El río Júcar nace en la Serranía de Cuenca y en su paso por la Manchuela, crea un escarpado paisaje conocido como el Cañón del Júcar. Es un trayecto sinuoso, hundido en una gran garganta, donde el río se contonea entre barrancos y crestas calcáreas. El Júcar desemboca en el mar Mediterráneo.

Lucas me lleva a cenar a un restaurante que tiene un mirador. Me quiere presentar al Diablo, un personaje pintoresco de la comarca y dueño del lugar. Pero esta noche no ha venido. Desde ahí puedo contemplar las luces encendidas del hermoso castillo medieval, hecho por los árabes en el siglo XXI, la joya más preciada de este pueblo. Al día siguiente, recorro la aldea. Voy a la tienda, compro pan, queso, jamón, jugo. La dueña, Rosa, me mira extrañada. Me pregunta dos veces si yo soy la que está en la residencia de Lucas. Otras mujeres entran, me miran de reojo. Rosa me informa que los miércoles pasa el camioncito de la fruta y los jueves el de los vegetales. Me dice que cualquier cosa que necesite, no dude en avisarle. Su marido es Rubén, el dueño del taxi que me fue a recoger. Esa noche ceno en el bar de la aldea, el único que existe. Esto es la España profunda, pienso, mientras veo el deplorable panorama: un toro agonizante en la televisión, mientras un público eufórico grita vivas al torero; gente que bebe amodorrada, otros gritan de esquina a esquina en un castellano cerrado y difícil. Un par de vejestorios panzones con la camisa abierta, bebedores insaciables de vino, se sientan en mi mesa sin pedir permiso, e intentan seducirme a punta de chistes triple X. Casi no entiendo lo que dicen, escupen restos de comida cuando hablan.

Me salva el primo de Lucas, que también se llama Lucas, pero es constructor. Es un hombre de unos cincuenta años, robusto, colorado. Es normal que los hombres te quieran levantar, me dice, eres guapa, y por estos pueblos nunca llegan mujeres solas. Machistas de mierda, digo en voz baja. Empiezo a pensar que no soportaré a esta gente seis meses. Lucas, el constructor, me lleva en su camioneta de vuelta a la residencia, me pide mi número de teléfono y se pone a las órdenes. En dos días me voy a Valencia, me informa Lucas cuando regreso. Pero antes debes pagarme el 25% que no cubre la beca. Son 10 euros por cada día. Le pago la mitad, 900 euros por tres meses.

Con la idea de entrar al castillo, al día siguiente me levanto a las ocho de la mañana. Bajo la pendiente de 500 metros que hay desde la residencia hasta la carretera que lleva al pueblo. El camino es áspero, está lleno de cardos pinchudos que me arañan las piernas, pero el bosque de pinos y chopos me fascina. Sigo las marcas amarillas, verdes y rojas que algún otro viajero dejó para señalar la ruta. Veo a lo lejos cómo el pueblo se desparrama sobre los cerros, cómo juega a no caerse al abismo. Es un pueblo de casas blancas y gente campesina que habla a grandes voces por las callejuelas estrechas y mira con desconfianza a los extranjeros. Casi todos son viejos, no hay niños.

La mayoría de las casas tiene una cueva en su interior. Estas cuevas las habitaron en distintas épocas árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, lo que sí queda en la cima del murallón es el inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando jugaba a que era una princesa esperando el beso de un jinete que había recorrido el mundo en mi búsqueda. Mientras pienso en estas tonterías, subo peldaño tras peldaño, bañada en sudor, hasta el castillo. Ahí está Pablo, el chico que lo custodia. A Pablo le parece increíble que yo haya viajado desde Ecuador para venir a una residencia de artistas que, según dice, hace tiempo está cerrada. Nadie se ha alojado ahí hace años, asegura. Se me hiela la sangre.

¿Cómo dices? Sí, yo pensé que ya nadie podía entrar, no sé cómo es que te han aceptado. Karrvaz tuvo algunos problemas, hubo quejas de artistas y abandonó el lugar. ¿Y a dónde se fue? Vive en Valencia con su mujer. Me quedo atónita. Bajo del castillo y entro a un lugar llamado La Cueva del Diablo. Juan José Martínez García, a quien todo el mundo conoce como El Diablo, está en la puerta. Es un personaje estrambótico: larguísimos bigotes a lo Dalí, fajín de torero, mirada de pícaro y manos largas. Me lleva a conocer su guarida: una enorme cueva que funciona como sitio turístico y bar. Enseguida se insinúa, dice que si lo necesito puede comprarme un celular. No, gracias, ya tengo uno, le contesto. Entonces, puedo darte trabajo en mi local, propone. Te pagaré 50 euros diarios. Lo pensaré, le digo. El Diablo es un tipo con dinero habituado a comprar los favores de las mujeres, a escondidas de su esposa. Una señora de bigotes y aspecto temible: la verdadera dueña de su fortuna. Me lleva en su convertible rojo de regreso a la residencia y me invita, el día que yo elija, a conocer los pueblos aledaños.

Me voy contigo a Valencia, le digo a Lucas a la mañana siguiente, con una pequeña mochila al hombro. Pero niña, ¿qué vas a hacer allá?, me pregunta evidentemente incómodo. Veré a unos amigos, pasearé. Tú solo déjame en el centro. Por mail, Lucas me había dicho que la residencia era regentada por la Universidad Rural, que es la institución que concede las becas. La que pone el dinero para mantener el lugar es la III Milenium Corporation, con sede en Wilmington, EE.UU.. Cuando subía del pueblo, vi un letrero alto que decía: “Universidad Rural Internacional”. Debajo del letrero y en los alrededores no había nada. ¿Dónde queda la universidad, Lucas? le pregunto, mientras él conduce.

Vamos por la ruta de los molinos de viento, no los viejos del Quijote, sino los modernos que producen energía eólica. ¡Ah! Eso es un proyecto que tengo en mente, pero aún no tenemos un lugar físico, por ahora solo existe en mi cabeza, responde como si nada. Pero, Lucas, ¡tú me enviaste papeles, supuestamente oficiales, con el sello de esa universidad. ¡Yo pensaba que esto era algo serio! No contesta. Se queda callado, con cara de ofendido. Se agarra constantemente el hombro derecho. Me había contado que tenía una dolencia y debía ir a Valencia para hacerse tratar. Hace muecas de dolor. Yo hago muecas de rabia.

¿Y dónde está la gente?, insisto. Se supone que esta es una residencia de artistas. ¿Por qué no hay nadie? Ya te dije que no han venido aún, dice enojado, sin mirarme. Ya vendrán. Pasamos Requena, la ciudad de los vinos. En una hora y media estamos en Valencia. Me alojo en un hostal, donde comparto la habitación con dos chicos gringos guapísimos que no tienen ningún problema en desvestirse delante de mí.

Por medio de mi amiga María Fernanda conozco a Tony, un periodista valenciano que me muestra la ciudad y me lleva a su barrio, Rusafa, donde conozco a sus divertidos amigos y a sus perros. En España la moda de andar con los perros a donde sea que uno vaya es detestable. Pero si no hubiese sido así desde tiempos inmemoriales, Cervantes tal vez no habría creado al magnífico Berganza. Es verano, fin de semana y estoy en la costa del Mediterráneo. Y, en España, aunque haya crisis, la diversión es ley.

Mi amigo Carlos, de Barcelona, baja a verme. Nos conocimos hace siete años en Buenos Aires, una ciudad que disfrutamos a fondo. Después vino a visitarme a Ecuador y lo llevé a Montañita. Hemos dormido juntos muchas veces, sin tener sexo porque él, muy a mi pesar, es gay. Carlos conoce poco Valencia, la descubrimos juntos, nos divertimos como siempre. Carlos me acompaña de regreso a la residencia. Lucas está ocupado instalando a una gran familia en su hostal. Nos habla apenas. Este tío es raro, parece que esconde algo. No mira a los ojos, me dice Carlos. Bajamos al pueblo.

Mientras conversamos y comemos pistachos nos terminamos tres botellas de vino rosado. Nos da calor y nos metemos a nadar al río. Chapoteamos borrachos. Subimos a la residencia, metemos una pizza en el microondas y cantamos canciones de Manolo García. Lucas ni nos mira. Carlos se va al día siguiente. Y, cuando me doy cuenta, Lucas también se ha ido. Me quedo sola en este lugar enorme que empieza a parecerme siniestro. Intento conectarme a Internet y no funciona. Tampoco hay teléfonos ni televisión.

Si quiero comer, debo ir al  bar de la aldea, donde me acosan los viejos morbosos, o me miran con tirria sus mujeres. Son grandes y barbudas. Pero también hay gente decente que me pregunta qué hago en aquel lugar abandonado. Yo vine a escribir un libro, les digo. Me miran preocupados. Pienso que ellos saben algo que no quieren decirme. Hay mucha familia de Lucas regada por la aldea; nadie me quiere decir nada. Salvo Miguel, un pintor mexicano que llegó hace años a la residencia y, al ver que no era lo que él esperaba, se buscó un trabajo en el pueblo. Se casó con la dueña del bar. Esa residencia es una estafa, vete cuanto antes de ahí, me dice en voz baja para que su mujer no escuche, mientras lava unos platos. Nadie quiere problemas con Lucas, me avisa. Yo prefiero no volver al bar. Me alimento de pan, queso, jamón y cerveza que compro en la tienda, también de fruta cuando viene el camioncito. Solo los pájaros hacen ruido por las mañanas. El resto del tiempo el  silencio es crudo.

Una noche, mientras intento escribir en la cocina, entra Lucas, el constructor, sin avisar. Me da un gran susto. Se sienta y dice que ha venido a buscarme, porque no me vio más en el bar. ¿Cómo entraste?, le pregunto.  Cualquiera puede entrar, no hacen falta llaves. Así mismo lo ideó Lucas. Estoy sola e incomunicada en un lugar inseguro. Intento no quedarme todo el día en la residencia. Bajo al pueblo y nado en el río. Un día veo que un hombre de piel oscura me sigue. Me observa mientras nado, arrimado a un árbol. Cuando salgo del agua, le pregunto qué quiere. Acompañarte, me dice, en un castellano extraño. No quiero compañía, le contesto. Mientras subo el cerro, viene detrás de mí, como un sucio perro. Dice que es el pastor de las ovejas. Ahora entiendo por qué huele tan mal. Las he visto en la cúspide de la montaña. Soy marroquí y tengo papeles, repite una y otra vez. El sol me pega con fuerza en la cara. No tengo mujer y busco una, dice. Yo intento no prestarle atención, y ocultar lo mejor que puedo el miedo.

Otro día, El Diablo me lleva a conocer los pueblos cercanos, pero en lugar de guía turístico resulta ser un pervertido. Al principio, me trae rosas que él mismo cultiva, incluso me ofrece prestarme uno de sus carros –no sé conducir, le digo–. Cuando ve que fracasa en sus intentos, va al grano: me ofrece dinero a cambio de que, por lo menos, le permita “verme desnuda”. “Tú no tendrás nada que hacer, soy eyaculador precoz”, me dice. La angustia empieza a apoderarse de mí, no me deja escribir ni dormir. Duermo por las mañanas, porque en las noches siento que rondan la residencia y prefiero estar alerta. No tengo a nadie con quién hablar.

Pasan no sé cuántos días, y al fin Lucas reaparece. Me dice que me calme, que está por llegar una pintora argentina. Con Ayelén llega la luz. Es una linda cordobesa, muy creyente en Dios y la Virgen, que dibuja mandalas. Lucas la recibe y regresa a Valencia. En este lugar no hay ni un ama de llaves, ni un guardián, ni un perro que cuide, le cuento a Ayelén. Y el pueblo está lleno de viejos cochinos. ¿Y cuánto tiempo has estado aquí?, me pregunta. Saco las cuentas. Tres semanas… ¡21 días! Son las once de la noche, estamos sentadas mirando el castillo encendido y planeando cómo hacer para que Lucas nos devuelva el dinero, cuando, de repente, un hombre se para a nuestro lado. Gritamos del susto. Es David, otro mexicano que, igual que su paisano del bar, un día llegó a la residencia y se quedó viviendo en la aldea.

Vine a invitarlas a almorzar mañana en casa de Lucas, el constructor, nos dice. Aceptamos. También nos previene: deben encerrarse con llave, porque ha habido robos. Esa puerta que ven ahí –nos señala la puerta de la cocina, donde yo suelo escribir- está dañada, porque intentaron meterse. Al día siguiente, David pasa por nosotras a la hora del almuerzo. Nos lleva a casa de Lucas. Pero el almuerzo no es ahí. Subimos en su camión y nos lleva por un camino de tierra, apartado. Bajamos en una estepa. ¿Qué es aquí?, preguntamos. Esta es mi casa de retiro, donde me escondo de mi mujer, dice el muy sinvergüenza. Entramos y vemos con sorpresa que las paredes están llenas de fotos de chicas desnudas.

Es un bulín, un cobertizo escondido. Hay herramientas y huele a aceite de carro. Lucas y David insisten en que bebamos vino. El español empieza a contar chistes sexuales, mientras el mexicano se ríe de cualquier cosa. Ayelén y yo nos levantamos. Ella está furiosa. Ahora mismo nos largamos de este pueblo, dice y me agarra de la mano. Salimos casi corriendo. Ellos van detrás de nosotros pidiendo que volvamos.

Hacemos las maletas. Salimos a la carretera, tomamos el bus rumbo a Valencia para encarar a Lucas. Lo citamos en un café del centro. Al principio, el hombre está reticente a devolvernos la plata. Pero sabe que soy periodista y le recuerdo que tengo amigos en medios, en España. Lo amenazamos con sacarle una nota en la prensa. No le queda más remedio que ceder. Nos devuelve todo el dinero. Ayelén se va para Barcelona. Ese mismo día, en Valencia, conozco a Sergi Tarín, un periodista de mi edad que busca compañero de piso. Sergi es alto, rubio, de ojos grandes y largas pestañas. Me muestra el departamento, que queda en el quinto piso de un vetusto edificio de gitanos. La vecindad es mala, el lugar es pequeño. Pero eso no importa: el Mediterráneo está a dos cuadras y desde el estudio hay una impresionante vista del mar.  Sergi es amable, tiene una enorme biblioteca y le encanta el vino. Me quedo, le digo. Y es aquí donde escribo Pedro Máximo y El círculo de tiza, mi primera novela.

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La bicicleta


foto de Alicia Preza Marín
http://www.bicicletablancagdl.org

(Valencia)

Adela me había presentado a su mejor amigo, Guillermo, en la plaza de Benimaclet, uno de los barrios cool de Valencia. Está lleno de universitarios, extranjeros, bares-librería, centros culturales: tiene onda. O, como dirían en España: mola mogollón. Guillermo es un médico, flaco, desgarbado, de barba prolija y sonrisa de canalla. Me gustó desde el principio. Y a él le atrajo mi descaro para hablar de sexo. Eso y también que aquella noche yo vestía un pijama azul. Le había pedido a mi compañero de piso, Sergi, que me trajese un vestido para cambiarme, porque venía sudada de andar en bici. Y el despistado me trajo una bata de dormir cortísima. Después de unos cuantos cubatas me la puse sin problema. Guillermo me abordó. Estaban claras las cosas: me iría con él esa noche. Al día siguiente ambos seguiríamos con nuestras vidas como si nada. Yo no estaba para relaciones ni niñerías. Así pasó. Amaneció y me fui a mi casa. No volvimos a hablar.

Dos semanas después, regreso a la plaza con Adela, y aparece Guillermo. Lo saludo como si nada hubiese pasado entre nosotros, conversamos trivialidades, bebemos cerveza rodeados de otras personas, nos reímos a carcajadas. Me invita a su casa, otra vez. Le digo que mejor no. Dos veces ya es compromiso. Prefiero huir. Son las dos y media de la madrugada, he bebido algunas cervezas, quiero dormir. Me despido. Me subo en la bici y, junto a Toni, un chico que va en mi dirección, emprendemos el viaje de regreso, que dura unos veinte minutos. Yo voy en una pesada bici de alquiler porque la mía tiene la rueda pinchada y la he dejado en el taller. Estas bicis, que son del Ayuntamiento de Valencia, sirven para recorrer tramos cortos. Solo es posible usarlas media hora. Y lo peor es que pesan una tonelada. Escuché de alguien que se partió la pierna porque una de éstas le cayó encima. En Barcelona, el Ayuntamiento tiene el mismo servicio, pero las bicis son ligeras y uno puede ir rápido. Parece que la alcaldía de Valencia no hace nada bien. Si uno se pasa del tiempo límite, le cobran un euro por cada diez minutos. Y es fácil retrasarse porque mover este aparato hace que las piernas duelan con cada pedaleo.

Vamos por la avenida Blasco Ibáñez, pasamos las facultades, las calles están llenas de estudiantes borrachos que ríen con locura. Llegamos al Cabanyal, nuestro barrio. Toni se queda cerca de su casa, yo avanzo hasta una estación de Valenbici, que está a dos cuadras de mi casa, para devolver el armatoste. Estoy exhausta y sudando. Miro el reloj: son las tres. Llego y veo que no hay un solo lugar disponible para dejar la bici, todos están llenos. Hago una mueca. Calma. No pasa nada. A un kilómetro, cerca de la playa, he visto otra estación. Me doy ánimo y pedaleo lo más rápido que puedo por estas callejuelas mugrientas, rotas. Los gitanos, rumanos, yonkis y vendedores de droga del Cabanyal me miran pasar. Ya me conocen, los últimos tres meses me han visto a diario por estas calles pestilentes.

Por más fuerte que pedaleo, no consigo ir rápido. La bici es lenta como una matrona. Llego a la próxima estación y todo está lleno, otra vez. Tengo la cabeza húmeda del sudor. Estoy a un paso del Mediterráneo, ¡qué ganas de un chapuzón! Pasa un africano, me dice guapa. Lo ignoro. Abro el mapa donde están las estaciones de bicis. Veo que por la avenida del Puerto, la más larga de Valencia, hay varias. Giro a la derecha, y avanzo varias cuadras hasta que llego a la intersección de la calle de Eugenia Viñes con la avenida. Ahí hay otra estación de Valenbici, ¡nada! ¡ni un puto puesto libre! A la playa se van acercando manadas de estudiantes borrachos en bicis como la mía. Pienso que ellos deben haber desocupado un lugar. Tomo aliento y avanzo por el carril bici de la avenida. Dos kilómetros más allá veo otra estación ¡todo lleno! ¡Maldita sea, no puede ser! Intento no pensar. Pedaleo intentando no sentir el dolor de las piernas ni el dolor que tendré por pagar la multa. Las calles están desoladas. Veo el reloj, son las cuatro menos cuarto. Un tipo me grita guapa desde un auto. No me siento guapa, me siento asquerosa, empapada en sudor y con ganas de matar a alguien. Odio Valenbici, odio al Ayuntamiento, odio Valencia y sus bicicletas que pesan como una ballena. Dos kilómetros, otra estación ocupada. Dos kilómetros más, y otra estación ocupada. Empiezo a creer que esto es una pesadilla, que estaré pedaleando hasta que salga el sol y que jamás hallaré un lugar.

Estoy llegando al fin de la avenida, casi a la plaza de Zagagoza. He pedaleado este monstruo por hora y media, desde que salí de Benimaclet. Pienso en dejar tirada la bici, tomar un taxi y olvidarme de todo. Pero, si hago eso, tendré una deuda gorda con el Ayuntamiento. Y no quiero. Me paro, respiro, vuelvo a pedalear, hasta que ¡al fin! aparece una hilera de bicis con cuatro puestos libres. Madre de Dios, bendita seas. Me bajo de la bici como si fuese un jinete que ha llegado a su destino. Me tiemblan las piernas. La engancho, paso la tarjeta por la pantallita luminosa, camino, saco la mano, paro un taxi. El sudor me cae a goterones, estoy empapada y contenta. El taxista es un paquistaní. ¡Qué bien hueles!, me dice apenas subo. Apesto a caballo, le contesto. Apestas muy bien, ¿vienes de fiesta?

Cuando llego a casa, Sergi, está petrificado delante de la computadora. Son casi las cinco de la madrugada.

¿Qué haces despierto?– le pregunto.

Leo una noticia – me dice impávido.

¡No sabes lo que me acaba de pasar! – le digo y empiezo el cuento en Benimaclet a las diez de la noche con Guillermo, y termino con el paquistaní. Él ni se inmuta.

Mataron a puñaladas a un chico que primero fue mi amigo y después mi enemigo en Barcelona, era un poeta. Acabo de leer la noticia en el Levante – me dice consternado. Al parecer, no escuchó nada de lo que dije.

¡Dios mío! ¿Y sabes por qué lo mataron? –

Dicen que fue por robarle la bici –.

Relato publicado en la revista Mundo Diners, junio 2012.

El cinturón de seguridad


País Vasco

España por dentro

 

El autobús peina la carretera San Sebastián – Pamplona. Son las nueve de una mañana nublada y extrañamente fría de finales de julio. Cae una txiri-miri —la palabra que usan los vascos para referirse a la garúa—. Mi amiga Xixur, una vasca hermosa y vital, me ha acompañado a la estación y nos hemos despedido con largos abrazos. El chofer ha tenido que obligarme a montar en el bus. Me dirijo a Barcelona. Madrugué para poder estar por la tarde en la ciudad de Gaudí y salir de juerga por la noche. El bus va semivacío. Me arropo con una manta, aplasto el botón para reclinar el asiento y me apresto a dormir buena parte de las siete horas, o los 434 kilómetros, que me quedan por delante. Pasan, tal vez, veinte minutos y una voz potente me despierta de forma súbita. ¡Cinturón de seguridad! Dos policías de la guardia civil uniformados de azul y entoletados han subido y revisan pasajero por pasajero. ¡Mierda! En toda mi vida de usuaria de buses jamás se me había ocurrido ponerme el cinturón. Y no tenía la menor idea de que esto, en España, fuese considerado una infracción “grave” que lleva aparejada una sanción de 200 euros. ¡Bajen los que no lo llevan!, ordena uno de los policías.

Entre dormida y asustada —a esas horas no tengo la menor idea de qué diablos pasa—, hago caso. Descendemos del bus ocho personas, entre ellos una pareja de rumanos. Él es altísimo, viste un pantalón y camisa de tela gastados, lleva olor a días sin agua. Ella es rubia, gordita, de rostro afable y mirada huidiza. Deben andar por los cincuenta y tantos. Tienen pinta de ser gente humilde. Nos piden los documentos. El aire frío y el susto me hacen dar ganas de orinar. Les entrego mi pasaporte. Junto al bus, descansa un patrullero policial. El rumano me mira sobresaltado. Creo que me pregunta qué está pasando. No habla castellano ni inglés. Está frito. Con señas intento explicarle, se rasca la cabeza. No entiende. La verdad, yo tampoco entiendo mucho. Su mujer, con el paso de los minutos se pone más nerviosa. ¡Hostia! ¡Me cago en la puta!, vocifera uno de los españoles multados. Es el afán recaudatorio, la crisis, no saben de dónde sacar dinero estos cabrones, dice otro.

El policía me pregunta que dónde vivo. Le digo que estoy de paso, que no tengo residencia fija. Me dice que si pago la multa ahora serán “solo” 100 euros. No tengo dinero, le digo, alzando los hombros. Se enoja. Me advierte que no me devolverá el pasaporte hasta que no pague la multa. Le dice lo mismo a los rumanos. Los acompañaremos al cajero más cercano, en Pamplona, para que nos paguen. ¿Qué qué? Quedan más de 50 kilómetros hasta Pamplona. ¡Joder tío!, ¿vendréis detrás del bus solo para cobrar una estúpida multa? Le pregunta un chico. ¡Que sí, coño! ¡Suban!

Subimos al bus indignados, cabreados, reclamándole al chofer por qué no nos avisó que debíamos ponernos el cinturón. “En mis veinte años como conductor nunca había visto nada igual”, dice el hombre, confuso. Los rumanos se están volviendo locos, no entienden nada. Cuando el bus arranca, la mujer empieza a gritar palabras incomprensibles, llora y golpea la ventana, quiere bajarse, pide que le devuelvan su pasaporte. Si algo sabe un viajero es que menos vale perder una pierna que el pasaporte. Entre todos tratamos de tranquilizarla. Vamos a Pamplona, sacamos dinero, pagamos la multa, nos devuelven los documentos y nos vamos. Esas oraciones transitivas sencillas se las deletreamos, las explicamos con señas y muecas, varias veces. Algo entienden. Llegamos a Pamplona. Voy al cajero y saco los cien euros. El rumano me muestra dinero de su país, rublos o rupias, qué sé yo, algo que no sirve para nada. No puedo ayudarlo.

De regreso al bus, nuevos pasajeros se montan, lo llenan y se enteran de la situación. Cerca de mí se sientan unas adolescentes que hablan como cotorras y se ríen de lo que ocurre. Los policías nos esperan en un cruce de carretera. Me bajo, les pago. Me dan una notificación y un recibo. Otros también pagan en efectivo. Pero los rumanos aún no tienen euros. No vemos la manera de solucionar el problema. Ya llevamos hora y media de retraso. Algunos pasajeros presionan al conductor para que deje botados a los rumanos. Una mujer mayor de pelo pintado de amarillo se cabrea. De mala manera, dice que tiene que tomar un crucero a las seis en Barcelona y que no es su culpa que haya gente irresponsable que no sepa las leyes del país, y que encima venga sin dinero. Me mira despectivamente y me dice: ¡Al menos, tú entiendes el castellano! Le respondo: señora: no es que lo entienda, es que lo hablo y seguramente lo escribo mejor que usted. Me mira con rabia. Las chicas siguen riéndose de todo. La mujer rubia no puede más. Agarra sus paquetes, se levanta y da voces por todo el bus. “¡Esto es tercermundista, no estoy dispuesta a soportarlo!”. Le reclama al chofer. Le dice que si no arranca en ese mismo momento, ella se baja. El conductor le explica que no puede dejar a esas personas a la buena de Dios. La señora rumana no para de llorar, se siente avergonzada, mete la cabeza en el sobaco de su marido. La rubia se baja despotricando, dando alaridos.

En silencio, cuatro chicos españoles que también fueron multados, han puesto de su dinero y han logrado juntar los doscientos euros. Pagan la multa. Los rumanos los abrazan. El bus, ahora sí, puede partir.

(Texto publicado en la revista Mundo Diners, marzo 2012)

 

El desahucio



El Cabanyal, Valencia

España por dentro

Sergi, Adela y yo odiamos madrugar. Aún así hemos programado el despertador a las seis de la mañana. Es el jueves 22 de septiembre. El reloj suena con su chillido espantoso. Me levanto la primera. Miro el Mediterráneo por la ventana, preparo café. Los tres tenemos 33 años y somos periodistas. Sergi es mi compañero de piso, vivimos en el Cabanyal, el antiguo barrio de pescadores, en la costa de Valencia. Es un barrio jodido, uno de los peores, sino el peor. Vivimos en el quinto piso de unos sucios bloques. Tenemos por vecinos a gitanos, rumanos, okupas, yonkis, vendedores de droga. Por las noches, salen los adictos a la heroína como zombies famélicos. Las gitanas con sus críos en brazos piden caridad, duermen en terrenos baldíos. No me sorprende que los taxistas no me quieran traer. Este es el tercer mundo del primer mundo.

Sergi y yo no somos pobres. Estamos aquí como una forma de resistencia a un plan municipal que intenta –con bastante éxito- destruir el barrio. Una de las maneras que tiene de hacerlo es degradándolo. La alcaldesa quiero que la gente decente se harte y se vaya para poder derribar las casas y construir una avenida que lleve directo al mar. Un rentable negocio de los políticos del PP, con ella a la cabeza. Adela es amiga de Sergi y se ha quedado a dormir con nosotros para estar temprano en casa de Elsa, una mujer a la que el Ayuntamiento ha desahuciado. Sergi sube a youtube un vídeo con la entrevista que le hicimos a Elsa la noche anterior. Salimos, compramos bollitos para desayunar, caminamos unas diez cuadras y llegamos a la casa, en la calle Francisco Eiximenis número 28. Es un departamento de dos cuartos en un primer piso alto.

Elsa es argentina –del Chaco-, pobre, sin estudios. Llegó a Valencia hace 18 años, luego de girar por el mundo. Trabaja en el puerto, proveyendo de artículos de todo tipo a los marineros. Desde hace cuatro años vive en esta casa junto a su hijo, Xangó, de 16, pagando 300 euros de renta a la inmobiliaria Cabanyal 2010, una empresa del Ayuntamiento de Valencia, que la echa por haberse retrasado en los pagos, y porque vaciar casas para luego derribarlas en el Cabanyal es una práctica habitual.

Subimos. Ahí están sus cajas y los muchos trastos, ropa, libros y cosas que aún le falta por embalar y rotular. Se le han terminado las cajas. Salgo por más. Pregunto en la panadería, en la ferretería, avanzo hasta el mercado, le pido al señor de los pollos, al de las legumbres, nadie tiene cajas. Es muy temprano, regresa por la tarde, dicen todos. Por la tarde ya todo habrá terminado, pienso. A la una llegará el delegado del juzgado, según dice la notificación del deshaucio. Antes de eso, creemos todos, llegarán los policías, bloquearán la calle, no dejarán pasar a nadie. Subirán con sus toletes, tal vez nos golpeen y nos detengan, como ya han hecho otras veces con otros metidos que han intentado obstruir su paso, y han pretendido luchar contra los gorilas que llegan para destrozarlo todo. El año pasado dejaron en la calle a su vecina de enfrente. No solo la echaron, sino que llegaron con combos destruyeron la casa por dentro y tapiaron la entrada para que no se metieran los okupas. Con la casa de al lado hicieron lo mismo y, al final, la derribaron.

Lo que el Ayuntamiento hace es comprar las casas para luego destruirlas. Necesitan despejar la zona para ampliar la avenida Blasco Ibáñez, eso significa arrasar con más de cien casas y edificios del Cabanyal. “Tienes un año para irte -le advirtieron a Elsa-, porque en un año ya habremos tirado todas las casas de tu calle”. Pero ella no se fue. Se quedó hasta el final, y el final parece que será hoy. El año pasado ella vio cómo los policías le partieron la cabeza a varios de los que trataron de impedir el desahucio de su vecina, les pegaron hasta a los ancianos. La policía antidisturbios de Valencia es brutal, no se anda con juegos. Algunos dicen que van drogados a hacer estas tareas. Por eso hemos venido temprano, para que no nos impidan entrar a la casa, para estar dentro cuando ellos lleguen.

Regreso sin cajas y con vasos plásticos para tomar el café. La noche anterior, Sergi, un chico de la radio y yo le hicimos una entrevista a Elsa. El chico la pasó por la mañana en Malba, una radio comunitaria. Convocó a los vecinos, a los que quisieran venir a la calle Eiximenis para ver si entre todos deteníamos el desahucio. Lucía, una chica que vive de okupa en una casa cercana, nos dice que sellará la puerta para dificultarle el acceso a la policía. Que nadie podrá entrar ni salir. Adela se asusta, dice que no quiere vivir un momento violento, que ha visto cómo la policía golpea y que mejor se va, que estará con los demás en la calle. Bajan ella y otros. Decidimos quedarnos con Elsa y su hijo, Sergi, la okupa y yo.

La gente empezó a llegar pasadas las diez. Al principio, fueron cinco, luego diez, quince, cincuenta, en el mejor momento, Xangó contó ciento y algo. Con el paso del día, también llegaron los medios que habían sido alertados. Llegó El País, la Cadena radial Ser, el periódico Levante y otros. A Elsa la llamaron por teléfono de El Mundo y Las Provincias. También llegó el fotógrafo de Público, el diario de izquierdas para el que trabaja Sergi. Una abogada nos dice por teléfono que estemos tranquilos, que nos colguemos en el cuello alguna identificación y que, cuando entren los policías, digamos que somos periodistas claro y fuerte. Yo no tengo ninguna identificación, agarro la cámara de fotos de Sergi como un escudo. Los patrulleros de la policía local dan vueltas por las esquinas, inclusive pasan en medio de la gente, atravesando la calle. Miran y avanzan.

Cuando pasa la una de la tarde, el ambiente en la casa es de mucha tensión. Elsa llora constantemente, todos pensamos que en cualquier momento llegarán y derribarán la puerta. Tienen hasta las dos para llegar, porque a esa hora cierran el juzgado, me dice Xangó, que lleva una cresta y de grande quiere ser juez. Esperamos, con el corazón en la mano. Dan las dos. No llega la policía ni nadie del juzgado. Por hoy, nos sentimos ganadores, hemos logrado intimidarlos. Elsa sale al balcón, da las gracias a todos. Sois mis ángeles, les dice, llora.

Pero la sentencia es inapelable. El lunes a las ocho de la mañana suena el móbil de Sergi. Están echando a Elsa, me dice. Salimos corriendo. Cuando llegamos la calle está cercada. Una veintena de uniformados de la policía local, la nacional y la unidad antidisturbios nos impide el paso. Han derribado la puerta y han entrado con combos.

Desde fuera escuchamos cómo lo rompen todo, el baño, la cocina, las paredes. Elsa grita dentro de la casa. Le dan diez minutos para sacar sus cosas. Ella se resiste, una mujer policía la golpea. Se le quedan cosas adentro, ni siquiera dejan que se vista. Ella sale desesperada, en pijama, llorando, como un pájaro aturdido que no sabe qué hacer. En menos de media hora, la que antes era la puerta de su casa, se convierte en un agujero tapiado con cemento por donde jamás podrá volver a pasar.

(Texto publicado en la revista Mundo Diners, febrero 2012)

La conmovedora ilusión



Hoy la casa del tío Vicent no huele a soledad. Antes, me había dado la impresión de que era demasiado grande para un anciano solo, cuya única compañía por las noches es un maniquí andrógino que usa sombrero y viste de rojo. Pero esta tarde, es un lugar cálido y luminoso. En la sala han dispuesto sillas, no muchas, menos de veinte y los libros están todos organizados en las altas estanterías. La gente ha pagado dos euros por la entrada, han hecho cola, han aguardado en la calle, muchos no han conseguido plaza. Hay mucha expectativa. Anoche, el Primer Festival de Teatro Íntimo de Valencia arrancó bastante bien. Mucha gente, mucha birra y una explosiva inauguración con un par de actores que parecían salidos del psiquiátrico. Las carcajadas siempre hermanan. La fiesta duró hasta la madrugada.

Un viento otoñal llega del Mediterráneo, su aliento recorre las calles del antiguo barrio de pescadores de Valencia. El Cabanyal. El tío Vicent vive en un piso alto, en el número 195 de la calle Escalante. De su casa al mar hay exactamente ocho cuadras.

Los espectadores entran al salón en silencio, con profundo respeto. En la esquina izquierda está una mujer joven de mirada triste. A un metro de ella, un hombre toca al piano algo parecido a la melancolía. O a la tristeza. Los que pueden, toman asiento, los demás se acomodan atrás, o en las esquinas. Los seres mitológicos que el tío Vicent esculpe permanecen blancos y mudos.

Es el sábado 22 de octubre en el Cabanyal. Este barrio es un tesoro arquitectónico, lugar de veraneo, cuna de valencianos ilustres. No sé si decir que es, o que fue. Decir que fue sería como acabar de matarlo, hablar en pasado siempre es como asesinar. Prefiero decir que el Cabanyal aún es, a pesar de que desde hace años sufra un deterioro constante. Muchas de sus casas han sido derribadas, otras ocupadas ilegalmente. San Pedro, Progreso y varios tramos de Escalante lucen como las calles de cualquier villa miseria, chabola, ciudad de dios en la que los niños juegan descalzos, las mujeres ofrecen droga y los yonkis se inyectan en solares vacíos. Este barrio mítico de Valencia es también su cloaca más fétida.

Es necesario decir que la degradación del barrio empezó con el plan de Rita Barberá, alcaldesa de Valencia, que contempla la construcción de una carretera que desemboque directo en el mar. Sueño de oligarcas. Hacer la avenida implica la destrucción de la trama urbanística original del barrio, e incluye la demolición de 1.654 casas, muchas de ellas catalogadas como Bien de Interés Cultural por sus elementos arquitectónicos propios de un modernismo popular y marinero que se arraigó en el Cabanyal a principios de siglo XX.

El peligro que se cierne sobre el barrio es latente. Basta mirar los solares vacíos donde antes hubo casas que fueron compradas por el Ayuntamiento y luego fueron derribadas, o alquiladas a población marginal. Basta caminar por las calles degradadas, o ver las paredes que la alcaldesa ha mandado pintar de tonos ocres y que dan la sensación de estar en un estado de guerra. Es tan grave la situación que el barrio fue incluido en la lista mundial de patrimonios en riesgo de la organización estadounidense World Monuments Fund.

El colectivo Francachela Teatro no pudo encontrar un mejor sitio en Valencia para montar el Primer Festival de Teatro Íntimo. Con el apoyo de la plataforma Salvemos el Cabanyal, una organización integrada por hombres y mujeres que han vivido toda su vida en el barrio y que lo han defendido de las pretensiones del Ayuntamiento durante trece años, Francachela montó durante tres días obras de teatro emergente, danza contemporánea, cabaret underground, teatro infantil y acciones poéticas dramatizadas; en todas sobrevoló el espíritu del Cabanyal, de sus personajes y de sus historias.

El tío Vicent es un artista solitario que ronda los ochenta años; dueño de una biblioteca que cualquier escritor envidiaría. Su casa, una reliquia del Cabanyal que corre el riesgo de ser derribada si se concreta el proyecto de Barberá, fue uno de los escenarios elegidos. Aquí se montó La novia del pianista, la puesta en escena más conmovedora del Festival que se realizó durante los días 21, 22 y 23 de octubre en varias casas del Cabanyal.

La novia del pianista nos habla, nos mira a los ojos, como si estuviese a punto de contarnos un secreto. El pianista toca una melodía leve. Ella cuenta que nació en el Cabanyal, que este barrio lo ha sido todo para ella. Habla como si algo le doliera, como si se le reventara la angustia por dentro. Y habla en valenciano, como todos en el Cabanyal. “Soy como una ánima en pena”, dice, “como esas almas de las que hablaba mi abuela, las que vivían en el purgatorio. ¿Y si en realidad el Cabanyal es el purgatorio de Valencia? Sí, puede ser, porque en el purgatorio todos están esperando a que llegue el juicio final. Muerta, así me siento. Aquel día no se me va de la cabeza. Allá estábamos los dos, en el mercado, tomados del brazo. El mercado, y nosotros, y el Cabanyal. Yo quería hacerme una foto. Desde la primera comunión que no me había hecho un retrato. Mi novio debía marchar al frente y yo quería un recuerdo. Mi novio es pianista, y tocaba una canción rebonica de la rosa del azafrán, tenía una gracia y una alegría” (…).

La mujer ralentiza el relato. Las lágrimas ruedan mientras el secreto va emergiendo. Ese día, mientras los novios posaban para la foto, una bomba de la Aviación explotó en el mercado del Cabanyal. Esta es una historia real que ocurrió durante la guerra civil española. La bomba tumbó el cine Imperial y decapitó a los novios. “Ahí estábamos los dos, tirados, desfigurados, ensangrentados, reventados”, dice ella. El llanto de quienes han vivido toda su vida en el Cabanyal es silencioso, pero colectivo.

Salimos conmovidos de casa del tío Vicent. Le doy un abrazo y apuro el paso para no perderme la siguiente obra. La casa queda a tan solo cuatro cuadras. Nos hacen pasar. Adentro hay un velorio. La viuda y la pariente lloran a un cadáver de cuerpo presente. Se lamentan, pero también lo critican por mujeriego y bebedor. El hombre había sido “picha brava” como se dice. Nos enteramos de la vida de quien fuera el Don Juan del Cabanyal en una comedia que nos llevó a los espectadores a recorrer la sala, la cocina, el patio de la enorme casa. Nos movíamos según el antojo del muerto, quien intentaba huir de su viuda, en una mezcla compleja de risas e incertidumbre.

La compañía valenciana Francachela recorre escenarios de toda Europa desde 2009. Pueden ser serios y desfachatados a la vez. Han propuesto travesías sensoriales por complejos temas como el miedo o el pecado, utilizando diferentes variantes artísticas como el teatro íntimo, el vídeo, o la danza contemporánea. Durante el sábado y el domingo se sucedieron las obras Cronofonías, Carrusel de niños perdidos, Bucle, El gordo del mercado, Mamá Natura, Seres excéntricos y Bienvenidos al Cabanyal. En total fueron ocho las obras que montó el grupo exclusivamente para este festival. Todas fueron presentadas en casas de vecinos que, más que eso, son amigos.

Este texto fue publicado en el número 4 de la revista de artes escénicas El Sótano.

El Diablo


En algún lugar de Castilla-La Mancha

España por dentro

El Diablo tiene bigotes largos, tan largos que asustan. Ahora, que acaba de cumplir los sesenta, son grises, casi blancos, pero algún día fueron negros. Lo vi en fotos cuando visité su cueva, un lugar frío y húmedo, que tiene un mesón al que llegan, fácil, trescientos turistas cada verano, y está lleno de recovecos, escaleras interiores, animales disecados, malos poemas pegados en las paredes y una desagradable cantidad de fotos en las que aparece él en varios escenarios toreando, cocinando, charlando, cantando, o simplemente haciendo el ridículo en programas de televisión. El Diablo lleva los bigotes al estilo Dalí desde los 19 años cuando quiso volverse torero. Sus padres no lo apoyaron. Solo llegó a novillero. Quería dinero y mujeres, pero sobre todo quería salir en la tele y ser famoso. Al parecer, lo logró, o eso piensa él. Funge de secretario de Turismo de los pueblos de la Manchuela, tiene siete coches, varios negocios y dinero para comprar mujercillas menores de 25. Me lleva en su auto rojo, un deportivo de carreras, a un pueblo escondido pasando Casas-Ibañez. Hace calor, el sol pega de lleno en el parabrisas. Vamos a 140 kilómetros por hora, en el costado derecho de una carretera flanqueada por olivares y almendros. A lo lejos se ven los molinos de viento, altísimos y blancos, moviéndose con ligereza. Apago el aire y abro apenas la ventana. El chiflón invade todo dentro del coche, se cuela hasta debajo de mi pelo, me acaricia la nuca, pero no logra mover el bigote del diablo que parece apelmazado con gomina. El viento también tapa con sus sonidos la canción de Amaral que el hombre ha puesto para parecer más joven, o menos viejo. Lleva ojeras y un tufo a borracho de dos días. Me cuenta cosas que no me interesan, dice que es amigo de Joselito, un viejo cantante de la comarca que se hizo muy famoso en América Latina; que ha toreado en plazas de toda Castilla, que suele acostarse con una jovencita boliviana a quien le ha comprado dos móviles y varios trapos. Ignora el asco que me provoca cada vez que abre la boca, o que intenta rozarme la pierna cuando hace un cambio de velocidad. Ve que me incomodo y me pregunta si tengo móvil, quiere comprarme uno. También me ofrece trabajo en uno de sus negocios, dice que podría pagarme 60 euros al día y, si lo necesito, puede dejarme uno de sus coches, el que yo quiera. Le digo que jamás oí hablar de Joselito y que no necesito un móvil. El diablo va puesto, ha bebido toda la noche y ya es mediodía. Tiene la cara enrojecida por el alcohol, muchas ganas de correr y de follar. Ha dejado la fiesta en la que estaba por venir a verme. Nos habíamos citado a las diez en el antiguo puente romano sobre el río Júcar. Me había prometido llevarme a conocer un pueblo tranquilo a pocos kilómetros de Casas-Ibañez. Yo me levanté contenta, muy temprano, como a las ocho, me puse una pantalón de algodón largo y descendí por el camino del cerro donde vivía, sorteando cardos y espinas de flores silvestres, y oliendo el aroma de los pinos y los chopos que habitan aquel bosque.

Llegamos a aquel pueblo, nada del otro mundo, los he visto mejores. Pero es el sitio donde este rufián de poca monta trae a sus posibles amantes. Un lugar ideal, lejos de los ojos de su esposa, una mujer huraña, gorda y de bigote. Me lleva a ver una noria, a un arroyo y a tomar una cerveza a un bar. Dice que demos un paseo antes de comer. Le digo que bueno. Voy por la calle riéndome, mientras él intenta agarrarme el culo y besarme. Lo empujo sin violencia, le digo que qué se ha creído, que él jamás podrá tener a una mujer como yo. Él no entiende la sinceridad. Está acostumbrado a que le mientan a cambio de dinero. Me dice que si acepto irme a la cama con él, no solo que me dará lo que le pida, sino que no será mucho trámite porque se corre muy rápido. Solo serán cinco minutos, promete. Imagino su pito flácido, rendido entre mis piernas. La idea es repugnante. Le digo que me espere que voy al baño, y le advierto que cuando regrese le pediré lo que quiero a cambio de sexo. Voy al baño, me retoco el delineador de ojos, me lavo con meticulosidad las manos y salgo. Él me espera ansioso con una coca cola light en la mesa. Le digo que lo único que quiero es acostarme con su hijo, el menor, el que va a cumplir 15 años la semana entrante. Se sorprende. Pregunta lo obvio. Le contesto que quiero eso, y que vea la manera de conseguirlo. Le prometo que si logra que me acueste con su hijo al día siguiente o ese mismo día me iré a la cama con él. Se queda pensativo, viajamos de regreso a casa, está como ausente, ya no quiere tocarme la pierna.

Texto publicado en la revista Mundo Diners, diciembre 2011