El desahucio


 

El Cabanyal, Valencia

España por dentro

(Texto publicado en la revista Mundo Diners, febrero 2012)

Sergi, Adela y yo odiamos madrugar. Aún así hemos programado el despertador a las seis de la mañana. Es el jueves 22 de septiembre. El reloj suena con su chillido espantoso. Me levanto la primera. Miro el Mediterráneo por la ventana, preparo café. Los tres tenemos 33 años y somos periodistas. Sergi es mi compañero de piso, vivimos en el Cabanyal, el antiguo barrio de pescadores, en la costa de Valencia. Es un barrio jodido, uno de los peores, sino el peor. Vivimos en el quinto piso de unos sucios bloques. Tenemos por vecinos a gitanos, rumanos, okupas, yonkis, vendedores de droga. Por las noches, salen los adictos a la heroína como zombies famélicos. Las gitanas con sus críos en brazos piden caridad, duermen en terrenos baldíos. No me sorprende que los taxistas no me quieran traer. Este es el tercer mundo del primer mundo.

Sergi y yo no somos pobres. Estamos aquí como una forma de resistencia a un plan municipal que intenta –con bastante éxito- destruir el barrio. Una de las maneras que tiene de hacerlo es degradándolo. La alcaldesa quiero que la gente decente se harte y se vaya para poder derribar las casas y construir una avenida que lleve directo al mar. Un rentable negocio de los políticos del PP, con ella a la cabeza. Adela es amiga de Sergi y se ha quedado a dormir con nosotros para estar temprano en casa de Elsa, una mujer a la que el Ayuntamiento ha desahuciado. Sergi sube a youtube un vídeo con la entrevista que le hicimos a Elsa la noche anterior. Salimos, compramos bollitos para desayunar, caminamos unas diez cuadras y llegamos a la casa, en la calle Francisco Eiximenis número 28. Es un departamento de dos cuartos en un primer piso alto.

Elsa es argentina –del Chaco-, pobre, sin estudios. Llegó a Valencia hace 18 años, luego de girar por el mundo. Trabaja en el puerto, proveyendo de artículos de todo tipo a los marineros. Desde hace cuatro años vive en esta casa junto a su hijo, Xangó, de 16, pagando 300 euros de renta a la inmobiliaria Cabanyal 2010, una empresa del Ayuntamiento de Valencia, que la echa por haberse retrasado en los pagos, y porque vaciar casas para luego derribarlas en el Cabanyal es una práctica habitual.

Subimos. Ahí están sus cajas y los muchos trastos, ropa, libros y cosas que aún le falta por embalar y rotular. Se le han terminado las cajas. Salgo por más. Pregunto en la panadería, en la ferretería, avanzo hasta el mercado, le pido al señor de los pollos, al de las legumbres, nadie tiene cajas. Es muy temprano, regresa por la tarde, dicen todos. Por la tarde ya todo habrá terminado, pienso. A la una llegará el delegado del juzgado, según dice la notificación del deshaucio. Antes de eso, creemos todos, llegarán los policías, bloquearán la calle, no dejarán pasar a nadie. Subirán con sus toletes, tal vez nos golpeen y nos detengan, como ya han hecho otras veces con otros metidos que han intentado obstruir su paso, y han pretendido luchar contra los gorilas que llegan para destrozarlo todo. El año pasado dejaron en la calle a su vecina de enfrente. No solo la echaron, sino que llegaron con combos destruyeron la casa por dentro y tapiaron la entrada para que no se metieran los okupas. Con la casa de al lado hicieron lo mismo y, al final, la derribaron.

Lo que el Ayuntamiento hace es comprar las casas para luego destruirlas. Necesitan despejar la zona para ampliar la avenida Blasco Ibáñez, eso significa arrasar con más de cien casas y edificios del Cabanyal. “Tienes un año para irte -le advirtieron a Elsa-, porque en un año ya habremos tirado todas las casas de tu calle”. Pero ella no se fue. Se quedó hasta el final, y el final parece que será hoy. El año pasado ella vio cómo los policías le partieron la cabeza a varios de los que trataron de impedir el desahucio de su vecina, les pegaron hasta a los ancianos. La policía antidisturbios de Valencia es brutal, no se anda con juegos. Algunos dicen que van drogados a hacer estas tareas. Por eso hemos venido temprano, para que no nos impidan entrar a la casa, para estar dentro cuando ellos lleguen.

Regreso sin cajas y con vasos plásticos para tomar el café. La noche anterior, Sergi, un chico de la radio y yo le hicimos una entrevista a Elsa. El chico la pasó por la mañana en Malba, una radio comunitaria. Convocó a los vecinos, a los que quisieran venir a la calle Eiximenis para ver si entre todos deteníamos el desahucio. Lucía, una chica que vive de okupa en una casa cercana, nos dice que sellará la puerta para dificultarle el acceso a la policía. Que nadie podrá entrar ni salir. Adela se asusta, dice que no quiere vivir un momento violento, que ha visto cómo la policía golpea y que mejor se va, que estará con los demás en la calle. Bajan ella y otros. Decidimos quedarnos con Elsa y su hijo, Sergi, la okupa y yo.

La gente empezó a llegar pasadas las diez. Al principio, fueron cinco, luego diez, quince, cincuenta, en el mejor momento, Xangó contó ciento y algo. Con el paso del día, también llegaron los medios que habían sido alertados. Llegó El País, la Cadena radial Ser, el periódico Levante y otros. A Elsa la llamaron por teléfono de El Mundo y Las Provincias. También llegó el fotógrafo de Público, el diario de izquierdas para el que trabaja Sergi. Una abogada nos dice por teléfono que estemos tranquilos, que nos colguemos en el cuello alguna identificación y que, cuando entren los policías, digamos que somos periodistas claro y fuerte. Yo no tengo ninguna identificación, agarro la cámara de fotos de Sergi como un escudo. Los patrulleros de la policía local dan vueltas por las esquinas, inclusive pasan en medio de la gente, atravesando la calle. Miran y avanzan.

Cuando pasa la una de la tarde, el ambiente en la casa es de mucha tensión. Elsa llora constantemente, todos pensamos que en cualquier momento llegarán y derribarán la puerta. Tienen hasta las dos para llegar, porque a esa hora cierran el juzgado, me dice Xangó, que lleva una cresta y de grande quiere ser juez. Esperamos, con el corazón en la mano. Dan las dos. No llega la policía ni nadie del juzgado. Por hoy, nos sentimos ganadores, hemos logrado intimidarlos. Elsa sale al balcón, da las gracias a todos. Sois mis ángeles, les dice, llora.

Pero la sentencia es inapelable. El lunes a las ocho de la mañana suena el móbil de Sergi. Están echando a Elsa, me dice. Salimos corriendo. Cuando llegamos la calle está cercada. Una veintena de uniformados de la policía local, la nacional y la unidad antidisturbios nos impide el paso. Han derribado la puerta y han entrado con combos.

Desde fuera escuchamos cómo lo rompen todo, el baño, la cocina, las paredes. Elsa grita dentro de la casa. Le dan diez minutos para sacar sus cosas. Ella se resiste, una mujer policía la golpea. Se le quedan cosas adentro, ni siquiera dejan que se vista. Ella sale desesperada, en pijama, llorando, como un pájaro aturdido que no sabe qué hacer. En menos de media hora, la que antes era la puerta de su casa, se convierte en un agujero tapiado con cemento por donde jamás podrá volver a pasar.

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