El bar del chino


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Era noviembre. Como todos los viernes, yo había ido al bar del Chino para encontrarme con Sergio. Ahora sé que no  debí ir. En la mañana, me había levantado con malos presentimientos. No recordaba el hilo del sueño que había tenido, pero la sensación de incertidumbre que me dejó era violenta. Me metí a la ducha para despabilarme. La imagen que vino a mi mente bajo el chorro de agua me espantó aún más: era la de un gato que se sienta al borde de la cama anticipando la muerte de quien duerme. Me sentía como una gaviota cuando adivina la llegada de una tormenta. La sospecha de algo terrible me carcomía. Mi abuela decía que los malos augurios se sienten como un latido en el vientre. Recuerdo que durante la tarde, mientras intentaba trabajar, mi mano vibró con un ligero temblor. Todo el día mi corazón palpitó a un ritmo distinto, tan rápido como cuando estoy a punto de llegar al orgasmo. Cuando llegó la noche, antes de salir, vi por la ventanilla cómo el cielo se movía oscuro e improbable, nubes blancas danzaban como meciéndose en una hamaca siniestra. Pero yo estaba enamorada de Sergio, quería verlo y eso era lo único que me importaba.

Me puse el vestido negro, el de tirantes que tanto le gustaba a él. En mi interior, la angustia de pensar que él me dejaría aumentaba. Creí que esa era la causa de mi extraño nerviosismo. Nuestra última pelea había sido tan brutal que yo suponía que él iría al bar sólo para pedirme que no lo buscara más, que dejáramos de vernos. Éramos amantes desde hacía dos años y cuatro meses. Él estaba casado, tenía dos hijos pequeños y una esposa gorda y severa. Yo lo amaba. Pero nuestra relación era dolorosa, mi sentimiento me atrapaba en un estado compulsivo y mis rabietas por celos eran constantes. Yo odiaba su quietud, su estado de larva insensible, su pasividad que interpretaba como indiferencia.

Mientras iba en el taxi rumbo al bar intentaba calmarme recordando la última vez que hicimos el amor. Su cuerpo, como un monte empinado, hervía debajo del mío. La sensación del placer dormitaba entre sus párpados, y su voz era como un leve susurro de algodón. No quería perderlo. Pero, poco después, mis gritos alterados me regresaban a la realidad. Él me dejaría y con razón. Le dije que lo mataría si no dejaba a su esposa. Lo llamé bastardo, cerdo e hijo de puta. Le rasguñé la cara y lo golpeé con el taco de mi zapato en la espalda sin que él hiciera nada por detenerme. Él solo me dijo cálmate, me dio un beso en la mejilla, y se fue. Me dejó sola, con mis absurdas lágrimas saltando como demonios por mis ojos. Nunca vi en su mirada ira ni dolor, nunca vi nada. Era como una piedra apacible, a la que  podía patear sin quejas. El dolor me lo provocaba yo. Él era una roca filuda que me desgarraba por dentro. Como si tuvieran vida propia, los quejidos rodaban por mi garganta.

Llegué al bar y saludé al chino. Miré a todos lados, pero Sergio no estaba. Pedí un gin tonic, y llamé a su celular. No contestó. Pasaron diez minutos. Empecé a desesperarme. Me terminé el trago. Salí para fumar. Caminé por la calle en medio de putas. Sentí que ellas tenían más dignidad que yo. Las envidié, y hasta las maldije. Volví al bar, otro gin tonic. Me lo tomé sin respirar. Me mareé enseguida. Fui al baño. Me miré en el espejo y me sentí fea, demasiado flaca, patética, un sinsentido en dos patas. Me imaginé como un gusano lleno de torpes arrugas. Tenía treinta años, pero me sentía más vieja que Estela, la mujer de Sergio, que debía andar por los cuarenta y dos. Saqué un poco de coca que tenía en una fundita y me lo embutí todo. Me limpié la nariz. Estaba tan ansiosa que lamí la funda antes de tirarla. Eran las once de la noche cuando salí del baño.

Le pregunté al Chino si había visto a Sergio. Me dijo que sí, que había estado bebiendo cerveza con un par de tipos hacía hora y media. Justo ahí, me señaló una mesa vacía. Pagaron y se fueron. Llamé al celular de nuevo. No hubo respuesta. Me tomé de un tirón el tercer gin tonic, pagué y salí. Estaba dispuesta a ir a casa de Sergio. Le diría a su mujer la verdad de una vez por todas. La cocaína me daba valor. La furia me asfixiaba como una enorme boa constrictor. Si en ese momento hubiese tenido delante a Sergio le abría sacado los ojos con mis propias manos. Odiaba la quietud de sus ojos impávidos, su lividez, su calma.

Caminé hacia la avenida para tomar un taxi. No había nadie, todo estaba oscuro y quieto. Mis tacos se doblaban solos. Miré el reloj, eran las diez y cuarto. De pronto, sentí que alguien venía detrás. Volteé y vi a dos hombres corpulentos, a unos diez metros. Apreté el paso. Ellos también. Intenté correr, pero en segundos estuvieron encima de mí. Me tiraron al piso, me taparon la boca. No les pude ver la cara. Me subieron a un carro que estaba parqueado cerca. Me pusieron una bolsa de tela negra con dos agujeros para que respirara en la cabeza y me doblaron en el asiento para que nadie me viera por las ventanas. El enojo se transformó en espanto. La certeza de la desgracia que tuve durante todo el día me sepultó como una roca a un mosquito. No veía nada. Pero debían ser tres hombres, el conductor y los dos que me atacaron. Apenas podía respirar.

En la radio se escuchaba mi canción favorita, The blowers daughter. Estaba aterrada, pero escuchar la voz de Damien Rice me calmó un poco. Ninguno de los tipos hablaba. Anduvimos unos quince minutos en silencio, aunque pudieron ser solo cinco o dos. El miedo hace imposible calcular con exactitud el tiempo. No me atreví a abrir la boca. De pronto, el carro paró en seco. Me bajaron. No me quitaron la funda de la cabeza. Empecé a gritar, a preguntar quiénes eran, qué querían. Nadie me contestó. Sentí una poderosa cachetada. Y empecé a llorar. Mientras más lloraba, menos podía respirar. Me ataron las manos. Les rogué que no me hicieran nada, intenté arrodillarme, les dije que si querían dinero podíamos ir a mi casa. Nadie me respondió.

Tal vez estábamos en un solar vacío. El silencio era aterrador. Al lado, estaba el carro con el motor encendido. Del parlante salía despedida una y otra vez la canción de Rice. Era enloquecedor. Uno de los tipos me desnudó, y el otro empezó a penetrarme de pie. No hubo risas, insultos ni gritos. Solo silencio y mis lágrimas que corrían mojándome la cara debajo de la funda. Me penetraron dos tipos durante unos diez minutos cada uno. No me tocaban, mi cuerpo para ellos era sólo un agujero para perforar. Después me subieron al auto, y me tiraron desnuda al asiento de atrás. Yo seguía llorando sin hacer mucho ruido. No me desataron ni me quitaron la funda negra de la cabeza. La sensación de no ver a mis victimarios me producía tanta impotencia que habría querido morir en ese instante. Nadie más subió al asiento de atrás. Escuché cómo cerraron la puerta, y el coche empezó a andar. Anduvimos unos veinte minutos. Y cuando intuí que todo había terminado, y que los tipos que me violaron no estaban dentro, intenté calmarme. ¿A dónde me llevas?, le pregunté como pude al hombre que manejaba, el único que no me violó.

Si quieres te llevo a tu casa, contestó Sergio.

 

 

 

El polaco


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(Buenos Aires)
Esa tarde me afeité el pubis con sumo cuidado. Es algo que siempre hago cuando intuyo que tendré sexo con alguien nuevo. Lo que no sabía aún era con quién lo iba a hacer. Me habían invitado a la fiesta de cumpleaños de una escritora octogenaria que escribía cuentos en los que siempre alguien era asesinado. Me vestí y me fui caminando.

La escritora salió a recibirme. Tenía una casa grande que usaba como albergue para extranjeros. Yo le había regalado una planta roja que ella exhibía con orgullo en el comedor principal. En la cocina, chicos de varios países conversaban y apuraban la cena. Me presentaron a dos colombianos, un alemán rubio de rastas y tres argentinos. Tenía para elegir. De pronto, un tipo altísimo con mirada intensa y nariz de lechuza me preguntó de dónde era. De Ecuador, contesté. ¿Y tú? de Polonia, pero vivo en Dublín. Apenas clavó sus ojos en los míos supe que algo pasaría.

Comimos, bebimos, reímos. El polaco me ofreció uno de sus largos cigarros. Era obvio que nos gustábamos. Cuando terminó la cena, me invitó a tomar una cerveza fuera de la casa. Lo seguí. Se nos unió el alemán, no recuerdo su nombre. Los tres pasamos toda la madrugada bebiendo de bar en bar, riendo a carcajadas, caminando abrazados por las calles del centro, maltratando el inglés y el español, hasta que nos dieron las seis de la mañana; el sol amenazaba con salir en cualquier momento. Yo estaba feliz.

¿Qué hacemos? Yo me voy a la cama, dijo el alemán casi a punto de caerse. Yo quiero seguir bebiendo ¿me acompañas?, me pidió el polaco. Sí, claro. Nos fuimos a un bar que aún no cerraba. Él siguió bebiendo whisky. Yo cuidaba mi bolso. Había gente malencarada. Se tomó un par de vasos más. Vámonos, le pedí.

Fuimos a mi casa. Subimos, él se tiró en la cama, estaba completamente borracho. El sol pegaba detrás de las cortinas azules. Yo me quité la ropa y me recosté a su lado. Lo miré fijamente, y pensé ¿quién será? Era hermoso y enorme, debía medir más de un metro noventa, y tener unos veinticinco años. Huesos fuertes, manos grandes. ¿Cómo será su verga? Quería abrir su pantalón, pero estaba demasiado cansada. Me dormí.

Cuando me desperté, él me miraba. Se había puesto los lentes y parecía aún más guapo. Yo estaba desnuda, cubierta por una sábana. Me destapó. Mi piel se veía tan oscura junto a la suya. Nunca me había sentido tan morena. Era una sensación intensa y lujuriosa. Me besó. Los labios, los pezones, el vientre, la parte afeitada por fuera, la parte afeitada por dentro. Yo estaba en el paraíso.

Su verga era tan grande que no me entraba completa. Jugaba con ella como quería, podía ponerme en todas las posiciones porque su verga me alcanzaba. Él me decía: no abras mucho las piernas porque puedo llegar a tu garganta.

Pasamos dos días comiéndonos, sin comer. No había desperdicio. Al despertar del tercer día, le pregunté ¿no vas a volver a la residencia? Sin inmutarse, me dijo: si quieres me voy, si quieres me quedo. Yo creo que deberías irte. Está bien, me voy.

Siguió ronroneando en la cama, desayunó, se vistió y se fue. Ni un número de teléfono ni un hasta pronto. Nada. Esa tarde me preguntaba ¿qué fue eso? ¿fue real?

El timbre sonó esa misma noche. Era él. Llegó con una fundita llena de curry que le había robado a la escritora. Quería cocinar pollo al curry. Dijo que me extrañaba, y empezó a besarme. Fuimos a la terraza enredados en saliva. Él se sentó en el piso de césped artificial, y yo me puse sobre él.

Me quiero quedar todo mi mes de vacaciones contigo, me pidió. Está bien, quédate. En esos días aprendí a escribir correctamente su apellido, y supe cómo se decía “dame pan” y  “te quiero” en polaco.