Sara


La primera vez que vi a Sara pensé que tendría unos trece años, después supe que tenía solo nueve. Se mudó con su madre al departamento de al lado. En esa época arrendábamos un piso en un edificio solariego sobre la calle Colón. Sara es morena, tiene el cabello liso, endrino, y a los nueve años ya tenía demasiado cuerpo. Yo tenía veintidós, pero aún pisaba territorio confuso; la verdad es que me costó madurar. Conservaba costumbres de adolescente: me seguía masturbando dos o tres veces al día y los fines de semana hasta cinco veces, pero enfrentaba con tesón las pesadas cargas horarias de la carrera de Medicina. Elisa, la madre de Sara, era una mujer atractiva, de mirada huidiza, risa estrepitosa y grandes pechos, que exhibía sin pudor. No me sorprendió demasiado cuando mi padre me confesó que la vecina le gustaba, tampoco me extrañé de que tres años después decidiera casarse con ella. Lo que sí me sorprendió fue notar que el cuerpo de Sara ya era el de una mujer a los doce años. Imaginaba sus pezones a través de su camiseta blanca: eran del color que tiene la carne de los pomelos rosáceos, y su textura como de pistilos a punto de brotar. Sin tener mucho busto aún, había heredado de su madre el gusto por los escotes, y yo se lo agradecía. Sus muslos resaltaban rabiosos, su cintura era pequeña y su trasero prominente, como una colina en la que mis ojos se perdían sin fin. Tenía ganas de tocar a mi hermanastra y ella se daba cuenta.

Sara me sacaba la lengua coqueta cuando reía; otra veces, saltaba sobre mí y repartía besos por mi cara y cuello sin que existiera ningún motivo. Eran como arranques de locura. Yo me la quitaba de encima, sin mucha convicción. Por esa época yo salía con Patricia, llevábamos dos años de novios y pensábamos casarnos. Patricia era una mujer bien puesta, pero insípida. Mi padre, que se había mudado junto a Elisa y Sara a una casa antigua que tenía cuatro cuartos y una buhardilla donde él hacía la siesta y leía, nos ofreció ir a vivir con ellos con la intención de que nosotros ahorremos lo necesario para comprar nuestra propia casa. Nos mudamos en diciembre y celebramos la Navidad en familia, fingiendo para no discutir por temas intrascendentes. La habitación de Sara quedaba a diez pasos de la nuestra. Aquella noche vomitó por exceso de comida y unos sorbos de vino rojo. Me pidió que le leyese uno de mis cuentos antes de dormir, como solía hacer su padre cuando era pequeña. Le leí uno de fantasmas que había escrito la semana anterior. Ella estaba debajo de las cobijas y yo sentado a su lado, en el borde de la cama.

De repente, cuando aún no terminaba el cuento, Sara se quitó la cobija y sus pechos quedaron descubiertos. Tengo calor, dijo. Yo me quedé inmóvil, mirándola sin poder contener la lascivia. Ella apartó aún más la manta y me dejó ver su cuerpo entero desnudo. ¿Duermes así?, le pregunté un poco nervioso. Sí, porque mi habitación es demasiado calurosa. ¿Cómo duerme Patricia?, dijo con voz de niña. Sara ¡cúbrete, por favor!, le pedí azorado, recobrando el sentido. Me levanté, y salí del cuarto. Antes de cerrar la puerta, volví a mirarla, ella tenía su mano en el pubis. Dos días estuve elucubrando la manera de quedarme a solas con Sara para tocarla sin que mi padre, Elisa y Patricia lo notaran. La imagen de la chiquilla desnuda me estaba enloqueciendo. El sábado siguiente, Patricia se fue a visitar a sus padres. Me llamó a las ocho para decirme que llovía y que se quedaría a dormir en su antigua casa. Mi padre y Elisa habían ido a una cena. Yo celebré tomando whisky. Escondido como un alacrán en la oscuridad esperaba mi momento.

Sara había ido al cine. Me metí a mi cuarto y dejé la puerta abierta, sabía que ella llegaría, merodearía y se daría cuenta de que estábamos solos. Así sucedió. Me encontró medio borracho tirado en un sillón.

—Se han ido todos — me dijo parada en el marco de la puerta, llevaba un vestido celeste de verano.
—Así parece — contesté como un animal que no se altera.
—¿Quieres venir a mi cuarto a ver una peli? — preguntó haciéndose la inocente.
—¿Tú tienes ganas? — dije sabiendo que ella quería. No respondió, se fue a su cuarto. Yo la seguí. Ya estaba oscuro. No encendimos las luces. Ella puso a todo volumen un dvd de Harry Potter. Se sacó el vestido que llevaba delante de mí y se puso una cortísima camiseta de algodón que dejaba ver el nacimiento de los vellos en su triángulo. Se echó en la cama con un almohadón debajo de sus brazos. Yo me senté a su lado.
—Dame un masaje, tengo agujetas en toda la espalda — pidió mientras veía la pantalla sin parpadear. Yo miraba su piel perfecta, la suave tela de su calzón intentando contener los ribetes de sus nalgas morenas. Empecé a masajear sus hombros, bajé por su espalda deteniéndome lo más posible en cada músculo. Ella parecía no sentir nada. Mi respiración empezaba a hacerse pesada, sabía que ella la percibía a pesar del ruido del televisor. Llegué a sus nalgas, ella abrió un poco las piernas.
—Me gusta cómo me tocas. Tócame más — musitó levemente.
—Sara, no debería tocarte y lo sabes — dije sintiéndome un extraño. Quien decía esas palabras no era el mismo hombre que la tocaba con un deseo irrefrenable.
—¿Quién dice? — preguntó ella levantando un poco la cabeza.
—Eres menor de edad y yo soy tu hermanastro. ¿Eres consciente de eso? — le pregunté sin mover ni un centímetro mis manos que se habían estancado en sus muslos.
—Ya, ya, deja de decir tonterías y sigue con el masaje. Aprovechemos que no hay nadie — dijo ella como riñéndome.
—Perdona, Sara, no puedo seguir. Esto está mal… No debo — dije y me levanté de pronto.
—Eres un cobarde. Un puto cobarde de mierda — dijo volviéndose y mirándome a los ojos. —Yo sé que te gusto, y tú sabes que me gustas. Qué más da si soy chica, si tú eres grande, si tienes novia, si mi padre se casó con tu madre. A mí nada de eso me importa— dijo de rodillas en la cama. Luego, se sentó y puso un almohadón entre sus piernas. —Pero si quieres vete, me da
igual — sentenció enojada, haciendo un ademán como quien echa a un perro.

Salí de la habitación sintiéndome un imbécil, intentando entender de qué iba este juego malsano. Vi que la puerta de la sala se abrió, eran mi padre y Elisa. Me metí en mi habitación. Me saqué la ropa, me acosté en la cama pensativo. Estaba empalmado. Sabía que no iba a poder dormir. Empecé a masturbarme, aún tenía viva la sensación del cuerpo de Sara en mis dedos. De pronto, la perilla de la puerta se giró. Me di la vuelta, me cubrí con la manta para hacerme el dormido. Era Sara desnuda. Encendió la luz, y empezó a revolver las cosas de un estante. Parecía que había perdido algo.
—¿Por qué entras así? ¿Qué buscas? — le pregunté un tanto molesto.
—Busco esto — dijo enseñándome un cuadernillo. —Este es mi viejo diario, quiero leerte algo —.
—Sara ¿podrías cubrirte? No es normal que andes en bolas por la casa — le pedí sin querer que lo hiciera realmente.
—No me hizo ningún caso. Abrió el cuadernillo, se sentó al borde de mi cama, y empezó a leer. —Hoy llegó Gustavo con su novia, Patricia. Ella no me gusta para él, es demasiado larga y sosa. Él se merece una mujer ardiente como yo, que le dé todo el placer que quiera, que siempre esté dispuesta a complacerlo. Sé que le gusto a Gustavo. Vi cómo me miraba las tetas en la boda. Esa noche quise besarlo, pero él no me dio oportunidad. Sueño con que llegue el día en que pueda dormir junto a él. Quisiera que me hiciera suya —. De pronto, dejó de leer. Se calló un momento.

—Esto lo escribí hace exactamente seis meses y lo dejé aquí, casualmente, para ver si tú o la tonta de tu novia lo leían — dijo evidentemente afectada, casi al borde de las lágrimas.
—Sara, apaga esa luz y ven aquí — le pedí. Ella me hizo caso y se metió debajo de la manta. Sintió mi verga dura. Empezó a besarme con descontrol y yo a ella. Sara no era virgen, pero yo no lo sabía. Me alegré de que así fuera. Disfruté de su cuerpo hasta las seis de la mañana cuando caí rendido. Patricia nos encontró acurrucados, hechos una sola carne. No dijo nada, no nos
despertó. Fue a llamar a mi padre y a Elisa. Los tres contemplaron el cuadro en silencio. Era horrible y hermoso a la vez.

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