Viejos poemas de amor


Me urge correr al inquisidor encuentro con tu barba

Volar en cuatro patas al duelo con tu sonrisa

En el verano ardiente de mis piernas se cuecen los vestigios de tu voz

A lo lejos quedó la linterna que me alumbraba tu escondite

Ahora no veo tus dientes en mi cueva, ardida, quemada

Por los rayos de una luna incrédula

Ya ni la luna cree en el amor

Y yo estoy aquí esperando la nieve que me calienta

Y sintiendo el antojo de llamar a tu caldera

Una vez más, rendirme ante las cadenas de tu vientre

 

 amantes

Todas las hojas se parecen a ti,

En el instante en que se desploman y caen al infinito

Eres el residuo de lo que queda en la galera del caos

El sentido que le puedo poner a mis extremos

Solo sé que no soy yo a quien le dueles

Y que no eres tú a quien niego

Como una perfecta lluvia en mi casi permanente abismo

Caes en gotas de soledad

En mi cementerio de amantes enterrados

Suenas como una voz de compasión

Como un duende claro en mi celda gris

Visítame esta noche en que creo en la libertad

Quiero roer los barrotes que me detienen

En este espacio inerte y vacío

Quiero la aproximación de tus manos heladas

A mi cuerpo que hoy se arrastra por un recuerdo

 

 
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Témpanos de desidia aplastan el deseo

De correr detrás de una sonrisa desnuda

De poseer un cuerpo sin miedo a la burla

De un destino que me ata a las patas de una cama vacía

Soy el plenilunio, la escasa serenidad de la luna sobre el mar

El instante evaporado del silencio de la madrugada

Que merodea en la mente de un extranjero

Mi ansiedad tiene dientes de verdugo

Mi miedo anda en lomo de gacela

Mi angustia le hace guardia a la aventura

Mi carcelero se llama como yo.

 
Soledad

Opacidad y desvelo en esta mañana azul

Me entretengo pensando en el pasado próximo

En las mil cadencias de un sonido agudo

Que se vale de sus entuertos para someterme

A sus delirantes espasmos

Tu música que trina como una armónica en el desierto

Eres la estratagema de la viscosa mentira

El subterfugio de mi misma ingenuidad

Soy un alfil que mueves con tus dedos de artista

Un engañado presente que se mueve al antojo de tu lengua

El más pueril deseo de convertirme en letra debajo de tus manos

En futuro delante de tus ojos.

 


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Aprendizaje o el Libro de Los Placeres


Aprendizaje o el Libro de Los Placeres

Clarice Linspector

Siruela, 2008

Reseña

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“Uno se asusta con el exceso de dulzura de lo que es por primera vez”.

 

Les advierto que esta es una historia de amor, y que, por lo tanto, no tiene ningún sentido. Pero, a la vez, es de los libros más luminosos de Clarice Linspector. Les advierto también que la protagonista de esta historia lleva, en un sentido no literal, las tripas por fuera, los sentimientos desbordados. La pobre sufre la desolación de no saber quién es. Hechas las advertencias de rigor, vamos al grano.

Para Lori, Ulises es un hombre imponente. Sabe quién es y qué quiere, está lleno de sentimiento y sabiduría. Es un hombre que tiene la capacidad de revelarle los más íntimos secretos de ella misma. Es un hombre que la desea, pero no la toca, no le hace el amor. Le ha dicho que lo hará cuando ella esté lista para recibirlo, cuando esté preparada para contener la totalidad de su ser. Mientras tanto, él la observa, la ve crecer, la ve experimentar, la ve avanzar por un camino que antes estaba oscuro, pero que se ha vuelto, repentinamente, luminoso. La posibilidad del amor está a las puertas, y ella lo sabe.

 

Hasta ahora, Lori ha aprendido por medio del dolor. Le duele el alma. No sabe por qué, pero ha sido así desde el primer día en que tenga memoria. Nació con angustia. De niña, ya llevaba la tristeza atorada en la garganta. Lori ha estado encapsulada como dentro de un huevo de pájaro, no ha tenido el valor de ver qué hay detrás de las cortinas de sus propios sentimientos. Ha elegido vivir de forma gris: es una maestra de escuela que vive en el pasado, y se aburre de ella misma. Es joven, pero se siente anciana. En los largos días de las vacaciones escolares incluso borda manteles que a nadie regala. O se arregla con mucho cuidado delante del espejo, se viste bonito y se va sola al cine.

 

Pero Lori es también una mujer llena de preguntas que no se resuelven con ningún lugar común, consejo o rezo. Ella sufre de soledad e intuye que todas sus dudas las resolverá un día la experiencia real del amor, pero ¿qué es el amor real y cómo llegará ahí?

Ella pensó que Ulises, por ser profesor de Filosofía, había venido a contestar sus preguntas, pero con el paso del tiempo se fue dando cuenta de que él vino a des-estructurarlas para que ella las volviera a crear a partir de los nuevos pensamientos que él, en muy poco tiempo, logró incubar en su mente.

 

Ella no entiende cómo es que la mente de él parece haber entrado en la de ella. Pero le gusta y lo siente necesario.

 

“No entender era tan vasto que sobrepasaba cualquier entender –entender era siempre limitado-. Pero no entender no tenía fronteras y llevaba al infinito, al Dios”.

Lori es una mujer profundamente asustada ante la posibilidad de descubrirse, de transformarse en un ser humano completo y dejar de una vez por todas la auto-compasión. Esa es la única manera de estar lista para el amor de Ulises. Y ella lo desea, lo necesita, lo anhela. Pero para llegar a él, Lori debe dejar de temer y dar el siguiente paso: empezar a aprender desde el placer y no desde el dolor.

 

Eso es lo que Ulises ha venido a enseñarle. Mientras conversaba con él, Lori, de pronto, sentía que “estaba en una plataforma terrestre desde donde, en fracciones de segundo parecía ver la superrealidad de lo que es verdaderamente real. Más real que la realidad”. Eran los momentos en los que las dudas parecían desvanecerse.

 

Clarice Linspector es una maestra de la duda, del miedo, de la falta de confianza en sí mismas que sufren las mujeres. Crea este fascinante personaje, Lori, que se parece a cualquiera de nosotras en sus fueros más íntimos.

 

Este es el perfil de una mujer que quiere vivir la vida real, pero día a día elige quedarse en casa bordando, haciendo nada, sufriendo la incertidumbre de no saberse. Una mujer que un día ve delante de ella lo que tanto, a solas, había pedido al Dios. Al hombre que pueda librarla de su simpleza. El hombre que la enfrenta a ella misma, que la obliga a mirar su belleza original al espejo, que la reconcilia con su pasado. Ella intenta huir, intenta fingir, intenta todas las cosas que intentamos las mujeres. Pero nada funciona, ella necesita cambiar. Todo su ser se lo pide.

La cárcel de Velasco Mackenzie


  • Texto publicado en la revista Mundo Diners, marzo 2014

 

“Caminó tambaleante, sin imaginar lo que iba a vivir allí,

detrás de esa puerta que partiría su vida en dos.”

La Casa del Fabulante (Jorge Velasco Mackenzie)

UNO DE LOS ESCRITORES MÁS RECONOCIDOS DEL ECUADOR PASÓ SEIS MESES EN UNA CLÍNICA DE REHABILITACIÓN PARA ALCOHÓLICOS Y ADICTOS A LAS DROGAS. LA AUTORA DE ESTA CRÓNICA CONVERSÓ CON ÉL TRAS EL ENCIERRO Y CONSTRUYÓ EL RELATO A PARTIR DE SU TESTIMONIO. LA HISTORIA DE UN ATERRIZAJE FORZOSO PROMETE SER UNA DE LAS MEJORES NOVELAS DEL AUTOR.

El toque de queda es a las seis de la tarde. Silenciosos, los enfermos se encierran en sus habitaciones. El escritor Jorge Velasco MacKenzie obedece como el resto. A veces, cuando reclama y se queja, le permiten ver algún noticiero en la televisión, pero lo más frecuente es que pasadas las siete de la noche desconecten la energía y la soledad sea la única que se pasee por los pasillos de la clínica. Salir es imposible pues los guardias ponen seguro a las puertas por fuera. Si alguien tiene una emergencia por la noche, no se enteran. Si alguien muere, tampoco.

Luis Camana, el compañero de cuarto de Velasco, tiene un hongo en el pie que duele y despide mal olor. Antes de acostarse a dormir, el escritor lo cura con paciencia, le pone una crema y lo arropa. Camana tiene 72 años. Cuando habla de él, Velasco lo llama “mi viejito”. Ambos son alcohólicos, viejos bebedores de cerveza, y fueron internados en esta clínica de rehabilitación por sus hijos. Camana le cuenta sus aventuras de cuando combatió en la guerra del 41, y Velasco le habla de sus amores imposibles. Han pasado noches enteras contándose historias reales o inventadas –la verdad importa poco– y alimentado la esperanza de poder salir pronto.

Tras una madrugada tranquila en la que duerme sin sobresaltos, los gritos de un guardia despiertan a Velasco cuando son apenas las seis de la mañana. Es el mismo guardia que siempre le restriega los privilegios que tiene dentro de la clínica. A los demás, le recuerda de mala gana, los despiertan a patadas. En cambio a él, que paga bastante, le tienen ciertas consideraciones. Velasco y Camana comparten una habitación con baño privado por la que cada uno paga setecientos dólares mensuales. El escritor se levanta lleno de ira para responder al guardia. Cuando se calma, nota que Camana no se mueve.

“Don Lucho, ya despiértese”, le dice tocándole el hombro. Camana no contesta. Velasco se da cuenta de que su amigo está muerto.

Enojado y confuso, Velasco sale del cuarto en busca de Bladimir Chiriboga, director y dueño de la clínica. “¡Anda a ver lo que has hecho!”, le grita desconsolado, aunque Chiriboga no tenga en realidad nada que ver con el asunto. Lo más probable es que Camana haya muerto de un infarto mientras dormía, pero  nadie puede confirmarlo y Velasco arma un alboroto en la clínica. Como cualquier otro día, lo obligan a ir a la terapia y no vuelve a ver el cuerpo de su compañero. Entre los adictos, dice Velasco, una muerte no es algo que espante demasiado. “Algunos internos han muerto en LaCasa, varios  adentro, de viejos, otros porque volvieron heridos; una mujer, la Ticsia, que usaba dos trenzas largas, fue lanzada hacia la puerta desde un automóvil, ahorcada con su propio pelo. Hubo un suicida que se tiró contra los cables de alta tensión. ¿Qué casa de rehabilitación no tiene un suicida?, no sería confiable, allí no encerrarían a nadie, mejor seguir consumiendo”. Escribió en La Casa del Fabulante, su nuevo libro autobiográfico. El 10 de noviembre de 2012, Jorge Velasco MacKenzie fue encerrado contra su voluntad en la clínica de rehabilitación para adictos Celare (Centro Latinoamericano de Recuperación). La muerte de Camana ocurrió cuando Velasco llevaba cinco meses interno. Para entonces, ya había terminado de escribir la novela.

“Yo provengo de una familia de alcohólicos. Mis tíos, los McKenzie, no son borrachos sólo por el nombre (escoces), yo de verdad nací con un gen alcohólico. Y no soy el único de mi familia”, reconoce. Un día, mientras bebía unas cervezas en Durán con un amigo, llegaron unos hombres de aspecto gorila que lo apresaron, lo inmovilizaron y lo subieron a un carro en el que lo trasladaron a la clínica. Sus hijos, impotentes ante el alcoholismo crónico de su padre, lo habían decidido sin consultárselo. “Me capturaron como si yo fuera un delincuente y me tuvieron ahí seis meses”.

La clínica está en el número 374 de la calle Chambers, en el sur de Guayaquil. En la novela, Velasco llama a la clínica LaCasa y a su dueño, La Sombra, un ser que como El Gran Hermano de George Orwell parece tener el don de la ubicuidad: sabe lo que hacen y dicen los internos en todo momento, siempre. Lo primero que le dijeron a Jorge Velasco Mackenzie al ingresar a la clínica fue que allí adentro no podía usar su verdadero nombre; tenía que escoger un don o un atributo suyo como identificación. Así el escritor construyó a Mateo-Valiente, el protagonista colocado al centro de la historia, la versión encerrada de sí mismo. Y el personaje, claro, no está solo. En LaCasa lo acompañan Olga-Pasión, LaVida, Gaspard-Flaquedad, LaPulga, Alvarito-Plebeyo, Martín-Belloso, Walter-Rapaz, Alfredo-Komodo el Dragón, OtroMundo, LaPulga, Aranka y OtraVida. Todos personajes sufrientes, solos y desesperados. “Te decían: cómo quieres llamarte y cada uno decidía qué nombre ponerse. Me puse Valiente porque soy cobarde. Mateo se odia porque no puede asumir el alcoholismo. Buen personaje ese Valiente, pero cómo sufre ese desgraciado. Es Valiente pero para sufrir”, dice Velasco como si no hablara de Velasco.

“LaCasa era una construcción blanca de hormigón cerrado, con  grandes prados y una piscina al centro. La habitaba una docena de internos, padecientes extraños que jamás podían salir hasta que terminara su recuperación. Mateo había llegado acompañado de sus hijos. El mayor caminaba adelante, indicándole la ruta. Él, tembloroso, apenas podía avanzar. Al acercarse a la puerta de entrada trastrabilló, ninguno de los dos pudo sujetarlo y cayó al piso. Caído, levantó los brazos y fue izado como uno de esos monigotes de aserrín que se queman para fin de año. Mateo no lograba explicarse qué había pasado. El mundo se le vino abajo, se nubló y le cayó encima. Ahora, en la caída, su rostro dibujó una derrotada  sonrisa…”. Así empieza La Casa del Fabulante.  La editorial Mar Abierto, de Manabí, hará el primer tiraje de la novela.

El encierro ocurrió luego de que Velasco recibiera alrededor de 60 mil dólares de jubilación por haber trabajado durante 34 años como docente en la Universidad Técnica de Babahoyo. Parte de ese dinero la dedicó a comprarle autos nuevos a sus hijos y el resto lo estaba invirtiendo en beber como si no existiera mañana. Cuando lo internaron, sus hijos le decían a los amigos de su padre que Velasco estaba disfrutando de su jubilación en Europa. “Nadie sabía lo que me estaba pasando allí adentro”, dice Velasco. Después de los primeros tres meses de encierro el escritor logró huir a Babahoyo, pero los guardias de la clínica lo rastrearon y volvieron a capturarlo. Dice que entonces lo trataron –otra vez– como si fuera un delincuente, que estuvo encerrado y lo tuvieron incomunicado durante días.

La estadía en la clínica no le curó el alcoholismo, mal que, por otra parte, lo emparenta con varios de sus poetas y escritores preferidos, pero sí le sirvió para escribir una novela que él considera distinta a todos sus trabajos anteriores, una novela en la que, según dice, nada fabula, y que está llena de un dolor y una soledad que hasta ahora no conocía o, al menos, no en esta dimensión. “Nunca había escrito desde el miedo, desde el dolor, y es fuerte”, confiesa. Dice que en cinco meses escribió trescientas páginas y que cuando se dieron cuenta de que estaba escribiendo el libro le confiscaron la computadora portátil. Me muestra su dedo índice y veo que tiene callos y una ligera hendidura por haber vuelto a escribir a mano. “Un día subí a la alcoba y mi laptop ya no estaba. Se la llevó un hombre de la clínica, muy malo, muy envidioso, que había sido un adicto, por ahí anda robando en las calles. Menos mal, logré salvar en un pen drive lo que había escrito, que era más de la mitad de la novela. Y me puse a escribir a mano. Después, yo mismo no me entendía, pero no importaba. Yo era dale y dale. Me mandaban a confiscar mis papeles y mis plumas”.

Aunque la clínica tenía gimnasio y piscina, nadie podía tocar esos espacios sin la autorización de La Sombra. Allí adentro, las únicas certezas eran las terapias, diarias y obligatorias, y el momento en el que rezaban la oración de los adictos: Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquello que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia. ¡Fuerza!

“Mateo-Valiente mira la sala de terapias y sus ventanales, amplios pero cerrados con vidrios y rejas; un bar donde no había ni agua, solo sillas de plástico, un escritorio sin libros ni papeles.” Antes de empezar las terapias, cada interno debía identificar con un número, del uno al diez, su estado de ánimo. El uno era “No tengo presión, me siento bien”. El dos “me siento bien, pero algo me está fastidiando”. El tres “estoy mejor, pero algo me pesa”. El cuatro “ya no me siento bien, necesito ayuda”… Y así hasta llegar a los peores estados. El nueve era “desesperado” y el diez, “ya estoy sin remedio, me quiero morir”. Cuando Velasco llegó dijo que estaba en el número nueve. Con el pasar del tiempo, fue subiendo. Llegó hasta el número cuatro, y ahí se mantuvo. “Ahora estoy aquí, sé que algún día saldré”, pensaba. Nunca llegó al número tres, mucho menos al uno.

En la novela también aparece Juan Calamarco, que era el administrador de LaCasa y sabía todos sus secretos. Se hacía llamar Principio y era la autoridad visible, pues a La Sombra, valga la redundancia, casi nadie lo veía. Un día Calamarco entró con un fajo de hojas en las manos y dijo: “Quédense quietos, muy quietos, deberán responder quiénes son, hoy mismo, lo que son hasta ahora”. Luego caminó entre los internos entregando las hojas. Cada una contenía el dibujo lineado de un hombre sentado, sin rasgos definidos, y cada parte de su cuerpo registraba una pregunta. Mateo-Valiente las contestó todas. Lo que pienso de mí: Me odio porque soy cobarde. Lo que yo sé  hacer: escribir. Lo  que odio de mí: Vagar. Lo que más amo: el trago. Mis mejores cualidades: beber, pensar y comer. Mis tres necesidades: vestirme, asearme, emborracharme.

Jorge Velasco dice que dentro de la clínica todos eran adictos, algunos incluso lograban entrar drogas y venderlas entre los internos. Recuerda el caso de Misionero, un gordo adicto a la cocaína. Su madre preparaba encebollado para él y todos sus compañeros y dentro del caldo metía paquetitos de cocaína que se camuflaban debajo de trozos de pescado. “Él me decía: oye Valiente, ¿tú le haces? Y yo le decía: no, mi droga es el alcoholito. Con eso me quedo”. “En ese lugar todos eran adictos, desde el dueño hasta el que limpiaba; el portero, el cocinero, todos tenían una adicción. Hasta el perro era adicto”.

Poco a poco, en LaCasa se fue regando el rumor de que Velasco era un escritor famoso. El dueño de la clínica lo llamaba “doctor”, pero ese título no impidió que lo maltratasen psicológicamente como al resto. “Me insultaban, me humillaban. Una vez me llevaron al Lorenzo Ponce, allá donde están los locos, y eso fue para amedrentarme, para decirme: así vas a terminar”.

Otra de las torturas que soportaban dentro de LaCasa era la vigilancia permanente. Velasco siempre sospechó que dentro de los cuartos había cámaras o censores que registraban los movimientos de los huéspedes, era la única manera de que La Sombra supiera exactamente todo lo que hacían. “No entendíamos cómo era que La Sombra sabía todo, sabía hasta cuando se hacían la paja. Ayer te hiciste dos pajazos, decía, así, delante de todos. A mí no me gusta masturbarme, pero igual tuve que hacerlo alguna vez. Un día dijo: el doctor MacKenzie una vez que otra se hace la paja. ¿Y cómo sabes tú esa huevada?, le pregunté y me quedé con la curiosidad. Como siempre me ha gustado la cocina, un día me enviaron allá para ver si mejoraba un poco esa comida puerca, asquerosa, que hacían ellos. Y ahí descubrí ese censor famoso con el que nos vigilaban. La Sombra es un hombre sin escrúpulos, no le importa nada más que el dinero. Puede retener a personas sanas, que no tienen ninguna adicción. Por ejemplo, había un muchacho ahí, un muchacho serrano, que lo habían traído con engaños desde Quito. Parece que tenía problemas familiares, una herencia, había mucha plata de por medio. Lo mantuvieron en la clínica un año, sin ninguna razón. Él me decía: Poeta, yo no soy drogadicto ni alcohólico, yo no soy nada. Estoy metido aquí porque mis hermanos así lo quieren”, cuenta Velasco.

“…en LaCasa nadie es dueño de sí, todo lo decide el otro: lo que debes comer, la hora del baño, cuando hablas o caminas”, dice la novela. En la realidad ¿es así de terrible?, le pregunto. “Todo lo que digo en la novela es la realidad”, dice tajante. Le pregunto también por otro personaje, Aranka. Se trata de una viuda alcohólica que pasa de los sesenta años y nunca se está quieta. Me llama la atención porque, aún estando en la clínica, esta mujer puede consumir todo el alcohol que quiera, desde la mañana hasta el anochecer. Se dice que es muy rica y que sus hijos ya no pueden con ella. “Al medio día ya está achispada y a punto de encenderse, llama para pedir servicio y los dueños de las licoreras le mandan niños, porque si le envían muchachos ella los empuja adentro, se desnuda y se les tira encima”. Aranka va a parar a LaCasa cada vez que recae y, cuando la traen, entra gritando y patea a los enfermeros. Después se duerme y Mateo-Valiente asegura que en la mañana canta óperas. En cada recaída, este personaje amargo y encantador elige cambiar su nombre, como dándose una nueva oportunidad luego de haber desperdiciado miles. La última vez dijo: Buenas noches, familia, mi nombre es Aranka y soy Pasión, estoy en nueve: desesperada. En el cuarto de Aranka hay un sauna y una radio, pero cuando Mateo entra no ve ninguna ropa, solo un látigo de tres patas.

¿Por qué Aranka tiene tantos privilegios?, le pregunto. Porque era rica, así de simple. Escuchaba Verdi, se metía droga en la chepa. Ella bebía desde la mañana, a ella le permitían todo porque era rica. Es mentira que esto es una clínica de rehabilitación, aquí lo que quieren es el dinero. Esta no es una clínica para chiros. Qué loca era Aranka, pero qué bella.”

¿Hay esperanza aún después de recaer? “No. Recaer es como la muerte. Todo el mundo viene y me dice: oye, tienes que tener fuerza de carácter. Pero eso es lo que un adicto no tiene. No hay lugar para la esperanza y eso es aterrador.”

La Casa del Fabulante es la octava novela de Jorge Velasco. Publicó su primer libro a los 26 años, un volumen de cuentos llamado De vuelta al paraíso, y desde entonces ha sostenido por casi cuatro décadas una carrera en la que no han faltado premios y reconocimientos. Ganó dos veces el Premio Nacional de Novela “Grupo de Guayaquil”, convocado por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas; la primera vez con El rincón de los Justos, que será llevada al cine, y la segunda con Tambores para una canción perdida. Además, ganó el Primer Premio en el X Congreso Nacional de Relato José de la Cuadra de la Municipalidad de Guayaquil, con su cuarto libro de cuentos Músicos y Amaneceres, y el Primer Premio en el IX Congreso Nacional de obras de Teatro organizado por la Municipalidad de Guayaquil con la obra En esta casa de enfermos.

Desde que salió de la clínica, el pasado mayo, Velasco vive con uno de sus hijos en un amplio departamento del barrio del Astillero, dentro de un edificio de puerta rosa sobre la calle Eloy Alfaro. El escritor dice que no guarda rencor por sus hijos, pero está intentando demandar a la clínica. Por toda excentricidad, en la pared del departamento han colgado un tronco de árbol pintado de blanco. Esta tarde el recuerdo de Camana ha mojado de lágrimas su cara. Su mirada sale por la ventana, huye en dirección a la calle Venezuela y se planta en el castillo catalán. La brisa que llega de la ría limpia el aire y nos refresca, pero también parece acentuar la sensación de  tristeza que se ha apoderado de las horas, de la sala, de los muebles, de los libros y de los ojos de Velasco.

De pronto, me pregunta si quiero tomar una cerveza. Sin pensar, le digo que sí. Me dice que me quiere regalar un libro, que elija el que yo quiera mientras él va a la tienda para comprar la cerveza. Repaso los títulos de la estantería. Antes, me había contado que ha perdido tres bibliotecas, y que también ha perdido todo el dinero de su jubilación. Ha perdido, además, a las mujeres que lo han amado, y está por perder una casa de playa. Se siente solo, vacío, derrotado. ¿Por qué ha pasado todo esto? “No sé, no sé, no sé”, repitió tres veces un poco alterado. Luego, se calmó y dijo casi en un susurro: “debe ser por el alcoholismo”.

Elijo un pequeño poemario de Ezra Pound. Lo abro en la página 57, y leo:

Epitafios

Fu I

Fu I amaba las colinas y las altas nubes,

¡ay!, murió por culpa del alcohol.

Li Po

Y también Li Po murió borracho.

Intentó abrazar a la luna

en el río Amarillo.

El escritor regresa de la tienda con las cervezas en la mano. En enero próximo cumplirá 65 años y tiene la ilusión de encontrar esa edad en París. Me lo cuenta y un ligero brillo enciende sus ojos mientras sirve la cerveza que hará sudar el cristal de los vasos. “Sé que soy un alcohólico, lo reconozco, pero también soy un ser humano, y no debieron tratarme así”, dice. Brindamos. Jorge Velasco MacKenzie intenta sonreír.

El minotauro


Imagen

La mujer de blanco rodea el torso del hombre. Se acurruca en su espalda, como un gato silente. Su respiración apenas se percibe. El hombre se encoge, siente los brazos de ella como una líquida sensación caliente que sube de su estómago a su corazón y llega más allá. Baja y sube por su cuerpo como una corriente eléctrica que incluso alcanza su mente, su corona. El deseo lo envuelve y él se mece en un lento devaneo. No sabe si voltearse y consumar el abrazo o si permanecer encerrado en su cáscara de dragón, como envuelto en una nuez. El hombre sale de su cuerpo, se aleja para mirarse mejor y se descubre parado dentro del círculo del minotauro.

El Minotauro está sentado en un lado del círculo, con la cabeza agachada. Parece dormido. El hombre recuerda haber escuchado que los Minotauros son muy hábiles para tomar prisioneros. Conducen a sus víctimas a su laberinto. Las lastiman, les crean malas memorias y pesadillas, pero las conservan. No llegan a matarlas, pues el mayor miedo de cualquier minotauro es quedarse totalmente solo; en esto el minotauro se asemeja a cualquier hombre. El hombre reclina su cabeza sobre el cuerpo de la mujer. Necesita el calor de ella para enfrentar al monstruo que vive en su interior.

El Minotauro no es un hombre, nunca lo será por más que lo desee. Aunque sea hijo de una reina, el Minotauro siempre será una bestia. El Minotauro no disfruta de la ternura, no conoce la liviandad. Le falta una mitad, un lado por explorar, le falta comprender el amor. El Minotauro está perdido en su propio labertinto. Él no conoce las salidas, porque él no las creó. Vive un castigo.

El hombre se retuerce dentro del Minotauro.

Cojo su mano y la llevo hasta mi pubis. La mitad que te falta la he tenido desde siempre entre mis piernas. Huele, palpa, mira de frente. Deja de temer.

Ahí, en la creación, está todo lo que necesitas, le digo. El Minotauro lanza un zarpazo, quiere defenderse del amor. Pero no alcanza a hacerme daño, no logra herirme.

Calma, pequeño Minotauro. Te dejaré para que mueras de soledad en paz.

Yo huelo


(Una de las columnas de Lilit, publicada por la revista Soho en 2010)

Amo el olor del sexo. El olor que queda en el ambiente después de una buena cogida. El olor de un hombre que me gusta. Mi olor intenso de mujer. Y he desarrollado la habilidad de reconocer por el olor a las personas más sexuales, de distinguirlos de entre la masa como hacen las mariposas. Dicen que algunas son capaces de oler las feromonas de su pareja a veinte kilómetros de distancia. Somos tan animales.

Sé que mi olor es fuerte y es sexual. Me encanta olerme, oler la humedad en mis dedos después de tocarme, oler mi cuerpo al natural, sin nada que lo oculte. Uso y abuso de mi olor con los hombres. A veces, exagero. Una vez puse en práctica un consejo de Alessandra Rampolla, cuando era una gordita deliciosa que hablaba de sexo en la tele. Ella decía: no usen perfume, tóquense la conchita y rocíen ese olor en sus orejas, en su cuello. Verán cómo se ponen los hombres, cómo las persiguen.

Lo hice. Me masturbé, y rocié mi cuerpo –el cuerpo visible, el que sale a la calle a trabajar- de ese magnífico olor a hembra excitada, y me fui a la oficina con mi nuevo perfume. Me sentía una bomba, y eso fue exactamente lo que proyecté. Fue todo tan obvio. Mis compañeros querían tocarme, besarme, hacerme el amor en el ascensor, encima de las mesas de trabajo. Uno de ellos dijo para todos:  “Aquí huele a hembra”. Yo, por dentro, pensaba: somos tan animales y, en ese sentido, tan predecibles.

Desde que era niña descubrí lo inquietante de mi olor. Recuerdo que me masturbaba con ropa y que el calzón quedaba mojadito y me gustaba olerlo toda la noche. Me encantaba cuando mis padres se iban y me quedaba sola en la casa. Lo único que quería era masturbarme a solas, y llenar la habitación con mi olor, ese olor que me hacía sentir una mujer grande.

Tenía 17 años cuando me olieron de verdad. Había bebido demasiado –en esa época un par de copas lo era- y Pablo, mi primer amante, me llevó a su cuarto. Estábamos en un hotel, en Quito. Me desvistió y me dijo: solo quiero darte placer. Mi cabeza daba vueltas. Empezó a besarme la boca, el cuello, los pechos, a mordisquearme los pezones. Y luego bajó, bajó tanto como nadie lo había hecho. Y empezó a olerme allí, en el origen del olor. Ese olor que solo yo conocía, que era un secreto. Él lo absorbía como un néctar, hacía que penetrara en su nariz, que se quedara dentro de él. Respiraba dentro de mí. Luego sacaba la lengua y lamía el olor.

Pablo se hizo tan adicto a mi olor que cuando estábamos en una fiesta, me llevaba al baño, metía su dedo en mi conchita húmeda y luego pasaba todo el rato excitándose con ese olor delante de los demás. Y cuando dormíamos juntos amanecía como en la canción de Soda, entre mis piernas, cansado de olerme. Cuando nos despedimos le regalé como cuatro calzones, y Los versos del capitán.

Poemas de amor


SUS MANOS aladas caminan sobre mi carne
Son infinitas piedras que me sepultan
y siembran en mi estómago
hechizos de mundos lejanos
Él es la mente de un dios insatisfecho
La nuez en la boca de un sueño
Lo incierto de una húmeda utopía
Salto dentro de su voz como en un mar inflamado.
No hay paredes ni sentencias,
todo es amplio y volátil
Como los despojos de las alucinaciones
Me atraviesan sus mil lenguas
y la rigidez de su aliento invade
mis arterias sin contemplación.
Me rindo ante su mortalidad.

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EXPLORO lo que los dioses llevan bajo sus
faldas
Huelo sus íntimos matorrales
y mordisqueo sus antojos
para entender mis propias miserias
Él es humano como la muerte,
inacabado como la verdad.
Derramaré todos mis gritos en su espalda
Esconderé los últimos vestigios de mi piel
bajo su prepucio
y guardaré en mi agujero salado su miedo.

BESO todo en él,
hasta los delirios más oscuros.
Y robo, de repente, las cuencas de sus ojos
Junto en una sola noche mil años de desvarío
Y devoro como una loca el sosiego.

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ES UN PÁJARO de fuego
que me arde entre las piernas
Soy una cierva de sacrificio embestida,
coronada de semen.
Sus artilugios hicieron que mi cuello
cayera ensangrentado a sus pies.
Está hecho, pero no existe
Se parece a los reyes de mis profecías
Profanos, fornicadores
Ególatras adorados por mis manos inalcanzables
como el cielo azul de la Arcadia

Picasso-Lovers-With-a-Cat-1

MEMORIAS de amores a gatas
Danzas de los encandilados
Somos la mar de pulpos ansiosos
Frutos del mismo árbol envejecido y austero
¿Por qué preguntas por las huellas en mi espalda?
Son sacudidas acuosas,
eternos movimientos y derrames
Leche de dioses enjaulados.

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CABALGAS en mí y yo en la luna
Descamisado y sabio como el sol,
violento y amordazado.
Con los miedos puestos y los misterios al viento,
Con los nervios deshechos, remeces mi tierra
Los dientes afilados, la barba ensortijada,
flotas en mis silos líquidos y dulces
Como el tiempo en las eras de la sal

(Más poesía erótica en el libro Paredes de mi cuerpo).

Mejor no hablar de ciertas cosas


Mejor no hablar de ciertas cosas

Mejor no hablar de ciertas cosas no es una película sobre drogas, insultos, punk y sexo, como algunos han sugerido para simplificarla o, peor aún, encasillarla. Que todo eso hay, es verdad, y en grandes cantidades, pero si el fondo de la película fuese ese, uno simplemente se cagaría de risa,  comería canguil y se iría a su casa tan tranquilo.

Y lejos, muy lejos, estuve yo de vivir la experiencia de ver esta película sin alterarme (y no sólo por las risas y los grotescos silbidos durante las escenas eróticas que se desataron en el cine). Esta película me estremeció y me dejó la sensación de ver un retrato vivo y real de lo que somos: una sociedad violenta, no sólo en la acción, sino sobre todo, en el lenguaje y en el pensamiento. La película podría resumirse en una idea —la idea original de la que partió Javier Andrade, en 2003, cuando empezó a escribir el guión mientras estudiaba Dirección de Cine, en la Universidad de Columbia, en Nueva York—: “se trata de un príncipe que no quiere ser rey”. Lo que pasa es que una vez que esa idea universal y tan sencilla que suena naive, se ancla en Ecuador y, concretamente, en Portoviejo, la cosa se torna salvaje. Andrade termina construyendo un relato, basado en la colección de recuerdos del protagonista, que versa sobre la decadencia del ser humano.

El “príncipe” se llama Paco y es hijo de una ex reina de belleza —empiece por la fatuidad y póngale a este personaje, interpretado por Maribel Solines, todos los adjetivos comunes a las reinas de belleza— y un acaudalado político —empiece por el despotismo y póngale a este personaje, interpretado por Héctor, “El Viejo” Napo, todos los adjetivos comunes a los políticos ecuatorianos—. Como hijo mayor, a Paco le toca asumir el legado de su padre, pero se resiste. No le da la gana, y pasa los días bebiendo y drogándose con su hermano menor, Luis, un personaje tremendo, encarnado por el actor Víctor Aráuz.

Con mucha solvencia y claridad, Aráuz muestra lo que es ser un adicto —en este caso, a la pistola o triqui, como se le dice a la base de cocaína—. Está tan afectado psicológica y emocionalmente que no piensa en lo que hace, y solo vive para drogarse. Se roba un caballo de porcelana para empeñarlo por droga. El caballo es un símbolo de lo sagrado, de lo que no se puede tocar; un objeto muy costoso que el padre de Paco y Luis atesoraba. Este robo es lo que desencadena el caos.

Ni siquiera la música logra liberar a Luis de sus demonios. Lo que hace con ellos es soltarlos al aire a través de sus canciones para que bailen en las cabezas de sus fans. Luis pide a gritos una bala en el corazón. En cambio, Paco sufre porque está enamorado de Lucía —una mujer materialista que lo acompaña en su vicio y que, en el fondo, se parece mucho a su madre—. Lucía está casada con Rodrigo, un personaje conflictuado con su sexualidad.

Es probable que cualquier espectador sensible sufra al ver la película. Y la razón es que la ansiedad, la angustia, los miedos, la locura, el sinsentido y el vacío interior de sus personajes son tan palpables y verosímiles, que el resultado es conmovedor. Su director, Javier Andrade (Portoviejo, 1978) se mueve con maestría en los andariveles de la crudeza. Nos cuenta la historia desde una perspectiva íntima, desde la voz interior del protagonista. Elige que Paco narre en off y, al tomar esa decisión, consigue hilvanar todo, incluso darle sentido a la constante violencia en el lenguaje y en la acción. Nada queda librado al azar.

Uno de los aspectos memorables de la película es la banda sonora, compuesta por trece canciones de géneros tan diversos como el punk, la música tradicional, el pop y la música instrumental. Lo que consigue Andrade es alquimia pura. Las altas dosis de punk hacen que la gente zapatee. “Simón” se convierte en un himno; los espectadores salen tarareando la canción, lo mismo que la versión punkera del albazo “Esta guitarra vieja”, que Luis toca con su banda, Los propios. En el medio, “Siempre, siempre”, la canción de Albano y Romina Power, ambienta la hermosa escena de Lucía bailando para Paco. El paso de la adrenalina a la melancolía está garantizado, algo parecido a lo que provocan algunas drogas.

Desde el inicio, la película golpea. La escena que abre es la de un niño de unos doce años, vestido con el uniforme del colegio, que está a punto de perder su virginidad con una puta. Algo común en Manabí y en muchos otros lugares del Ecuador. Los senos de la mujer caen como dos lagrimones. Ese niño es Paco. A medida que avanza la película, surgen escenas que, como la del niño y la puta, nunca se han visto en el cine nacional. Por ejemplo, dos hombres besándose. Pero no es sólo la acción, es el diálogo, el discurso tan duro y real, lo que marca una distancia entre ésta película y cualquier otra que se haya filmado en el país. Si usted la ve y se queja de que hay muchos insultos, droga y perversión, le aconsejo que, de vez en cuando, se pegue una vuelta por la calle. Somos una sociedad enferma, violenta, cruel. Quejémonos de la sociedad que hemos construido, y no del cine que, inteligentemente, nos la muestra.

En esta película, el espectador podría ser como una frutilla en una licuadora llena de piedras. Andrade enciende a tope la licuadora y la frutilla da vueltas haciéndose pedazos. Él sabe que ni siquiera las frutillas son inocentes.

De golpe y sin anestesia, bajamos al infierno en el que arden estos personajes, porque aquí la gente se quema viva. Otro personaje inolvidable es Lagarto, el pusher de Paco y Luis. Interpretado con lucidez y sensibilidad por el ya famoso Andrés Crespo, Lagarto genera violencia, pero también la sufre. ¿Quién ha dicho que los vendedores de droga no lloran?

Lagarto pertenece a ese tipo de gente de bajo estrato que siempre es pisoteada por los que más tienen y que, al final, terminan pagando cara la alevosía de reclamar por lo que les han quitado. En la pirámide social, Lagarto podría ser visto como una víctima del sistema. En el día a día, sólo es un pobre miserable que mata y muere.

En medio del torbellino, el atardecer. Lo que lo logra Chris Teague con la luz es soberbio. Teague es el director de fotografía de la película. También graduado en la Universidad de Columbia, vino a filmar a Ecuador sin hablar español. No hizo falta. La calidez de las imágenes, las tonalidades del amarillo y el rojo, la mágica sensación que envuelve incluso las escenas más duras, hacen que siempre existan matices, gradualidades, una lívida belleza circundante. Andrade no pudo hallar mejor cómplice que Teague para lograr balancear, con la luz, la oscuridad del contenido de algunas escenas. La película se filmó en extraños horarios para conseguir la luz ideal. El director sostiene que, después de las cuatro de la tarde, la luz en la Costa del Ecuador, se vuelve mágica. Por eso, impuso que se filmara siempre antes de las diez de la mañana, o después de las cuatro y media de la tarde.

Pero, aunque Teague le da un respiro a los sentidos, ver la película es como masticar carne cruda, porque los personajes de esta película son todos gallinazos que vuelan en círculos sobre sus propios despojos. Algunos mueren, otros no, pero nadie se salva. Es imposible recuperar la inocencia. No los espere: aquí no hay finales felices.

Todo es tan convulso, hay tanta tensión y adrenalina que la muerte, cuando llega, nos regala una sensación liberadora. Sin embargo, el alivio no dura mucho. Enseguida, ocurre el ajuste de cuentas y la confirmación de que los peces gordos siempre se comen a los pequeños. El círculo perverso de esta perversa sociedad. Paco se queda sin alternativas, tal vez nunca las tuvo. Al “príncipe”, finalmente, le llega la hora de asumir quién es. Se tira los muertos a la espalda y se pone la corona de rey en un epílogo triste. Suena de fondo A crisom grail, una hermosa pieza de música instrumental que el director decidió poner entera. La gente aplaude al “príncipe” que lleva la máscara del mentiroso puesta. Gritan su nombre, lo vitorean. No saben que por dentro va muerto. Será diputado y luego, quién sabe, tal vez corone como Presidente. Después todo, los políticos siempre tienen cosas sucias que esconder. Mejor no hablar de ellas, mejor no hablar.

Noches de bici


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Se pone la roja. Freno y pongo los pies en el suelo. Me voy con Ismael, le grita un niño pequeño a su madre. Da pasos rápidos hacia la esquina, debe tener unos tres años. ¡Ven acá!, le responde su madre casi sin apartar la vista de la bolsa de basura que abre sin repulsión. La mujer está embutida en su trabajo. Escudriña las bolsas negras y verde aceituna que llenan el enorme contenedor gris que está al pie de un cyber. La mujer es pequeña y rechoncha. Me voy con Ismael, dice el niño, esta vez más débilmente, como dudando. El contenedor está amarrado a una viga con una cadena de metal. Un guardia que cuida un restaurante, al lado del cyber, mira con desprecio a la mujer.

El niño dobla la esquina. Su madre no lo persigue, imagino que le duelen los pies. Se pone la verde, me subo a la bici y avanzo por la Víctor Emilio Estrada.

Me gusta salir por la noche a andar en bicicleta, porque además del viento, que pega frío en julio y agosto, siento con mayor hondura las historias de la ciudad. No me involucro, sólo las observo, las registro y continúo mi camino. Nunca hay que olvidar que Guayaquil es una ciudad peligrosa, que te traiciona cuando menos lo esperas. Me ocurrió hace unos meses que salí sola a un paseo nocturno, y dos hombres en una moto me acorralaron para robarme. Menos mal, logré subirme a una vereda y escapar. Lo ideal, si se quiere andar en bici por la noche, es salir en grupo. Y hay varias opciones para hacerlo.

Pedalear en grupo es la mejor manera de perderle el miedo al tráfico, y aprender a sortear los obstáculos que te pone una ciudad tan agresiva como Guayaquil. Aprendí a utilizar la bicicleta como medio de transporte en Valencia (España) hace un par de años. Pero Valencia no sólo es una ciudad ordenada y con carriles bici, sino que es una ciudad donde los conductores tienen cultura y respetan. En cambio, Guayaquil es desordenada y violenta. Los conductores parecen recién salidos de clínicas para neuróticos, pitan todo el tiempo y siempre están apurados.

Pero encontré gente en Guayaquil que también usaba la bici para transportarse. Creo que fue con la Masa Crítica que le perdí el miedo al tráfico guayaco. Este es un movimiento que celebra el ciclismo en todo el mundo, y que intenta enseñar a los conductores los derechos que tienen los ciclistas en las calles. Es un evento que se hace el segundo jueves de cada mes y que reúne gente de toda edad. He llegado a contar alrededor de doscientos bicicleteros en una noche. El sitio de reunión es la plaza Rodolfo Baquerizo, que queda cerca del Malecón del Salado. Este grupo suele recorrer el centro y el ritmo del pedaleo es lento, ideal para quienes empiezan.

Los Ciclistas de la calle son otra cosa. Son adrenalina y sudor. Con ellos perdí el miedo a subir puentes, descender empinadas cuestas o atravesar la ciudad. Sus paseos son bien hardcore. Ellos también se reúnen varias veces a la semana, siempre por las noches, en la plaza Rodolfo Baquerizo. Y hay más opciones, como ir al teatro en bici. Este grupo propone una salida el último martes de cada mes a un espectáculo diferente en un teatro diferente. Hacen también Bici Letras, un evento que promueve la lectura libre, de forma gratuita y divertida; y tienen la Compañía itinerante de teatro en bici, que presenta espectáculos escénicos, usando bicicletas como elemento escenográfico, en espacios públicos, escuelas y empresas. Ya no hay excusas para quedarse viendo tele por la noche. Le recomiendo que saque su bici y descubra las historias que la ciudad puede mostrarle.

¿De qué se trata el Taller de Escritura Introspectiva?


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Empecé el Taller de Escritura Introspectiva a inicios de 2013 con la intención de mostrarles a las personas que lo tomaran que, a través de la escritura, tienen la posibilidad de crear y también de autosanarse. Estoy convencida de que todos somos creadores potenciales y que realizar actos creativos, como concebir un relato o un poema, nos permite conocernos más y mejorar. Una persona que se asume como creador se vuelve protagonista de la historia de su vida, y deja de ser una víctima o un personaje secundario.

Este es un Taller experimental, que parte de mi experiencia subjetiva con la escritura. Me resulta necesario compartir y enseñar estas formas de trabajo introspectivo que he venido desarrollando y aplicando conmigo misma desde hace muchos años. Me he dado cuenta de que los bloqueos creativos que las personas viven no son más que espejismos, la mayor parte fundamentados en dolorosos recuerdos o ideas que fueron metidas en sus mentes por alguien más. Sugiero la escritura como una forma de liberación de las pesadas cargas: de las culpas, los rencores, las tristezas, las torturas mentales y emocionales a las que nos sometemos para seguir adelante. Pero para lograr esa liberación es necesario tomarse en serio no el Taller, sino a uno mismo. Comprender que la existencia no es un regalo, sino una responsabilidad. Nos tenemos que hacer responsables del ser humano que construimos día a día a partir de los pensamientos, sentimientos y elecciones que hacemos.

Es importante que quien tome el Taller sepa que no es posible mentir cuando se escribe de esta manera, y que por más críptico que sea un poema, la verdad del escritor quedará expuesta. Sólo alguien valiente da ese paso.

Para muchas personas resulta difícil escribir un texto coherente sobre sí mismos o terminar un texto que empiezan porque no logran tomar la distancia suficiente. Basándome en mi propia experiencia y a partir de una investigación que he hecho y que hago permanentemente, he llegado a entender el poder que tiene lo que llamo “la postura del testigo o del observador”. Tal vez no haya ninguna cosa que no podamos comprender de nosotros mismos y de los demás si tomamos la distancia necesaria, y dejamos de lado los apasionamientos y los sentimientos más viscerales. De eso se trata este Taller: de sublimar nuestras vivencias a partir de la escritura. De convertir un hecho que, probablemente, nos ha marcado en la experiencia de vida de un personaje que creamos a partir de nosotros mismos. Suena complejo y lo es. Pero leyéndonos nos vamos entendiendo, y vamos eliminando de nuestras vidas lo que ya no necesitamos.

No digo que si hacen este Taller se volverán escritores (eso sería absurdo), pero sí digo que podrán utilizar la escritura para acercarse a ustedes mismos y a los eventos que creen más dolorosos. El dolor que atribuimos a los eventos del pasado pierde vigor cuando lo traemos al presente y lo escribimos desde la postura del observador. Es lo que he podido comprobar.

Lo primero que les pido a las personas para entrar al Taller es que escriban una autobiografía, que leerán en la primera sesión. La mayoría escribe en primera persona. El primer ejercicio del taller consiste en contrastar esa autobiografía con un texto que escribirán en esa primera sesión, a partir de una fotografía. Es un ejercicio de observación, descripción y empatía. Les pido que observen profundamente a la persona de la foto y que imaginen qué situación podría estar viviendo esa persona para mirar así, para tener esa expresión en el rostro. El ejercicio tiene la finalidad de comprender lo importante que es el lugar desde dónde miramos y escribimos. Al hacerlo, las personas notan la distorsión que provocamos al vernos con el zoom de la primera persona, y el sentido más auténtico y real que logramos cuando escribimos desde la distancia de la tercera persona. La fotografía funciona como un espejo. Las personas descubren que siempre están escribiendo sobre ellas mismas. Algunas lo descubren sólo cuando empiezan a leer el texto en voz alta. Y es aquí cuando empieza el viaje.

El Taller dura ocho sesiones, es decir, dos meses. En cada sesión realizamos un ejercicio de escritura in situ y hay otro ejercicio propuesto para que hagan en casa. Hasta el momento he hecho siete talleres, los tres primeros fueron sólo para mujeres y luego abrí la posibilidad de que los hombres también participen, lo cual resultó muy enriquecedor.

Si están interesados en tomar el Taller o en llevar el taller a su comunidad, escríbanme a marcenoriega@gmail.com

Marcela Noriega

El deseo oculto


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Desear la mujer del prójimo es una frase que carece de sentido. Las mujeres no son de nadie, y el prójimo soy yo mismo, se dice entre dientes mientras la ve del brazo de él. Luego, embravecido, se sube a un taxi y desaparece. Muchas veces, se acuesta con chiquillas adolescentes para sentirse admirado, para ser visto de esa manera en que, piensa, ella jamás lo verá. Otras, se masturba imaginándola desnuda, perdiéndose entre sus piernas, repitiendo su nombre al silencio. Ha habido noches en las que le ha escrito poemas y ha sentido que algo se pudre en su estómago. Ha imaginado que el fuego que lo habita terminará incendiándolo todo alrededor: su cena, sus hábitos, sus libros, sus intenciones. Pero él permanece inmóvil, no hace nada por detener el crecimiento, el ensanchamiento más bien, de ese deseo, que se expande hacia los costados de sus entrañas, como una nube de aire tóxico. La uva negra del deseo se ha ido fermentando dentro de su caparazón de hombre. Durante años, le ha dicho a sus amigos, incluso a algunos desconocidos, cuánto ella le gusta. Y ha callado al verla.

La otra noche se sintió valiente y le regaló una rosa. Ella le agradeció. Él se envalentonó aún más: le tomó la mano y, mirándola a los ojos, le dijo que la amaba. Lo soltó así, sin anestesias ni tartamudeos. Ella sonrió, parecía que ya se lo esperaba. Él sintió cómo caía desde lo alto a un suelo duro, pedregoso. Enseguida, se arrepintió de lo que había dicho. Bajó la mirada, y torpemente se justificó diciendo que estaba borracho, a pesar de que no había bebido más de dos cervezas. Le pidió a ella que, por favor, no lo tomara en serio, mientras la miraba con el deseo y la angustia con los que miran los lobos a la luna.

Cuando salen a relucir los colmillos del deseo es difícil volverlos a cubrir con los labios. Él no pudo volver a dormir en toda la semana. Se torturó pensando qué pensaría ella, queriendo llamarla, imaginando una conversación sobre el tema, se imaginó confrontando a su viejo amigo, el hombre con quien ella vive.

Las cosas van sucediendo en lo subterráneo, sin avisar. De pronto, lo invisible exhibe su hocico. El pájaro brujo aletea en la superficie, y olemos por primera vez el sudor del animal que nos ha crecido dentro.

El día del cumpleaños de ella, él quiso homenajearla y dijo algunas palabras a los invitados. Con estridencia, se resbaló en la cera dulce que contenían. Las personas que lo escucharon se quedaron atónitas. Ella le pidió que le dijera lo mismo, pero a solas. A ella. No a ellos. Él no pudo. Otra vez, se hizo el silencio.

Días más tarde, ella le tendió una trampa. Lo citó en su casa una noche en que estaba sola. Él se acomodó en un sillón rojo, y ella en uno amarillo. Ella bebía vino, él estaba tan nervioso que no quiso tomar nada. Se sentía como una mosca en una telaraña. Sus manos sudaban, su corazón latía por encima de la piel.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: si pudieras ¿qué harías ahora mismo?

Él estuvo mucho tiempo hablando de todas las cosas que quería hacer, mientras ella lo miraba fijamente. Todas las cosas tenían que ver con ella y con el sillón amarillo en el que ella estaba sentada. Su mundo entero podía caber entre sus piernas. Dios sabrá por qué.

Cuando finalmente él dijo todo lo que quiso y se vació, ella se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a besarlo con locura. Las manos de él se multiplicaron, la recorrieron como pulpos ansiosos, sus labios intentaron absorber toda la humedad que había en su interior, sus dedos se alargaron todo cuanto pudieron, entraron en sus cavidades y la exploraron por dentro. El deseo se hizo un cristal sobre el que él caminó a grandes pasos. Sabía que no habría un mañana. Nunca lo hay para los que se creen desdichados. Para cuando volvió del éxtasis, el mundo ya había dado la vuelta: ella estaba lista, pero él seguía siendo el mismo cobarde de siempre.