Welcome Vilcabamba


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21 de marzo de 2016

Amanezco en Vilcabamba. Me despierta el quejido jubiloso de un burro. Salgo a la ventana y veo a las vacas, gordas y lentas, pastar. Muchos pájaros le dan la bienvenida al nuevo día, y la gatita que ayer alimenté está maullando en la entrada. Alzo la vista y me topo con el cerro Mandango. Su nombre en español significa “Dios acostado” y su forma se asemeja a una catedral natural, que se ha conformado por las lluvias y los vientos durante miles de años. Extranjeros pasan caminando o a caballo por la calle de tierra que está al pie de la que ahora es mi casa y que conduce a la cima del cerro. Estoy en el barrio Los Wilcos, de Vilcabamba, en la calle de la Eterna Juventud. El wilco es el árbol insignia de este valle, conocido como valle sagrado o valle de la longevidad, porque aquí es común ver a personas que sobrepasan los cien años. La vida tranquila, el trabajo con la tierra y el agua pura que brota de manantiales por todas partes son las principales causas.

Las semillas del wilco han sido milenariamente usadas en ceremonias sagradas. Se dice que proveen del don de la adivinación. Hay wilcos por doquier, y sé que aunque no me introduzca por la nariz el polvo de sus semillas, la magia de este valle hará que pueda ver el futuro si permanezco con los ojos abiertos. Vivo en una especie de condominio. Mis vecinos son húngaros, y estos días está en casa también Guillermina, la madre del dueño, y su esposo, quienes han venido a ver que todo marche en orden. Guillermina es una mujer de 73 años, muy ágil y sonriente, que se pasa de balcón a balcón trepando como una ardilla. Me ha enseñado a hacerlo, y ahora yo también he dejado de usar las puertas para entrar y salir. Ella y su esposo son de Catacocha, a tres horas en bus desde aquí. Deben volver a su casa mañana, pues están sembrando maní. Mi madre, que también se llama Guillermina, está conmigo estos días en que he venido a instalarme en este pueblo. Viajamos en un pequeño avión desde Guayaquil hasta el aeropuerto de Catamayo, en Loja. Con nosotras vino mi gata Gotye, que se pasó todo el vuelo jadeando y con el corazón como un saltamontes, menos mal la tortura solo duró media hora. Desde Catamayo tomamos un taxi que, luego de hora y media, nos dejó en Vilcabamba. Mi madre se ha encargado de comprar todas las pequeñas cosas que hacen que una casa sea habitable: tacitas para el café, frasquitos para poner las especias, jarras para el jugo, vasos, platos, coladores. Hemos llenado la heladera de frutas, vegetales frescos y yerbas medicinales, como toronjil, romero, menta o manzanilla.

Justamente hoy 21 de marzo inicia el año indígena. Es como si hoy fuese 1 de enero en el calendario gregoriano. Es un día dedicado al agradecimiento. Y, para mí, es también el inicio no solo de un nuevo año, sino de una nueva vida.

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Bajo el nogal del olvido (poemario)


Bajo el nogal del olvido

(Lilit atravesando su oscuridad)

Guayaquil, 2011

*Antes de viajar a España, donde inicié un profundo trabajo de introspección que dio paso a mi primera novela, escribí este poemario lleno de dolor y oscuridad. Antes del inicio del amanecer de mi alma, que empezó a finales de 2012, la noche que viví fue muy negra. Soy parte de esta humanidad que transitó conscientemente su duelo, su ruina, su sentimiento de separación.

Ahora, desde el perdón y la consciencia de unidad, abrazo la oscuridad que tuve que transitar y la vuelvo luminiscencia. Ya no hay nada que sanar, ya no hay nada que perdonar.

* Nací el 11 de noviembre. Según el calendario druida o astrología celta, nací bajo el signo del NOGAL. Los celtas cultivaron una cosmovisión muy enraizada con la naturaleza. Es por eso que sus ideas sobre la metafísica y la predestinación se basaron en los árboles. Están bajo la protección del nogal los nacidos del 21 al 30 de abril y del 24 de octubre al 11 de noviembre. Este árbol está relacionado con la profecía. Su virtud es la pasión y sus frutos (nuez) son considerados acreedores de poderes afrodisíacos.

Eros que paraliza los miembros,

esa serpiente que otra vez me intranquiliza…

dulce, amarga e invencible.

Safo

Si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido…

Alfonsina Storni

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

Jorge Luis Borges

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I

Soy la realidad, la nada que permuta

Escarcha después de un naufragio

Vacíame cuando ya no queden huellas de mi voz

Mantenme consciente cuando me arranques los ojos de piedra

Quiero sentir las lágrimas en el acantilado

Ver que giro como un trompo enloquecido

Rasparme las rodillas y el corazón

Haz que mi sol desaparezca

Y las comadrejas de los silencios me dejen ciega

Pero responde a mi llamado.

(oración para Dios)

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II

Tu extravío empezó el día en que te llevé a ver las gaviotas

fue entonces cuando quisiste volar junto a mí

Escudriñé tu rostro, tu cuerpo, incluso miré debajo de tus párpados

Te mostré cómo debían moverse las alas,

cómo era flotar sobre los torbellinos

Te solté desde lo alto.

Volabas invencible, alrededor del sol refulgente

De pronto, diste un grito de vida que sonó hueco, desolador

y te despeñaste por un abismo sin fondo

Mis ojos te buscaban en el horizonte oscuro

Descendí hasta lo más profundo de tu averno

y estando abajo, muy abajo, te encontré

en la luz negra de la pupila de los vagabundos

Estabas enojado, irascible

resollabas como un lobo herido

como el mar te aventabas sobre los rompeolas

Maldijiste el presagio de las gaviotas

Te volviste contra mí, me llevaste al borde del barranco

Cortaste con tus dedos finos mis manos aladas

las despedazaste sin necesidad de cuchillos

y me lanzaste al vacío.

III

Escuché unas voces sordas en la playa

Pretendía caminar a solas, como si no te buscara

las patas de mi angustia me llevaban directo hacia el arrecife

a tientas, las largas horas de la madrugada me envolvían

como en un frenesí que no sabía comprender

A lo lejos, una pareja reía y tomaba vino

dando grandes alaridos de alegría

Caminé hacia el borde costero creyendo reconocer tu rumor

te vi recostado en las piernas de un fragmento nebuloso de mujer

la besabas en los labios y acariciabas sus largos cabellos

Mis entrañas saltaron de golpe, dieron un grito ahogado

Los cerros de alrededor parecieron cernirse sobre mí

La consciencia de ese encuentro mortuorio me sepultó

llenó mis venas de fiebres y fúnebres cantos

Tu máscara secreta cayó delante de mis ojos

El amanecer aún era lejano.

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IV

El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedacito de vidrio puede ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Que eran la lengua, las manos y los pies de alguna otra

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza,

y me has dejado enjaulada en el espejo

con mis ojos, senos, vísceras, palabras sublimes

sin eco en los cielos del desvarío.

V

Prefiero la paz de los ignorantes al acecho cruel de la certeza

la bala que has disparado ha entrado por la mejilla

y se ha alojado en la sien

la llevo desde el 28 de mayo, el día en que deshabité la duda

en que me volví un negro cuervo que se sienta a esperar

la muerte de alguien para empezar el festín

Mientras tanto, tú duermes plácido

alejado de todas las tempestades que han llenado mi corazón

con olores como de entierro.

VI

No lloro tus naufragios

ni el poco alcance que tienen tus ojos para ver el amor

Lloro tus minucias cotidianas

los egoísmos de la nostalgia,

los recuerdos que perdí la noche de tu mentira

Lloro la zanja en la que he venido a caer, y el arrebato

La sequedad de mi antiguo río, que corría suave

por los vertederos de tus cosas sucias

Lloro los sueños y los campos que ya no serán

Las páginas en blanco, los ventanales cerrados

La mudez, el extravío, tu embriaguez mientras me alejo.

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VII

Estuve sedienta muchas veces junto a tus canales

la poca agua que de ellos sacaba me dejaba los labios partidos

por el azufre y la sal

Gritaba mis deseos en tus oídos que llevaban prisa

de morir

No había respuesta para mis reclamos

Tu carne permanecía inmóvil como letra de obituario

Yo dormía arropada por tus dudas, tus miedos,

mirándote lánguidamente desaparecer al paso del tiempo

como un anciano que teje su mortaja.

VIII

Nadie usa la palabra “olvido” como tú

Eres experto en echar tierra sobre las personas

que dijiste amar un día siniestro

Tan perverso, tan pequeño tu escondrijo

lleno de telarañas y pelambre,

de días tristes y mutilados,

de canciones que evocan una alegría zaina

Hasta este lugar sombrío me has traído

para sepultar mi memoria entre esqueletos incompletos.

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IX

Las aguas han crecido tanto que amenazan con ahogarnos

de sollozo en sollozo, de sombra en sombra

La cal ha sepultado nuestras alegrías

Hemos olvidado lo hermoso del pastizal

Ya no sabemos cómo conducir las bridas del caballo azul

en que nos montamos la tarde del preludio

El lodo llegó para arrasar soles y apetitos

No quiero amamantarte más con mis pechos desabridos

Amor que no me ama

Estamos anegados, la ceniza nos ha enceguecido

Naufragamos en pleno amanecer.

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X

Pensabas que estaba loca

porque probaba el aire con la yema de los dedos

y me deleitaba en oler tu sudor de árbol cansado

Creías que deliraba

porque descansaba bajo tu sombra

Buscaba en tus ojos el deseo constante de poseerme

y en invierno me cobijaba entre tus brazos pequeños

Porque creía en ti,

A pesar de que no eras el emperador de tus cuentos

ni el profeta que dijiste ser

Estaba loca, pero loca de destino.

XI

Será demasiado tarde cuando el Sol nos alumbre

Ya no habrá nada que salvar cuando venga el deshielo.

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XII

Dormí durante seiscientas noches junto a un escorpión

de largas tenazas,

por cabeza tenía una nube de presuntuosas ideas

y por corazón una piedra encadenada al hastío

Sé que en secreto deseaba mi muerte

como desea la muerte de cualquier mujer que intente cubrirlo

de paz, de frutos, de flores y aguaceros

Yo insistí en el verano, en la luz lunar, en el latido

Él nunca creyó que era posible el callejón con salida

Corrió impetuoso detrás de su ruina

Una vez más, se estrelló de bruces contra el cieno.

XIII

Cometí un error al encerrar tu vileza en mi ropero

Al esconder tus anzuelos, ignorar tus gritos de chacal

Te llevaba el desayuno, preparaba el té y la merienda

Te acostumbré a las lentas mañanas, a las horas tranquilas,

a las sábanas limpias, al abrazo, a la delicia

y me olvidé de la negra planta que crecía escondida en tu interior

Una noche se hizo tan grande que tapó el sol con sus ramas podridas

Saliste con estrépito, árbol de sangre

Corriste detrás de una maldad simple, ridícula

La planta devoraba tu piel, devoraba tu rostro

Tú vociferabas como un canalla hambriento

Dejaste tu alma regada por el suelo

se quejó emitiendo roncos quejidos

con sus hermosos ojos abiertos y despiadados.

XIV

En tu pelo nadaban pensamientos como peces

yo los capturaba y los guardaba en un cajón secreto

donde dormían prisioneros madrugadas eternas

La noche en que te convertiste en araña, los liberé

quise que te devolvieran la calma, el sentido

pero eras una paloma enardecida, dos horas negras

Nadie supo nunca cuál era el camino a tu cabeza.

XV

La hora te ha llegado, hombre de murallas

Eres un condenado a ser hoja bajo el nogal del olvido

el gusano en el pico de una enorme ave

Te creías un inmortal diocesillo,

un temporal que arrasa con cuerpos y mentes

Mimabas tu dura apariencia como si fuera a salvarte

de las jaulas que tus propias manos fabricaban

Nada puede redimirte, pequeño mortal encorvado

Has caído en la madreselva de la soledad.

XVI

Nadaste en el líquido amniótico

sin percibir las crueles intenciones que tenía tu madre

Bebiste de su leche sin saber quién era tu enemiga

Naciste en un remolino, una noche de oscura tormenta

iluminado por un candil, vio la luz tu primer grito

Después, las mujeres,

transformadas en múltiples asesinas

te provocaron sueños húmedos

Lamiste los líquidos de las dueñas de tu amargura

Te derramaste en los pechos de tus tiranas

El agua con la que saciaste tu sed

era de aquellas que quisieron tu ruina

Tus piernas tiemblan ahora delante de mi silencio

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XVII

Te penetro en las tardes sordas

Mis cortinas vuelven rojo el aire, sangran

sobre nuestros miembros desperdigados

Muerdo más de cerca tu nombre

Bebo de tus párpados nocturnos, tus pequeñas poluciones

Los remotos pensamientos, el azar

Te diseco y te cuelgo entre mis mudas concavidades

Devoro lo más sucio de tu intimidad

Te camino en los días de muerte

No te salvo

XVIII

Las premoniciones se han apartado de mi mente

No sé cuánto durará esta confusión

Aparezco inconclusa delante de tus estruendos

Sonrío por miedo a morir en un ataque de llanto

Agonizo delante de tus piedras filosofales,

de las poderosas embestidas que le das al mar

Tu leche sigue derramada en mi garganta

Desconozco si el tiempo la hará desaparecer

Eres un animal de patas rotas

El error de un dios en andrajos

Pero aún quiero montarme en tu voz y cabalgarte

como un advenediza de pelo enredado

Saltar dentro de tus instintos para adueñarme

de lo que a nadie muestras: tu alma descosida

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XIX

Atravieso las olas consiente de que el mar

conspira y desea tragarme

Cabalgo libre, fiera, salvaje y eterna

Soy una gaviota de alas largas

Llevo a mis muertos en el lomo

No los invoco

Ya habrá tiempo

Siempre habrá tiempo para el dolor

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XX

Todos los duendes se han ido con sus cantos de selva

Las memorias de otros quedaron sepultadas

En mi cabeza solo hay una estampa de nubes

Me detengo en medio de la ruta para seguir el escalofrío

y tu música negra me atraviesa como una hojilla cortante

Tus colmillos rasgan mis antiguas visiones

Me hacen olvidar los sonidos que amé

Llevo los pies carcomidos

Las manos llagadas por acariciar a tanto falso dios

Te adueñas de mi voluntad y atas mis ojos a tu deseo

Me llevas a la habitación de tu aliento

donde la voz de Morrison dormita.

En tus manos soy una diminuta ración de vida.

XXI

Otra noche, otro día pasó

Volé sobre el mismo templo de carne, y el sigilo

Asistí al ritual de la poderosa hambre

y repetí la sensación de morir y resucitar

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XXII

Pueblas mi consciencia de remotos augurios

que resbalan por mis rodillas

Me sujeto de tus trenzas como a un soplo envenenado

Te mueves a tus anchas en mi interior convulso

Me vuelves una criatura apacible,

una sirva lista para el sacrificio

Sonríes y me atas a tus dientes

preparas tu mejor pócima y la derramas en mi estómago

Me estremeces

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XXIII

Mi places es un útero en el que existes sin prisas

Una multitud de insectos te da la bienvenida

La tierra se abre en dos y se traga, por un momento, toda la maldad

Llevas puesta una canción que moja mi memoria

Como humanos alados flotamos en ríos de saliva azul

Ignoro cuál será la forma en que me darás muerte

XXIV

Te hallé en la puerta de mi risa,

en la casa de mi delirio, en la ventana de mi gemido

Camino sobre las líneas de tus manos

Me pierdo en sus múltiples abismos y me encuentras

Abierta en dos mitades como un pequeño durazno

Tus miedos me han atado al piso

Son irascibles duendes que me sepultan

Lo intento, pero no puedo mirarte a los ojos sin salivar por amor

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XXV

Tu boca se abre y me traga por partes

mi lengua, mis muslos, mi dureza,

mis pezones delirantes, mis montes y concavidades

Los ventrículos izquierdo y derecho

de un corazón que late furioso

como un dios al que le han quitado la fe

XXVI

Una burbuja se eleva tierna y zumbante

hacia un cielo que nunca alcanzará

El dolor flota en la distancia

transforma en pesadilla este sueño circular

Los pasos que caminé, las huellas que estoy por dejar,

el cúmulo de nubes,

la tierra impregnada de tu piel,

la savia que tu perfume exhala

son los demonios que bailan en mi habitación

en círculos perennes que todo lo simulan

y hacen del cielo una pomposa deformidad

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XXVII

Un día me cuelgo de tus pensamientos

y al siguiente desaparezco como una mujer luciérnaga

Parezco esgrimir una oración a la vez que te declaro la guerra

Me esparzo sobre tu frente

Te percibo en el recuerdo de las sábanas,

del balcón, de la cópula y la saliva cortante

Nuestros testigos silentes, los días y las sílabas

se han ido con tu último grito

Mi densa lágrima te acompañará

como un rocío nocturno, lacerante

XVIII

Caminas como un león enjaulado por esta ciudad,

como un feto ahogándose en un frasco de alcohol

Aunque lleves serpientes en las venas, jamás dirás nada

Te ha sido negada la palabra, el flujo de la sangre verdadera

Todo en tu boca es una mentira

La ciudad que te aniquila y te desmenuza

Se parece tanto a ti

A tus cabellos que cuelgan largos como pesadillas

A tu pecho, lleno de vellos y dolorosos agujeros

A tu voz gruesa, a tus desiertos, a tus fantasmas

A tus silencios, a tus eternas ganas de llorar

sueños

XXIX

El raro milagro del deseo aparece sin que lo llames,

te visita y te sumerge en aguas conocidas

en las que nadas sin mí

Unes las huellas que dejé como un rosario profano

Cierras los ojos al mundo y te concentras

en tu aliento encendido

Pasas tus dedos sobre mi universo

y me sometes

como los días a los hombres

como los hombres a los cielos

como los cielos al mar

XXX

Llevas en las muelas el sabor

que te vuelve un hambriento ocelote nostálgico

Tal vez, ya no existo en ninguna de tus dudas

Mujer con vestido blanco

XXXI

Fui una loba sin piel en tus fauces,

mariposa de cuerpo grueso, alas estrechas y vuelo ligero

Ahora soy la de antes del cataclismo

llena de marcas sangrantes en el cuerpo

Soy la que completa el orgasmo con la palabra

que sale de la mina que perforabas con rabia y crueldad

Me fui porque extrañaba ver el mar

XXXII

Sigues rogando, imagino

que los pasos que doy me lleven a tu tabernáculo

que vuelva a cazar nubes delante de tus ojos

que regrese a poblar tus entrañas

Pero me he ido

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XXXIII

Veo en el espejo de tu desnudez mi rostro desfigurado

Me alejo como el aire, y tu voz se hace diminuta

El camino de regreso es imposible

XXXIV

Recuerdo un día en que éramos de sal

y permanecíamos recostados uno al lado del otro

en una mina caliente, alejados de la lluvia

Nada podía desbaratar la cueva de nuestra paz

Los halcones volaban lejos sobre mares desconocidos

Éramos ignorantes de los precipicios

Cantábamos canciones de perros

Imaginamos que el mundo no cambiaría

y que nosotros, en él, jugaríamos sin despertar

debajo de una manta de risas

De pronto, el mundo se hizo enorme, y llovió

dentro de nuestra cueva

El agua colmó nuestra antigua casa

Corrimos intentando buscar un nuevo sentido

En la huida olvidamos la atadura de nuestras almas

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XXXV

En el vacío despierto

con agujas clavadas en las encías

Lo locura impide el descanso

yo tiro y tiro de tu nombre

hasta que aparece dormido sobre mi vientre

Las voces de esas lejanas sensaciones me abrazan

y me consuelan

como en una marea de tiempos y cosas

que no terminan de llorar

XXXVI

Tu piel es oscura como la de un mal agüero

Sé que me vigilas desde el lugar de las arañas, nuestro pasado

el muelle traicionero de tus palabras

No eres más que una polilla

que merodea tu rostro, que es mi profecía

XXXVII

Vivo en un lugar abstracto, donde los unicornios paren realidades

Y los peces viajan en mi humedad violenta,

en mi manía de querer ser única,

incorpórea, irreal, inasible,

dueña de mis propias visiones, y del abismo

Te pueblo, te habito, te domino, aún a lo lejos

como la luna a los ojos de los náufragos

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XXXVIII

Ahora que el mar se ha retirado

He logrado ver mis pies y la tierra que los sostiene

Nunca me había parado en todos mis dedos

ni me había quedado inmóvil sobre mi sombra

ella permanece en tus entrañas

mientras tú corres como un atontado ciervo, buscando

arañando los suelos duros con las patas,

persiguiendo su voz

la única que sabe su nombre

XXXIX

Todos tus segundos se parecen al Sol,

inmutable y aislado, solitario e impávido

La misma cara, olor de cartón, iguales nostalgias

Pasaste todas las edades cercado de lenguas líquidas

que te hacían ver amores, supersticiones, falsos encuentros

Podrías ser el cosmos hecho carne y huesos,

el esqueleto del Universo

pero no eres más que una palabra hueca,

la mudez de los desiertos

Un animal asustado y hendido

en el costado donde un día tuvo puesta el alma

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XL

Veo pasar los mil días de mi vida

Incólume y hecha trizas por un par de ojos vulgares

y extraordinarios

Los ojos de un mago que ha matado la certeza

XLI

Mi voz se estanca en el suelo

como un racimo de uvas putrefactas

estoy fría y vacía,

esperando el calor de otra noche entre pelos fugaces

Sonrío y sobrevuelo tu cabeza

Desnuda soy más que la ficción

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XLII

Adiviné tus intenciones, pero nunca te detuve

quise colisionar contigo en un descampado

Yo soy de marfil, y tú de un leño muy fuerte

Entre el caos y las piedras que me lanzaste

Entre la mentira y la mudez con que te herí

nada quedó, salva hilachas de lo que fuimos

un pedazo de hielo derritiendo a una roca

 

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XLIII

El cansancio se esparce por ósmosis

a lo largo de esta habitación a media luz

Tu enojo es una gota congelada en medio de mis piernas

Siento que la batalla no terminará hasta que uno de los muera

XLIV

Toda la noche pasé en los brazos del extraño

Pero no consigo liberarme de tu aliento

Pregunto dónde estás

Te llamo dos veces, a gritos, en la madrugada

El único que responde es mi gato en la puerta de mis nervios

Te espero acostada sobre una nube de insectos

todos llevan tu nombre tatuado en las patas

XLV

Te gustaba embriagarte, rodear el pozo de la locura

decir cosas sin sentido, espejismos que inventabas

comulgas con los peores malandrines, apestar a escombro

Te gustaba el Cristo de los roedores, el santo de los descosidos

Abrir las piernas de mujeres truhanas

El engaño, la cópula fácil en los baños azulrojizos

Te gustaba mi cabeza contra la almohada

Apuntarme con tu dedo curvo y pisarme con tus patas de alacrán

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XLVI

Iré tras los pasos del caminante

que lleva mi luz atada a sus pies

Rogaré por una insignia, por un sentido

Me arrodillaré

Y él me dirá que me levante, que vuelva a la cama

de donde salí descubierta y vacía

que regrese a mi angustia y mi dolor

Él visitará mi habitación

y coronará de semen mis labios

su barbilla rozará tanto mi pecho

que lo dejará rojo, herido

Yo lloraré en la sombra, en el ángulo de su voz

lo llamaré por las mañanas ¡Elí Elí!

Y él no se volteará

Se irá con sus harapos

a habitar otro cuerpo, a arrancar otros ojos

riendo, siempre riendo

XLVII

Eres un irreconocible cuervo que se estrella contra mi ventana

Haces ecos de pájaro moribundo

La puerta sangra, la ventana suda, pero no abriré

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XLVIII

La muerte es una circunstancia que ocurre al amanecer

cuando nos hayamos deshabitados

Supe que morí hoy dos veces

me mataron y me maté

Él se había llevado mi cuerpo lejos

Lo escondió para que nadie se enterara

de su crimen

Allá, en lo alto de una mentira,

fui a rescatarlo

Estaba frío y amoratado

Había sido envenenado

Lo traje a mi lecho para limpiarlo

Le pedí perdón por haberlo dejado solo,

a la interperie, expuesto a los buitres

muerto, aún se quejaba con un sonido atroz

Lloraba por los ojos, por los oídos, por la piel

No soportaba verlo así tan doliente, tan roto

Por eso, decidí volver a matarlo

Esta vez con mis manos

Le tapé la boca y le quité el aliento

para no volver a escuchar más su llanto

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XLIX

Traes a mi ángel en brazos y lo depositas a mis pies

para que lo contemple desnudo

No puede moverse

El aliento de la angustia le late entre las piernas

Su latido es débil, pero llega allá donde la voz se disipa

Apago la luz y lo escondo entre las cobijas

No quiero una cruz

mi ángel no morirá esta noche

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Amanezco en tu cabeza, en tus agrandadas ojeras

Duermes enredado en una manta tejida por palabras que detestas

apestan a moscas ebrias

Te revuelven las tripas con una cuchara oxidada

La herrumbre está en todas tus cosas

Mi lengua, en la mitad de tu ombligo

No puedes escapar de la ubicuidad del desastre

Y el desastre eres tú

Tú en mi espalda, en los pegajosos estribillos, en el silencio,

en las ventanas, en los cerrojos, en el hedor de tus muertos,

en el whisky, en el abismo lunar del misterio

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28 de mayo de 2011

Los días sombríos se han extendido sobre el mundo

Aún falta más oscuridad

una que jamás nadie ha visto

Una mariposa azul revolotea adolorida

hace un leve ruido de vida

Aparece destruida por fuera, sus alas son como un cataclismo

Ya no creo en los hombres

Todos han fallado

Intento liberarme de la condena que es el azar

hallar la ruta antigua, mas es borroso el horizonte

Me tienta la muerte como a un jinete en la batalla

He nacido mujer

Esta noche soy calamidad y espina.

Guayaquil, mi ciudad natal


Guayaquil

Guayaquil es un espejo en el que se refleja el inconsciente de todos. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Te ves en ese espejo incluso en tus sueños de otras tierras. Por alguna razón mi alma eligió a Guayaquil como su ciudad natal, la eligió como matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos tarde o temprano.

El guayaquileño vive en permanente lucha, es un guerrero, alguien que respira conflicto. Como todo sobreviviente, piensa que la vida es difícil, cree que tiene que esforzarse para obtener todo lo que desea. Y siempre desea. Trabaja, se endeuda por tener el último teléfono, para que sus hijos vayan al mejor colegio, para sacar el título, el carrito, la casita.

El guayaquileño nunca está conforme. Es un rebelde que siempre encuentra una causa que defender, no importa si esa causa está cerca o lejos. Ellos no descansan hasta que lo consiguen y una nueva causa aparece. Viven en estados de taquicardia, vehemencia, caos, neurosis y paranoias. El estrés y la angustia es un cóctel que la mayoría de personas que vive en Guayaquil bebe a diario. Se lo pasan con pastillas o con alcohol. El hijo de Guayaquil nunca se queda tranquilo. Siempre hay algo nuevo que ver, un partido de fútbol al que ir, una fiesta que organizar, una película que ver, una nueva tecnología que comprar, un curso que hacer, una nueva competencia en la que entrar. Son esclavos del trabajo, se pierden en el hacer. No son un pueblo reflexivo, no son un pueblo que ama el silencio. No descansan, no se relajan, no duermen. Por el contrario, trajinan y trajinan todo el día y noche. Encontrar la calma en esta ciudad es un desafío que pocos aceptan y que menos alcanzan. Por esto, el alma de la ciudad es frenética, su hambre es voraz y nunca sacia su permanente necesidad de ser escuchada. Guayaquil grita a voz en cuello, pero casi nadie la escucha.

La ciudad natal es el origen del que no podemos desprendernos, aunque quisiéramos. Es el punto de partida de donde sale nuestro barco. Es un espejo, pero no es un espejo fijo, sino un caleidoscopio. Un caleidoscopio es un tubo que contiene tres espejos que forman un prisma triangular con su parte reflectante hacia el interior, al extremo de los cuales se encuentran dos láminas traslúcidas entre las cuales hay varios objetos de colores y formas diferentes, cuyas imágenes se ven multiplicadas simétricamente al ir girando el tubo mientras se mira por el extremo opuesto. La ciudad natal es un gran caleidoscopio donde aparecen constantemente imágenes y situaciones que siempre volverán a repetirse, pero nunca de la misma manera. Cada persona interpreta de manera diferente cada una de las imágenes, de acuerdo a lo que está programado en su inconsciente.

Me he escabullido hasta su centro para ver por dentro a mi ciudad natal, Guayaquil. También he visto a los demonios que la envuelven, son reptiles que se alimentan de quienes viven en ella. Parece que la hicieron a su medida: sol ardiente y sangre fría. La mayoría de las personas que vive en Guayaquil actúa con sangre fría, no sienten, solo sobreviven usando el cerebro primario para pensar. Pero el alma de la ciudad se encuentra en su centro, donde palpita su corazón rebelde, el corazón de los creadores, de los artistas. El alma de la ciudad es la que tiene las respuestas de lo que hemos sido, de lo somos y de lo que seremos.

La ciudad natal es como nuestra madre madre. Si vemos a nuestra madre como alguien voraz, desordenada, consumista compulsiva, alguien que se distrae con facilidad, que busca entretenimiento constante, una mente caótica y repetitiva, veremos de la misma manera a la ciudad natal. Mantenemos con ellas una relación intensa a lo largo de toda nuestra vida. En algunas épocas nos llevamos bien y hasta sentimos que la amamos, pero, en el día a día, nos saca de casillas.

La ciudad natal es como la madre, pero no es la madre. La ciudad natal es la matriz artificial, es lo creado por el hombre como representación de la madre, como un ideal. La ciudad natal funciona como ese útero contenedor que nos da sentido como individuos primero, porque es ella el espacio donde desarrollamos nuestra personalidad, y luego como colectivo, como un organismo vivo capaz de formar comunidades inteligentes.

¿Qué ocurre casa adentro de la ciudad? Contándote a ti mismo tu historia, comprenderás para qué naciste donde naciste.

Mi ciudad natal, Guayaquil, es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Desde hace rato, la ciudad es un infiernillo en el que todo tiene un precio y nada tiene valor. Solo tenemos que pararnos en el centro de Guayaquil un instante y observar. Hay que estar loco o ser como El Quijote para creer que es posible engendrar algún proceso artístico en las condiciones de saturación sensorial y mental que existen en el centro. La Universidad de las Artes es un nenúfar.

Si eres un artista, un creador, Guayaquil te empujará para que seas su voz, para que la cantes, para que la leas, para que la cuentes, para que la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. La ciudad te exige convertirte en uno de sus personajes, en una de las ilusiones que la harán vibrar. Entonces, te darás cuenta de que puedes ser lo que ciudad quiera. Guayaquil incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la disfrutes, para que te enamore de ella y la penetres. Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llaman y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. En Guayaquil todo truco se hace con dinero. Si no haces dinero, para ella, no eres nadie. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir” la ciudad, te vuelves un esclavo de ella. Un mago adicto a los trucos que vive en la ilusión serpenteante de la ciudad.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas. Si comprendes la ilusión que es la ciudad, tal vez, puedas salir de ella.

Viejos poemas de amor


Me urge correr al inquisidor encuentro con tu barba

Volar en cuatro patas al duelo con tu sonrisa

En el verano ardiente de mis piernas se cuecen los vestigios de tu voz

A lo lejos quedó la linterna que me alumbraba tu escondite

Ahora no veo tus dientes en mi cueva, ardida, quemada

Por los rayos de una luna incrédula

Ya ni la luna cree en el amor

Y yo estoy aquí esperando la nieve que me calienta

Y sintiendo el antojo de llamar a tu caldera

Una vez más, rendirme ante las cadenas de tu vientre

 

 amantes

Todas las hojas se parecen a ti,

En el instante en que se desploman y caen al infinito

Eres el residuo de lo que queda en la galera del caos

El sentido que le puedo poner a mis extremos

Solo sé que no soy yo a quien le dueles

Y que no eres tú a quien niego

Como una perfecta lluvia en mi casi permanente abismo

Caes en gotas de soledad

En mi cementerio de amantes enterrados

Suenas como una voz de compasión

Como un duende claro en mi celda gris

Visítame esta noche en que creo en la libertad

Quiero roer los barrotes que me detienen

En este espacio inerte y vacío

Quiero la aproximación de tus manos heladas

A mi cuerpo que hoy se arrastra por un recuerdo

 

 
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Témpanos de desidia aplastan el deseo

De correr detrás de una sonrisa desnuda

De poseer un cuerpo sin miedo a la burla

De un destino que me ata a las patas de una cama vacía

Soy el plenilunio, la escasa serenidad de la luna sobre el mar

El instante evaporado del silencio de la madrugada

Que merodea en la mente de un extranjero

Mi ansiedad tiene dientes de verdugo

Mi miedo anda en lomo de gacela

Mi angustia le hace guardia a la aventura

Mi carcelero se llama como yo.

 
Soledad

Opacidad y desvelo en esta mañana azul

Me entretengo pensando en el pasado próximo

En las mil cadencias de un sonido agudo

Que se vale de sus entuertos para someterme

A sus delirantes espasmos

Tu música que trina como una armónica en el desierto

Eres la estratagema de la viscosa mentira

El subterfugio de mi misma ingenuidad

Soy un alfil que mueves con tus dedos de artista

Un engañado presente que se mueve al antojo de tu lengua

El más pueril deseo de convertirme en letra debajo de tus manos

En futuro delante de tus ojos.

 


Aprendizaje o el Libro de Los Placeres


Aprendizaje o el Libro de Los Placeres

Clarice Linspector

Siruela, 2008

Reseña

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“Uno se asusta con el exceso de dulzura de lo que es por primera vez”.

 

Les advierto que esta es una historia de amor, y que, por lo tanto, no tiene ningún sentido. Pero, a la vez, es de los libros más luminosos de Clarice Linspector. Les advierto también que la protagonista de esta historia lleva, en un sentido no literal, las tripas por fuera, los sentimientos desbordados. La pobre sufre la desolación de no saber quién es. Hechas las advertencias de rigor, vamos al grano.

Para Lori, Ulises es un hombre imponente. Sabe quién es y qué quiere, está lleno de sentimiento y sabiduría. Es un hombre que tiene la capacidad de revelarle los más íntimos secretos de ella misma. Es un hombre que la desea, pero no la toca, no le hace el amor. Le ha dicho que lo hará cuando ella esté lista para recibirlo, cuando esté preparada para contener la totalidad de su ser. Mientras tanto, él la observa, la ve crecer, la ve experimentar, la ve avanzar por un camino que antes estaba oscuro, pero que se ha vuelto, repentinamente, luminoso. La posibilidad del amor está a las puertas, y ella lo sabe.

 

Hasta ahora, Lori ha aprendido por medio del dolor. Le duele el alma. No sabe por qué, pero ha sido así desde el primer día en que tenga memoria. Nació con angustia. De niña, ya llevaba la tristeza atorada en la garganta. Lori ha estado encapsulada como dentro de un huevo de pájaro, no ha tenido el valor de ver qué hay detrás de las cortinas de sus propios sentimientos. Ha elegido vivir de forma gris: es una maestra de escuela que vive en el pasado, y se aburre de ella misma. Es joven, pero se siente anciana. En los largos días de las vacaciones escolares incluso borda manteles que a nadie regala. O se arregla con mucho cuidado delante del espejo, se viste bonito y se va sola al cine.

 

Pero Lori es también una mujer llena de preguntas que no se resuelven con ningún lugar común, consejo o rezo. Ella sufre de soledad e intuye que todas sus dudas las resolverá un día la experiencia real del amor, pero ¿qué es el amor real y cómo llegará ahí?

Ella pensó que Ulises, por ser profesor de Filosofía, había venido a contestar sus preguntas, pero con el paso del tiempo se fue dando cuenta de que él vino a des-estructurarlas para que ella las volviera a crear a partir de los nuevos pensamientos que él, en muy poco tiempo, logró incubar en su mente.

 

Ella no entiende cómo es que la mente de él parece haber entrado en la de ella. Pero le gusta y lo siente necesario.

 

“No entender era tan vasto que sobrepasaba cualquier entender –entender era siempre limitado-. Pero no entender no tenía fronteras y llevaba al infinito, al Dios”.

Lori es una mujer profundamente asustada ante la posibilidad de descubrirse, de transformarse en un ser humano completo y dejar de una vez por todas la auto-compasión. Esa es la única manera de estar lista para el amor de Ulises. Y ella lo desea, lo necesita, lo anhela. Pero para llegar a él, Lori debe dejar de temer y dar el siguiente paso: empezar a aprender desde el placer y no desde el dolor.

 

Eso es lo que Ulises ha venido a enseñarle. Mientras conversaba con él, Lori, de pronto, sentía que “estaba en una plataforma terrestre desde donde, en fracciones de segundo parecía ver la superrealidad de lo que es verdaderamente real. Más real que la realidad”. Eran los momentos en los que las dudas parecían desvanecerse.

 

Clarice Linspector es una maestra de la duda, del miedo, de la falta de confianza en sí mismas que sufren las mujeres. Crea este fascinante personaje, Lori, que se parece a cualquiera de nosotras en sus fueros más íntimos.

 

Este es el perfil de una mujer que quiere vivir la vida real, pero día a día elige quedarse en casa bordando, haciendo nada, sufriendo la incertidumbre de no saberse. Una mujer que un día ve delante de ella lo que tanto, a solas, había pedido al Dios. Al hombre que pueda librarla de su simpleza. El hombre que la enfrenta a ella misma, que la obliga a mirar su belleza original al espejo, que la reconcilia con su pasado. Ella intenta huir, intenta fingir, intenta todas las cosas que intentamos las mujeres. Pero nada funciona, ella necesita cambiar. Todo su ser se lo pide.

La cárcel de Velasco Mackenzie


  • Texto publicado en la revista Mundo Diners, marzo 2014

 

“Caminó tambaleante, sin imaginar lo que iba a vivir allí,

detrás de esa puerta que partiría su vida en dos.”

La Casa del Fabulante (Jorge Velasco Mackenzie)

UNO DE LOS ESCRITORES MÁS RECONOCIDOS DEL ECUADOR PASÓ SEIS MESES EN UNA CLÍNICA DE REHABILITACIÓN PARA ALCOHÓLICOS Y ADICTOS A LAS DROGAS. LA AUTORA DE ESTA CRÓNICA CONVERSÓ CON ÉL TRAS EL ENCIERRO Y CONSTRUYÓ EL RELATO A PARTIR DE SU TESTIMONIO. LA HISTORIA DE UN ATERRIZAJE FORZOSO PROMETE SER UNA DE LAS MEJORES NOVELAS DEL AUTOR.

El toque de queda es a las seis de la tarde. Silenciosos, los enfermos se encierran en sus habitaciones. El escritor Jorge Velasco MacKenzie obedece como el resto. A veces, cuando reclama y se queja, le permiten ver algún noticiero en la televisión, pero lo más frecuente es que pasadas las siete de la noche desconecten la energía y la soledad sea la única que se pasee por los pasillos de la clínica. Salir es imposible pues los guardias ponen seguro a las puertas por fuera. Si alguien tiene una emergencia por la noche, no se enteran. Si alguien muere, tampoco.

Luis Camana, el compañero de cuarto de Velasco, tiene un hongo en el pie que duele y despide mal olor. Antes de acostarse a dormir, el escritor lo cura con paciencia, le pone una crema y lo arropa. Camana tiene 72 años. Cuando habla de él, Velasco lo llama “mi viejito”. Ambos son alcohólicos, viejos bebedores de cerveza, y fueron internados en esta clínica de rehabilitación por sus hijos. Camana le cuenta sus aventuras de cuando combatió en la guerra del 41, y Velasco le habla de sus amores imposibles. Han pasado noches enteras contándose historias reales o inventadas –la verdad importa poco– y alimentado la esperanza de poder salir pronto.

Tras una madrugada tranquila en la que duerme sin sobresaltos, los gritos de un guardia despiertan a Velasco cuando son apenas las seis de la mañana. Es el mismo guardia que siempre le restriega los privilegios que tiene dentro de la clínica. A los demás, le recuerda de mala gana, los despiertan a patadas. En cambio a él, que paga bastante, le tienen ciertas consideraciones. Velasco y Camana comparten una habitación con baño privado por la que cada uno paga setecientos dólares mensuales. El escritor se levanta lleno de ira para responder al guardia. Cuando se calma, nota que Camana no se mueve.

“Don Lucho, ya despiértese”, le dice tocándole el hombro. Camana no contesta. Velasco se da cuenta de que su amigo está muerto.

Enojado y confuso, Velasco sale del cuarto en busca de Bladimir Chiriboga, director y dueño de la clínica. “¡Anda a ver lo que has hecho!”, le grita desconsolado, aunque Chiriboga no tenga en realidad nada que ver con el asunto. Lo más probable es que Camana haya muerto de un infarto mientras dormía, pero  nadie puede confirmarlo y Velasco arma un alboroto en la clínica. Como cualquier otro día, lo obligan a ir a la terapia y no vuelve a ver el cuerpo de su compañero. Entre los adictos, dice Velasco, una muerte no es algo que espante demasiado. “Algunos internos han muerto en LaCasa, varios  adentro, de viejos, otros porque volvieron heridos; una mujer, la Ticsia, que usaba dos trenzas largas, fue lanzada hacia la puerta desde un automóvil, ahorcada con su propio pelo. Hubo un suicida que se tiró contra los cables de alta tensión. ¿Qué casa de rehabilitación no tiene un suicida?, no sería confiable, allí no encerrarían a nadie, mejor seguir consumiendo”. Escribió en La Casa del Fabulante, su nuevo libro autobiográfico. El 10 de noviembre de 2012, Jorge Velasco MacKenzie fue encerrado contra su voluntad en la clínica de rehabilitación para adictos Celare (Centro Latinoamericano de Recuperación). La muerte de Camana ocurrió cuando Velasco llevaba cinco meses interno. Para entonces, ya había terminado de escribir la novela.

“Yo provengo de una familia de alcohólicos. Mis tíos, los McKenzie, no son borrachos sólo por el nombre (escoces), yo de verdad nací con un gen alcohólico. Y no soy el único de mi familia”, reconoce. Un día, mientras bebía unas cervezas en Durán con un amigo, llegaron unos hombres de aspecto gorila que lo apresaron, lo inmovilizaron y lo subieron a un carro en el que lo trasladaron a la clínica. Sus hijos, impotentes ante el alcoholismo crónico de su padre, lo habían decidido sin consultárselo. “Me capturaron como si yo fuera un delincuente y me tuvieron ahí seis meses”.

La clínica está en el número 374 de la calle Chambers, en el sur de Guayaquil. En la novela, Velasco llama a la clínica LaCasa y a su dueño, La Sombra, un ser que como El Gran Hermano de George Orwell parece tener el don de la ubicuidad: sabe lo que hacen y dicen los internos en todo momento, siempre. Lo primero que le dijeron a Jorge Velasco Mackenzie al ingresar a la clínica fue que allí adentro no podía usar su verdadero nombre; tenía que escoger un don o un atributo suyo como identificación. Así el escritor construyó a Mateo-Valiente, el protagonista colocado al centro de la historia, la versión encerrada de sí mismo. Y el personaje, claro, no está solo. En LaCasa lo acompañan Olga-Pasión, LaVida, Gaspard-Flaquedad, LaPulga, Alvarito-Plebeyo, Martín-Belloso, Walter-Rapaz, Alfredo-Komodo el Dragón, OtroMundo, LaPulga, Aranka y OtraVida. Todos personajes sufrientes, solos y desesperados. “Te decían: cómo quieres llamarte y cada uno decidía qué nombre ponerse. Me puse Valiente porque soy cobarde. Mateo se odia porque no puede asumir el alcoholismo. Buen personaje ese Valiente, pero cómo sufre ese desgraciado. Es Valiente pero para sufrir”, dice Velasco como si no hablara de Velasco.

“LaCasa era una construcción blanca de hormigón cerrado, con  grandes prados y una piscina al centro. La habitaba una docena de internos, padecientes extraños que jamás podían salir hasta que terminara su recuperación. Mateo había llegado acompañado de sus hijos. El mayor caminaba adelante, indicándole la ruta. Él, tembloroso, apenas podía avanzar. Al acercarse a la puerta de entrada trastrabilló, ninguno de los dos pudo sujetarlo y cayó al piso. Caído, levantó los brazos y fue izado como uno de esos monigotes de aserrín que se queman para fin de año. Mateo no lograba explicarse qué había pasado. El mundo se le vino abajo, se nubló y le cayó encima. Ahora, en la caída, su rostro dibujó una derrotada  sonrisa…”. Así empieza La Casa del Fabulante.  La editorial Mar Abierto, de Manabí, hará el primer tiraje de la novela.

El encierro ocurrió luego de que Velasco recibiera alrededor de 60 mil dólares de jubilación por haber trabajado durante 34 años como docente en la Universidad Técnica de Babahoyo. Parte de ese dinero la dedicó a comprarle autos nuevos a sus hijos y el resto lo estaba invirtiendo en beber como si no existiera mañana. Cuando lo internaron, sus hijos le decían a los amigos de su padre que Velasco estaba disfrutando de su jubilación en Europa. “Nadie sabía lo que me estaba pasando allí adentro”, dice Velasco. Después de los primeros tres meses de encierro el escritor logró huir a Babahoyo, pero los guardias de la clínica lo rastrearon y volvieron a capturarlo. Dice que entonces lo trataron –otra vez– como si fuera un delincuente, que estuvo encerrado y lo tuvieron incomunicado durante días.

La estadía en la clínica no le curó el alcoholismo, mal que, por otra parte, lo emparenta con varios de sus poetas y escritores preferidos, pero sí le sirvió para escribir una novela que él considera distinta a todos sus trabajos anteriores, una novela en la que, según dice, nada fabula, y que está llena de un dolor y una soledad que hasta ahora no conocía o, al menos, no en esta dimensión. “Nunca había escrito desde el miedo, desde el dolor, y es fuerte”, confiesa. Dice que en cinco meses escribió trescientas páginas y que cuando se dieron cuenta de que estaba escribiendo el libro le confiscaron la computadora portátil. Me muestra su dedo índice y veo que tiene callos y una ligera hendidura por haber vuelto a escribir a mano. “Un día subí a la alcoba y mi laptop ya no estaba. Se la llevó un hombre de la clínica, muy malo, muy envidioso, que había sido un adicto, por ahí anda robando en las calles. Menos mal, logré salvar en un pen drive lo que había escrito, que era más de la mitad de la novela. Y me puse a escribir a mano. Después, yo mismo no me entendía, pero no importaba. Yo era dale y dale. Me mandaban a confiscar mis papeles y mis plumas”.

Aunque la clínica tenía gimnasio y piscina, nadie podía tocar esos espacios sin la autorización de La Sombra. Allí adentro, las únicas certezas eran las terapias, diarias y obligatorias, y el momento en el que rezaban la oración de los adictos: Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquello que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia. ¡Fuerza!

“Mateo-Valiente mira la sala de terapias y sus ventanales, amplios pero cerrados con vidrios y rejas; un bar donde no había ni agua, solo sillas de plástico, un escritorio sin libros ni papeles.” Antes de empezar las terapias, cada interno debía identificar con un número, del uno al diez, su estado de ánimo. El uno era “No tengo presión, me siento bien”. El dos “me siento bien, pero algo me está fastidiando”. El tres “estoy mejor, pero algo me pesa”. El cuatro “ya no me siento bien, necesito ayuda”… Y así hasta llegar a los peores estados. El nueve era “desesperado” y el diez, “ya estoy sin remedio, me quiero morir”. Cuando Velasco llegó dijo que estaba en el número nueve. Con el pasar del tiempo, fue subiendo. Llegó hasta el número cuatro, y ahí se mantuvo. “Ahora estoy aquí, sé que algún día saldré”, pensaba. Nunca llegó al número tres, mucho menos al uno.

En la novela también aparece Juan Calamarco, que era el administrador de LaCasa y sabía todos sus secretos. Se hacía llamar Principio y era la autoridad visible, pues a La Sombra, valga la redundancia, casi nadie lo veía. Un día Calamarco entró con un fajo de hojas en las manos y dijo: “Quédense quietos, muy quietos, deberán responder quiénes son, hoy mismo, lo que son hasta ahora”. Luego caminó entre los internos entregando las hojas. Cada una contenía el dibujo lineado de un hombre sentado, sin rasgos definidos, y cada parte de su cuerpo registraba una pregunta. Mateo-Valiente las contestó todas. Lo que pienso de mí: Me odio porque soy cobarde. Lo que yo sé  hacer: escribir. Lo  que odio de mí: Vagar. Lo que más amo: el trago. Mis mejores cualidades: beber, pensar y comer. Mis tres necesidades: vestirme, asearme, emborracharme.

Jorge Velasco dice que dentro de la clínica todos eran adictos, algunos incluso lograban entrar drogas y venderlas entre los internos. Recuerda el caso de Misionero, un gordo adicto a la cocaína. Su madre preparaba encebollado para él y todos sus compañeros y dentro del caldo metía paquetitos de cocaína que se camuflaban debajo de trozos de pescado. “Él me decía: oye Valiente, ¿tú le haces? Y yo le decía: no, mi droga es el alcoholito. Con eso me quedo”. “En ese lugar todos eran adictos, desde el dueño hasta el que limpiaba; el portero, el cocinero, todos tenían una adicción. Hasta el perro era adicto”.

Poco a poco, en LaCasa se fue regando el rumor de que Velasco era un escritor famoso. El dueño de la clínica lo llamaba “doctor”, pero ese título no impidió que lo maltratasen psicológicamente como al resto. “Me insultaban, me humillaban. Una vez me llevaron al Lorenzo Ponce, allá donde están los locos, y eso fue para amedrentarme, para decirme: así vas a terminar”.

Otra de las torturas que soportaban dentro de LaCasa era la vigilancia permanente. Velasco siempre sospechó que dentro de los cuartos había cámaras o censores que registraban los movimientos de los huéspedes, era la única manera de que La Sombra supiera exactamente todo lo que hacían. “No entendíamos cómo era que La Sombra sabía todo, sabía hasta cuando se hacían la paja. Ayer te hiciste dos pajazos, decía, así, delante de todos. A mí no me gusta masturbarme, pero igual tuve que hacerlo alguna vez. Un día dijo: el doctor MacKenzie una vez que otra se hace la paja. ¿Y cómo sabes tú esa huevada?, le pregunté y me quedé con la curiosidad. Como siempre me ha gustado la cocina, un día me enviaron allá para ver si mejoraba un poco esa comida puerca, asquerosa, que hacían ellos. Y ahí descubrí ese censor famoso con el que nos vigilaban. La Sombra es un hombre sin escrúpulos, no le importa nada más que el dinero. Puede retener a personas sanas, que no tienen ninguna adicción. Por ejemplo, había un muchacho ahí, un muchacho serrano, que lo habían traído con engaños desde Quito. Parece que tenía problemas familiares, una herencia, había mucha plata de por medio. Lo mantuvieron en la clínica un año, sin ninguna razón. Él me decía: Poeta, yo no soy drogadicto ni alcohólico, yo no soy nada. Estoy metido aquí porque mis hermanos así lo quieren”, cuenta Velasco.

“…en LaCasa nadie es dueño de sí, todo lo decide el otro: lo que debes comer, la hora del baño, cuando hablas o caminas”, dice la novela. En la realidad ¿es así de terrible?, le pregunto. “Todo lo que digo en la novela es la realidad”, dice tajante. Le pregunto también por otro personaje, Aranka. Se trata de una viuda alcohólica que pasa de los sesenta años y nunca se está quieta. Me llama la atención porque, aún estando en la clínica, esta mujer puede consumir todo el alcohol que quiera, desde la mañana hasta el anochecer. Se dice que es muy rica y que sus hijos ya no pueden con ella. “Al medio día ya está achispada y a punto de encenderse, llama para pedir servicio y los dueños de las licoreras le mandan niños, porque si le envían muchachos ella los empuja adentro, se desnuda y se les tira encima”. Aranka va a parar a LaCasa cada vez que recae y, cuando la traen, entra gritando y patea a los enfermeros. Después se duerme y Mateo-Valiente asegura que en la mañana canta óperas. En cada recaída, este personaje amargo y encantador elige cambiar su nombre, como dándose una nueva oportunidad luego de haber desperdiciado miles. La última vez dijo: Buenas noches, familia, mi nombre es Aranka y soy Pasión, estoy en nueve: desesperada. En el cuarto de Aranka hay un sauna y una radio, pero cuando Mateo entra no ve ninguna ropa, solo un látigo de tres patas.

¿Por qué Aranka tiene tantos privilegios?, le pregunto. Porque era rica, así de simple. Escuchaba Verdi, se metía droga en la chepa. Ella bebía desde la mañana, a ella le permitían todo porque era rica. Es mentira que esto es una clínica de rehabilitación, aquí lo que quieren es el dinero. Esta no es una clínica para chiros. Qué loca era Aranka, pero qué bella.”

¿Hay esperanza aún después de recaer? “No. Recaer es como la muerte. Todo el mundo viene y me dice: oye, tienes que tener fuerza de carácter. Pero eso es lo que un adicto no tiene. No hay lugar para la esperanza y eso es aterrador.”

La Casa del Fabulante es la octava novela de Jorge Velasco. Publicó su primer libro a los 26 años, un volumen de cuentos llamado De vuelta al paraíso, y desde entonces ha sostenido por casi cuatro décadas una carrera en la que no han faltado premios y reconocimientos. Ganó dos veces el Premio Nacional de Novela “Grupo de Guayaquil”, convocado por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas; la primera vez con El rincón de los Justos, que será llevada al cine, y la segunda con Tambores para una canción perdida. Además, ganó el Primer Premio en el X Congreso Nacional de Relato José de la Cuadra de la Municipalidad de Guayaquil, con su cuarto libro de cuentos Músicos y Amaneceres, y el Primer Premio en el IX Congreso Nacional de obras de Teatro organizado por la Municipalidad de Guayaquil con la obra En esta casa de enfermos.

Desde que salió de la clínica, el pasado mayo, Velasco vive con uno de sus hijos en un amplio departamento del barrio del Astillero, dentro de un edificio de puerta rosa sobre la calle Eloy Alfaro. El escritor dice que no guarda rencor por sus hijos, pero está intentando demandar a la clínica. Por toda excentricidad, en la pared del departamento han colgado un tronco de árbol pintado de blanco. Esta tarde el recuerdo de Camana ha mojado de lágrimas su cara. Su mirada sale por la ventana, huye en dirección a la calle Venezuela y se planta en el castillo catalán. La brisa que llega de la ría limpia el aire y nos refresca, pero también parece acentuar la sensación de  tristeza que se ha apoderado de las horas, de la sala, de los muebles, de los libros y de los ojos de Velasco.

De pronto, me pregunta si quiero tomar una cerveza. Sin pensar, le digo que sí. Me dice que me quiere regalar un libro, que elija el que yo quiera mientras él va a la tienda para comprar la cerveza. Repaso los títulos de la estantería. Antes, me había contado que ha perdido tres bibliotecas, y que también ha perdido todo el dinero de su jubilación. Ha perdido, además, a las mujeres que lo han amado, y está por perder una casa de playa. Se siente solo, vacío, derrotado. ¿Por qué ha pasado todo esto? “No sé, no sé, no sé”, repitió tres veces un poco alterado. Luego, se calmó y dijo casi en un susurro: “debe ser por el alcoholismo”.

Elijo un pequeño poemario de Ezra Pound. Lo abro en la página 57, y leo:

Epitafios

Fu I

Fu I amaba las colinas y las altas nubes,

¡ay!, murió por culpa del alcohol.

Li Po

Y también Li Po murió borracho.

Intentó abrazar a la luna

en el río Amarillo.

El escritor regresa de la tienda con las cervezas en la mano. En enero próximo cumplirá 65 años y tiene la ilusión de encontrar esa edad en París. Me lo cuenta y un ligero brillo enciende sus ojos mientras sirve la cerveza que hará sudar el cristal de los vasos. “Sé que soy un alcohólico, lo reconozco, pero también soy un ser humano, y no debieron tratarme así”, dice. Brindamos. Jorge Velasco MacKenzie intenta sonreír.

El minotauro


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La mujer de blanco rodea el torso del hombre. Se acurruca en su espalda, como un gato silente. Su respiración apenas se percibe. El hombre se encoge, siente los brazos de ella como una líquida sensación caliente que sube de su estómago a su corazón y llega más allá. Baja y sube por su cuerpo como una corriente eléctrica que incluso alcanza su mente, su corona. El deseo lo envuelve y él se mece en un lento devaneo. No sabe si voltearse y consumar el abrazo o si permanecer encerrado en su cáscara de dragón, como envuelto en una nuez. El hombre sale de su cuerpo, se aleja para mirarse mejor y se descubre parado dentro del círculo del minotauro.

El Minotauro está sentado en un lado del círculo, con la cabeza agachada. Parece dormido. El hombre recuerda haber escuchado que los Minotauros son muy hábiles para tomar prisioneros. Conducen a sus víctimas a su laberinto. Las lastiman, les crean malas memorias y pesadillas, pero las conservan. No llegan a matarlas, pues el mayor miedo de cualquier minotauro es quedarse totalmente solo; en esto el minotauro se asemeja a cualquier hombre. El hombre reclina su cabeza sobre el cuerpo de la mujer. Necesita el calor de ella para enfrentar al monstruo que vive en su interior.

El Minotauro no es un hombre, nunca lo será por más que lo desee. Aunque sea hijo de una reina, el Minotauro siempre será una bestia. El Minotauro no disfruta de la ternura, no conoce la liviandad. Le falta una mitad, un lado por explorar, le falta comprender el amor. El Minotauro está perdido en su propio labertinto. Él no conoce las salidas, porque él no las creó. Vive un castigo.

El hombre se retuerce dentro del Minotauro.

Cojo su mano y la llevo hasta mi pubis. La mitad que te falta la he tenido desde siempre entre mis piernas. Huele, palpa, mira de frente. Deja de temer.

Ahí, en la creación, está todo lo que necesitas, le digo. El Minotauro lanza un zarpazo, quiere defenderse del amor. Pero no alcanza a hacerme daño, no logra herirme.

Calma, pequeño Minotauro. Te dejaré para que mueras de soledad en paz.

Yo huelo


(Una de las columnas de Lilit, publicada por la revista Soho en 2010)

Amo el olor del sexo. El olor que queda en el ambiente después de una buena cogida. El olor de un hombre que me gusta. Mi olor intenso de mujer. Y he desarrollado la habilidad de reconocer por el olor a las personas más sexuales, de distinguirlos de entre la masa como hacen las mariposas. Dicen que algunas son capaces de oler las feromonas de su pareja a veinte kilómetros de distancia. Somos tan animales.

Sé que mi olor es fuerte y es sexual. Me encanta olerme, oler la humedad en mis dedos después de tocarme, oler mi cuerpo al natural, sin nada que lo oculte. Uso y abuso de mi olor con los hombres. A veces, exagero. Una vez puse en práctica un consejo de Alessandra Rampolla, cuando era una gordita deliciosa que hablaba de sexo en la tele. Ella decía: no usen perfume, tóquense la conchita y rocíen ese olor en sus orejas, en su cuello. Verán cómo se ponen los hombres, cómo las persiguen.

Lo hice. Me masturbé, y rocié mi cuerpo –el cuerpo visible, el que sale a la calle a trabajar- de ese magnífico olor a hembra excitada, y me fui a la oficina con mi nuevo perfume. Me sentía una bomba, y eso fue exactamente lo que proyecté. Fue todo tan obvio. Mis compañeros querían tocarme, besarme, hacerme el amor en el ascensor, encima de las mesas de trabajo. Uno de ellos dijo para todos:  “Aquí huele a hembra”. Yo, por dentro, pensaba: somos tan animales y, en ese sentido, tan predecibles.

Desde que era niña descubrí lo inquietante de mi olor. Recuerdo que me masturbaba con ropa y que el calzón quedaba mojadito y me gustaba olerlo toda la noche. Me encantaba cuando mis padres se iban y me quedaba sola en la casa. Lo único que quería era masturbarme a solas, y llenar la habitación con mi olor, ese olor que me hacía sentir una mujer grande.

Tenía 17 años cuando me olieron de verdad. Había bebido demasiado –en esa época un par de copas lo era- y Pablo, mi primer amante, me llevó a su cuarto. Estábamos en un hotel, en Quito. Me desvistió y me dijo: solo quiero darte placer. Mi cabeza daba vueltas. Empezó a besarme la boca, el cuello, los pechos, a mordisquearme los pezones. Y luego bajó, bajó tanto como nadie lo había hecho. Y empezó a olerme allí, en el origen del olor. Ese olor que solo yo conocía, que era un secreto. Él lo absorbía como un néctar, hacía que penetrara en su nariz, que se quedara dentro de él. Respiraba dentro de mí. Luego sacaba la lengua y lamía el olor.

Pablo se hizo tan adicto a mi olor que cuando estábamos en una fiesta, me llevaba al baño, metía su dedo en mi conchita húmeda y luego pasaba todo el rato excitándose con ese olor delante de los demás. Y cuando dormíamos juntos amanecía como en la canción de Soda, entre mis piernas, cansado de olerme. Cuando nos despedimos le regalé como cuatro calzones, y Los versos del capitán.

Poemas de amor


SUS MANOS aladas caminan sobre mi carne
Son infinitas piedras que me sepultan
y siembran en mi estómago
hechizos de mundos lejanos
Él es la mente de un dios insatisfecho
La nuez en la boca de un sueño
Lo incierto de una húmeda utopía
Salto dentro de su voz como en un mar inflamado.
No hay paredes ni sentencias,
todo es amplio y volátil
Como los despojos de las alucinaciones
Me atraviesan sus mil lenguas
y la rigidez de su aliento invade
mis arterias sin contemplación.
Me rindo ante su mortalidad.

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EXPLORO lo que los dioses llevan bajo sus
faldas
Huelo sus íntimos matorrales
y mordisqueo sus antojos
para entender mis propias miserias
Él es humano como la muerte,
inacabado como la verdad.
Derramaré todos mis gritos en su espalda
Esconderé los últimos vestigios de mi piel
bajo su prepucio
y guardaré en mi agujero salado su miedo.

BESO todo en él,
hasta los delirios más oscuros.
Y robo, de repente, las cuencas de sus ojos
Junto en una sola noche mil años de desvarío
Y devoro como una loca el sosiego.

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ES UN PÁJARO de fuego
que me arde entre las piernas
Soy una cierva de sacrificio embestida,
coronada de semen.
Sus artilugios hicieron que mi cuello
cayera ensangrentado a sus pies.
Está hecho, pero no existe
Se parece a los reyes de mis profecías
Profanos, fornicadores
Ególatras adorados por mis manos inalcanzables
como el cielo azul de la Arcadia

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MEMORIAS de amores a gatas
Danzas de los encandilados
Somos la mar de pulpos ansiosos
Frutos del mismo árbol envejecido y austero
¿Por qué preguntas por las huellas en mi espalda?
Son sacudidas acuosas,
eternos movimientos y derrames
Leche de dioses enjaulados.

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CABALGAS en mí y yo en la luna
Descamisado y sabio como el sol,
violento y amordazado.
Con los miedos puestos y los misterios al viento,
Con los nervios deshechos, remeces mi tierra
Los dientes afilados, la barba ensortijada,
flotas en mis silos líquidos y dulces
Como el tiempo en las eras de la sal

(Más poesía erótica en el libro Paredes de mi cuerpo).

Mejor no hablar de ciertas cosas


Mejor no hablar de ciertas cosas

Mejor no hablar de ciertas cosas no es una película sobre drogas, insultos, punk y sexo, como algunos han sugerido para simplificarla o, peor aún, encasillarla. Que todo eso hay, es verdad, y en grandes cantidades, pero si el fondo de la película fuese ese, uno simplemente se cagaría de risa,  comería canguil y se iría a su casa tan tranquilo.

Y lejos, muy lejos, estuve yo de vivir la experiencia de ver esta película sin alterarme (y no sólo por las risas y los grotescos silbidos durante las escenas eróticas que se desataron en el cine). Esta película me estremeció y me dejó la sensación de ver un retrato vivo y real de lo que somos: una sociedad violenta, no sólo en la acción, sino sobre todo, en el lenguaje y en el pensamiento. La película podría resumirse en una idea —la idea original de la que partió Javier Andrade, en 2003, cuando empezó a escribir el guión mientras estudiaba Dirección de Cine, en la Universidad de Columbia, en Nueva York—: “se trata de un príncipe que no quiere ser rey”. Lo que pasa es que una vez que esa idea universal y tan sencilla que suena naive, se ancla en Ecuador y, concretamente, en Portoviejo, la cosa se torna salvaje. Andrade termina construyendo un relato, basado en la colección de recuerdos del protagonista, que versa sobre la decadencia del ser humano.

El “príncipe” se llama Paco y es hijo de una ex reina de belleza —empiece por la fatuidad y póngale a este personaje, interpretado por Maribel Solines, todos los adjetivos comunes a las reinas de belleza— y un acaudalado político —empiece por el despotismo y póngale a este personaje, interpretado por Héctor, “El Viejo” Napo, todos los adjetivos comunes a los políticos ecuatorianos—. Como hijo mayor, a Paco le toca asumir el legado de su padre, pero se resiste. No le da la gana, y pasa los días bebiendo y drogándose con su hermano menor, Luis, un personaje tremendo, encarnado por el actor Víctor Aráuz.

Con mucha solvencia y claridad, Aráuz muestra lo que es ser un adicto —en este caso, a la pistola o triqui, como se le dice a la base de cocaína—. Está tan afectado psicológica y emocionalmente que no piensa en lo que hace, y solo vive para drogarse. Se roba un caballo de porcelana para empeñarlo por droga. El caballo es un símbolo de lo sagrado, de lo que no se puede tocar; un objeto muy costoso que el padre de Paco y Luis atesoraba. Este robo es lo que desencadena el caos.

Ni siquiera la música logra liberar a Luis de sus demonios. Lo que hace con ellos es soltarlos al aire a través de sus canciones para que bailen en las cabezas de sus fans. Luis pide a gritos una bala en el corazón. En cambio, Paco sufre porque está enamorado de Lucía —una mujer materialista que lo acompaña en su vicio y que, en el fondo, se parece mucho a su madre—. Lucía está casada con Rodrigo, un personaje conflictuado con su sexualidad.

Es probable que cualquier espectador sensible sufra al ver la película. Y la razón es que la ansiedad, la angustia, los miedos, la locura, el sinsentido y el vacío interior de sus personajes son tan palpables y verosímiles, que el resultado es conmovedor. Su director, Javier Andrade (Portoviejo, 1978) se mueve con maestría en los andariveles de la crudeza. Nos cuenta la historia desde una perspectiva íntima, desde la voz interior del protagonista. Elige que Paco narre en off y, al tomar esa decisión, consigue hilvanar todo, incluso darle sentido a la constante violencia en el lenguaje y en la acción. Nada queda librado al azar.

Uno de los aspectos memorables de la película es la banda sonora, compuesta por trece canciones de géneros tan diversos como el punk, la música tradicional, el pop y la música instrumental. Lo que consigue Andrade es alquimia pura. Las altas dosis de punk hacen que la gente zapatee. “Simón” se convierte en un himno; los espectadores salen tarareando la canción, lo mismo que la versión punkera del albazo “Esta guitarra vieja”, que Luis toca con su banda, Los propios. En el medio, “Siempre, siempre”, la canción de Albano y Romina Power, ambienta la hermosa escena de Lucía bailando para Paco. El paso de la adrenalina a la melancolía está garantizado, algo parecido a lo que provocan algunas drogas.

Desde el inicio, la película golpea. La escena que abre es la de un niño de unos doce años, vestido con el uniforme del colegio, que está a punto de perder su virginidad con una puta. Algo común en Manabí y en muchos otros lugares del Ecuador. Los senos de la mujer caen como dos lagrimones. Ese niño es Paco. A medida que avanza la película, surgen escenas que, como la del niño y la puta, nunca se han visto en el cine nacional. Por ejemplo, dos hombres besándose. Pero no es sólo la acción, es el diálogo, el discurso tan duro y real, lo que marca una distancia entre ésta película y cualquier otra que se haya filmado en el país. Si usted la ve y se queja de que hay muchos insultos, droga y perversión, le aconsejo que, de vez en cuando, se pegue una vuelta por la calle. Somos una sociedad enferma, violenta, cruel. Quejémonos de la sociedad que hemos construido, y no del cine que, inteligentemente, nos la muestra.

En esta película, el espectador podría ser como una frutilla en una licuadora llena de piedras. Andrade enciende a tope la licuadora y la frutilla da vueltas haciéndose pedazos. Él sabe que ni siquiera las frutillas son inocentes.

De golpe y sin anestesia, bajamos al infierno en el que arden estos personajes, porque aquí la gente se quema viva. Otro personaje inolvidable es Lagarto, el pusher de Paco y Luis. Interpretado con lucidez y sensibilidad por el ya famoso Andrés Crespo, Lagarto genera violencia, pero también la sufre. ¿Quién ha dicho que los vendedores de droga no lloran?

Lagarto pertenece a ese tipo de gente de bajo estrato que siempre es pisoteada por los que más tienen y que, al final, terminan pagando cara la alevosía de reclamar por lo que les han quitado. En la pirámide social, Lagarto podría ser visto como una víctima del sistema. En el día a día, sólo es un pobre miserable que mata y muere.

En medio del torbellino, el atardecer. Lo que lo logra Chris Teague con la luz es soberbio. Teague es el director de fotografía de la película. También graduado en la Universidad de Columbia, vino a filmar a Ecuador sin hablar español. No hizo falta. La calidez de las imágenes, las tonalidades del amarillo y el rojo, la mágica sensación que envuelve incluso las escenas más duras, hacen que siempre existan matices, gradualidades, una lívida belleza circundante. Andrade no pudo hallar mejor cómplice que Teague para lograr balancear, con la luz, la oscuridad del contenido de algunas escenas. La película se filmó en extraños horarios para conseguir la luz ideal. El director sostiene que, después de las cuatro de la tarde, la luz en la Costa del Ecuador, se vuelve mágica. Por eso, impuso que se filmara siempre antes de las diez de la mañana, o después de las cuatro y media de la tarde.

Pero, aunque Teague le da un respiro a los sentidos, ver la película es como masticar carne cruda, porque los personajes de esta película son todos gallinazos que vuelan en círculos sobre sus propios despojos. Algunos mueren, otros no, pero nadie se salva. Es imposible recuperar la inocencia. No los espere: aquí no hay finales felices.

Todo es tan convulso, hay tanta tensión y adrenalina que la muerte, cuando llega, nos regala una sensación liberadora. Sin embargo, el alivio no dura mucho. Enseguida, ocurre el ajuste de cuentas y la confirmación de que los peces gordos siempre se comen a los pequeños. El círculo perverso de esta perversa sociedad. Paco se queda sin alternativas, tal vez nunca las tuvo. Al “príncipe”, finalmente, le llega la hora de asumir quién es. Se tira los muertos a la espalda y se pone la corona de rey en un epílogo triste. Suena de fondo A crisom grail, una hermosa pieza de música instrumental que el director decidió poner entera. La gente aplaude al “príncipe” que lleva la máscara del mentiroso puesta. Gritan su nombre, lo vitorean. No saben que por dentro va muerto. Será diputado y luego, quién sabe, tal vez corone como Presidente. Después todo, los políticos siempre tienen cosas sucias que esconder. Mejor no hablar de ellas, mejor no hablar.