La noche en que el arte se paró en la 18


(Agosto 2009)

Conocí a Jorge Washinton Jaén Herrera (Guayaquil, 1961) el mismo día en que me llevó al putero más grande de la 18, el bar Mil Amores, ahí donde trabajan con sus cuerpos más de cuarenta mujeres. El pintor flaco, desgarbado, con cara de haber cometido todos los pecados juntos al mismo tiempo, bebedor, noctámbulo, bailador de salsa, el iconoclasta al que le aburren las galerías donde la gente mira los cuadros quietita y en silencio como si estuviera en misa, tramaba montar una exhibición de su arte en ese lujurioso antro.

Hombres solos, sentados cada uno en una mesa, tomaban cerveza en vasos de vidrio y miraban con tremenda cachondez vídeos porno en enormes televisores, dispuestos en lo alto. El olor del sexo es narcótico. Ellos salen de sus trabajos y pueden pasar horas sin moverse de ese lugar, bebiendo y sintiéndose hombres.

Jaén ya llevó su arte a bares y cárceles. Era el turno de ir a la madriguera de las vírgenes caídas y sus devotos. Ellas se paseaban como siempre, con las carnes expuestas, olorosas al líquido espeso de sus hombres, y ellos las veían con la indecisión con que se ve lo que cuesta, sin vitrinas que medien. Las miradas de los machos me atravesaban como culebras decadentes; yo era la única mujer con ropa y, en teoría, la única con la que se podía tener sexo sin pagar.

Durante los meses siguientes, Jaén trabajó sus cuadros pensando en la idea de la prostitución, el placer y cómo los excesos transforman nuestras vidas. Investigando sobre esto escuchó una historia que lo conmovió: una niña de doce años quedó embarazada y se había infectado con VIH. Ella deseaba entrar a una pandilla y para hacerlo tuvo que acostarse con todos los del grupo. Ahora la pandilla completa tiene sida. Por eso, aunque para él, la 18 representa el palacio del goce y la libertad sexual, también lo es de la fórmula trago-sexo-droga, “que es la que ha provocado el colapso de esta generación”.

–Mi obra va cambiando según el sistema, y es un reflejo del comportamiento humano. Recojo personajes urbanos que se conjugan entre ellos. Así como la ciudad ha crecido en infraestructura, también se ha expandido el grado de vicios. Y nos encontramos con una sociedad herida-, reflexiona el pintor.

Un año le tomó a Jaén terminar de pintar los cuadros. Le puso a la muestra Platos a la Carta, invitó a todos sus amigos, y el jueves 26 de agosto dio inicio a la función.

(Agosto 2010)

Una fauna de la más diversa estirpe se arrejunta fuera de Barricaña, al lado del parque Centenario. El viento llega fuerte desde el río. Hay periodistas, pintores, poetas, escultores, fotógrafos, borrachos y locos. De cerca nadie es normal, dicen. Todos esperan la chiva llamada Deseo que los llevará a la casa de las putas.

Las tetas parecen estar en oferta esta tarde. Hasta la mujer y las hermanas del pintor han venido ataviadas para la ocasión: vestido dorado con escote, jeans apretados y tacos aguja. Llega la chiva y la gente se supe en tropel. Apretujados, haciendo escándalo como monos arriba de un árbol. El carro avanza una cuadra y Chester se tira en la esquina. ¡Esta huevada está demasiado repleta! A los pocos metros un vigilante detiene la chiva. Esto es Guayaquil.

Jaén llega de último al viejo prostítulo que se ha llenado de extraños. Aparece con cajas llenas de aguardiente de caña que empieza a repartir de inmediato, y con los trípticos que recién retira de la imprenta. Las mujeres casi desnudas siguen ofreciéndose en la puerta del bar y subiendo a los cuartos a tirar como si nada, porque si no trabajan no comen; ellas no tienen tiempo para mirar cuadros o conversar con periodistas.

Las voces se mezclan y construyen diálogos ridículos. –Una vez me enamoré de una puta; era alta, de pelo castaño, gruesa, simpática-, cuenta el escultor-. –¡Qué cojudo eres!, le responde el poeta. –Yo vengo a este cabaret desde pelado, cuando las putas costaban 50 sucres. Te hablo de cuando la 18 era una calle de tierra. Aquí se paraban las putas jóvenes y en la 19 encontrabas a las viejas que, claro, cobraban menos. En esa época comíamos en la esquina de Gómez Rendón arroz con piola, así le decíamos al tallarín, y también arroz con seco de gallina envuelto en papel manteca-, dice el vendedor de discos pirata, mientras Carmen, una poderosa mulata se pasea con un bikini amarillo y las nalgas al viento. Lleva las ansias de una elefanta en celo.

–¿Aquí es la exposición de arte?-, pregunta una señora que se asoma con una amiga. –Sí, aquí es-, le responde el fotógrafo de prensa. Aún no termina de responderle y las mujeres ya han salido despavoridas del burdel. Caminan rápido como si el pecado las persiguiera. Y las persigue. –Pobres viejas, se asustaron de ver la porno-, dice el otro fotógrafo de prensa que esta tarde no ha venido a trabajar, sino a ver. Sobre mi cabeza sucede todavía la acción que las espantó: la verga de un hombre es succionada por la boca de una mujer, que tiene a otro macho detrás. Esta escena no es solo la de una película porno, también es la de uno de los cuadros de Jaén. Qué más da si en la pintura los seres no parecen humanos, sino esperpentos con cabezas, piernas, brazos y órganos sexuales grotescos, salidos de un mundo que solo existe en la cabeza del artista.

En los ojos de Jaén hay una extraña locura. Él dice que su obra, llena de lascivos monstruos, es producto de una experiencia aterradora: hace veinte años su compañera tuvo un embarazo molar, que es cuando la placenta se transforma en una masa de quistes que parecen un racimo de uvas blancas. Eran 200 embriones en forma de bola, algo así le dijeron los médicos. Luego de esto, el pintor quedó preñado de estos seres a los que la cópula les encanta. Ellos no se esconden detrás de la supuesta normalidad en que vivimos, son engendros marginales que dejan ver a través de sus cuerpos lo más repulsivo y escondido de nosotros mismos.

–Yo les di vida eterna a quienes vivieron por diez segundos, y los inserté en la sociedad con diferentes actividades, son parte de mis protestas, de mis denuncias y de mis alegrías-, dice el pintor que tiene ya 25 años de carrera y que ha sido varias veces censurado por su atrevimiento de plasmar la realidad como la piensa. –Cada propuesta que realizo lleva en sí una carga social; utilizo el lienzo como espejo de lo que sucede a mi alrededor, y cuando el espectador observa mi obra puede rechazarla o sentir en su ser aceptación por lo que ve-.

–Me gustan los cuadros, pero más me gusta que los haya traido por acá. Nunca un pintor ha hecho eso-, dice una de las mesalinas. Y no es la única que lo piensa.

–Jaén ocupa desde hace años uno de los sitiales más difíciles de obtener en cualquier escena: el de ser outsider (no de pose, sino acreditado por el trajín urbano), un original y perseverante hacedor de imágenes cuya temática y estilo desafían todo decoro, todo gusto relamido, toda sofisticación y todo rebuscamiento o abstracción intelectual. Jaén es una paradoja. Es un cliché sin serlo. Encarna perfectamente la imagen del artista bebedor, dominado por los bajos instintos e inmerso en los bajos fondos de la ciudad. La diferencia está en que este es el verídico, el “mero mero”, the real deal, no la versión diluida en agua, estereotipada, del sujeto que modela su vida a partir de aquella imagen –temperamental, excéntrica y alienada- de los nacidos bajo la influencia de Saturno y de sus mitos de inspiración”, dice el crítico Rodolfo Kronfle Chamber en su blog A río revuelto.

Jaén empezó sus estudios en 1989 con el pintor Manuel Ugarte. En el 90 hizo un taller de grabado con Galo Galecio y participó en varias exposiciones colectivas y en salones. Dirigió el taller de Serigrafía del Museo Municipal hasta que logró su primera exposición individual a la que llamó Barroco Guayaco. Le siguieron Contra opuesto –donde invirtió los papeles del gallo (apostador) y del ser humano (animal de pelea)-, Entre lagartos, locos y poetas –obra que realizó en las cárceles de Guayaquil-, Paisaje de mi ciudad nocturna –obra sobre personajes noctámbulos del puerto- y Guayaerótica –una investigación sobre el comportamiento humano y sus vicios-.

Jaén no es cualquiera. Pocos saben que ha sido invitado a dos de las bienales internacionales de pintura de Cuenca, o que participó en Umbrales del Ecuador, la exposición con la que se inauguró el MAAC y en Claves del arte, la muestra que conmemoró a los 100 mejores artistas del país.

Hace unos tres años, inició su “fase erótica”. Hizo una exposición con el artista Paccha que fue censurada por la Universidad Católica. Se llamada Chinomonolongo. Le cambió de nombre y se inauguró como Pequeñas anécdotas de la censura. Esa experiencia lo envalentonó y siguió con la temática sexual. Inauguró tres bares con su obra y así fue avanzando hasta que terminó en la 18 con Platos a la Carta.

En el fondo del burdel hay un feo dibujo de un hombre encima de una mujer. –No me lo saques, ¡qué rico papi!-, reza el epígrafe. En el improvisado escenario, Héctor Napolitano canta. Entre la gente, Jaén reparte botellas de caña. La cerveza se sirve en rondas interminables. Esto, más que una exhibición de arte, parece una chupa entre panas.

Una rubia con un hilo dental que se extravía entre sus abundantes nalgas entra a uno de los cuartos. A ella poco le importa el colapso o la descomposición humana de la que habla Jaén. Va directo a practicar lo que mejor sabe con un gordito que se acaba de levantar afuera. Ella no ha hecho ningún esfuerzo, solo se ha parado junto a sus compañeras, ha exhibido sus carnes, y el pez ha caído una vez más.

–Si no fuera por el alivio ofrecido por esta actividad (la prostitución), muchas más personas estarían en riesgo de ser violadas. Las pasiones y la lujuria de los hombres en edad sexualmente activa, sobre todo, recaerían sobre ellas irremediablemente. Los abusos serían tan comunes como lo es la mentira actualmente. La violación, el incesto y otros delitos serían de una frecuencia alarmante…”, piensa Jaén.

La mujer y su amante esporádico han hecho un contrato verbal: 7 dólares sólo por delante, y han entrado a uno de los 14 cuartos. Ahí hay un catre y un inodoro malolientes, no hay ninguna división entre ambos. Aquí es así: antes o después del sexo las necesidades biológicas se hacen sin una mínima cortina, sin ninguna vergüenza. También hay una pequeña repisa donde las mujeres dejan gafas, pintalabios, alcohol, un vaso, un perfume.

En el piso hay una lavacara. Después de 13 minutos, la rubia nalgona sale del cuarto sin gesto de satisfacción. Está lista para el siguiente. ¡Atención, el palo vale 7 dólares, los tres platos 10!–, dice el que tiene el micrófono. El Viejo Napo remata: –Esta es mi última canción y ¡a culiar se ha dicho!-. Canta “Te conocí en la 18, y me enamoré de ti…corazón de matasarno”. Termina la canción y es ahí cuando esta larga noche empieza.

(Texto publicado en la revista Mundo Diners 2010)

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