La mujer y el miedo


El miedo fundamenta su poder en el pasado. Ella no tenía miedo cuando nació. Al contrario, era curiosa, se metía a la boca todo cuanto estaba a su  alcance, se reía con cada cara nueva, rodaba por el suelo o la tierra como si fuese un manto limpio y seguro, se acercaba a los abismos y a sus peligros como cualquier otro bebé. El miedo se instaló en ella mucho después. Una niña violada se convierte en una mujer que teme a todos los hombres, que le teme al mundo, que se desprecia a ella misma. Los demonios la visitan siempre, sacan la cabeza para recordarle lo estúpida que es, lo débil que se ha vuelto, lo mal que luce. Ella solo llora y tiembla.

La mujer se mira los nuevos golpes en la cara y las costillas al espejo. Una pregunta surge, muda ¿por qué lo he permitido? Miedo y desprecio son las respuestas. Ella lo sabe, pero no se atreve a pronunciar las palabras, que se quedan como flotando dentro de ella en una nube de gas nocivo. Ella no se atreve a pronunciarse. El silencio es espeso. Es el silencio del cadáver que la habita. Su cuerpo es una cueva vacía. Ni un insecto viviría ahí. ¿Será que no hay nadie? ¿Dónde me he ido?, se pregunta sin abrir la boca. La mujer no logra sostener la mirada. Se siente invisible, diminuta, un horrendo despojo. Las lágrimas la inundan, pero las lágrimas no son palabras, sino la confirmación de su derrota, de su debilidad. Y ella necesita respuestas con sílabas, con consonantes y vocales. Se mira de frente. Las lágrimas cesan, y una voz pequeñita, como la voz de una hormiga hembra, le dice: aquí estoy. Ella apenas la escucha. La mujer se mira por primera vez directo a los ojos. Descubre algo parecido a una fiereza antigua que empieza a despertar en su mirada, y le ilumina el rostro. Hay algo vivo, muy vivo, dentro de ella. ¡Aquí estoy! dice la voz pequeñita, esta vez con un poco más de fuerza. La mujer logra reconocerla. La voz de la hormiga es su voz, antes del miedo.

 

 

 

 

 

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