Guayaquil, mi ciudad natal


Guayaquil

Guayaquil es un espejo en el que se refleja el inconsciente de todos. La ciudad plasma aspectos de nosotros mismos que no podemos ver a simple vista. Y lo hace de una manera amplificada, en lo colectivo, a lo grande. Te ves en ese espejo incluso en tus sueños de otras tierras. Por alguna razón mi alma eligió a Guayaquil como su ciudad natal, la eligió como matriz, el útero contenedor colectivo, al que todos regresamos tarde o temprano.

El guayaquileño vive en permanente lucha, es un guerrero, alguien que respira conflicto. Como todo sobreviviente, piensa que la vida es difícil, cree que tiene que esforzarse para obtener todo lo que desea. Y siempre desea. Trabaja, se endeuda por tener el último teléfono, para que sus hijos vayan al mejor colegio, para sacar el título, el carrito, la casita.

El guayaquileño nunca está conforme. Es un rebelde que siempre encuentra una causa que defender, no importa si esa causa está cerca o lejos. Ellos no descansan hasta que lo consiguen y una nueva causa aparece. Viven en estados de taquicardia, vehemencia, caos, neurosis y paranoias. El estrés y la angustia es un cóctel que la mayoría de personas que vive en Guayaquil bebe a diario. Se lo pasan con pastillas o con alcohol. El hijo de Guayaquil nunca se queda tranquilo. Siempre hay algo nuevo que ver, un partido de fútbol al que ir, una fiesta que organizar, una película que ver, una nueva tecnología que comprar, un curso que hacer, una nueva competencia en la que entrar. Son esclavos del trabajo, se pierden en el hacer. No son un pueblo reflexivo, no son un pueblo que ama el silencio. No descansan, no se relajan, no duermen. Por el contrario, trajinan y trajinan todo el día y noche. Encontrar la calma en esta ciudad es un desafío que pocos aceptan y que menos alcanzan. Por esto, el alma de la ciudad es frenética, su hambre es voraz y nunca sacia su permanente necesidad de ser escuchada. Guayaquil grita a voz en cuello, pero casi nadie la escucha.

La ciudad natal es el origen del que no podemos desprendernos, aunque quisiéramos. Es el punto de partida de donde sale nuestro barco. Es un espejo, pero no es un espejo fijo, sino un caleidoscopio. Un caleidoscopio es un tubo que contiene tres espejos que forman un prisma triangular con su parte reflectante hacia el interior, al extremo de los cuales se encuentran dos láminas traslúcidas entre las cuales hay varios objetos de colores y formas diferentes, cuyas imágenes se ven multiplicadas simétricamente al ir girando el tubo mientras se mira por el extremo opuesto. La ciudad natal es un gran caleidoscopio donde aparecen constantemente imágenes y situaciones que siempre volverán a repetirse, pero nunca de la misma manera. Cada persona interpreta de manera diferente cada una de las imágenes, de acuerdo a lo que está programado en su inconsciente.

Me he escabullido hasta su centro para ver por dentro a mi ciudad natal, Guayaquil. También he visto a los demonios que la envuelven, son reptiles que se alimentan de quienes viven en ella. Parece que la hicieron a su medida: sol ardiente y sangre fría. La mayoría de las personas que vive en Guayaquil actúa con sangre fría, no sienten, solo sobreviven usando el cerebro primario para pensar. Pero el alma de la ciudad se encuentra en su centro, donde palpita su corazón rebelde, el corazón de los creadores, de los artistas. El alma de la ciudad es la que tiene las respuestas de lo que hemos sido, de lo somos y de lo que seremos.

La ciudad natal es como nuestra madre madre. Si vemos a nuestra madre como alguien voraz, desordenada, consumista compulsiva, alguien que se distrae con facilidad, que busca entretenimiento constante, una mente caótica y repetitiva, veremos de la misma manera a la ciudad natal. Mantenemos con ellas una relación intensa a lo largo de toda nuestra vida. En algunas épocas nos llevamos bien y hasta sentimos que la amamos, pero, en el día a día, nos saca de casillas.

La ciudad natal es como la madre, pero no es la madre. La ciudad natal es la matriz artificial, es lo creado por el hombre como representación de la madre, como un ideal. La ciudad natal funciona como ese útero contenedor que nos da sentido como individuos primero, porque es ella el espacio donde desarrollamos nuestra personalidad, y luego como colectivo, como un organismo vivo capaz de formar comunidades inteligentes.

¿Qué ocurre casa adentro de la ciudad? Contándote a ti mismo tu historia, comprenderás para qué naciste donde naciste.

Mi madre nació en una casa del centro de Guayaquil, ubicada en Machala 1446 y Diez de Agosto. Me voy a remontar a la década del cincuenta, cuando mi madre tenía unos 8 años. Ella recuerda que a tres cuadras de su casa funcionaba lo que fue la primera casa de citas, así llamaban en esa época a los prostíbulos o lugares donde pagas a las mujeres por tener sexo. Se llamó Villa Kennedy y quedaba sobre la calle Colón, entre Quito y Pedro Moncayo. Era una casa antigua de dos pisos con unos grandes ventanales. La villa no estaba en el borde de la acera. Las damas estaban siempre como metidas, porque en el frente de la casa había un gran porch por el que las mujeres hacían como que paseaban. No había nada llamativo, no tenía letreros. Pero todos sabían.

Dicen las historias del árbol genealógico que la casa donde mi madre, sus padres y sus seis hermanos vivían también fue una casa de citas. Dicen que en esa casa las mujeres abortaban y que las almas de esos bebés se escuchaban llorar por las noches.

A partir de la villa Kénnedy, se fue degenerando esa zona, que se extiende, de este a oeste, desde la calle Antepara, pasando por las avenidas Machala y Quito, hasta las calles Seis de Marzo y Rumichaca. De norte a sur, pondríamos como referencias la plaza Victoria hasta la maternidad Sotomayor. En todas esas calles se fue diseminando la prostitución, el alcoholismo, la delincuencia, la cachinería, la pillería, la suciedad, la fealdad, la pobreza espiritual, la miseria humana. Ésta es una parte maoliente del estómago de Guayaquil.

La villa Kénnedy es un símbolo de las apetencias de los señores de la ciudad, los que se creyeron que se las sabían todas. Los que llevaron a sus hijos a perder su virginidad con una mujer que les enseñó que el sexo es un negocio. Desde ese instante, tu hijo supo que tú aún no eras un hombre. La villa Kénnedy ahora es solo una ruina. Esto es lo que ha quedado de la fiesta, de la borrachera. Este es el pago del diablo. Ruina. Esto es lo que queda cuando se acaba la fiesta de la carne, la insaciable hambre de los sentidos. Ruina. Esto es lo que deja la ignorancia.

Veo a la villa Kennedy desde el carro de mi tío Virgilio, que en las primeras épocas de la villa tendría unos 5 años. Más adelante, se acuerda, cuando era adolescente, haber visto a las mujeres entrar a la mecánica de su cuñado, a quien llamaban El Gato, y era el mecánico del barrio. “Este lugar en los años sesenta era otra cosa. Las mujeres se ponían unos atuendos con tul, unas falditas con tul, que se les veía todo. Y eran mujeres guapas, bien puestas, no como las de ahora. Las chicas venían, usaban el baño, y se iban. Eso era todo”. Pero esto provocaba algo dentro de casa que hacía que, de pronto, mi abuelo, saliera muy disgustado para la intendencia de policía de la zona para poner una denuncia por prostitución en tales calles. Él conseguía que la policía viniese y, como ellos dicen, tomasen cartas en el asunto.

Venía la policía y clausuraban la villa Kennedy. Los policías perseguían a las mujeres de poste en poste y las agarraban”, dice mi madre. Pero el medio-hermano de mi abuelo (hijo de madre) era el comandante del cuarto distrito de la policía y él liberaba a las mujeres, y volvía a abrir la villa Kennedy. Esto pasaba incontables veces. Esa era la pelea dentro de la casa”.

Según la Anatomía Oculta del ser humano, en cada persona existen Caín y Abel. La mitad derecha del cerebro la gobierna Abel, y la mitad izquierda la gobierna Caín. Es lógico pensar que en cada familia existe un Caín y un Abel. Los hermanos siempre van a pelear por el amor de la madre. Habrá un Abel a quien la madre amará sin reproches, y habrá un Caín con quien la madre liberará todas sus frustraciones. Esto es típico en todas las familias.

Solo yendo casa adentro se puede comprender cómo funciona el tejido social, la ciudad donde uno vive y, sobre todo, cuáles son los patrones de pensamiento que hemos heredado y de los que nos tenemos que librar para poder evolucionar como seres humanos. El patrón que había en mi familia y está en la mayoría es estimar a las personas por el color de su piel. Fijarse en el color de la piel para hablar de las personas, describirlas o, peor aún, definirlas, juzgarlas o etiquetarlas. Todas las madres lo hicieron, o lo hacen. La madre de mi abuelo prefería a su hermano, quien era hijo de un padre distinto, un padre blanco. Francisco Méntor Andrade Carrillo era un hombre alto, blanco, rubio, ojos azules. En cambio, ella era morena, samba, muy bonita, un moreno fino. De ellos salió el tío Jorge, que era comandante de la policía, un hombre muy distinguido. Mi abuelo, en cambio, nació antes. Fue un breve amorío que tuvo Carmen con alguien de apellido Rodríguez. Mi abuelo, Víctor, era de aspecto mestizo, de piel cobriza, de ojos tristes. Alguien más bien introvertido, que pasaba desapercibido.

Aunque mi abuelo era diligente en todo lo que su madre le ordenaba, la amaba con todo su corazón y le entregaba puntualmente todo el sueldo que ganaba para que ella repartiese según su criterio, a pesar de todo esto, ella no lo aceptaba. Ella siempre daba preferencia a su hermano.

Los hermanos se pelean por el amor de la madre, de la mujer. Esto es lo típicamente familiar, pero desde esta visión transgeneracional podemos integrar todos los aspectos de la ciudad que nos vinculan con nuestra propia idea de lo que es una madre, y de lo femenino que hay en cada uno, seamos hombres o mujeres. Es importante encontrar las ruinas morales que representan la villa Kénnedy en nuestra ciudad interna. Somos la ciudad, lo que le da vida a la ciudad.

Si nos miramos en un espejo, vemos nuestros rasgos físicos, visibles. Y cuando observamos la ciudad natal, nos encontramos con nuestros rasgos interiores, los que están ocultos, las raíces bajo la tierra. Los más significativos rasgos individuales, familiares y sociales son expuestos en la ciudad, sin ningún pudor. Si sintonizamos con la carencia, vemos afuera lo que falta; si sintonizamos con el exceso, vemos opulencia.

La ciudad nos habla cotidianamente acerca de nuestro estado de consciencia. Si afuera, en la ciudad, hay caos; adentro, en nuestro interior, hay caos. Si afuera hay desorden, adentro hay desorden. Si afuera hay aglomeración de personas, adentro hay aglomeración de personas. Si vemos largas filas de gente en los bancos, o vemos multitudes en todas partes, es porque adentro tenemos una serie de relaciones que sanar. Si afuera vemos marchas y gente que protesta es porque adentro tenemos reclamos hacia nosotros mismos.

He conocido personas que no han tenido una madre. Mi padre, por ejemplo. Cuando ésto ocurre, nada llena ese vacío más que la identificación con la ciudad, que es lo mismo que decir, la institución. En el caso de mi padre, esa institución fue el ejército. Esa fue la madre que él eligió. Otros eligen a la ciudad natal como esa madre y se identifican tanto con ella que pasan a ser personajes de ella. En la ciudad encuentran su identidad. Se aferran a la ciudad natal como desesperados ahogándose que se agarran a un muerto. Las sombras de la ciudad natal se vuelven sus propias sombras.

Mi ciudad natal, Guayaquil, es una ciudad construida sobre pantanos, manglares, lodo, agua estancada o de corriente lenta. Algún día fue un paraíso para los lagartos, papagayos, cangrejos, iguanas, ardillas, monos y también para los samanes, guayacanes, ceibos y muyuyos. Desde hace rato, la ciudad es un infiernillo en el que todo tiene un precio y nada tiene valor. Solo tenemos que pararnos en el centro de Guayaquil un instante y observar. Hay que estar loco o ser como El Quijote para creer que es posible engendrar algún proceso artístico en las condiciones de saturación sensorial y mental que existen en el centro. La Universidad de las Artes es un nenúfar.

Si eres un artista, un creador, Guayaquil te empujará para que seas su voz, para que la cantes, para que la leas, para que la cuentes, para que la expreses de la manera en que tú sabes hacerlo. La ciudad te exige convertirte en uno de sus personajes, en una de las ilusiones que la harán vibrar. Entonces, te darás cuenta de que puedes ser lo que ciudad quiera. Guayaquil incitará tus sentidos para que la bailes, para que la bebas, para que la disfrutes, para que te enamore de ella y la penetres. Pero, déjame decirte, que esta ciudad es de aquellas amantes que al día siguiente no llaman y que, para volverlas a ver, tienes que hacer algún truco. En Guayaquil todo truco se hace con dinero. Si no haces dinero, para ella, no eres nadie. Intentando alcanzar el dinero que te permita hacer el truco para poder “vivir” la ciudad, te vuelves un esclavo de ella. Un mago adicto a los trucos que vive en la ilusión serpenteante de la ciudad.

En apariencia, la ciudad cambia, pero solo en apariencia. En el fondo, siempre es la misma. Su personalidad se refuerza con el tiempo. Guayaquil no medra, no evoluciona. Eres tú quien evoluciona si aprendes a nadar en sus turbulentas aguas. Si comprendes la ilusión que es la ciudad, tal vez, puedas salir de ella.

Anuncios