Engunga, el pueblo sobre el que caen bombas


Por Marcela Noriega

Fotos: Amaury Martínez

Publicado en la revista Mundo DINERS / Mayo 2011

Fulgencio Alejandro Gonzabay murió el 3 de abril de 2011.


Un camino polvoriento lleno de baches conduce a una estepa rodeada de cerros. Esta tierra parece un cementerio de árboles. Vacas y caballos se pasean, flacos y derrotados, como si les pesaran los huesos secos. El agua escasea en Engunga, comuna de la parroquia Chanduy, provincia de Santa Elena. Pero esa no es la peor calamidad en este pueblo donde viven unas 730 personas dedicadas a la cacería, a la pesca o a picar leña para hacer carbón. Es la zozobra. En el día o en la noche, aquí se oye el estallido de bombas como truenos. Pero hay otras que caen y no estallan. Se quedan mudas, enterradas. Una de esas casi mata a Fulgencio Alejandro Gonzabay, el hombre de esta historia.

Engunga fue tierra de haciendas ganaderas, pero 1895 empezó la sequía y la ruina. Ahora no es más que un cacerío desértico, lleno de viejos. Los jóvenes han tenido que salir a trabajar fuera. A un costado, está el cerro Colorado, que pertenece a Puerto Engabao. Los comuneros dicen que desde allá el Ejército arroja las bombas.

La mañana del 18 de noviembre de 2010, Fulgencio Alejandro Gonzabay, un hombre que desde los doce años trabaja sacando carbón en estos cerros que se conoce al dedillo, fue a un lugar de la pampa al que llaman La Matanza. Junto a él estaban su hijo Cecilio, de 19 años, su vecino Gregorio Gonzabay y los hijos de este: Juan, de 25, y Oswaldo, de 16. También estaba el perro de los Gonzabay. Oswaldo halló un pequeño artefacto de metal en la tierra. Lo mostró a los demás. Pocos minutos después, hubo un estruendo.

El viento silba fuerte en Engunga, el sol es implacable. Gregorio y Juan salen a recibirnos a la puerta de su casa. El padre narra lo que pasó aquel día.

Estábamos como a unos 7, 8 kilómetros de Engunga. Nosotros vamos para allá porque por ahí hay una poza y los animales toman agua. Estos muchachos (se refiere a sus hijos) encontraron unos proyectiles, eran como unos fierros viejos. Pensaron que los podían vender. Nos llamaron y nos noveleriamos. Mi muchacho más chico cogió uno y dijo: parece que esta vinchita está sin disparar.

Y lo cogió para jugar. Estábamos todos ahí parados conversando. Cuando les digo a mis hijos: ¡ya vámonos a ver los caballos! Entonces, el chico tiró eso al suelo, y ahí fue que explotó-.

Lo que explotó fue una granada que se encontraba aún activa. A una velocidad brutal, las esquirlas entraron en el abdómen de Fulgencio y le perforaron los intestinos. A su hijo Cecilio, la bomba le dañó un pulmón. Gregorio resultó con heridas en la mano y en los brazos, y Juan en la pierna (le lastimó el nervio ciático). Al único que no hirió fue a Oswaldo.

Tenía abierto todo esto (muestra la mano y parte del brazo). Me recortaron la carne para poderme coger puntos. Pero a las 8 de la noche yo pude irme del hospital. El resto se quedó internado. Mi perrito, que estaba echadito, de una vez me lo mató-, cuenta Gregorio.

David León, teniente político de Chanduy, fue uno de los primeros en enterarse de la tragedia. Recogió a los heridos y los llevó al hospital de La Libertad. Pero tuvo problemas para hacerlo. En la versión que rindió en la Defensoría del Pueblo, de Santa Elena, León dijo que el responsable de las prácticas era el mayor Gordon, del Fuerte Militar Bolívar de la provincia de El Oro; y que los militares se negaron a prestarle ayuda en el traslado de los heridos.

— Gordon hizo una llamada telefónica para ordenar que obstruyeran la salida del vehículo de la policía donde llevaba a los heridos. Dijo que en el polígono había una enfermera, y que ella les podía dar los primeros auxilios. Estuvimos media hora ahí, los militares no dejaban salir al vehículo. Llamé a la Gobernación, y ellos enviaron una ambulancia”-, relató León.

Ya en el hospital de La Libertad, se hicieron presentes miembros del Ejército, entre ellos la doctora Ana Sánchez Jiménez, quien tiene grado de capitán, contaron los familiares.

Le dije a esta doctora que cómo nos podían ayudar. Me preguntó la dirección donde vivía, el barrio, y me dijo que no nos iban a reconocer en dinero, pero sí en víveres. Quedó en irnos a visitar.

Pero nunca vinieron ni a preguntar si es que vivíamos o moríamos-, dice Gregorio.

¿Les avisaron antes de hacer las pruebas?

No, no vienen, nadie nos avisa.

A veces estamos de cacería y cuando acuerda empiezan a disparar. Las bombas pasan zumbando por encima de uno, ahí uno tiene que tratar de esconderse, salirse de donde está-, describe Juan.

Hacen las prácticas 3, 4 días. Esto ya tiene años, señorita. Más antes, en otros años, han disparando de allá para acá. Y nosotros hemos encontrado a nuestros animales muertos. Ya me van matando dos vacas. Esa es la preocupación que nosotros tenemos, de andar cuidando los animales-, dice Gregorio, dueño de 20 vacas y un par de caballos.

***

Fulgencio tiene 50 años, pero parece un delgado anciano. Está chupado, sin fuerzas y le cuesta respirar. Sus ojos estás amarillos. Se alimenta por medio de una sonda nasogástrica, que también sirve para drenar su estómago. Desde finales de diciembre está asilado en el Luis Vernaza.

El director del hospital, Jorge Hurel Prieto, me cuenta que su condición es crítica, que las lesiones fueron causadas por fragmentos metálicos de un aparato explosivo, que lo han operado dos veces y que le han hecho una colostomía –corte en el intestino grueso que se hace para crear una abertura artificial que sirve de sustituto del ano-.

En el hospital de La Libertad, Fulgencio estuvo dos semanas, empeoró y lo llevaron al IESS, porque tiene seguro campesino. Sus familiares dicen que no lo atendieron bien, y lo cambiaron al Vernaza.

Me acerco a su cama, ubicada en la sala de terapia intensiva de la clínica Sotomayor. Aquí la visita solo dura media hora. La enfermera tiene cara de pocos amigos. Le digo a Fulgencio que estuve en Engunga conversando con sus vecinos y familiares. Sus ojos se encienden. Quiere contarme lo que pasó ese día, pero apenas puede hablar.

Esa mañana fuimos a picar con un hijo leña, y nos reventó una bomba de los militares. Salí huyendo durísimo, dejamos el hacha botada, todo; pero igual me alcanzó. Yo enseguida llamé a un pana por el celular. La sangre me brotaba. Dijeron que nos iban a apoyar, pero hasta la vez nada. Me fueron a dejar botado a Libertad. Me dejaron cuando todavía tenía abiertas las heridas-, dice.

Para, toma aire, continúa.

Nosotros no tenemos nada, por eso es que ando trabajando en el carbón. Saco unos dos saquitos por día. Los vendo a cuatro dólares. En el pescadito, en cambio, me gano unos 30 dólares a la semana. Mantengo a una niña que anda por ahí y a otro que vive conmigo.

Fulgencio tiene cuatro hijos: Cecilio, que lo ayuda en el carbón; Sixto, que trabaja como albañil; Miriam, que es cocinera en Punta Blanca; Margarita, que no trabaja y Elizabeth.

Salgo de la habitación, y me topo con una carita de ojos llorosos. Es Elizabeth Alejandro, la hija menor. Dice que tiene 17 años, pero parece de doce. Junto a Glenda Cruz, su cuñada, pasan las noches sentadas en un mueble, y se asean en los baños del hospital. Nunca antes habían estado en Guayaquil. Pasaron la navidad y el fin de año en el sofá de la sala de espera. Y aquí siguen.

Mi casa es de cañita. Vivo yo con mis papás y mis hermanos. Desde ahí escuchamos las bombas, retumbaban durísimo. Hasta de noche explotaban-, dice llena de tristeza la joven con cuerpo de niña. –Mi papá era bien gordo. Un doctor me dijo que va a estar aquí cinco meses o más, porque se tiene que recuperar poco a poco-.

– Los militares fueron como 3 ó 4 días al hospital. Si pedían medicamentos, ellos iban y compraban, pero al cuarto día ya no volvieron. Fuimos a la Artillería en Salinas. Ahí nos dijeron que no nos podían ayudar. Llamaron a Machala y pusieron el altavoz para que escucháramos.

Dijeron lo mismo, que no nos iban a ayudar y que no tenían nada que hacer con esto-, se acuerda Glenda.

***

Miriam Alejandro, la hija mayor de Fulgencio, puso una queja ante la Defensoría del Pueblo, en Santa Elena. La primera audiencia fue el 1 de marzo. La mujer rindió su versión de los hechos.

La acompañó su abogado, Bernardo Manzano, y varios familiares. Por el lado del Ejército, estuvo el mayor Carlos Espinoza. También estuvo David León, teniente político de Chanduy y Douglas Coronel, representante del Ministerio de Justicia.

El mayor Espinoza leyó un escrito en nombre del ministro de Defensa. Dijo que sobre el incidente fue notificada la II División del Ejército Libertad, ubicada en Guayaquil, y también el Fuerte Militar Bolívar de la provincia de El Oro, que es el responsable de estas prácticas en Engabao.

–Niego todos los argumentos de hecho y de derecho señalados en la queja presentada en la Defensoría Pública por la señora Miriam Alejandro Cruz. Solicitamos el rechazo y archivo de la mencionada queja en todas sus partes-, leyó Espinoza.

Las razones del Ejército para negar la queja son: 1) Que los materiales bélicos no corresponden a la munición utilizada por la escuela de Artillería, unidad que realizó prácticas de tiro los días 18 y 19 de noviembre de 2010. La munición o granada que explotó sería antigua, y está en ese lugar desde un tiempo desconocido. 2) Las bombas habrían sido detonadas al ser manipuladas irresponsablemente por los afectados. 3) El polígono de tiro está ubicado en ese lugar desde 1992 con pleno conocimiento de la población; y se trata de un campo militar perfectamente delimitado y destinado sobre todo a prácticas de tiro de calibre mayor. 4) La trasgresión de las medidas de seguridad son de total responsabilidad de quienes las violenten. 5) Se instruyó en esos días para que se prohíba la aproximación o ingreso a esta área.

El teniente político de Chanduy aseguró que a él nadie le avisó nunca de las prácticas de tiro, y que tampoco fue notificado el jefe político ni autoridad alguna de la comuna. Contó que, días después de incidente, él, junto con el jefe político del cantón, comuneros y la policía hicieron un recorrido por la zona del polígono de tiro.

–Vimos que no existía ningún letrero, ninguna franja que pueda señalar que es un campo militar. El polígono de tiro está ubicado en la comuna Engabao de la provincia del Guayas, y los explosivos que no son bien dirigidos pasan a la comuna Engunga. Esos territorios en ningún momento han sido cedidos al Ejército-, dijo León.

–Yo, como abogado, estoy acostumbrado a ver que los culpables niegue la culpa. Pero sí me sorprende que, además de negarla, se la endilguen a las víctimas-, comentó el abogado Manzano, quien pidió una indemnización, aún no cuantificada, para la familia de Fulgencio y exigió que se sancione a los responsables.

Douglas Coronel, representante del ministerio de Justicia, ordenó a los militares que prueben que existe señalización, que avisaron a la comunidad y que hicieron el barrido. Y sobre la propiedad de la tierra indicó que las comunas tienen derecho a recuperar sus territorios ancestrales y que cualquier tipo de apropiación sobre el terreno comunal debe adecuarse a la nueva Constitución.

–No queremos recurrir a instancias internacionales para que el Estado asuma la responsabilidad que le compete. Este caso debe servir para que las Fuerzas Armadas mejore sus procedimientos-, dijo Coronel.

8 de enero, Engunga.

Vamos a la comuna para recoger testimonios y hacer fotos del lugar de la explosión. Nuestros guías son Roberto Célleri, un cazador de venados que ha visitado la comuna desde hace 40 años, y su hijo de igual nombre. El camino culebrero. Queremos llegar al sitio donde ocurrió la explosión. Los Célleri, junto a Eulogio Gonzabay, un compadre de ellos, van adelante en un San Remo; nosotros los seguimos en un Chevrolet Aveo.

Es sábado. Nos internamos en la pampa por una ruta que se llama Camino al Manantial, una media hora adentro de Engunga.Vemos agujeros en la tierra y esquirlas de bomba de todos los tamaños esparcidas. El viento ha tirado al suelo una cinta que dice: peligro, campo minado. No hay ni un solo militar. Nadie que prohíba el paso. Nos cruzamos con personas que pastorean sus vacas. En auto, en caballo o a pie cualquiera puede transitar libremente por este lugar.

Vemos el esqueleto de un perro y su pelaje. Creemos que se trata de la mascota de Gregorio. Hay muchas esquirlas y pedazos de vidrio alrededor. Este es el sitio, no hay pierde, dice Eulogio. Es peligroso estar aquí, en cualquier parte podría haber bombas sin explotar.

Por la loma de Chimuela hay una bomba que está sin explotar-, nos dice Elogio. ¿Quieren ir a verla? Todos queremos. Nos adentrarnos en este laberinto polvoriento al que llaman Pampa de la Matanza. Vemos más agujeros y esquirlas. Después de andar como una hora, aparece semienterrada una bomba entera, es verde y tiene como de 20 centímetros de diámetro.

Yo estuve preguntando qué grandura tenía la bomba. Mi tío la midió, me dijo que tenía 60 centímetros. Una de estas ha hecho pedazos a las vacas, la otra vez encontramos una así, hecho fleco. Esto cae donde quiera, hacen unos huequísimos-, dice el compadre Eulogio.

–Niego la irresponsabilidad que señala la señora Miriam Alejandro cuando indica que el personal militar no realizó el barrido de la zona, pues esto es una medida de seguridad que es tomada inmediatamente después de tales entrenamientos para ubicar y destruir munición no detonada-, dijo el mayor Espinoza cuando rindió su versión. Sin embargo, más de dos meses después de que los militares terminaran las últimas pruebas, los restos de los explosivos aún continuaban en la tierra.


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