Las palabras de mi madre


Es verano y el calor en Corrientes Capital supera los cuarenta grados. Salimos a cenar al Cristóbal, un restaurante que queda a dos cuadras de la costanera, en la ribera del río Paraná. Lenguas de agua café dividen la provincia de El Chaco de la tierra de San Martín. Sobre las lenguas se levanta imponente el puente Belgrano, cemento macizo que no logra esconder la pobreza de los márgenes. Pilas de miserables se ven desde los ojos de los botes que surcan el río gordo, ampuloso, que se mueve lento como una matrona a la que le duelen los huesos. Nos alojamos en un hostal sobre la calle Rioja, de nombre La Golondrina, una casa centenaria, con altísimas puertas de madera y vitrales con dibujos de navegantes. Todo en esta ciudad huele a agua, agua callada, insípida, caliente y aburrida como una sopa sin sal. Nos han dicho que esta noche debemos dormir en un cuarto compartido, y que mañana nos pasarán a una habitación individual. Es noche cerrada. Entramos a dejar las mochilas y vemos que un chico de pantaloneta oscura duerme plácidamente sobre una de las literas.

En el Cristóbal, la gente va en remera y shorts, beben cerveza y ríen  estruendosamente. Mi madre pide pollo con champiñones y yo un crepe de lomo y vegetales. Es la primera vez que compartiré la habitación con un extraño, me dice. Eso la hace sentir insegura, le da miedo, pensamientos terribles la asaltan. Piensa tomarse un tranquilizante. Le cuento que cuando tenía 23 años tuve que vivir durante un mes en un hostal, en Buenos Aires, sobre avenida de Mayo. Se lo he contado muchas veces antes, pero parece no recordarlo. Últimamente mi madre recuerda muy pocas cosas. ¿El chico que nos atendió en el Golondrina estaba drogado, cierto? me pregunta. Al parecer mi historia no le interesa en lo absoluto. Es lo más probable, le contesto. El chico se llamaba Marcelo y es verdad que hacía los típicos movimientos mandibulares que hacen quienes han jalado cocaína. Si mañana su quijada está normal, sabremos si estaba drogado o no, le digo con sequedad a mi madre intentando continuar con mi relato.

En el hostal de Buenos Aires que te cuento, incluso vendían droga. Siempre estaba lleno, porque la gente iba a comprar marihuana, coca, pepas, de todo. Se armaban buenas fiestas, le cuento entusiasmada, como si hablara de una vida pasada, un momento demasiado lejano. Cuando pasa el tiempo, incluso lo peligroso o prohibido se vuelve simple anécdota. Sigo hablando. Yo compartía la habitación con siete personas más, eran cuatro literas. Por mi cuarto pasaron judíos, ingleses, españoles, alemanes…

¡Yo no habría podido cerrar el ojo ni una noche!, dice ella, al fin, un poco asustada, pero tratando de asimilar la información. ¡Pudieron haberte robado, violado, ofrecido droga! ¡Dios santo!  ¡Debió pasarte algo de eso para ver si aprendes a no ser tan confiada! Ese chico que está en el cuarto podría ser un sicópata, un homicida, un loco que nos puede matar mientras dormimos, empezó a soltar ahora sí alterada. Calma, calma, que eso que te cuento ya pasó hace mucho y nada me ha pasado, le digo sonriendo, mientras bebo una Quilmes rubia. Pero las palabras de las madres hacen mella en el inconsciente humano, y las de ella se quedaron alojadas en algún inhóspito lugar de mi cerebro.

Cuando volvimos al hostal, subí a mi litera por una pesada escalera de madera pintada de verde. Mi madre se tomó su pastilla azul y ocupó la cama de abajo. Se quedó dormida al poco rato, lo noté porque sus ronquidos inundaron la habitación. El chico de pantaloneta estaba diagonal a mí. Yo podía verlo y él a mí o, al menos, podíamos ver las formas de los cuerpos, pues la oscuridad caía como una lápida en la habitación. Solo un pequeño haz de luz entraba por una rendija de la puerta. Hacía tanto calor que estaban encendido un enorme ventilador y el aire acondicionado, pero aún así mi pelo estaba mojado por el sudor. Me quité la remera y me tapé con la sábana blanca. El chico se rascaba la pierna debajo de la pantaloneta, mientras intentaba volverse a dormir. La litera era altísima, me sentía en un palomar. Debajo de mí había al menos dos metros. La cama era angosta, tenía la sensación de estar en un precipicio. No quería caer. Decidí no dormir.

A veces, no se puede determinar el instante en que uno se queda dormido y empieza a soñar. Yo veía al chico cada tanto, imaginaba que él me miraba. Un momento después, él empezó a hacerme señas, a decirme que me pasara a su cama. Yo estimaba la distancia, un par de metros nos separaban. Le decía que no con el dedo índice, pero le sonreía con evidente lascivia. Una música de la banda inglesa Magic Numbers empezó a venir desde su lado. Escuchaba Water song y me entretenía con el goteo incesante, mientras le mostraba mis piernas al chico en la absoluta oscuridad. Estuvimos así bastante tiempo, tal vez toda la noche. Él invitándome a su cama y yo fingiendo que no quería ir. Cuando amaneció,  mientras yo aún dormía, entró un hombre bajo, calvo, vestido de blanco. Llevaba un maletín, parecía un médico o un enfermero. Yo ya no estaba en la parte superior de la litera, sino en la cama de abajo. Mi madre y el chico de la pantaloneta habían desaparecido. Yo estaba sola en la habitación. El hombre sacó de su maletín  una inyección, hizo aquel ademán para sacar el oxígeno de la jeringuilla y dijo lo siguiente: Usted sabe que no está bien tentar a las personas, ni hacer sufrir al prójimo. Me han enviado para que le coloque esta inyección. Será una cura para todos. Yo intenté levantarme, pero no pude, algo invisible y muy fuerte me atraía a la cama y me inmovilizaba. El hombre del maletín me puso la inyección con brusquedad en el pecho, casi a la altura del hombro derecho. Me dolió, grité, pero nadie vino. Con esta dosis, la muerte le sobrevendrá en doce horas, puede ser que en menos, dijo y salió del cuarto.

Una sensación de miedo terrible se apoderó de mí. Me senté, me restregué los ojos, salí a la puerta y no vi a nadie. De pronto,  la certeza de que moriría se me alojó en la garganta como un montículo de tierra que me impedía tragar. Es tierra de muerto, pensé. Moriré por un paro cardíaco, por falta de oxígeno. El aire empezaba a escasear, tomé una gran bocanada, pero mis pulmones estaban cerrados. El aire no pasó, se quedó atorado en algún lugar de mi sistema respiratorio. Me golpeé el pecho intentando abrirle paso al aire. Pero fue inútil. El aire se volvió como un metal pesado que no entraba en mi cuerpo. Mi pecho se cerró, se contrajo. Busqué papel y lápiz. Supe que debía escribirles cartas a las personas que más quiero para asegurarme de despedirme y de decirles lo que me había pasado. La  primera carta fue para Francisco. Es extraño esto que me sucede, no tengo mucho tiempo. Quiero decirte que te amo y que he sido feliz a tu lado. Lloraba, quería verlo, besarlo por última vez, pero no había tiempo. Me dolía el pecho por intentar respirar. Me recosté sobre el piso frío, y me desmayé. Desperté después de un tiempo indeterminado; parecía que tenía unos minutos más. Agarré el lápiz de nuevo. La segunda carta fue para mi hermana. Te he sentido muy alejada, quiero que sepas que te querré siempre. Todo lo que escribía me parecía muy estúpido, demasiado simple, superficial. ¿Qué se le dice a las personas que amas en tus últimos momentos? No hay nada qué decir, nada que explicar.

El ruido que hizo el chico de la pantaloneta al salir de la habitación me despertó de un sobresalto. Mi madre no estaba, había ido a bañarse. Abrí los ojos con la certeza de haber sobrevivido a una muerte segura. Él salió sin siquiera mirarme.

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La redacción



Sueño que regreso a la vieja sala de redacción. El Editor General, un veterano calvo, misógino y alcohólico, me da la bienvenida entre una ruma de papeles. Todo está igual por aquí, me dice. A través del vidrio veo a algunos periodistas que me miran con recelo; se dice que los que vuelven son escoria. Muchos llevan un uniforme azul, parecen muertos solemnes. Me asignan mi antiguo puesto, un receptáculo que da la espalda a la redacción y tiene enfrente un enorme ventanal que nunca se abre. Una pesada persiana gris cae sobre él para tapar cualquier rayo de luz natural que pueda llegar desde el exterior.

En este búnker habitado por hormigas estresadas nunca se sabe si es de día o de noche. Una luz amarilla afilada cae sobre las cabezas, las corta en cuadraditos. Cámaras de vigilancia han sido dispuestas como ojos escrutadores por toda la sala que debe medir treinta metros de largo por diez de ancho. Ocupo mi lugar. Al poco rato, una secretaria se me acerca. Me comunica que mañana a las ocho me tomarán las muestras de sangre para los respectivos exámenes de laboratorio y, por la tarde, las huellas dactilares para que pueda marcar mi ingreso y mi salida. La hora de entrada es las 8:30 en punto. Si llego tres veces pasada esa hora me amonestarán descontándome un porcentaje de mi salario.

No hay una hora exacta de salida, y aunque debas cumplirlas: no se pagan las horas extras. Se trabaja, por turnos, los fines de semana y los feriados; y se hacen guardias nocturnas.

Me asignarán un código que deberé aprenderme y que deberé marcar cada vez que salga o entre al periódico. Me indica que mi cupo de Internet es de una hora diaria y que puedo realizar treinta y dos llamadas al mes a números convencionales y diez a celulares. Si me paso, también me lo descontarán del sueldo. Me recuerda que el tiempo de almuerzo es de media hora. ¡Ah! y se le olvidaba: pasado mañana un sastre me tomará las medidas para hacerme el espantoso uniforme. También habrá una reunión de mujeres la próxima semana donde se nos notificarán las obligaciones sanitarias que debemos seguir, y se hablará de otras cuestiones que nos interesan a todas, como cuánto maquillaje podemos llevar o qué tan largas deben ser las faldas del uniforme.

Firme aquí, por favor, me pide la secretaria. ¿Y esto para qué?, pregunto angustiada. Es un memo con toda la información que acabo de darle, necesitamos la constancia de su aceptación a las normas. Firmo. La mujer sonríe y se va. Siento asfixia.

Me pica la palma de la mano derecha, me la rasco con las uñas. Observo que justo en el centro, en medio de las líneas del corazón y de la cabeza, tengo un punto rojo. Me llama el Director, un viejo político del partido azul. En su buena época fue ministro de Gobierno. Voy a su oficina. Le doy la mano, me siento en su sofá de cuero. Entre él y yo queda una gran mesa de ceibo con ribetes dorados. Me dice que está gustoso de tenerme de vuelta. Le digo que intentaré hacer las cosas lo mejor posible. Empieza a contarme sus planes para la campaña que se avecina. Recita los nombres de viejos colegas, conocidos mafiosos, amigos condicionales, empresarios corruptos, políticos ineptos, algunos en funciones, a quienes debo entrevistar.

Como una araña el enojo me sube por las piernas, me eriza los pelos de los brazos y se me planta en el estómago. Es una granada sin seguro. Me rasco el punto rojo y descubro que no es un punto, sino la cabeza de algo que parece un hilo. Trato de sacarle la punta a la pequeña prominencia pellizcando el trozo de piel con las uñas, mientras intento no ausentarme demasiado del monólogo del Director. Aparece la boca de un cuerpo extraño enterrado en mi carne que empieza a doler. Siento que la mano se me ha hinchado de repente. El Director me pide mi opinión sobre la actualidad política del país. Le digo que he estado viviendo fuera, pero que ya empezaré a enterarme. Salgo de su oficina. Un colega me invita a tomar un café. Lo sigo a un autoservicio, dentro de una estación de gasolina. Me cuenta que su novia acaba de dejarlo, que se ha ido llevándose todo, hasta el perro. Me habla como si me hubiese visto ayer, y han pasado cinco años desde la última vez. Le digo que tengo trabajo por hacer. Llegan otros periodistas. Me saludan hipócritas, me preguntan qué tal mis viajes, les digo que bien, gracias. Me voy. En el camino me jalo el hilo y salé aún más, ahora pienso que me atraviesa toda la mano.

Me duele como si tuviese enterrado el aguijón de una avispa. Es un dolor ríspido, seco, sin sangre. Pienso que a Cristo le dolieron más los clavos. El hilo se ve cada vez más ancho. Saco más y veo que no es un hilo, sino un delgado alambre. Subo a la redacción, me encierro en el baño y vuelvo a jalar. El dolor aumenta con cada estirón. Intento arrancarlo con los dientes. Un fluido sanguinolento empieza a salir, a bajarme por el brazo, me ensucia la camisa. Me echo agua, aprieto la mano para ocultar lo que llevo dentro. Salgo. Veo la redacción y siento como si una pesada losa de cemento me aplastara la cabeza. Tengo a dos periodistas a cargo, una chica y un chico de unos veintitantos. Paso por el puesto de la chica. Le pregunto en qué está trabajando. No me contesta. Lleva en la muñeca un brazalete del candidato azul. Le pregunto que por qué lo lleva. Porque es guapo, dice sin escozor. Y ya tengo listo un perfil sobre él, me avisa. Le pido leerlo. Me lo trae. Es un texto corto, está mal escrito, no describe al personaje, no hay contraste, lo que hace es venderlo como la mejor opción. Siento náuseas.

Le pido que se siente para conversar. Dice que debe irse a cubrir algo importante. Coge su bolso y se voltea. Eres una periodista, no una publicista ni un mercenario, le digo sin poder medir el tono alto de mi voz. Ella me mira desafiante. Tu artículo es pura propaganda, y está terriblemente escrito, le escupo mirándola a los ojos. Quiero que lo reescribas, y que esta vez aparezcan los grises del candidato, y que hagas el mismo trabajo con el postulante rojo, le ordeno. El Editor General ya me aprobó este artículo, ahí está su firma, saldrá publicado mañana, me dice sin esconder una sonrisa, y se va.

Siento punzadas en la mano, está inflamada. Me jalo otra vez, y brota un líquido espeso y amarillento parecido al pus. El dolor de la mano se me clava en el pecho.

Llega el chico, le pregunto qué está escribiendo. Nada, contesta. Pensaba ir a una rueda de prensa en el Tribunal Electoral para ver qué dicen. Olvídate de eso, le pido. Qué ideas tienes, insisto. Silencio. No hay ideas, no sabe qué hacer. ¿Por qué estás aquí entonces, por qué no te has quedado en tu casa durmiendo?, le pregunto entre dolorida y enojada. Él alza los hombros. Voy al baño. Estiro aún más el alambre que desgarra la carne de mi mano. Sale un trozo más. El pedazo que he sacado cuelga fuera, quiero cortarlo, lo muerdo, pero no hay forma.

Esa tarde cuando llego a casa me lo saco del todo y me vendo la mano. Pasan dos días, me quito el vendaje. Ya no quedan rastros del alambre ni del pus, pero sí un agujero que me traspasa la mano. Lo ignoro. Los días en la redacción pasan lentos y agonizantes. Intento dirigir a los periodistas, pero es imposible, están viciados, han adquirido los males de las redacciones: el envilecimiento, la cobardía y la pereza. Al final del día me llama el Editor General. Me dice que han repartido los bonos de productividad y tiene listo mi cheque. Veo un papel sobre su escritorio con mi nombre, me han asignado 440 dólares. Él dice que no está de acuerdo con aquella cifra, tomando en cuenta mi experiencia y mi calidad. Dice que a otros editores de sección les han pagado por encima de los mil. Quiero que se calle, pero sé que no tendré el tino para pedírselo de buena manera.

Me comenta que cree que el Director me ha puesto el ojo, que sospecha que no está conforme con lo que estoy haciendo, que escuchó decir que estaba arrepentido de haberme traído de regreso. Que yo ya no soy la misma. Te digo todo esto porque te aprecio, y no quisiera que te cayera de sorpresa, me dice palmeándome el hombro. ¿Qué te ocurre?, me pregunta con sorna.

Hago una mueca. Intento meter la uña del dedo meñique en el agujero de la mano. El dolor agudo que me produce aquello me calma un poco, me ayuda a abstraerme, a disipar en algo la rabia y el asco que me provocan las palabras del Editor General y el bigote sobre sus dientes podridos de fumador. El dinero no me interesa, quiero comentarte un tema que creo debemos publicar. Se trata del viejo debate sobre las presiones y subjetividades con las que los periodistas debemos lidiar, sobre todo los que cubrimos política, le digo. La chica que está a mi cargo da vueltas alrededor de la oficina como una abeja, quiere escuchar la conversación.

Se acerca con sus modos de putilla de feria y hace una pregunta estúpida, como todas las que ha hecho en su vida, al Editor General. Yo sigo rasgándome con la uña. Abro camino, desbrozo. La piel se dilata de a poco provocándome un delicioso dolor. Este dolor es lo mejor que tengo ahora, lo único que me salva de esta podredumbre. La chica se va. Perdona la interrupción, ¿qué me decías?, me pregunta él con una sonrisa falsa. Hablo paciente, con aplomo, como si mis tripas no estuviesen a punto de estallar.

Creo que es necesario contarles a los lectores el debate interno que los periodistas vivimos día a día. Debemos decirles la verdad, que somos personas de carne y hueso, con pasiones y tendencias ideológicas como todos, y con presiones como pocos, dentro del periódico y fuera de él. Quienes compran el diario deberían saber que eso influencia notablemente nuestra visión de lo que llamamos realidad, y de cómo la construimos. El Editor General bosteza.

Podríamos recoger varios testimonios de periodistas de todo tipo y hacer un reportaje para el fin de semana. Un texto honesto, donde desnudemos el cómo hacemos nuestro trabajo. En este reportaje, los periodistas deberían contar de qué tendencia política son, qué tipo de censuras han sufrido y también debería decirse a qué intereses responde el periódico. Así, cuando los lectores lean los artículos sabrán a qué atenerse. El Editor General me mira impávido. El sopor de la tarde cuelga de sus ojos en forma de lagañas, la luz amarillenta del tumbado lo hace ver más feo y más viejo de lo que es.

Lo que tú planteas es decir la verdad, dice al cabo de un rato. Tú quieres que salgamos a contar que detrás del perfil del candidato azul hay una pauta publicitaria de un mes, una amistad, unos compromisos, y que detrás de la persecución al candidato rojo está la ideología política del Director y la intención que tiene con el candidato azul de comprar un campo de golf. Quieres que reconozcamos que los propios editores ejercemos presión y censuramos a los periodistas que investigan la corrupción en las filas azules, y que admitamos que dejamos solos a los que enjuician. Estás loca si crees que en algún periódico del mundo te dejarán escribir estas cosas.

Tengo la boca amarga, la sensación de haber bebido un vaso de bilis. Empujo aún más la carne del centro de mi mano, ahora tengo un túnel que se ve claramente. La abro y la cierro nerviosa. No digo nada más. Me levanto y me voy. Miro la redacción, me pregunto qué hago aquí. Soy periodista, pero no pertenezco a esta miseria. No puedo seguir en esta farsa. Voy a mi puesto y recojo mis cosas. No me despido de nadie. Salgo a la calle, me da el sol en la cara, respiro aire puro otra vez. Abro la mano para ver el agujero. No sólo se ha cerrado, sino que ha vuelto a ser un tenue punto rojo entre la línea del corazón y la cabeza.

 

 

El olor de Madrid



 Moría la tarde de agosto, los últimos rayos del sol caían débiles sobre Lavapiés. Un olor conocido pero indescifrable perseguía a Esther desde hacía varias calles. Cuando lo pensaba dormido, se despertaba en una esquina, en un mercado; le sacaba la cabeza detrás de una manzana, la lengua desde lo alto de un edificio, le ponía una zancadilla en un semáforo en rojo. Había viajado diez horas en avión, era la primera vez que pisaba Madrid. El jet lag le provocaba náuseas, mareos, disritmia cardíaca, agotamiento. Se sentía cansada y lejana, caminaba con pesadez. Tenía hambre y sueño. Pero la necesidad de salir a recorrer aquellas calles trajinadas por ojotas de migrantes podía el doble. ¿No lo huelen?, nos preguntó a Pablo y a mí. ¿El qué?, dijimos. Ese olor de Madrid, dijo. ¿Y a qué te huele Madrid?, preguntamos. No sé, es como un olor a flores blancas, las flores del cidro. Es algo que se te mete profundo en la nariz, contestó. Nosotros llevábamos demasiados años en la ciudad como para percibirlo.

Esther se quedó callada, sería el cansacio, pensamos. Seguimos caminando un cuarto de hora más y entramos al bar Nietzschesobre la calle Doctor Fourquet. Fue entonces cuando Esther tuvo la certeza del déjà visité, un fenómeno que le hace creer a las personas que conocen con anterioridad un lugar en el que nunca han estado. Ella creía que en un antes remoto había caminado por estas calles y entrado a aquel bar, que también es galería de arte. Su nariz lo sabía. Se veía lívida y preocupada. Tomemos una caña y verás que se te pasa, le dijimos. Los olores no engañan, replicó. Al día siguiente, Esther se levantó muy temprano. Quería ir al Museo del Prado. Se duchó para aliviar un poco el calor asfixiante que hacía, se puso un vestido de verano, bebió un zumo de naranja y salió por la calle Lavapiés. Sin preguntarle a nadie ni ver un mapa, como si sus pies supieran la ruta, tomó rumbo este hacia Echegaray, continuó por la Plaza de las Cortes, luego tomó la calle de Felipe IV, caminó por el Paseo del Prado, giró a la izquierda hacia la plaza Murillo, luego otra vez a la izquierda, de ahí a la derecha y, por último, a la izquierda donde está el Museo. El olor la guiaba como una estela casi imperceptible, de esas que dejan los aviones.

Me llamó y me lo contó. Yo le dije que eso no podía ser. Durante toda la semana siguiente, Ester tuvo una pesadilla recurrente. Soñaba con una niña de once años que moría atropellada. No sabía muy bien cómo ocurría la muerte, veía a la niña cruzando una avenida y luego tirada sobre la calzada con el uniforme de colegio ensangrentado. Veía la calle San Benito y el Paseo de la Castellana. Oía gritos, y se despertaba sudada y con ese olor cítrico, áspero, hiriente, impregnado en la habitación. Madrid huele a una flor blanca, como flor de muerto, me dijo uno de esos días. Esther se volvió taciturna y la ciudad, un embudo que la aprisionaba, le provocaba migrañas y un agobio que no podía entender. Se sentía una pequeña estrella de mar perseguida por los ocho brazos de un pulpo que buscaba atraparla, desmembrarla, comérsela viva. No podía dormir, salía por las noches a caminar sin rumbo, intentaba que la ciudad, de alguna manera, se manifestara y le explicara qué le ocurría. A veces, veía el amanecer en una banqueta. Cuando el cansancio la vencía, regresaba a su cuarto, sin respuestas. El olor estaba en la calle, en sus ropas, en su aliento, suspendido en el aire pesado de sus sueños. No había forma de escapar de él.

 Como si la estuviese buscando, Esther conoció a Milagros, una chica que estaba en silla de ruedas y vendía boletos de lotería en un kiosko. Se pusieron a hablar y Milagros percibió la turbación en la mirada de Esther. Le contó que tenía el don de la clarividencia del pasado, y le explicó que ver lo que ha ocurrido, mucho antes incluso del nacimiento, es posible porque nada perece, y en los planos superiores de la materia quedan imperecederamente registradas todas las escenas y pensamientos que han ocurrido. Esther no le contó sus pesadillas, solo le dijo que Madrid la agobiaba y que quería comprender la razón. Milagros le propuso que fuera a su casa para, entre las dos, descubrir qué ocurría. Esther me pidió que la acompañase. Fui con ella a un barrio pobre de Puente de Vallecas, subimos a un octavo piso de un edificio guarro y nos sentamos a esperar a Milagros, que apareció después de un largo rato, muy pálida, seria y vestida de negro. Me asustó un poco su apariencia, tenía la sensación de que nos íbamos a meter en una especie de ritual ocultista, o que se nos aparecería la niña de once años y nos acuchillaría a las tres. Intenté calmarme. Esther había ido hasta ahí por una respuesta y no se iría sin ella. Eran las nueve menos veinte.

Una tenue luz entraba por la ventana abierta. Milagros tomó las manos de Esther y miró escrupulosamente las pupilas de sus ojos. Sin desviar la mirada y casi susurrando, le dijo que la niña estaba sentada a su lado, que ella no podía verla pero la escuchaba respirar. A mí se me heló la sangre. Milagros cerró los ojos y le pidió a Esther que hiciera lo mismo. Yo, por pura cobardía, metí la cabeza entre mis manos. La vidente empezó a hablar de una manera extraña. Dijo que se llamaba Piedad y que estudiaba en el colegio Nuestra Señora del Pilar, que queda sobre la calle San Benito. Le dijo que el 11 de noviembre de 1967, mientras cruzaba el Paseo de la Castellana con su mejor amiga, Nerea, la atropelló un camión. Quedó muy mal herida, tenía rotas las costillas, hemorragias internas, estaba desfigurada. Agonizó durante tres semanas. Los últimos diez días estuvo en coma. Nerea la iba a visitar a diario, le ponía en la frente colonia de azahar, ese olor es lo último que recuerda de estar viva. Esther empezó a llorar desconsolada, era como si reviviera aquello que, conscientemente, jamás había vivido. El viento hacía ondular las cortinas. La sala se llenó del olor del azahar. La noche caía tibia sobre Madrid.