Un sueño III


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Él hablaba con mucha elocuencia sobre un tema que no logro recordar. Incluso, movía las manos. Yo lo observaba con atención. Miraba su cara alargada, su incipiente barba, sus ojos azules, sus brazos poblados de un vello dorado. Una delgadísima vena surcaba su frente amplia. Otras, como raíces se distinguían en sus antebrazos. Él seguía hablando como exponiendo un tema trascendental delante de un gran público. Yo estaba de pie, a un par de metros. Tenía las manos apoyadas en el respaldar de un mueble grande. Lo observé largo rato, sintiendo cómo dentro de mí empezaba a hervir algo. Una especie de fuego sagrado, una intuición, una mágica certeza. De pronto, la serpiente de luz se movía en mi estómago y el corazón era un saltamontes veloz. Reconocí la sensación del estallido, el anticipo del caos. Había llegado la hora del pálpito y del destino. La Vida con mayúsculas, no la vida cotidiana. El amor. No podía esperar más. Debía decírselo. Él estaba sentado en un sofá single de gordos brazos. Yo me arrodillé delante de él, agarré sus manos entre las mías, lo miré a los ojos y le dije: Te amo. Acabo de recordar un sueño que me permitió saberlo. Soñé que te amaba tanto que me dolía. Él se quedó en silencio. Me miró azorado y vi cómo sus ojos se ponían rojos, y lágrimas surgían como desde una cueva antigua. Yo sabía que había desatado la tempestad, que había revuelto las aguas y los cielos. Él empezó a llorar. Yo me puse entre sus piernas y lo abracé. Nos abrazamos como pulpos sedientos el uno del otro, pero no era suficiente. Nuestros cuerpos aún estaban demasiado lejanos. Yo necesitaba estar dentro de él. Necesitaba que él me cubriese por completo, como el sol cubre la tierra, como el mar sepulta los arrecifes. Me senté en sus largas piernas y rodeé su cuello. Me acurruqué en su nuca, olí profundamente su piel. Él rodeaba mi cintura, hundía su rostro entre mi pelo. Pero esto aún no era suficiente. Le pedí que se levantara y que se sentara sobre mí. Al principio no quiso. Él era demasiado grande. Pero yo me senté en el mueble y lo atraje hacia mis piernas. Él se dejó caer. Entonces, sentí todo su peso. Me ahogaba, me dolía. Eso era lo que quería: sentir como él me sepultaba, cómo su cuerpo  tapaba el mundo entero, cómo me escondía de la realidad. Él era mi eclipse, y yo era su marea. Quería permanecer así por siempre. No ver nunca más nada, salvo su cuerpo sobre mí. Sus ojos clavados en los míos, su brazo por detrás de mis hombros, sus nalgas aplastando mi pubis. Soñé que te amaba tanto que me dolía, le repetí sollozando. Entonces, supe que esto era un sueño dentro de otro sueño. Apenas me di cuenta, desperté. Eran casi las cinco de la mañana. Sonó el teléfono. Me levanté. Dije aló. Del otro lado, una voz automática le recordaba al anterior dueño de la línea telefónica que debía pagar una cuenta en una tienda de ropa. Colgué. Me acosté desconcertada. Tenía un río de lágrimas atorado en mi garganta. Lo solté. No paré de llorar hasta que volví a despertar.

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Planeta de muertos


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El vacío reposa en el fondo de una botella de ron. El sudor rueda en esta tarde calurosa; el ron ha desactivado el pestillo del fuego perturbador. Estoy cansada de reírme de tonterías, de entretenerme en disparates, de tragar el desaliento del mundo. Estoy aburrida de masticar maldades, noticias sobre muertes, injusticias, venganzas, corrupción. Quiero volar, pero no soy capaz de prescindir de mi cuerpo, de mis deseos, de mis inútiles piernas que sólo consiguen trasladarme cortas distancias. Estoy detenida en este planeta de muertos. Abrumada debajo de miles de páginas de información que no consiguen movilizarme. ¿Hacia dónde debería ir? He viajado dentro de mí y he visto otros mundos. He querido quedarme en ellos, paraísos surreales de árboles gigantes de los que cuelgan lianas hechas de pensamiento. Naves en las que viajo de mundo en mundo, así como ahora lo hago de casa en casa, de cuerpo en cuerpo, de soledad en soledad. ¿Cómo me quedo de este lado?, pregunté. Nadie me lo ha dicho. Cuando regreso a mi habitación, siento que mis huesos pesan. En ellos está el sedimento de mis pasos circulares, de mis ideas pasadas, de mis diálogos oscuros. Sepulta mis sueños una masa informe que, a veces, se disfraza de pereza, y otras de estupor. Al menos, el miedo no ha vuelto a rondarme. Le espantan mis aullidos.

La mujer gacela


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La gacela es débil. Es un animal nacido para complacer al más fuerte, para saciar el hambre del que manda. La gacela pretenderá escapar, huir de la muerte, pero irremediablemente acabará bajo las garras del león, en las fauces del guepardo, o siendo la cena de alguna otra fiera hambrienta que emprenderá una estrategia infalible. El depredador eligirá una gacela de entre decenas, quizá entre cientos. Será siempre la mejor, la más codiciable para sus ojos. Observará paciente sus movimientos, estudiará sus costumbres. Al cabo de un tiempo, él sabrá perfectamente a qué hora permanece junto a la manada y cuándo se queda sola. Sabrá a qué hora come y a qué hora duerme. Se aprenderá de memoria sus hábitos de apareamiento. El depredador no dejará nada librado a la suerte. Deseará con angustia, con profunda pasión, a la gacela. Soñará todas las noches con tenerla bajo su poder. Querrá hacerla suya cada día, no admitirá compartirla con ningún otro animal. La gacela será el premio a su dedicación, a su destreza, a su sabiduría, a su paciencia, a su valentía. Cuando sea el momento, el animal salvaje se acercará lentamente, de manera imperceptible, al territorio de la gacela. Y, aunque ella sepa oler el peligro, él será tan cauteloso que ella no notará su presencia. Cuando él esté a unos pocos metros, ella lo reconocerá. Entonces, empezará la carrera. Él la perseguirá por llanos, selvas, ríos, arenales, bosques y descampados. La perseguirá día y noche hasta lograr su rendición. Ella correrá por su vida, sabiendo que llegará el momento del cansancio, el instante en que se dará por vencida. Entonces, él se abalanzará sobre ella, la devorará, le romperá los huesos con sus dientes, se saciará con su carne, beberá su sangre y dejará los despojos para las aves de rapiña. No tendrá piedad con su presa. Así actúa un hombre depredador con una mujer gacela.

La mujer gato


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Mi gato está en la cornisa. Observa a la paloma que está en el techo de la casa de al lado. No se la quiere comer. No tiene hambre. Simplemente quiere cazarla para morderla, juguetear con su pescuezo, destrozarla. Causarle la muerte a ese miserable animal lo haría un gato feliz. Me ha traído muchos pájaros de colores, destripados. Me los lanza a los pies como si fuesen un trofeo, un símbolo de su amor. Él me ama. Yo soy todo para él. Los pelos del lomo se le encrespan. Se pasea angustiado por el bordillo, parece que quiere saltar. Tendría que dar un gran salto, un salto de trapecista, para alcanzar al ave. La paloma es torpe. Se queda mucho rato quieta. Mueve levemente la cabeza, picoteando algo invisible en el zinc. Hace un sonido quejumbroso. Zurea, arrulla, gime. No se entera de las intenciones del gato. La paloma es gris y gorda. El gato es peludo y ágil. El gato se eleva en el aire como si fuese un grillo y, en un santiamén, cae sobre la paloma que no alcanza a volar. La toma del pescuezo, le entierra los dientes filudos, el animal indefenso aletea. El gato la zarandea. Le incrusta los colmillos en el buche. La sangre caliente empieza a manchar las alas plomas. Otras palomas y yo miramos, de lejos, el atroz espectáculo. Ella deja de moverse, él se va por los techos con los pelos de la boca ensangrentados. Se aleja caminando con elegancia, sintiéndose un rey. Hay animales que mientras más crueles se muestran, más hermosos nos parecen. La paloma, en cambio, muere lentamente. Todavía late algún órgano de su pequeño cuerpo. Da pena y asco. Esto le hacen las mujeres gato a los hombres que de ellas se enamoran.

Gente que cae


El siguiente es un ejercicio literario basado en la obra The Struggle to Right Oneself, del artista visual Kerry Skarbakka (EE.UU.), experto en artes marciales, actuación, escultura y fotografía (sobre todo de accidentes).

Pueden saber más de él aquí http://www.skarbakka.com/

 

La mujer en el baño

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La mujer soñó que resbalaba en el baño. La ducha había quedado abierta. Las gotas de agua observaban quietas, desde el palco de la cortina transparente, la caída de la mujer. El resbalón fue tan repentino que no le dio tiempo a resistirse. Veía su cuerpo rígido a punto de estrellarse contra el piso de la bañera con la violencia de una gran ola. Las piernas quedaron abiertas como un compás. Se le habían enredado en la cortina. Parte del plástico había quedado prendido en su entrepierna. En ese breve instante, ahora lo recuerda, sintió cómo le rosaba el clítoris. La mujer logró agarrar con la punta de los dedos una pequeña porción del húmedo plástico. Aún así, en medio del estrépito, el chorro de agua y las gotas se mostraron inconmovibles. La mujer no pensó en salvarse, sino en simplemente reaccionar como lo haría cualquier animal en un momento de peligro. El instinto de la auto-conservación aparece justo en el momento en que estamos a punto de hacernos uno con el dolor, o con la muerte. Una toalla lila mira a la mujer mientras su cabeza choca contra la cerámica de la tina. Hasta una toalla inerte sabe que soñar con una caída jamás es un buen augurio.

 

 

El hombre y la escalera

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Un hombre cae por una escalera, una de esas escaleras que, a medida que avanzan, van girando, torciéndose, tornándose peligrosas. Esta es estrecha y blanca, los bordes de cada escalón son de madera café claro, algunos están astillados. Hay un barandal, también blanco, pero el hombre no ha alcanzado a agarrarse de él. Va en caída libre como lo haría un viejo gavilán que muere en pleno vuelo. Lleva una mano abierta por delante. Tal vez piensa que al caer, esa mano detendrá el golpe, o protegerá su rostro. Lo que pasará es que esa mano se quebrará en muchos pedazos. El hombre, que parece haberse tropezado con una alfombra que tal vez estaba justo al inicio de la escalera, viste una camisa roja que, por la gravedad, parece volar por fuera de él, un pantalón azul y unos zapatos café con cordones negros. Un pedazo de la espalda del hombre ha quedado al descubierto. Mientras cae, abre la boca. Quizá pide ayuda, tal vez grita algún nombre, o puede ser que le hayan dado ganas de cantar.

 

 

El suicida

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Un hombre cae desde una gran altura, probablemente desde un edificio de diez pisos, o más. Se precipita sobre el pavimento como una bola de fuego que nada detendrá. Pienso en una bola de fuego porque su pelo es rojizo. Cuando uno decide morir no hay tiempo para arrepentirse. Pero él señala con el dedo hacia delante, como pidiendo que veamos algo que nadie más puede ver, como diciéndonos que aún en un momento tan definitivo hay tiempo para un último pensamiento. El de la verdad. Lo vemos caer desde nuestra oficina, con la cabeza hacia abajo y las piernas levantadas, como si el viento jugase a hacer formas tridimensionales con su cuerpo. Todos nos volvemos levedad en el aire. Somos juguetes del cosmos. Da la sensación de que cae en cámara lenta, como si coordinara sus movimientos, lo mismo que un acróbata o un gimnasta. Lo malo es que para los suicidas no existen las redes de protección. Nada los perturba. Los suicidas no tienen miedo. Van a la muerte en calma, convencidos de que del otro lado hallarán el sosiego que de éste lado se les ha mezquinado. Imaginemos que el hombre trabaja en una empresa con varios departamentos. Él podría haber sido un agobiado ejecutivo de una agencia de publicidad con problemas de liquidez, como hay tantos. Hace rato venía pensando en lanzarse, y eligió este día luminoso, de cielo azul. Se arrojó, como se arroja un papel que dice adiós, desde la ventana de su oficina, en una gran demostración de alegría.

Carta a Aníbal


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Querido niño:

Existe una cualidad humana que valoro por encima de cualquier otra, inclusive de la inteligencia. Y es la lucidez. La razón es que ella le permite a las personas ver todo como a través de un prisma de cristales de infinitos colores. Lo que podemos comprender con el cerebro es limitado, como sabes. En cambio, la lucidez proviene de la luz, y la luz, como te he dicho antes, es infinita. Eso lo sabemos con la intuición del corazón. No te he contado un secreto: es posible oler la luz cuando estás de espaldas a ella. La luz te golpea en la nuca y, mientras tú volteas la nariz, ella te sale, luminosa como siempre, al encuentro. Esa lucidez es la que hace que no le tengas miedo a la oscuridad.

De algo de lo que no quería hablarte es del miedo. Solía hacerlo antes y me iba mal. Pero sé que es necesario hacerlo.

Así como la luz, el miedo puede volverse físico. Podemos ser tangibles para él. Si le damos poder, puede estrujarnos por dentro, exponer nuestra desnudez, meterse en nuestros huesos y orificios secretos. El miedo es una bomba maligna que crece dentro de nosotros, siempre y cuando se lo permitamos. Si revienta un día, su líquido se riega por todas las cavidades y nos vuelve seres oscuros, así como las larvas o los aye aye (esos horrendos animales que te enseñé en el libro de seres extraños). Antes, le daba cabida y el miedo me hacía mala. Tú me lo decías: yo soy lento y torpe, y tú eres mala conmigo. Exagerabas un poco, no mucho. La verdad es que el miedo puede volver malo al ser más bueno. No era yo la que quería ahogarte con mi indiferencia ni maltratarte con mi crueldad. Al contrario, habría querido amamantarte como a un bebé elefante. Habría querido escabullirte entre mis ropas, hacerte dormir entre copos de algodón como a un querubín, llevarte siempre en mi bolso como si fueras un muñeco de lana, hacerte dormir en mi útero mientras te cantaba una canción de cuna. Así lo quería, pero el miedo no me dejaba. El miedo me llevó a cometer muchas maldades contra ti, que eres mi propio ser.

(versión reducida).

Volver de la muerte


El crepúsculo cae sobre los pinos y los chopos inescrutable. Como una mujer gorda se despereza sobre el río que unos días es pardo, otros plata, otros del color de una brillante piedra esmeralda. El atroz río Júcar. La tarde se duerme sobre él y lo arropa lentamente con su oscuridad balbuciente, helada. El viento late sobre todo ser viviente. Los pájaros ya han emprendido la retirada de los cielos a los árboles. Gemidos de una tormenta amenazan en el horizonte. Estoy sentada sobre un mirador desde donde veo en estado pleno el vórtice del mundo y sus vicios. El pueblo que está a mis pies se desparrama sobre los cerros, como un niño juega a no caerse al abismo. Es un pueblo blanco de gente campesina que habla a grandes voces, que va dando alaridos por las callejuelas, estrechas y adornadas de flores. Van chillando sus alegrías y tristezas por los caminos que conducen a las antiguas cuevas donde habitaron en distintas épocas enanos y hombres, árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, pero sí suspendido en el murallón un inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando imaginaba que era una presa esperando el beso de un montaraz. Él llegaba, libre y pelilargo, para salvarme de la soledad, de la ruina, de la miseria. Me veía a lo lejos, yo estaba en algún ventanal, desnuda. Mi imagen se balanceaba sobre sus ojos negros.

Esta mañana fui al bar de la aldea para desayunar. Me encontré con los viejos solitarios, doblados sobre sus vasos de vino rojizo. Pedí un café con leche y una tostada con tomate y queso. Mientras comía, leía en un libro de Javier Marías que lo peor que le puede pasar a alguien, peor que la muerte misma, y también lo peor que uno puede hacerle a los demás, es volver de la muerte. Regresar del lado del que no se vuelve, resucitar a destiempo, cuando los demás ya no se lo esperan, cuando ya es tarde y no corresponde, cuando los vivos lo tienen a uno por terminado y han proseguido o reanudado sus vidas sin contar más con nuestra presencia. No hay mayor desgracia para el que regresa que descubrir que está de sobra, que no es deseado, que perturba el universo, que constituye un estorbo para sus seres queridos y que éstos no saben qué hacer. Estos pensamientos me ayudaron a decidir que jamás volveré a la que fue mi casa, que de ahora en adelante otro, otros, aquellos que yo elija, serán mi familia, serán mis lugares. No quiero ser como un muerto que resucita y espanta a los que hace mucho tiempo dejó.

España, 2011 (fragmentos de mi nueva novela)

La cueva y los maníes



Piedad intuía que entre sus piernas había una cueva misteriosa a la que no había entrado nunca nadie. Ella era la dueña de las llaves y la encargada de limpiar los contornos del dintel. A los siete años se puso muy ansiosa. Una noche le dijo a su madre que quería que por esas compuertas de carne entrara un barco, aunque fuese uno de plástico, de esos pequeñines con los que jugaba su hermano, Aníbal. Pero, hija, incluso aquel diminuto trasatlántico es demasiado grande, por ahora. La puerta está cerrada. ¿Y qué tal el aeroplano a escala que tiene mi papá sobre el escritorio, en la oficina? Ese, aunque es un poco más grande, es más liviano que el barco. ¿Lo has visto, mamá? Sí hija, lo he visto, pero… ¿Y la réplica pequeñísima de la torre Eiffel que tú guardas? ¿Te imaginas introducir aquella linda torre y luego, cuando esté adentro del túnel gelatinoso, encender las luces? Sería hermoso. Luces de colores haciendo resplandecer mi cueva.  Podría jugar a cobrar por ver el espectáculo. ¿Qué dices, mami?

Ya te lo he dicho varias veces, hija. Si quieres, juega en los contornos, pero no hundas nada en el centro, le dijo su madre y cerró la puerta.

Piedad siguió la noche inquieta. Intentaba dormir, pero era inútil. De pronto, de un salto se sentó en la cama y pensó: ¡un maní!

La cueva era diminuta, ínfima y estrecha como laberinto de mosquito. Solo podría caber un maní. Al día siguiente, cuando fue con su madre al supermercado, Piedad le dijo: ¿me compras una funda de maníes? Sí, claro. ¿De cuáles quieres? ¿salados o dulces? ¿pelados o en su cáscara? Piedad se puso a pensar. Recordó el día en que metió un poco su dedo índice en la entrada de la cueva. Estaba seca, parecía ser un lugar inhóspito. Pero el dedo siguió avanzando como si tuviera vida propia, y entonces se topó con algo similar a un pequeño pozo que vertía agua. No era agua exactamente, era algo así como un líquido resbaladizo, como cuando uno toca aceite. Piedad se llevó la mano a la nariz y percibió que ese líquido aceitoso tenía un olor a algo muy suyo, más suyo que las sábanas o su bicicleta. Imaginó que olía como sus lágrimas, su saliva y su sangre. Todo eso mezclado. Se llevó el dedo índice a la boca y lo chupó.
¡Salados, mami, los quiero salados!

Mapasingue


El aguacero ha caído recio durante toda la tarde, toda la semana, todo el mes. Las nubes negras se han apoderado de Guayaquil. El cielo no termina de derramarse sobre nosotros. Desde el ventanal de la sala, veo llover. La casa donde vivo es la número 644 de la calle Costanera, en Urdesa. Tiene un portón blanco, y en la esquina hay un ficus. Vivo aquí desde hace ocho años, y nunca he visto llover tanto. Los rayos dibujan formas esqueléticas en el horizonte oscuro. Son las seis y veintiséis de una tarde de marzo. Detrás del ventanal y de la cortina de agua, alcanzo a ver las casas sobre el cerro  Mapasingue. Trazo una línea imaginaria, una línea gruesa, parecida a un cable resistente, entre el mueble granate en el que estoy sentada y las luces que han empezado a encenderse en el cerro, al que imagino sepultado por el lodo al amanecer. Al amanecer cantará el gallo. La mujer se despertará junto al hombre. Apartarán el toldo, se levantarán doloridos de sus camas desvencijadas. Desayunarán medio pan tieso cada uno y un trago de café lánguido. La mujer zamarreará a sus hijos para que se levanten, batallará con el más pequeño, que le pedirá pan. Su marido se pasará la gillette por la cara, sin espejo y sin espuma. Con una seña, le ordenará al mayor que vaya a comprar. Él estará medio dormido, no pensará, solo obedecerá. Se pondrá sus zapatillas. La calle estará inundada. Habrá cúmulos de lodo en las esquinas, basura flotando en los recodos. El hijo meterá los pies en el agua empozada. La sentirá fría y espesa. Atravesará la calleja de tierra que lo separa de la tienda. El alumbrado público pestañeará sobre su cabeza. La tendera le dará cinco panes de agua, pequeños y blandos, por cincuenta centavos. Él le dará un dólar, y recordará que esos cincuenta centavos es todo lo que tiene. Los guardará en el bolsillo derecho de su bermuda. Regresará a casa. Se echará agua limpia en los pies con una manguera, se pondrá un pantalón de tela café y una camiseta interior blanca, agarrará sus herramientas, las meterá en un saquillo y pensará en Dios. Un nuevo día, una nueva oportunidad, se engañará. Junto a su padre, un anciano de huesos largos y secos, bajará del cerro. Irán en silencio. En la calle principal de Mapasingue tomarán la línea 54. A las ocho de la mañana llegarán a la Víctor Emilio Estrada, en Urdesa. Esperarán de pie, junto a otros hombres derrotados. Tal vez, alguien llegue para contratarlos. La noche y la lluvia caen lentas. El cerro ya está todo encendido.

(relato publicado en la exposición Urbegrafías, del Centro Cultural Benjamín Carrión, Quito, 2012)