Los globos de mi abuelo


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Mi abuelo fabricaba globos y los vendía los domingos en la feria. Fue el primero en el pueblo en cambiar el aire por el helio, en hacer volar las rojas circunferencias. Todos sus globos eran rojos, en memoria de su juventud y sus viejos ideales comunistas. Mi abuela hacía artesanías y también las vendía en la feria. Recuerdo cómo ella movía sus hábiles manos y recreaba bosques enteros. Hacía flores de papel, y hermosos árboles de alambre y canutillos. Los domingos se levantaban muy temprano, y caminaban, sonriente ella, serio él, media hora hasta la plaza.

Un lunes, salió en el periódico una larga lista de cosas prohibidas. Era la segunda larga lista de prohibiciones desde que asumió el poder un hombre al que mi abuela se refería como “el hijo del mal”. No le diga así, le corregía mi tío, afiliado al partido, él ha hecho grandes cosas por la patria. ¿Y las que nos ha quitado, qué?, refunfuñaba mi abuelo, mientras inflaba sus globos. Entre la lista de nuevas cosas prohibidas, no sin asombro, los viejos descubrieron que se volvería ilegal, a partir de ese día, vender cualquier cosa que volara por los aires, así como también cualquier cosa hecha con las manos que se asemejara a un ser vivo. Los que se atrevieran a desafiar las órdenes venidas desde lo alto irían presos. Ya no podrás vender tus flores ni tus árboles, le dijo, triste, el abuelo a la abuela. Y tú tampoco tus globos, dijo ella espantada. Yo llenaré mis globos de viento, así no volarán, dijo él, levantando los hombros. Entonces, yo haré artesanías con piedras. ¿Las piedras no son seres vivos, o sí?, preguntó. No mujer, las piedras no nacen, no crecen, no se reproducen y no mueren. Por tanto, no son seres vivos. Pero nadie querrá comprar piedras, además es mejor que te quedes en casa. Ya iré yo a la plaza a ver cómo está el ambiente. Mi abuela lloró desconsolada toda la semana, hasta el sábado.

El domingo por la mañana, mi abuelo se fue solo a vender sus globos. Cuando llegó, en la plaza no había nadie. No había niños, porque había quedado prohibido que los niños salieran de sus casas los domingos, y no había adultos porque ese día había un partido de fútbol. Mi abuelo odiaba el fútbol, pensaba que era un distractor para los idiotas. Ya estaba por irse, cuando un policía se le acercó y le preguntó qué contenían sus globos. Viento, puro viento, respondió él sin pensar, un tanto nervioso. Señor, está prohibido vender viento, le dijo el policía con una mirada reprobatoria. Mi abuelo se quedó callado, perplejo. El viento, como todos saben, es propiedad del Estado, y usted no puede usufructuar de los bienes del Estado. Tendrá que acompañarme. Señor, pero el viento no puede ser del Estado, el viento es de todos los seres vivientes. ¿Para qué querría el Estado el viento, si el Estado no está vivo? El policía se quedó pensando. Además, mis globos realmente no contienen viento. Yo me he equivocado al decirlo. Están llenos, como todos los globos inocentes del mundo, de aire que he sacado de mis pulmones. Mis pulmones son míos, y el aire que guardo en ellos también es mío, así como es mía el agua que llevo dentro del cuerpo, y las piedras pequeñas que se han depositado en mis riñones. Señor, no trate de confundirme, lo interrumpió el policía con voz enérgica. Las órdenes que he recibido es que me lleve detenido a cualquiera que venda algún bien del Estado, y veo que usted está cometiendo esa grave infracción. El aire es lo mismo que el viento, y ambos le pertenecen al Estado. Mi abuelo soltó sus globos y empezó a correr a la velocidad que sus artríticas piernas se lo permitían. No tardaron en tirarlo al suelo y esposarlo.

Lo siguiente que recuerda es que lo llevaron a la capital, y lo aislaron en esa cárcel a la que llamaban Panóptico, donde lo vigilaban, o él pensaba que lo vigilaban, de día y de noche. Cuando mi abuela pudo volver a verlo, luego de cinco meses de aislamiento, lloró mucho al no reconocerlo. Tenía la piel amarillenta, los ojos hundidos y la expresión de ya haberse muerto. ¿De qué te acusaron, mi amor? Él, con desidia, le contó el episodio con el policía en la plaza, y dijo que luego, al ser sentenciado, en un extraño y rápido juicio en el que sólo estaban él y una voz que salía despedida por un parlante ubicado en lo alto, le dijeron que habían investigado sus antecedentes de comunista y de vendedor informal, y que esas eran dos razones suficientes para considerarlo un ciudadano peligroso, y privarlo de la libertad durante un tiempo que todavía no habían determinado. “No somos dueños de nada, nos lo han prohibido todo, incluso jugar con los globos, incluso sentir el viento”, le dijo a mi abuela, mirándola con profunda tristeza.

Al cabo de dos años, liberaron a mi abuelo, o lo que quedaba de él. Esto fue sólo una advertencia de lo que podría ocurrirle de seguir empeñado en hacer volar globos, le dijeron al salir. No fue necesaria ninguna nueva advertencia del Estado, porque él solo se fue encerrando en las entrañas de un gran globo negro del que nadie logró sacarlo.

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Lucía y el sexo


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Es domingo, el día se abre denso y perezoso. He dejado encendida la computadora con música random. La voz de Alejandro Sanz chilla desde el parlante. Tengo tanta pereza que la dejo sonar. Nada puede ser peor que despertar temprano un domingo. Nada, ni siquiera escuchar “…ella peina el alma y me la enreda / va conmigo pero no se a dónde va / mi rival, mi compañera / que está tan dentro de mi vida y a la vez está tan fuera”. La voz del madrileño es la de un niño bien; me caen mal los niños bien. Estuve en España el año pasado, pero tenía ganas de ir desde los 16, cuando mi mejor amiga, Lucía, se fue a vivir a Madrid. Lucía me llamaba en la madrugada y me decía: ven que te extraño. Yo sentía una angustia infinita. Nos conocimos en la escuela de monjas, cuando teníamos seis años y estuvimos juntas hasta tercer año de secundaria. Yo nací en noviembre de 1978 y ella en abril de 1977. Lucía era mayor por solo siete meses, pero en esos siete meses cabía una eternidad. En realidad, ella tenía como siete años más, o tal vez setenta. Era una sabia, una bruja, una predestinada para el placer, una especie de imán mágico, de piedra filosofal a la que yo recurría, casi sin hablar. Nunca le hacía preguntas, no me atrevía y tampoco era necesario. Ella sabía que yo tenía una curiosidad insaciable por el mundo, los hombres y el sexo. Lucía tenía el conocimiento, vivía lo que yo apenas alcanzaba a soñar. Me miraba con esa cara de geisha dulce, blanquísima, y me contaba sus aventuras sexuales. Lo hizo desde los trece años. Lucía, a esa edad, ya tenía un cuerpo sinuoso y tetas exuberantes. Era tan guapo, tan fuerte, tenía tu nariz. Yo me mojé apenas lo vi y cuando subí a su moto y me metió los dedos en la vagina, tuve un orgasmo que me hizo sacudir. Cosas así me decía en los recreos. Yo me mojaba enseguida cuando Lucía relataba una de sus historias. Esperaba con ansias la temporada playera, porque ella iba a Salinas todos los fines de semana, mientras yo me quedaba encerrada bajo siete llaves, sin poder salir ni a la esquina. Lucía llegaba el lunes con noticias frescas del mundo. Lucía fue la primera persona que yo conocí que había viajado fuera del país, había tenido sexo, había probado cocaína y, por si fuera poco, había tenido un novio motociclista que murió en un accidente. Pero, además, entre nosotras había una atracción intensa. Nos sentábamos juntas en la última fila del lado derecho del salón. Era un salón muy amplio, con piso de baldosa, y techos altos con ventiladores colgantes. A mi lado izquierdo, había una enorme ventana con rejas. Estaba prohibido asomarse. Los chicos de los colegios aledaños pasaban por la acera de enfrente haciendo señas. Yo tenía la extraña impresión de que cada vez que, en un descuido de la profesora, miraba por esa pequeña rendija, había un hombre invitándome a huir con él. Lucía me decía en clase: juguemos a hacernos marcas en las piernas. Gana la que aguanta más sin reírse. Llevábamos unas largas y pesadas faldas, medias altas de tela gruesa y zapatos negros mocasín. Yo, sin hablar, aceptaba el juego. Jamás contradecía a Lucía. Toda idea que ella tenía, me parecía brillante y sensual. Le hice una marca con mi marcador verde apenas unos centímetros por encima de la rodilla. Ella me miró con picardía y, sin que yo pudiese hacer nada para impedirlo, me levantó la falda y me hizo una gran marca en la parte interna del muslo. Reaccioné enseguida y la imité, pero esta vez no solo le hice una raya más arriba, casi en la zona de la ingle, sino que me detuve un par de segundos para que el olor de su entrepierna me entre por la nariz. “Ella se hace fría y se hace eterna, un suspiro en la tormenta a la que tantas veces le cambió la voz”. Sigue el meloso Sanz. La última vez que Lucía me llamó fue en el verano de 1997. Yo tenía 19 años y había escrito un libro que ganó un premio. Llamó para felicitarme. Hablaba como española, un acento que me molestó sobremanera. Parecía ebria y, entre lágrimas, me pedía perdón. Me contó que trabajaba como estríper para unos tipos en un antro. ¿Cómo para unos tipos? Los tíos me pagan y yo hago lo que ellos me piden. Tú no lo entenderías, eres demasiado buena. Sentí como si un cuchillo grueso se clavara en mi garganta. Desde ese día odié a Lucía.

Un sueño III


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Él hablaba con mucha elocuencia sobre un tema que no logro recordar. Incluso, movía las manos. Yo lo observaba con atención. Miraba su cara alargada, su incipiente barba, sus ojos azules, sus brazos poblados de un vello dorado. Una delgadísima vena surcaba su frente amplia. Otras, como raíces se distinguían en sus antebrazos. Él seguía hablando como exponiendo un tema trascendental delante de un gran público. Yo estaba de pie, a un par de metros. Tenía las manos apoyadas en el respaldar de un mueble grande. Lo observé largo rato, sintiendo cómo dentro de mí empezaba a hervir algo. Una especie de fuego sagrado, una intuición, una mágica certeza. De pronto, la serpiente de luz se movía en mi estómago y el corazón era un saltamontes veloz. Reconocí la sensación del estallido, el anticipo del caos. Había llegado la hora del pálpito y del destino. La Vida con mayúsculas, no la vida cotidiana. El amor. No podía esperar más. Debía decírselo. Él estaba sentado en un sofá single de gordos brazos. Yo me arrodillé delante de él, agarré sus manos entre las mías, lo miré a los ojos y le dije: Te amo. Acabo de recordar un sueño que me permitió saberlo. Soñé que te amaba tanto que me dolía. Él se quedó en silencio. Me miró azorado y vi cómo sus ojos se ponían rojos, y lágrimas surgían como desde una cueva antigua. Yo sabía que había desatado la tempestad, que había revuelto las aguas y los cielos. Él empezó a llorar. Yo me puse entre sus piernas y lo abracé. Nos abrazamos como pulpos sedientos el uno del otro, pero no era suficiente. Nuestros cuerpos aún estaban demasiado lejanos. Yo necesitaba estar dentro de él. Necesitaba que él me cubriese por completo, como el sol cubre la tierra, como el mar sepulta los arrecifes. Me senté en sus largas piernas y rodeé su cuello. Me acurruqué en su nuca, olí profundamente su piel. Él rodeaba mi cintura, hundía su rostro entre mi pelo. Pero esto aún no era suficiente. Le pedí que se levantara y que se sentara sobre mí. Al principio no quiso. Él era demasiado grande. Pero yo me senté en el mueble y lo atraje hacia mis piernas. Él se dejó caer. Entonces, sentí todo su peso. Me ahogaba, me dolía. Eso era lo que quería: sentir como él me sepultaba, cómo su cuerpo  tapaba el mundo entero, cómo me escondía de la realidad. Él era mi eclipse, y yo era su marea. Quería permanecer así por siempre. No ver nunca más nada, salvo su cuerpo sobre mí. Sus ojos clavados en los míos, su brazo por detrás de mis hombros, sus nalgas aplastando mi pubis. Soñé que te amaba tanto que me dolía, le repetí sollozando. Entonces, supe que esto era un sueño dentro de otro sueño. Apenas me di cuenta, desperté. Eran casi las cinco de la mañana. Sonó el teléfono. Me levanté. Dije aló. Del otro lado, una voz automática le recordaba al anterior dueño de la línea telefónica que debía pagar una cuenta en una tienda de ropa. Colgué. Me acosté desconcertada. Tenía un río de lágrimas atorado en mi garganta. Lo solté. No paré de llorar hasta que volví a despertar.

La locura y los pasos circulares


 

 

El espejo que nos refleja ha sido quebrado en múltiples partes

Todas me cortan la garganta,

perforan mi piel dejando como huellas

delgados y blancos agujeros

Desde cualquier pedacito de vidrio puedo ver cómo te vas

Huyes de mi boca, dejas la cacería a medio talle

Lo que vaticinaban mis caracoles era tu partida,

ahora ellos escalan las paredes de mi cuerpo

Ríen en la oscuridad, en el silencio de lo que fue nuestra alcoba

El ritual concluyó esta mañana

cuando dijiste que tu lengua ya no era mi lengua,

que tus manos ya no eran mis manos,

que tus pies ya no eran mis pies

Que eran la lengua, las manos y los pies de alguna otra

Tú que vives en el estado eterno de la niñez

y el desamparo,

que llevas en las muelas el gusto por la soledad

te has ido tras una porción de simpleza.

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El teléfono ha sonado repetidas veces. Ignacio lo ha ignorado. Apenas acabó de comer, se metió en la ducha. Sabe que es Piedad, y no quiere contestar. Imagina lo que le dirá apenas descuelgue. Por favor, tienes que venir. Tengo algo importante que decirte. Aquello importante terminaría en una conversación sin mucho sentido sobre el alma de los hombres enjaulados en un cuerpo que no reacciona a los estímulos del amor. Está harto de escuchar tamaña estupidez. Le ha pedido una tregua, un tiempo para aclararse. A veces, siente a Piedad como una carga insoportable. No hay nada peor que una mujer enamorada, piensa. En cambio, Clementina parece ser una chica libre, descomplicada. Se le antoja estar con una mujer que no se haga expectativas sobre las relaciones y el amor. Alguien que, como él, viva el día a día, tranquilamente, sin rollos mentales. Conoció a Clementina hace dos semanas en un garaje de libros usados. Recuerda cómo iba vestida –siempre recuerda trivialidades cuando una mujer le atrae–: bufanda roja atada al cuello, pantalones de cuero café y una blusa blanca que transparentaba sus pequeños senos; encima tenía un abrigo ligero. Se miraron. Ella no escapó de sus ojos, no quiso hacerlo. Él la miró con la acuciosidad que un buen cirujano usa cuando opera. Ahora, debajo de la ducha aparece ese instante, demasiado fugaz para que signifique algo. El sonido insistente del teléfono lo saca del estupor. ¡Mierda, otra vez Piedad!

–Hola…hola—, dice Ignacio mientras se escurre el agua con una toalla celeste. Su cuerpo desnudo empañado por las gotas.

–Aló, hable, ¿quién es?—, pronuncia ligeramente alterado. Sabe que es ella. Una vez más no quiere hablar. No la entiende.

–¿Piedad eres tú? ¡Habla por favor!—. Cuenta hasta diez y cuelga.

Piedad, del otro lado de la línea, se escribía en el antebrazo: te amo, mientras lloraba sin emitir sonido alguno.

Esa noche en la fiesta, Ignacio parecía que dormitaba. Sus ojos apenas se abrían cuando alguien entraba o salía. El cuerpo había caído desplomado sobre un sofá verde después de nueve shots de ginebra. Clementina se tomó tres. Estaba a su lado, intentaba mantenerlo consciente. Sentía un extraño y repentino apego, como un amor que nacía por instinto, por casualidad. Era la segunda vez que se veían. Un chico frente a ella fumaba en una larga pipa con formas grotescas, y una pareja en el rincón amarillo fornicaba. Clementina los miraba cada vez que podía, estaban un poco escondidos en la sombra, y sentía la palpitante sensación que querer masturbarse.

De la habitación del fondo salieron dos chicos y una chica. Ella estaba desnuda de la cintura para abajo. Él le cogía las nalgas mientras ella abría la refrigeradora. El chico de la pipa se sentó a la diestra de Clementina. La cabeza de Ignacio había caído sobre su hombro, la saliva goteando. El chico le dijo que tenía un secreto que contarle.

–Dime— dijo ella.

–Primero me tienes que besar— repuso él.

Clementina lo besó largamente, introduciendo un poco su lengua en la boca reseca. Después de un par de segundos, ella se separó, él se puso de pie y empezó a hablar.

–La muerte te vuelve invencible. Ya nadie te toca, ya nadie te ve, ya nadie te escucha, ya nadie te vigila. Eres tú solo en la inmensa desproporción de un universo desproporcionado, creado así adrede. La vida es una búsqueda, y la muerte es una pérdida. Te quedas ahí perdido, suspendido en un universo enorme. ¿Te has preguntado por qué el universo es tan grande?—, decía mientras metía en su nariz un poco de coca. Clementina no respondió, se reía levemente, trataba de despertar a Ignacio para que viera aquel ridículo espectáculo. El chico le hablaba a las paredes, y después a la luna que se asomaba por la ventana.

–¿Era acaso necesario demostrar con tanta vehemencia el poder que ostentas?—, gritó sacando la cabeza y todo lo que podía del cuerpo por la persiana.

–Un poco de ese poder, una pequeñísima parte, tan pequeña que resultaría irrisorio estimarla, tienen algunos hombres. Esos a los que llaman presidentes, alcaldes, banqueros, ricos. Esos bastardos que quieren ser como tú, el Creador del poder. Pero resulta que aquellos poderosos son los más miserables, los más hijos de puta, la peor basura del mundo. Quien quiera ser como tú que se atenga a las consecuencias— dijo  haciendo señales con las manos como si estuviera delante de un auditorio. La chica que había llegado con él salió de una habitación. Se acercó a él y empezó a sobarle la verga por encima del pantalón. Le hablaba al oído con voz felina. Él la apartó, y siguió con su monólogo.

–Es cautivante la sensación de ser Dios, Dios es aquel que puede controlar los dedos, la boca, las manos, el sexo de otros.

–Yo haré esta noche lo que tú quieras, y serás mi Dios— le dijo la chica al oído, pero mirando a Clementina.

Clementina intentó, otra vez, despertar Ignacio. Él abrió un ojo y lo volvió a cerrar.

(Tomado de Los círculos de la Piedad)

Gente que cae


El siguiente es un ejercicio literario basado en la obra The Struggle to Right Oneself, del artista visual Kerry Skarbakka (EE.UU.), experto en artes marciales, actuación, escultura y fotografía (sobre todo de accidentes).

Pueden saber más de él aquí http://www.skarbakka.com/

 

La mujer en el baño

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La mujer soñó que resbalaba en el baño. La ducha había quedado abierta. Las gotas de agua observaban quietas, desde el palco de la cortina transparente, la caída de la mujer. El resbalón fue tan repentino que no le dio tiempo a resistirse. Veía su cuerpo rígido a punto de estrellarse contra el piso de la bañera con la violencia de una gran ola. Las piernas quedaron abiertas como un compás. Se le habían enredado en la cortina. Parte del plástico había quedado prendido en su entrepierna. En ese breve instante, ahora lo recuerda, sintió cómo le rosaba el clítoris. La mujer logró agarrar con la punta de los dedos una pequeña porción del húmedo plástico. Aún así, en medio del estrépito, el chorro de agua y las gotas se mostraron inconmovibles. La mujer no pensó en salvarse, sino en simplemente reaccionar como lo haría cualquier animal en un momento de peligro. El instinto de la auto-conservación aparece justo en el momento en que estamos a punto de hacernos uno con el dolor, o con la muerte. Una toalla lila mira a la mujer mientras su cabeza choca contra la cerámica de la tina. Hasta una toalla inerte sabe que soñar con una caída jamás es un buen augurio.

 

 

El hombre y la escalera

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Un hombre cae por una escalera, una de esas escaleras que, a medida que avanzan, van girando, torciéndose, tornándose peligrosas. Esta es estrecha y blanca, los bordes de cada escalón son de madera café claro, algunos están astillados. Hay un barandal, también blanco, pero el hombre no ha alcanzado a agarrarse de él. Va en caída libre como lo haría un viejo gavilán que muere en pleno vuelo. Lleva una mano abierta por delante. Tal vez piensa que al caer, esa mano detendrá el golpe, o protegerá su rostro. Lo que pasará es que esa mano se quebrará en muchos pedazos. El hombre, que parece haberse tropezado con una alfombra que tal vez estaba justo al inicio de la escalera, viste una camisa roja que, por la gravedad, parece volar por fuera de él, un pantalón azul y unos zapatos café con cordones negros. Un pedazo de la espalda del hombre ha quedado al descubierto. Mientras cae, abre la boca. Quizá pide ayuda, tal vez grita algún nombre, o puede ser que le hayan dado ganas de cantar.

 

 

El suicida

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Un hombre cae desde una gran altura, probablemente desde un edificio de diez pisos, o más. Se precipita sobre el pavimento como una bola de fuego que nada detendrá. Pienso en una bola de fuego porque su pelo es rojizo. Cuando uno decide morir no hay tiempo para arrepentirse. Pero él señala con el dedo hacia delante, como pidiendo que veamos algo que nadie más puede ver, como diciéndonos que aún en un momento tan definitivo hay tiempo para un último pensamiento. El de la verdad. Lo vemos caer desde nuestra oficina, con la cabeza hacia abajo y las piernas levantadas, como si el viento jugase a hacer formas tridimensionales con su cuerpo. Todos nos volvemos levedad en el aire. Somos juguetes del cosmos. Da la sensación de que cae en cámara lenta, como si coordinara sus movimientos, lo mismo que un acróbata o un gimnasta. Lo malo es que para los suicidas no existen las redes de protección. Nada los perturba. Los suicidas no tienen miedo. Van a la muerte en calma, convencidos de que del otro lado hallarán el sosiego que de éste lado se les ha mezquinado. Imaginemos que el hombre trabaja en una empresa con varios departamentos. Él podría haber sido un agobiado ejecutivo de una agencia de publicidad con problemas de liquidez, como hay tantos. Hace rato venía pensando en lanzarse, y eligió este día luminoso, de cielo azul. Se arrojó, como se arroja un papel que dice adiós, desde la ventana de su oficina, en una gran demostración de alegría.

Carta a Aníbal


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Querido niño:

Existe una cualidad humana que valoro por encima de cualquier otra, inclusive de la inteligencia. Y es la lucidez. La razón es que ella le permite a las personas ver todo como a través de un prisma de cristales de infinitos colores. Lo que podemos comprender con el cerebro es limitado, como sabes. En cambio, la lucidez proviene de la luz, y la luz, como te he dicho antes, es infinita. Eso lo sabemos con la intuición del corazón. No te he contado un secreto: es posible oler la luz cuando estás de espaldas a ella. La luz te golpea en la nuca y, mientras tú volteas la nariz, ella te sale, luminosa como siempre, al encuentro. Esa lucidez es la que hace que no le tengas miedo a la oscuridad.

De algo de lo que no quería hablarte es del miedo. Solía hacerlo antes y me iba mal. Pero sé que es necesario hacerlo.

Así como la luz, el miedo puede volverse físico. Podemos ser tangibles para él. Si le damos poder, puede estrujarnos por dentro, exponer nuestra desnudez, meterse en nuestros huesos y orificios secretos. El miedo es una bomba maligna que crece dentro de nosotros, siempre y cuando se lo permitamos. Si revienta un día, su líquido se riega por todas las cavidades y nos vuelve seres oscuros, así como las larvas o los aye aye (esos horrendos animales que te enseñé en el libro de seres extraños). Antes, le daba cabida y el miedo me hacía mala. Tú me lo decías: yo soy lento y torpe, y tú eres mala conmigo. Exagerabas un poco, no mucho. La verdad es que el miedo puede volver malo al ser más bueno. No era yo la que quería ahogarte con mi indiferencia ni maltratarte con mi crueldad. Al contrario, habría querido amamantarte como a un bebé elefante. Habría querido escabullirte entre mis ropas, hacerte dormir entre copos de algodón como a un querubín, llevarte siempre en mi bolso como si fueras un muñeco de lana, hacerte dormir en mi útero mientras te cantaba una canción de cuna. Así lo quería, pero el miedo no me dejaba. El miedo me llevó a cometer muchas maldades contra ti, que eres mi propio ser.

(versión reducida).

Liturgia del adiós


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Tu voz tempestuosa, a lo lejos, suena como un trueno triste, tiene los sabores de un bandoneón irreverente, de una salida al mar, de un adiós dicho en secreto. Tú, jugador insaciable de la posibilidad, diestro en el arte de caer, animal de caza dispuesto a ser la presa, a comer del cuerpo desnudo del amor, me miras y un eco doblado en tres partes palpita en tu sombra. Eres el artilugio del pecado, la sensación de la locura, pero también el haz de luz que a veces irrumpe en mi mañana sin sentido. Ahora tu alma está encorvada, cosida con hilos rotos, y tu luz se ha transformado en el duelo de un ave.

No ver pasar al mundo desde el balcón trae consecuencias. No quedarse fisgoneando a los demás y agarrar a la vida de brazos y piernas a veces es doloroso. Porque a la vida, como a ti, le gusta ser perseguida, le gusta evadirse, camuflarse, arrebatar, dejarnos. Un día nos dejará como si no nos conociera, como si jamás la hubiéramos amado. Nos dejará sin contemplación, como dejó a tu gemelo. Quizá nosotros le ganemos la partida, y podamos decirnos adiós.

Tu ausencia


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En centro de la batalla, te recuerdo. La memoria parpadea bajo el sol, y me trae imágenes de nuestra historia. Cada noche dormías enredado en una de mis arterias; te arrullaban los latidos de mi útero. Por las mañanas, volábamos como dos halcones desnudos sobre los restos de la ciudad. Éramos invencibles. Me acuerdo de aquel letrero sobre la montaña, el enorme pino detrás de los ventanales de la cocina, el cerro detrás de Las Lomas, el puente sobre el estero, las casas abandonadas, los gansos en el césped, la calle Costanera, Elliot Smith susurrando sus tristes canciones. Ya no hay nada, solo frío y sed. Hace rato que la dama amarilla me mira dormitar. Nunca me duermo del todo, no me lo permito. Tengo el brazo lleno de moretones, y no creas que es porque me han golpeado. Nadie me ha puesto un dedo encima. Soy yo la que me niego a dormir. Me pellizco, me rasgo, me hago agujeros en la piel para no dormir. Me oculto detrás de una melodía que apenas recuerdo. Cuento las arañas que escalan el árbol. Enumero las hormigas que suben por mis piernas hasta mi cabeza. Colecciono cabezas de salamandras, y ceno siempre de pie en la cocina. Espero que la noche se abra y me trague. Pero no lo hace.

He escuchado que el poder que tenemos algunas mujeres alcanza para darle la vuelta al mundo con cintas. Mi poder dormita en mis párpados mudos. Quiero escabullirme del miedo, de este monstruo jadeante y quisquilloso que es la realidad. Odio la sensación de no poder huir más allá de lo que ven mis ojos, de sentirme invadida por el peso agobiante de tu ausencia. Tus enojos se han ido, también tu ambigüedad. Soy como aquel hombre que sobre sus hombros soporta el peso del mundo. O como aquella mujer que carga a todos los niños en su útero triste.

¿Dónde estarás, amor mío? Te has alejado de este animal cansado.

Mañana lameré el suelo donde cayeron los residuos de lo que fuimos.

 

La cueva y los maníes



Piedad intuía que entre sus piernas había una cueva misteriosa a la que no había entrado nunca nadie. Ella era la dueña de las llaves y la encargada de limpiar los contornos del dintel. A los siete años se puso muy ansiosa. Una noche le dijo a su madre que quería que por esas compuertas de carne entrara un barco, aunque fuese uno de plástico, de esos pequeñines con los que jugaba su hermano, Aníbal. Pero, hija, incluso aquel diminuto trasatlántico es demasiado grande, por ahora. La puerta está cerrada. ¿Y qué tal el aeroplano a escala que tiene mi papá sobre el escritorio, en la oficina? Ese, aunque es un poco más grande, es más liviano que el barco. ¿Lo has visto, mamá? Sí hija, lo he visto, pero… ¿Y la réplica pequeñísima de la torre Eiffel que tú guardas? ¿Te imaginas introducir aquella linda torre y luego, cuando esté adentro del túnel gelatinoso, encender las luces? Sería hermoso. Luces de colores haciendo resplandecer mi cueva.  Podría jugar a cobrar por ver el espectáculo. ¿Qué dices, mami?

Ya te lo he dicho varias veces, hija. Si quieres, juega en los contornos, pero no hundas nada en el centro, le dijo su madre y cerró la puerta.

Piedad siguió la noche inquieta. Intentaba dormir, pero era inútil. De pronto, de un salto se sentó en la cama y pensó: ¡un maní!

La cueva era diminuta, ínfima y estrecha como laberinto de mosquito. Solo podría caber un maní. Al día siguiente, cuando fue con su madre al supermercado, Piedad le dijo: ¿me compras una funda de maníes? Sí, claro. ¿De cuáles quieres? ¿salados o dulces? ¿pelados o en su cáscara? Piedad se puso a pensar. Recordó el día en que metió un poco su dedo índice en la entrada de la cueva. Estaba seca, parecía ser un lugar inhóspito. Pero el dedo siguió avanzando como si tuviera vida propia, y entonces se topó con algo similar a un pequeño pozo que vertía agua. No era agua exactamente, era algo así como un líquido resbaladizo, como cuando uno toca aceite. Piedad se llevó la mano a la nariz y percibió que ese líquido aceitoso tenía un olor a algo muy suyo, más suyo que las sábanas o su bicicleta. Imaginó que olía como sus lágrimas, su saliva y su sangre. Todo eso mezclado. Se llevó el dedo índice a la boca y lo chupó.
¡Salados, mami, los quiero salados!

Tres personajes del trópico y el designio de la soledad



Una novela singular no solo por su tratamiento temático sino también por la virtuosidad narrativa de la autora, que va definiendo, con un lenguaje poético y a la vez visceral, el destino de sus personajes entre los símbolos implacables del trópico, en esta ciudad que José de la Cuadra calificara como “la capital montubia”.

Y es que este libro de Marcela Noriega, con antecedentes de periodista de investigación, con el título de ‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’, nos lleva en la suma de capítulos ágiles y no muy extensos, a establecer una suerte de herencia maldita que transmite el protagonista a sus más íntimos familiares, su mujer y su hija, con una soledad que las lleva a vivir entre las antípodas de la violencia real y la búsqueda de la ternura.

Es la novela la historia de un hombre, Pedro Máximo, que va recorriendo su vida, cumpliendo un implacable “fatum”, desde sus orígenes trágicos hasta su final virtualmente previsto. Y todo ello dentro del entorno cálido del trópico en donde suceden las más fervientes pasiones, así como los crímenes más aterradores.

Esta es, en suma, la historia de un personaje que no puede escapar, aunque a veces lo intente, de un sino implacable y además imborrable (tal si fuera un estigma) de haber sido vendido, cuando niño, como esclavo por su propia madre.

Esa soledad y ese sino van a ser, también, contagiados a sus seres más cercanos, a dos mujeres que se quedan entrampadas en una forma de vida de la que no pueden evadirse.

Ni la lealtad a toda prueba de la mujer, Elisa, ni la búsqueda de un placer reprimido, en la hija, Piedad, pueden salvarlas de lo que Pedro Máximo les ha legado, ya en vida o ya, como un fantasma implacable, después de su también dolorosa muerte.

En la contraportada del libro se anota que “de este infierno onírico en el que se ahogan los personajes, brota la locura ensoñadora de sus vidas”. Para agregar que “la risa de las ardientes mujeres que oímos, los colores infinitos que vemos sin estar descritos, los olores ricos o nauseabundos, que olemos y sentimos, propios de la ciudad más populosa del país, Guayaquil, despliegan el manto que cobija esta historia viva y ensoñadora”.

‘Pedro Máximo y el círculo de tiza’ fue escrita, editada e impresa en España. Luego de ganar una beca en 2011 para ir a una residencia de escritores en Castilla-La Mancha, donde la autora estuvo seis meses.

De esta manera, Marcela Noriega se integra con toda legitimidad al gran patrimonio narrativo nacional que tiene su punto de partida en los “Cinco como un puño” del famoso “Grupo de Guayaquil”, que pusieron la pauta fundamental en la historia literaria moderna del Ecuador, al rescatar sin trampas a ese trópico donde el realismo, sin dejar de ser social, no puede renunciar a sus valores mágicos.

Fernando Cazón Vera – Guayaquil
Publicado en diario Expreso, abril 2012