El guardarropa y las arañas


Cuento publicado en el libro Bichos Raros (Academia Editores, 2019)

Ilustraciones de Mauro Sbarbaro

7 El guardarropa y las arañas

Tengo una boda. Necesito un vestido largo y elegante, pero en mi guardarropa solo está aquel vestido hindú de fondo rojo que tantas veces me he puesto para salir cualquier noche. No necesito abrir el guardarropa para verlo. Sé que el vestido permanece, ajado y solitario, en el rincón de siempre.

Son las primeras horas de la tarde. Las mujeres conversan amenamente en la cocina. Me siento alejada de ellas, y de todo. En mi mente sólo cabe esa idea que va creciendo como un secreto: no tengo un vestido nuevo ni elegante para esta noche. Se sabe que los secretos, más si son entre mujeres, producen angustia. Quisiera ir a la boda como estoy ahora: en camiseta de algodón y zapatillas.

― ¿Qué te pondrás? ―me pregunta mi madre, de pronto.

―Iré a ver  ―digo, y camino con desgano hasta el guardarropa, que espera cerrado y tieso. Lo abro y enseguida veo el vestido rojo. Lo desprecio por feo y pobre, y siento tristeza.

Me siento en el suelo para mirar el trabajo de las arañas. Ellas han ampliado las dimensiones de su trampa a pocos pasos del vestido, pasos pequeños, pasos de araña. Las arañas tejen la tela para atrapar a sus presas. No se les ocurre vestirse con ella, aunque es tela buena, resistente y luminosa; ellas prefieren la desnudez.

Las arañas no necesitan maquillarse ni lucir elegantes. Son feas y se aceptan como son. En cambio, las mujeres son animales hermosos, pero llenos de máscaras.

Las mujeres viven comprando vestidos. Yo prefiero comprar aire, porque cuando compro un vestido lo termino regalando al cabo de poco tiempo. Siempre lo paso mal en las bodas y en las fiestas importantes, y el vestido me lo recuerda. Lo recluyo en el guardarropa; y se queda ahí mudo, sin hacer nada. Pero un día lo saco y le prometo que nunca volveré a usarlo. Entonces, lo echo de mi vida.

Sigo mirando el constante trabajo de las arañas. Espero a que caiga la tarde.

8 El guardarropa y las arañas

Las mujeres empiezan a desaparecer, se van a las habitaciones para vestirse, maquillarse, ponerse joyas y perfumes. Escucho que mi madre me llama. Yo me como las uñas, sentada debajo de la telaraña, que forma un pequeño techo blanquecino dentro del guardarropa. Pienso en qué hacer para no verme desigual, para aparentar que soy como las demás: alguien que sabe llevar su máscara.

A mí me gusta el algodón y sentarme en el piso con las piernas cruzadas. No me gustan las bodas, los bautizos, los sepelios y los vestidos apretados que las mujeres suelen ponerse. Prefiero las telas ligeras de verano, los tirantes al sol, las faldas que vuelan con cualquier viento, los vestidos simples que son fáciles de poner y quitar.

Mi hermana va a buscarme. Me mira mal y me dice que me ponga uno de sus vestidos. Me lo pongo y durante toda la fiesta me siento fea y ridícula, como una araña en una boda. No soy yo dentro de ese satín, esos broches y esas piedras relucientes.

Apenas termina la fiesta, me desnudo y me encierro en el guardarropa con las arañas. Ellas siguen afanadas en construir su enorme tela, el escenario de su festín, para atrapar a sus presas. Cuando tengan la malla lista, se esconderán y apenas algún inocente bicho caiga, lo devorarán. Pienso que, después de todo, las mujeres y las arañas no somos tan distintas.

 

BICHOS RAROS

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