El camino de las luciérnagas


CUENTO INFANTIL – Ilustrado por Mauro Sbarbaro

 

Descalza y en puntillas, Lucy entra en la habitación de sus padres.

―Mamá, papá. ¡He soñado que un hada me invitaba a una fiesta en el bosque! Y tengo que ir. Por favor, por mi cumpleaños, vayamos al bosque, por favor, por favorrr ―dice Lucy enrollándose como un gato entre sus padres. Ya no es una pequeña, pero, a veces, le dan estos arranques infantiles, sobre todo cuando quiere algo de verdad.

Su padre está con su tablet jugando algún jueguito bobo, y su madre está viendo una telenovela, es decir, ignorando completamente a su padre. Y también a Lucy, quien le empieza a hacer cosquillas para que reaccione.

―No quiero manejar ocho horas para ir al bosque, hija, vamos a la playa como siempre ―dice el padre apenas levantando la vista.

―Por favor, es mi cumpleaños. Las hadas están en el bosque, no en la playa ―dice Lucy. Su madre apaga la televisión, y le dice a Lucy que se vaya a dormir, que mañana conversan sobre el tema.

Al cabo de tres dias de insistencia, al fin, Lucy convence a sus padres de que la lleven a un resort que ella misma encontró en Internet y que quedaba en un bosque entre las montañas.

La idea de Lucy no era ir a un resort, ella simplemente quería acampar al aire libre, pero su madre dijo que eso no era posible, y que ya que iban al bosque, al menos, no agarrarían ningún piojo ni chinche. Ni los mordería una serpiente, ni les picarían los zancudos. Por eso, el padre tuvo que pagar mucho dinero para hacer una reservación en el tal resort.

El padre no hizo ningún esfuerzo por averiguar cómo llegar al bosque, dejó todo en manos de Lucy. Pero, ya en el camino, las indicaciones que le daba su hija eran confusas. Así que al padre no le quedó más remedio que poner el GPS y larzarse a la aventura.

Cuando entraron en la zona de los bosques y el frío los obligó a subir los vidrios, la señal de teléfono dejó de funcionar y el GPS también empezó a fallar, tal vez por tantas vueltas que dieron. Estarían a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, y estaban en una espiral ascendente. Mientras subian, el aire se hacía más y más denso. La neblina no dejaba ver más allá de medio metro. El padre iba lento, como una caracola de playa cruzando una autopista.

Hacía rato que había caído la noche, y encima era novilunio, que es cuando no hay luna y la oscuridad es total. Los tres tenían frío y hambre, pero ninguno se quejaba, solo pedían por dentro salir de la neblina y encontrar refugio.

Estaban perdidos en un laberinto de pequeñas carreteras rurales. No había ni una sola persona a quién preguntarle nada, ni luces encendidas.

Tampoco se veía rastro de bosque alguno, todo montaña y precipicio.

 

3 El camino de las luciernagas

―Yo te dije mamá, que no había que reservar en ningún resorte ―dijo Lucy enojada.

―Se dice Ri-sort, hija, aprende a pronunciar. Y ¿qué querías tú? ¿estar como una hippie en una carpa, aquí con este frío? ―le dijo la madre, tiritando y poniéndose una colcha encima.

―Eso es mejor que estar dando vueltas en el carro. Las hadas se van a espantar ―le dijo Lucy ya casi a punto de llorar, con su libro de hadas en las manos.

―Chicas, ya no peleen ―dijo el padre, calmándolas―. No se preocupen que pronto encontraremos algo, aunque sea una casa pobre que nos dé posada.

Y, efectivamente así fue. A los cinco minutos, vieron, a lo lejos, un fogón y a su lado una anciana que lo mantenía vivo. Sobre ella había un letrero que por la oscuridad no se veía, pero decía: “Cabañas del bosque”.

―¡Este es el lugar, papá! ―dijo Lucy apenas se acercaron. No era el resort, pero era el lugar que Lucy había imaginado.

La anciana les explicó que, efectivamente, ese era un lugar de alojamiento, pero que hacía mucho tiempo nadie se hospedaba, por lo que estaba lleno de polvo y, quién sabe, qué insectos.

Al padre no le importó nada, él sólo quería comer algo y descansar del larguísimo viaje. La anciana les dio un poco de sopa caliente y el padre cayó rendido en la cama. La madre se acostó a su lado y puso un toldo; la mujer tenía miedo de que le cayera una tarántula o un escorpión del techo. A Lucy le dieron una cama más pequeña, también con toldo.

Pero Lucy no tenía sueño. Al fin estaba cerca del bosque, y seguramente afuera estaba lleno de hadas. Se hizo la dormida un rato y, cuando escuchó a sus padres roncar, se levantó. Eran ya más de las dos de la madrugada.

Al salir, vio a una luciérnaga que titilaba suspendida en el aire. Lucy no veía nunca luciérnagas en la ciudad ni en la playa, y se maravilló mucho al verla. La luciérnaga la invitó a entrar con ella por el camino de las luciérnagas, que es un pasadizo que te lleva al Bosque de las hadas. Lucy aceptó encantada, se volvió a poner las botas y, así en pijama como estaba, se sumergió, con la luciérnaga como guía, en un mundo maravilloso.

Apenas entró, muchísimos puntitos de luz empezaron a alumbrarle el camino. Eran cientos de luciérnagas que le daban la bienvenida al bosque. Lucy lloró de la emoción, y una luciérnaga se posó en la lágrima que le rodó por la mejilla. Lucy miró su pijama y estaba resplandeciente de la luz de las luciérnagas. Después miró sus botas y su pelo, y también estaban brillantes. Los árboles de aquel bosque eran gigantes y a Lucy le parecía que se inclinaban al paso de las luciérnagas que habían formado un corredor luminoso. Ya no había oscuridad, todo estaba iluminado con una luz dorada.

De pronto, el camino se abrió y apareció una enorme pared de piedra que estaba totalmente cubierta de luciérnagas y resplandecía en medio del bosque. Sobre esa piedra había algunas luciérnagas enormes que volaron al encuentro de Lucy. La niña contuvo el aliento. Las luciérnagas gigantes se pusieron a su alrededor haciendo un círculo de luz, y Lucy pudo verlas de cerca. Aún ellas eran más pequeñas que Lucy, pero eran cincuenta veces más grandes que las luciérnagas normales.

―¡¡Ustedes son hadas!! ―dijo Lucy y, de pronto, empezó a escucharse música de violines.

Todo era tal como Lucy lo había soñado, por eso empezó a reírse mucho, como nunca antes se había reído, y también lágrimas de emoción caían por sus mejillas.

4 El camino de las luciernagas

Las hadas empezaron a danzar a su alrededor, y la tomaron de las manos y la invitaron a comer miel con menta, tortas hechas con flores, y a beber del jugo de los tulipanes y de las orquídeas salvajes. Estos brebajes, le explicaron, te multiplican la energía y nunca te da cansancio ni sueño, y puedes divertirte toda la noche como si fuera de día.

Si los bebieras a diario, nunca envejecerías, porque tus células se regenerarían eternamente, por eso las hadas son siempre jóvenes.

El tiempo se detuvo y Lucy pudo divertirse y aprender de sus nuevas amigas durante toda la noche, mientras sus padres dormían profundamente. Lucy fue la protagonista de una verdadera fiesta de hadas que ellas prepararon en ese mismo momento, de manera espontánea y alegre, pues las hadas transforman todo en un juego.

Al amanecer, antes de irse, las hadas entregaron muchos dones a Lucy. Entre los dones que le dieron estaban:

  • El amor desinteresado
  • La ayuda fraternal
  • La protección especial de las Hadas
  • Sentimientos de profundo agradecimiento por la vida
  • Inspiración. Aventuras. Constante asombro.

Las hadas le pusieron a Lucy todos los dones en pétalos de rosas blancas y con ellas hicieron una pócima a la que agregaron miel, y dieron como desayuno a Lucy. La niña nunca había probado algo tan delicioso. Cuando lo bebió, se sintió totalmente llena de vida, y quiso saltar y cantar.

Lucy regresó al lado de sus padres, ya sin las luciérnagas que se quedaron en sus casas, con las luces apagadas y durmiendo a pierna suelta. La niña se sabía de memoria el camino de vuelta, como si lo hubiese andado muchas veces.

Cuando llegó, sus padres aún dormían. Ella no tenía sueño ni estaba cansada, al contrario, se sentía llena de vitalidad. Se puso a prepararles el desayuno, al que agregó algunas gotas de pócimas mágicas que le dieron las hadas para causar súbita alegría. Cuando ellos se despertaron, aún agotados por el viaje de ayer, Lucy ya les tenía la mesa servida, y estaba lista para enseñarles el camino al bosque.

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