VIVIR PARA CONTAR


Libro de crónicas

CAPÍTULO I

¿CÓMO ENCONTRAR AL PERSONAJE PERFECTO?

“La crónica es la vida sin los momentos aburridos”

Alfred Hitchcock

El personaje define la historia y es en torno de quien gira la crónica. Un buen personaje garantiza el éxito o marca el fracaso. Pero dar con el personaje que buscas, el que te cuenta la mejor historia de tu vida, no es fácil. Él llegará a ti, siempre y cuando tú hayas hecho antes el trabajo más importante de todos: definir el tema y apasionarte por él.

Antes de salir como loco a la calle a buscar al personaje, lo primero que te tienes que plantear es qué quieres contar, qué te interesa investigar. Porque si a ti no te engancha lo que estás escribiendo, a nadie le interesará leerlo. No escribas sobre algo que te parece aburrido o que no te interese lo suficiente.

Si tú dudas sobre el tema, o si tu enfoque es muy general y poco definido, estás en problemas, porque los personajes que conseguirás serán flojos, y poco convincentes. Pero si tu tema y tu enfoque son claros, y a tu corazón le apasiona lo que está investigando, conseguirás excelentes resultados.

La crónica de este capítulo es sobre David Beriain, corresponsal de guerra español y director de documentales. Es alguien joven, que ha cubierto conflictos en Irak, Afganistán, Sudán, Congo y Libia, alguien que se ha internado en los campamentos de las FARC, ha entrevistado a comandantes talibanes, ha acompañado al ejército norteamericano en algunas operaciones, ha conseguido penetrar al mundo secreto de los niños sicarios de Colombia y ha retratado la violencia en las calles de Caracas. Su última aventura, hecha para Discovery Channel, fue meterse tres meses en el cartel de Sinaloa.

David Beriain es un personaje de lujo, ¿cierto? La pregunta es ¿cuál fue el tema que me planteé y cómo fue que llegué a él?

En 2008, mientras trabajaba como editora de política de diario El Telégrafo, también hacía una página a la que llamamos “Medios”, en la que abordábamos los dilemas del oficio periodístico. Un día, quise investigar cómo era aquello de ser corresponsal de guerra, qué le hacía a una persona arriesgar su vida para contar la realidad de gente que vive en situaciones de violencia extrema. Llegué a este tema luego de leer varios libros del maestro Ryzchard Kapuscinski, quien se desempeñó como reportero de guerra y contó sus experiencias en libros que son referencia básica para todo cronista, como Ébano, El Sha, o El Emperador.

Estos libros me conmovieron profundamente. Ahí estaba el principal ingrediente de una buena crónica: la pasión por el tema. Empezó a crecer el deseo de entrevistar y contar la historia de alguien que se pareciera a Kapuscinski, alguien que me contara en primera persona lo que significaba ser un corresponsal de guerra.

Planteé el tema en la reunión de editores, y fue aceptado, sin embargo, todos me miraron raro y me preguntaron: ¿de dónde vas a sacar a un corresponsal de guerra?

Y aquí viene un punto importantísimo en toda investigación, y es aprender a seguir tu intuición para dar con el personaje perfecto. Tu intuición te llevará a hacer una llamada, escribir un mail, salir a la calle, contarle el tema a tu mejor amigo, quedarte callado durante horas, lo que sea que tu intuición te indique, eso haz.

A mí me llevó a escribir un mail a un profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, a quien había conocido años atrás. Se supone que la de Navarra es una de las mejores facultades de Comunicación del mundo, pensé, así que, tal vez, este profesor tenga a algún corresponsal de guerra entre sus alumnos destacados.

Otro punto clave aquí es comprender que el personaje perfecto no necesariamente está en tu ciudad, o país. El personaje al que mi intuición me guió estaba en España, pero podría haber estado en cualquier otro lugar del planeta. Gracias a Internet, tú puedes acceder a entrevistar a cualquier persona en el mundo. No te amilanes ni te limites, piensa siempre en grande. El personaje que buscas podría estar muy lejos, o muy cerca. En cualquiera de los casos, si tú sigues tu intuición, podrás conectar con él. Algunos periodistas a esto le llaman “olfato” o “instinto animal”. Yo le llamo “intuición”.

Y efectivamente así fue. Este profesor me habló de David Beriain, quien había sido su alumno. “David es un capo, es un diez, tienes suerte si te contesta. La última vez que hablé con él se iba para Afganistán”, me previno, pero me dio su contacto. “Eso era lo que quería escuchar. No quiero a un corresponsal de guerra cualquiera, quiero al mejor, a alguien tan extraordinario como Kapuscinski”, le contesté.

Pon alto tu marca, y llegarás lejos. Siguiendo mi intuición logré encontrar a cada uno de los personajes de este libro, y de mi anterior libro de crónicas: Historias que contar.

En la medida en que te involucres con su historia, entenderás al personaje. Comprenderás sus causas profundas, sus motivaciones, sus deseos, sus intenciones. Involucrarse significa que, a través de este personaje y esta historia, tú vas a sentir, pensar y experimentar emociones que probablemente nunca antes hayas sentido. La crónica te exige que estés adentro, porque sólo desde adentro se puede contar.

Ese mismo día conecté con David Beriain por mail, luego pasamos al messenger y la noche siguiente logré una entrevista por teléfono que duró cerca de dos horas, de la que surgió la crónica que leerán a continuación, y que salió publicada un domingo de 2008 en diario El Telégrafo.

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David Beriain: los ojos humanos detrás de la guerra

Era marzo de 2003 y lo único que David Beriain (Navarra, 1977) quería era llegar a Irak. Estaba atrapado en el frente norte de Turquía. Había llegado hasta allí desde España con la intención de cubrir la inminente invasión estadounidense al país del Tigris y el Eúfrates. Tenía 24 años, reportaba para el diario La Voz de Galicia y se había empecinado en ir. Y en ir solo. Cuando llegó a la frontera y vio que los pasos sirio (noroeste) y turco (norte) estaban bloqueados y que la guerra, del otro lado, ya había estallado, lo decidió: contrató a dos contrabandistas kurdos y se metió en el fondo de un camión como un inmigrante, respirando por cuatro agujeros de medio centímetro de diámetro. Lo dejaron en la aridez. Caminó 15 horas por las montañas, esquivando a los agentes turcos y a las minas antipersona. Así se metió en el infierno. Entró a Irak. Estuvo entre fuegos de mortero, en tiroteos. Le dispararon por primera vez. Vio morir a personas cercanas. Tuvo miedo. Pero logró cubrir las caídas de las ciudades del norte: Kirkuk, Mosul, Tikrit. Y obtuvo una exclusiva: los ajusticiamientos de los generales del partido Baas, en Kirkuk.

Lejos de asustarlo, Irak esculpió su fuego interno y lo convirtió en el reportero de guerra que es y que desde hace seis años cubre los conflictos más importantes del planeta. Ha estado cinco veces en Irak, seis en Afganistán y ha cubierto las guerras en Cachemira, Pakistán, Sudán y Darfur. Su última hazaña fue este año: pasó diez días con los guerrilleros de las FARC, en el estómago de la selva colombiana. Y lo cuenta con la sencillez de los tipos grandes, ahora tranquilo desde su casa en Artajona, un pueblo de 1.700 habitantes, al que siempre vuelve para descansar de sus batallas. Allí no es el reportero de guerra que da entrevistas, sale en la televisión y escribe en los diarios, sino el hijo de un simple agricultor.

Todo empezó a los 18 años, cuenta David, cuando decidió estudiar periodismo. “Tenía una preocupación humana más que periodística y el sueño de viajar a América Latina. Quería ir a cavar letrinas, o lo que fuera”. Entonces, empezó a mandar mails a cuanto diario sudamericano pudo para pedir una oportunidad de hacer pasantías. El único que le contestó fue El Liberal, de Santiago del Estero, una de las provincias más pobres de la Argentina.

Su primer reportaje consistió en investigar una denuncia: si era verdad que los enfermeros de un hospital psiquiátrico violaban a los pacientes. David, que no sabía un ápice de periodismo, sintió como si le mandaran a darle un mensaje a García: “vaya e investigue”.

Iba con otro compañero, él se encargó de las fuentes oficiales y tal, y yo entré a hablar con los locos”, se acuerda. “Si hubiera estado en España haciendo prácticas, seguramente habría hecho la crónica de las fiestas de un pueblo. Y el periodismo no me hubiera atrapado tanto como me atrapó. Pero aquella crónica me marcó. Entonces, supe que era lo que quería hacer toda mi vida”, dice.

Cuando se graduó de periodista montó en ese mismo diario una unidad de investigación que destapó cloacas tan fétidas que desató la caída del gobierno de la provincia (eran los estertores del menemismo, a inicios de este siglo). Llegaron las presiones, las amenazas de muerte, y el diario puso fin a las publicaciones. David volvió a España. Se enroló en La Voz de Galicia. Y llegó el 11 de septiembre.

El navarro empezó a hacer reportajes sobre el régimen talibán, sin moverse de la redacción. Esperó, esperó, hasta que llegó la gran oportunidad: la posibilidad de un viaje a Afganistán para ver a las tropas españolas. Ese primer contacto con la realidad de la guerra lo armó de valor para cubrir luego Irak. Para él, esto no es un tema de tener o no “cojones”. “Se trata de que te importe la gente, de ponerle cerebro a la historia y corazón para tener empatía y darse cuenta de lo que a ellos les pasa”.

Y es que lo suyo no es solo salir a cazar historias. Hay todo un significado humano en lo que hace. “Cuando uno va un sitio como estos y ve lo que ve, uno se siente ridículo, se siente muy pequeño. La libertad que siento es que mi ego desaparece. Hay mucha libertad en olvidarse de uno mismo y preocuparse más por otros”, reflexiona David y suena como en un eco la voz de Ryszard Kapuscinski, con esa misma tonalidad sencilla y esa visión antropológica del periodismo que, como a él, lo llevó a exponer su vida para contar el drama de la gente que vivió las guerras en África, Asia y Latinoamérica.

David regresó en marzo de este año a este continente, específicamente a Colombia, luego de que un día su editora le dijera: ¿por qué no entras a las FARC? Él, como siempre, alistó maletas. Y se instaló en Bogotá para armar la telaraña de contactos.

Era el sábado 1 de marzo y estaba en un departamento, en Bogotá. Esperaba una llamada. Esa que luego de semanas de esperas e intentos fallidos le avisara que al fin podría entrar en el campamento. El teléfono sonó, y Beriain preguntó: “¿cuándo lo hacemos?”. La voz del otro lado le dijo: “nunca. Mataron a Raúl”. Reyes, el ex líder de la guerrilla, era el vínculo que tenía el periodista para entrar a las FARC. Muerto él, le tocó esperar.

Pero tres semanas después, sin equipo de apoyo, y luego de dos días y medio de viaje por el laberinto de la selva, logró convivir con los guerrilleros del bloque del Magdalena Medio, comandado por Pastor Alape. De allí nació la serie de reportajes “Diez días con las FARC”, publicado por adn.es.

Pero ¿hasta qué punto el contar las historias de la gente justifica que arriesgues tu vida? Beriain lo tiene claro: “Que yo esté a punto de morir o no, no es relevante, porque, de hecho, ha habido mucha gente que sí ha muerto con historias más dignas que la mía. Las historias de los otros, eso es lo realmente importante”.

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