El guardián de Jaboncillo


—una historia basada en hechos reales

Cultura-Manteno-Huancavilca

Capítulo I

Un mensaje en las piedras

En la mente de los niños del campo habitan duendes y hadas. Pero en la cabeza de Miguel Ángel Rodríguez Tejena había más que eso. A los ocho años, la idea de una ciudad perdida, sepultada en el cerro Jaboncillo, empezó a crecer como una ola enorme que arrasó con todo. La imaginaba como una ciudad de poderosos caciques, chamanes que tenían línea directa con los dioses, monumentos, pirámides, casas en piedra, jardines, cascadas que brotaban de la roca, hermosas mujeres con pechos descubiertos, fuertes guerreros, sabios ancianos y niños, muchos niños soñadores. Miguel no estaba tan equivocado.

Ya casi amanece en la casa de los Rodríguez Tejena. La lluvia ha sido constante en los últimos días y Miguel, que tiene ocho años y no va a la escuela, no ha podido ir a jugar a su lugar favorito: el cerro Jaboncillo. A Miguel ese cerro lo llama. Le apasiona ir allí y encontrarse en ese mundo mágico de árboles milenarios, caminar por los lechos de los ríos secos que se forman en época de sequía o refrescarse en las trece cascadas que se forman justo ahora, cuando llueve todos los días. Él ha bautizado a algunas: La niña, La tina, Escalerita, La doble.

En ese bosque, Miguel ha visto todo tipo de animales increíbles, como búhos blancos, gatos enormes como pumas y tigrillos, pájaros de todas las formas y colores, algunos con larguísimas colas. Y también ha visto a seres elementales de la naturaleza como duendes y hadas, o se comunica con los espíritus de sus ancestros. Ya lo hemos dicho: Jaboncillo es un mundo mágico donde todo puede pasar.

Le llaman así a este cerro, que queda a 600 metros sobre el nivel del mar, porque antes estaba lleno de Sapindus saponaria, un árbol siempre verde que bota unos frutos como bayas color café que contienen una pulpa pegajosa. Al estrujarlos, hacen una espuma que los antiguos usaban como jabón para lavar la ropa. Tal vez, hicieron demasiado jabón, porque apenas quedan unos pocos jaboncillos.

El cerro está a cuatro kilómetros de Picoazá, una parroquia urbana que queda a once kilómetros de la capital, Portoviejo, en la provincia de Manabí.

Miguel no va a la escuela, porque la escuela no es para él. Lo matricularon en primer grado y perdió el año, así que sus padres: José, que es agricultor y Luz María, que es lavandera, decidieron que así era mejor, “menos gasto”. Ellos tienen once hijos y no pueden permitirse enviarlos a todos a la escuela.

Miguel, que es el hijo número siete, estuvo muy contento con la decisión de sus padres, porque así podía pasar todo el tiempo que quisiera en el cerro.

Toda la noche, Miguel ha pasado inquieto, soñando con el saco de piedras que recogió el otro día en Jaboncillo. Su hermano mayor, Teodoro, quien tiene 18 años y trabaja en una mina, le construyó a Miguel una resortera y le dijo: «Te voy a enseñar a cazar pájaros. Anda al cerro y baja un buen pilo de piedras». Y así lo hizo Miguel. Sin embargo, el niño no entendió que “cazar pájaros” significaba matarlos.

Si Teodoro le hubiese dicho: «Te voy a enseñar a matar pájaros», Miguel, seguramente, habría respondido «¿para qué quieres matarlos? ¿no te alegran el día? ¿no te parecen hermosos sus colores y sus cantos? ¿no te gusta verlos construyendo sus nidos?». Porque Miguel es un niño que ama la naturaleza y la cuida. No está de acuerdo con las personas que la destruyen o que no la respetan.

Ya casi amanece; Miguel sueña cosas raras. Él siempre tiene sueños muy intensos. Se ve a él mismo frente a la pila de piedras. Coge una piedra y esta estalla en sus manos; las pequeñas esquirlas se le meten en los ojos.

Se despierta consternado, pensando que se ha quedado ciego, pero se da cuenta de que sólo fue un sueño. Sabe que no debe darle esas piedras a su hermano, pero no entiende el porqué. Vuelve a dormirse y, de pronto, la voz de un anciano le habla y le dice: «No destruyas la Naturaleza, Miguel. Tú no eres un depredador, tú eres uno de nosotros. Más bien, mira con atención esas las piedras, porque ellas te guiarán a algo muy grande».

Antes de desayunar, Miguel va afuera a buscar el saco de piedras y empieza a sacarlas una por una. Las mira con detenimiento, pero no logra ver nada. Se enoja y empieza a arrojar las piedras. «Solo fue un tonto sueño», se dice a él mismo. Sigue arrojando las piedras y la misma voz del sueño, dentro de su mente, le dice: «No tires las piedras, Miguel. Tienes que mirar con más atención. El agua te ayudará a ver».

Miguel no tiene miedo al escuchar la voz. Al contrario, es una voz que le habla con mucha calma y amor, como si lo conociera de toda la vida. Miguel guarda las piedras.

Más tarde, ese mismo día, Miguel va al cerro con su padre, como de costumbre, para cultivar la tierra. Casi siempre siembran maíz. Miguel trae el saco de piedras con él. Cuando ya están arriba, empieza a llover. Buscan refugio debajo de un jaboncillo enorme, y el niño saca las piedras. Las pone todas delante de él, tal como en el sueño. Se las queda mirando y de pronto se da cuenta de que pequeñas gotas de agua empiezan a caer sobre las piedras.

Lentamente, el agua lame las piedras, las lava, las moja completamente. Entonces, para sorpresa de Miguel, algo empieza a relucir en ellas, algo como un grabado antiguo, un tallado en la superficie. Miguel se queda perplejo.

¡Mira papá! ¿ves esto? ¿qué es eso en las piedras? —le dice Miguel a José. El hombre mira el tallado en las piedras, e inmediatamente recuerda una conversación que hace poco tuvo con su padre, Ramón Rodríguez, el abuelo de Miguel:

«Aquí en este cerro hubo antes, hace miles de años, una civilización de gente sabia que tenía contacto con los dioses. Eran indios manteños. De ellos son todas esas piedras labradas. Los viejos como yo hemos visto las sillas ceremoniales donde se sentaban los chamanes y las chamanas. Eso fue antes de que vinieran los saqueadores y se lo llevaran todo», le dijo el abuelo.

Los manteños fueron una cultura prehispánica del litoral ecuatoriano. Los manteños fueron grandes navegantes que pudieron comerciar sus productos, entre otros, la concha espóndylus y sus artesanías en oro y en plata, desde el norte de América hasta el sur de Chile en balsas que ellos mismos construían. Fueron ellos quienes, desde sus poblados, contemplaron las naves españolas por primera vez surcando las aguas ecuatoriales del Mar del Sur. Los manteños poblaron las zonas geográficas de la actual Bahía de Caráquez hasta el Cerro de Hojas entre la actual Manta y Portoviejo.

José se había quedado pensando: «¿Cómo es que yo no supe esto antes?». Ahora su hijo Miguel, de apenas ocho años, empezaba a darse cuenta.

Esas no son simples piedras, Miguel. Fueron talladas por los hombres que vivieron aquí en el cerro hace miles de años —responde José tomando una de las piedras.

¿Y qué pasó con ellos, papá?

No lo sé, pero tal vez podamos ir donde tu abuelo para que nos cuente más.

El tallado es muy antiguo; a Miguel le parece que brilla al sol. Le intriga saber qué significarán aquellos símbolos. Algunas se asemejan a plumas de lechuza, otras, Miguel cree que son mapas.

Cuando Miguel va donde su abuelo, este le revela algo más:

No sólo hay piedras talladas, Miguel. También hay muchos restos de vasijas y estructuras de casas. Pero lo más sorprendente es que hay ¡huesos! Están en toooodo el cerro —le dice el abuelo, abriendo mucho los brazos.

¿Huesos de gente, abuelo? —dice Miguel, tragando espeso.

Sí, Miguel. Ellos, los que están enterrados en el cerro son nuestros antepasados. Lo que pasa es que a la gente de aquí no les gusta reconocerlo. Pero nosotros provenimos de los indios, no de los españoles.

Abuelo, pero ¿por qué dices que hay huesos? ¿Hay un cementerio debajo del cerro? —pregunta Miguel, un poco confundido.

No exactamente. Lo que hay es una ciudad, una enorme ciudad que existió hace miles de años. En esa ciudad, a los muertos se los enterraba en las casas, porque creían que así los espíritus los cuidarían para siempre. Todo el cerro es un cementerio, porque había casas en todo el cerro. Esto lo sabemos, porque desde antiguo hemos encontrado objetos y estructuras. Por ejemplo, hay una pared de roca de más treinta metros de alto que se levanta en medio de los árboles. De ahí, los indios extraían la piedra para hacer sus objetos.

Llévame a verlo, abuelo —le pide Miguel entusiasmado.

Sí, te llevaré Miguel. Pero debes saber que los espíritus del cerro no pueden descansar en paz, porque han levantado sus tumbas con esas maquinarias del diablo —le dice Ramón un poco enojado. Y luego añade:

Por eso, a mucha gente le da miedo subir al cerro, dicen que el cerro está embrujado, pero no es así. Solo que, a veces, los espíritus en pena se dejan ver.

A mí no me da miedo. Yo sé que son los espíritus buenos de mis abuelos.

Sí, querido Miguel. Esto solo lo saben los viejos como yo, y pronto moriremos. Alguien tendría que hacer algo para que este conocimiento no se pierda y se descubra lo que verdaderamente hay debajo de Jaboncillo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s