Huertos Urbanos, el desafío de conectarse con la naturaleza en la ciudad


Texto: Marcela Noriega

Fotos: Mauro Sbarbaro

Publicado en la revista VIVAMOS!

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Cuando Christian Monge salió del colegio se sintió a la deriva. No sabía si seguir el llamado que sentía por dentro –expresarse, ser libre, aunque de momento no supiera cómo hacerlo– o seguir lo que le dictaba el exterior: ser una persona normal. Por unos años fingió ser una oveja más del rebaño. Siguió Marketing y trabajó en algo típico. Esto le sirvió para empezar a cuestionarse muchas cosas. Luego, se fue enfocando. Por un lado, su cerebro creativo lo atrajo a la música y estudió Sonido. Y por otro lado, sentía un claro llamado ecológico que no sabía muy bien cómo canalizar. Se matriculó en Ingeniería Ambiental. Pero le parecía que iba muy lento. En la Universidad no hallaba reflexión, todo era lineal. En 2012, entró en una crisis existencial. Dejó los estudios formales y se decidió a investigar por su cuenta. El resultado de todo aquello fue la pieza clave que le faltaba para unir las piezas de su vida: la permacultura.

Se pueden decir muchas cosas sobre la permacultura. Tal vez, lo más osado sea decir que es un intento de re-crear el Jardín del Edén en cualquier tipo de ecosistema donde uno viva. Un lugar donde las casas, las construcciones, así como los sistemas de agricultura, el uso de la energía, todo, sea sustentable y amigable con la naturaleza y con las personas. El inicio de todo esto puede ser un pequeño huerto en tu casa.

La permacultura enseña cómo crear espacios que se sostengan ilimitadamente en el tiempo. Algo que para muchas mentes racionales puede sonar a utopía, para gente como Christian Monge es una realidad que vive y difunde, dentro de la ciudad.

Comprendió que debía capacitarse para enseñar a las personas cómo recuperar la relación con el medio ambiente, con la Madre Tierra. A los 27 años, descubrió que esa era su misión de vida y ahora es el referente en Guayaquil cuando de huertos urbanos se trata. En sus talleres se aprende cómo hacer huertos de todo tipo de cultivos, cómo hacer composteras con desechos orgánicos, cómo aplicar energías renovables, cómo volverse auto-sustentable para, poco a poco, dejar de depender del sistema. Se aprende sobre la colaboración, el trabajo en equipo, la solidaridad. Se aprende a pensar distinto.

La permacultura le permitió a Christian sentir lo mismo que cuando hace música o crea instrumentos con materiales reciclados: sentirse él mismo. “Pude encontrar en la permacultura un reflejo mío. Se abrió mi entendimiento en distintos niveles. Todo ocurrió cuando me pude ver reflejado. Yo antes pensaba que era una persona dispersa, pero la permacultura me mostró que así mismo es la esencia del ser. En la vida real, en un ecosistema, en una sociedad, todo es integral, holístico, todo está vinculado con todo”.

Vivimos la transición de ser una humanidad dormida, aletargada, a ser una humanidad despierta, consciente de que somos uno con el entorno. Christian Monge explica esto con una metáfora: Imaginemos que vamos dormidos en un gran tren. De pronto, nos despertamos y nos asomamos por la ventana. Vemos que el tren va muy rápido y vemos también que se va a chocar. Si te lanzas de una del tren te vas a hacer pedazos. El tren se está moviendo por inercia gracias al peso que lleva dentro. Lo que tienes que hacer es una transición y volverte más ligero. Dejar de aportarle peso a ese tren. De pasito en pasito tienes que dejar de aportarle peso a los círculos que tú sabes que mantienen ese camino. Das pequeños pasos para volverte auto-suficiente, por ejemplo, empiezas a sembrar tus propios alimentos, dejas de comprar en las grandes cadenas y le compras al productor orgánico, te vuelves vegetariano, usas la bicicleta, aprendes a hacer tu propia pasta dental, tu propio desodorante, todo esto va conectado.

Tiene que ver con un cambio de paradigmas, eso está en el fondo. De alguna manera tenemos que afrontarlo. En muy poco tiempo, se va a dejar de pensar en términos de que si la política es de izquierda o de derecha, lo que se va a pensar es si la política es sostenible o no. Y con nuestros proyectos personales ocurre lo mismo, lo que sea que hagamos, podemos verlo desde esa óptica: si es sostenible o no.

Por ejemplo, si me quiero poner un restaurante, voy a usar productos que respeten la tierra, que sean orgánicos. Voy a hacer que mi producto sea saludable para la gente, que tenga una intención de reducir el colesterol, de aportar más nutrientes, etc. Cuando tu proyecto cuida la tierra y cuida la gente, es sostenible. Y cuando los proyectos son sostenibles tienen la cualidad de que se pueden unir entre ellos. No hay dinero de por medio, ni ego. Entonces, si tú tienes una feria, un festival holístico que busca crear una consciencia sobre la tierra y sobre la gente. Y yo tengo mi comida sana. Y ella hace instrumentos musicales con reciclado, que son para relajarse. Todos podemos participar en tu festival, porque estamos con el mismo propósito. En cambio, si yo vendo cosas para carros tuning y ella vende perfume, es complicado unirnos, porque hay distintos intereses.

Poco a poco nos vamos sacando de la cabeza ese patrón que nos enseñaron en la universidad de que nuestros proyectos tienen que tener una tasa de retorno a cinco años. Empezamos a pensar de aquí a 150 años, como lo hacían nuestros ancestros. Ellos, para tomar una decisión, se preguntaban qué pensarán de esto nuestros nietos, biznietos, tataranietos, de aquí a siete generaciones”.

Sin embargo, la transición no es sencilla, sobre todo si vienes de una familia que no tiene relación con la naturaleza.

Los padres de Christian son de Guayaquil, siempre vivieron en la ciudad y en la familia no hay ningún músico, a ninguno le gusta el campo, “todos están metidos en eso de trabajar, endeudarse, vivir en Samborondón”. Al principio, hace un par de años hubo un choque con el árbol genealógico. “Esa es una etapa normal que pasa. Pero ya luego cuando te empoderas en lo que quieres, ya te escuchan, te prestan atención porque perciben que estás pasándola bien, haciendo lo que te gusta”. Él no tiene hijos todavía, pero quiere mostrarle a sus sobrinos “que cuando te entregas al sueño, el Universo te va sosteniendo, y no te pasa nada. Solo se abren puertas increíbles y te sorprendes de todo. Eso es salir del círculo de confort”.

Junto a Michelle Solano, Christian hizo el primer taller de permacultura gratuito en Guayaquil para empezar a difundir la idea. Michelle tiene 25 años y dirige el espacio En Espiral, que lo alquila para eventos underground. Ahí van artistas, profesionales, artesanos a hacer sus talleres, y así promover el arte y la consciencia en Guayaquil.

Michelle está a punto de graduarse como ingeniera en Recursos Naturales Renovables en la UEES. Eligió esa carrera por consejo de su padre, que es ingeniero eléctrico, pero tiene en su empresa una rama de energías renovables, paneles solares, ventiladores eólicos. Un día, al espacio de Michelle fue un maestro filipino que hacía meditaciones y hablaba sobre Ecología Holística. Entre los asistentes estaba Christian, ahí se conocieron. Otro día Michelle fue a uno de los talleres de permacultura urbana que da Christian y ahí ella se entusiasmó aún más con la idea. Todo empezaba a calzar en sus vidas. Gracias a ellos, algunas personas en Guayaquil ya tienen sus huertos.

Hace cuatro meses que Estefanía Aumala y su esposo Javier Alcívar tienen su huertito en el patio de su casa, en La Alborada. Hicieron el taller con Christian y se engancharon. Ella tiene un trabajo que puede ser muy estresante: jueza en casos de maltrato a la mujer, y viven en una zona muy contaminada por el ruido. Pero en el pequeño espacio del huerto, Estefanía encuentra la calma que necesita.

Es bien terapéutico tener un huerto, dice ella.

Es como meditar, dice Javier.

Ella se guía por los ciclos de la Luna, y planta un nuevo semillero en cada Luna Nueva. Tiene de todo un poco: hierba luisa, albahaca, tomillo, orégano, oreganón, hierba buena, estevia, perejil y de comestibles: cebollín, pimiento, tomates.

Estefanía recuerda que hay un capítulo en el libro Mujeres que corren con lobos, el libro sobre empoderamiento femenino de Clarissa Pinkola Estes, que hace una comparación entre la vida y mantener un huerto. “Ver cómo una semilla brota, crece, se vuelve una planta que nos da frutos, flores. Aprendemos cómo cada cosa tiene su ciclo y cómo todo tiene que tener un mantenimiento, un cuidado. Hay que sacar la mala yerba, sentir los ciclos de la luna, estar conectada. Es lindo cuando uno coge su tomatito y lo pica, eso es maravilloso. Es comida limpia, es bien terapéutico el hecho de cuidarlo todos los días y asombrarse cuando ves que ¡Ya brotó!”

Todas estas hierbas son aromáticas, nos muestra. “Mi hija ama venir acá, le digo así: hierba buena y ella va sintiendo y va oliendo. Los niños pequeños tienen que desarrollar sus sentidos, y con un huerto en casa es super fácil hacerlo”. Naomi Violeta, de 1 año y ocho meses, ya es parte de esta comunidad pionera de gente que está re-aprendiendo cómo relacionarse con la naturaleza dentro de la ciudad.

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Puerto López acuna a las ballenas


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Salimos a las seis de la mañana del centro de Puerto López para ver ballenas. Y ellas tardarán en aparecer. Esto nos servirá a las personas que vamos en la embarcación para hablar de nosotros, para contarnos quiénes somos, mientras el sol empieza a asomarse por el este, justo detrás de las colinas del pueblo de pescadores que entre julio y septiembre recibe a turistas de todo el mundo, que llegan para ver a las jorobadas en su travesía.

El sol nos regala una bella visión en tonos rojos y naranjas. A esta hora el mar está calmo, y es como un vaivén que apenas se siente. Las ballenas jorobadas vienen a hacer el amor y alumbrar a las crías que concibieron un año atrás en estas mismas aguas. De aquí, se van embarazadas o convertidas en madres. Para poder hacer esto, las ballenas migran desde las frías aguas de la Antártida hasta las aguas ecuatorianas 8 mil kilómetros (en total, 16 mil kilómetros entre llegada y regreso). Les dicen jorobadas, porque les encanta zambullirse, y para hacerlo salen del agua, arquean el lomo, y caen. Es común ver a los ballenatos saltando y zambulléndose con sus madres en esta temporada.

Vamos en Pelo Fino, la lancha de Aurelio Colón Asencio Villao, el capitán, pescador nacido hace 69 años en Puerto López, quien no cuenta con permiso de la Armada para llevar turistas. Pero nosotros no somos turistas. En la lancha vamos tres tripulantes.

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Mauro Sbarbaro, quien, además de fotógrafo, es un artista plástico que lleva casi veinte años pintando ballenas. Calcula que ha creado unas 70 piezas y ha hecho de ellas un ícono personal de paz. Las ballenas son, para él, una especie de tótem sagrado, significan tanto en su historia personal que ha dejado todo en la ciudad y se ha venido a vivir a Puerto López. Nada menos que conmigo, que soy su compañera. Desde que llegamos, hace seis meses, no hemos parado de conocer gente de todo el mundo. Puerto López es un paraíso que atrae. La tercera tripulante es Maria-Luise Schrempf, una linda austríaca de 38 años, que llegó a Guayaquil para dar clases en el colegio Alemán. Es vegetariana, ecologista y también lo dejó todo en la ciudad para vivir en la naturaleza. Este año se mudó a Ayampe con sus dos gatos.

Aurelio Colón empieza la conversación. “Muchos se asombran, pero están claritas las cuentas. Yo nací en Puerto López en 1945 y el 12 de noviembre completo los 70 años, y ¡mire en qué contextura!”, dice sonriente, siempre con la mano atenta al tubo con el que mueve la dirección de su embarcación. Él le llama “la fibra”, está viejita, tiene 25 años, pero el motor es poderoso. No solo porque está tan fuerte como un deportista, sino porque ha vivido una vida llena de aventuras, Aurelio Colón se siente contento. Y sabe agarrar las olas con una delicadeza que da gusto. Cuenta que, prácticamente, nació en el mar y nunca se aleja de él. “Si un día no vengo al mar, me siento mal. Es como si algo me faltara”. En Puerto López lo conocen como Pelo Fino, fue así como le pusieron en Galápagos, donde estuvo viviendo y navegando durante largos años. También ha andando en aguas chilenas y peruanas.

María-Luise lo escucha en silencio. Ella está iniciando un negocio de conferencias virtuales, dirigidas sobre todo a alemanes y austríacos que quieran vivir en el extranjero. Dice que no cambia su tranquila vida en Ayampe por el frenesí y el control de ninguna ciudad europea. Vendió el departamento que tenía en un exclusivo barrio de Viena y se vino a echar raíces en Ecuador. Ya tiene visa permanente y ya ha sembrado cien árboles frutales en su terreno.

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Mauro tampoco quiere volver a Europa, y también ha decidido quedarse.

Nació hace 42 años en Guayaquil, pero proviene de una familia italiana. Aprendió italiano de oír hablar a sus padres. Más tarde, aprendió inglés y alemán. Cuando terminó el colegio, se fue a Florencia a estudiar Gráfica Editorial y Publicitaria. Luego de tres años, volvió a Guayaquil, no sin antes viajar por toda Europa como mochilero.

Se terminaban los 90 y la crisis se avecinaba. Le fue mal en las agencias, los publicistas no comprendían la libertad creativa que él traía de Europa. Puso dos negocios relacionados al arte que no resultaron, y llegó la dolarización. Volvió a irse del país, está vez pensando nunca más volver. Tenía 23 años y fue aquí cuando empezó a pintar ballenas, tal vez, como una forma de tolerar la tensión. Estuvo viviendo seis años en algunas ciudades suizas, luego vivió un par de años más en Londres. En todo ese tiempo nunca paró de pintar ballenas.

Piensa que hacerlo le ayudó a resistir la nostalgia de estar lejos de su familia, y que fueron ellas las que, finalmente, lo trajeron de regreso a casa.

Él logra captar la belleza del movimiento de las ballenas en las profundidades, o crear en el rostro de ellas una expresión de placer. Pinta ballenas que se entrelazan, que comparten, que disfrutan de estar en familia, que se demuestran amor, que se relajan, que nadan en la quietud. Ballenas que transmiten valores y sabidurías.

Pelo Fino baja la velocidad, sube una ola enorme, con tanta gracia que no se siente la caída. “¿Si ve el golpe que íbamos a tener? Esto es como un carro, cuando uno ve una loma tiene que bajar la velocidad y cogerla bonito”, dice. Luego se acuerda de esto:

—Una vez vi cómo una ballena luchó por la vida de su hijo. Ella cargaba un ballenatito de unas dos semanas de nacido. Todos luchamos por nuestros hijos, y yo vi cómo ella luchó, cómo batías las aletas. De todas maneras, se lo quitaron las orcas, esas que son blancas con negro. Casi nunca se ven, pero yo las he visto.

Nos hemos adentrado en el mar, estamos ya en Salango.

Aurelio Colón ha visto ballenas desde que era un niño, las ha visto hacer el amor y parir tantas veces. Él las distingue a kilómetros. Nosotros no vemos nada, pero él asegura que acaba de ver una ballena y acelera en dirección este. “Esta fibra corre durísimo”. Efectivamente, una ballena aparece ante nosotros. No parece una jorobada. Mauro dice que es una ballena franca. No lo puede creer.

Las francas son las que menos se ven, porque han sido las más cazadas. No sabíamos que había ballenas francas y mucho menos orcas en estas aguas. La ballena se sumerge en la densidad del mar. Al cabo de un momento, vemos una segunda ballena, esta sí es una jorobada bastante joven.

Mauro se emociona, toma todas las fotos que puede, mientras Pelo Fino se bambolea. La ballena continúa su ruta y nosotros la seguimos, gritando de alegría cada vez que sale, cada vez que nos muestra la cola. “Allá está la muchacha”, grita Pelo Fino cuando la distingue, y acelera. La ballena hace varios giros en los que le damos encuentro, es como un juego que nos permite jugar. Luego, se va definitivamente. El día está gris, pero Mauro, María-Luise, Pelo Fino y yo hemos podido ver a las ballenas y nos sentimos en casa. Y eso disipa cualquier neblina.

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(Este texto salió publicado en la revista Semana de diario Expreso el domingo 9 de agosto de 2015.)

Texto: Marcela Noriega

Fotos: Mauro Sbarbaro