La caja de las memorias


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No hay nada que salvar. El fuego estival lo ha consumido todo, incluso consumió nuestras lenguas. Nos quedamos sin nada que decirnos. Para qué sirve el músculo si no hay intención de buscarnos con las palabras. Decidí que sin lengua tampoco había razón para conservar las memorias. Por eso salí a venderlas. El sábado fui al mercadillo para vender todos los recuerdos que nos ligaban. Los guardé, envolviéndolos en telas limpias, dentro de una caja de madera. Se quedaron quietos, indefensos como muertos, cuando cerré la caja. Le puse un diminuto candado por fuera. La gente se acercó a ver qué guardaba con tanto celo. Abrí la caja y, en silencio, lo expuse todo sobre la tierra. Mi pasado desperdigado ante ojos incrédulos que se preguntaban cómo era posible que yo quisiera desprenderme de tantas memorias. Me pesan, quise contestarles. Necesito soltarlas. Si no quieren comprarlas, se las regalo. Pero no volveré con ellas a la casa. Ya no cabían dentro de mí, tampoco cabían en el closet ni en los estantes. Hice un enorme esfuerzo para concentrar todas estas memorias que ahora ven en esta pequeña caja. Tuve que viajar hacia cada una, traerlas al presente, con algunas tuve largos inconvenientes. Sé que un tiempo permaneceré cerca de muchas, y me sujetaré de ellas cuando sea necesario. Estas memorias suelen llevar largas trenzas. Pero en la caja encontrarán todo tipo de memorias. Quería decirles todas estas cosas a las personas que se acercaban, pero no tenía lengua, así que solo miraba las memorias a mis pies, en la caja. Empecé a llorar. Largas lágrimas mojaban las memorias y éstas, con el contacto de mi líquido transparente, volvían a nacer. Sabía que era la última vez que las contemplaba de esta manera. De pronto, una señora de unos setenta años se acercó y me dio un pañuelo. Yo me sequé las lágrimas muy despacio, cerrando los ojos y tapando mi cara con el pañuelo, agradeciendo por poder llorar. Cuando abrí los ojos, no estaba la señora ni las memorias. Sentí un alivio infinito. Adiós, pude finalmente decir. Mi lengua empezó a recobrar la vitalidad de los viejos tiempos, y apareció dentro de mi corazón el antiguo caballo que corre por los campos.

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