Las marcas en los árboles


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Nos parecemos a nuestras marcas; me lo hizo notar un taxista ayer. Ustedes se parecen tanto que yo pensaba que eran hermanos, me dijo. Yo me acordé de que esa no era la primera vez que alguien me lo decía. Me limité a reírme sin ganas, estaba exhausta y había mucho ruido y tráfico. El taxista se interesó por saber dónde estaba el señor. Le respondí que te habías ido de viaje, y que volverías en un mes. No le conté que ya no vivíamos juntos ni la razón por la que estaba en “nuestra” casa.

Debe ser que llegamos a ser tan cercanos que nos volvimos similares. No fue porque yo, naturalmente, fuese como tú, sino porque, de algunas extrañas, sutiles y burdas, maneras me fuiste moldeando durante estos largos años que compartimos. Al no ser escultor, al no saber cómo se ajustan las almas a las carnes, o la delicadeza que hay que tener para coger un corazón y limpiarlo, tu trabajo iba de mal en peor. No sabías cuidar de ti mismo, mucho menos podías cuidar de otra persona. Yo era inexperta, no lograba caminar en el andarivel correcto. Me caía de tus manos una y otra vez. Me derramaba como la sangre de un mirlo que un gato asesina. Tú, sin intentar la menor reacción, me veías caer. Me sentía como una muñeca de trapo inútil y sucia. No había palabras ni caricias, solo un silencio de tierra. Te amo y no lo estás viendo, musitaba antes de dormir. En ese entonces, yo ignoraba que el amor de esta manera no es posible.

El amor es un sentimiento que requiere de una vibración muy alta, y no puede producirse entre personas enterradas bajo la sombra, como éramos tú y yo. Al amor sólo pueden llegar los que han elegido dejar de sufrir, dejar de juzgarse. En ese tiempo, yo me juzgaba y permitía que tú lo hicieras. Creía que no era lo suficiente para ti, por eso me impedías el paso. No veía que tú no sabías cómo dejarme pasar, que tu corazón estaba totalmente resguardado en una caja fuerte. Habías perdido las llaves y te daba pereza buscarlas. ¿En qué camino, dónde ocurrió lo de las llaves? Quería ayudarte a buscar. Me hablabas de alguna ruta, un modo que ya antes alguien intentó, pero yo ni siquiera lograba derretir todo el hielo negro que tapaba tus ojos.

Cuando te conocí, sentí que la vida me daba la oportunidad de consolar a un niño que había sufrido. Como si todos los niños del mundo no sufrieran, como si pudiese medirse la intensidad del sufrimiento de unos versus el sufrimiento de otros. Como si tu sufrimiento de niño fuese más terrible que el mío propio. Pensé que si te amaba, cambiarías. Dejarías el rencor hacia ti mismo y, por fin, podrías corresponder mi amor. Las mujeres solemos pensar que con nuestro amor alcanza y cuando nos damos cuenta de que nunca vamos a ser correspondidas de la manera en que lo imaginamos, montamos en cólera. Son las trampas que nos pone nuestro ego una y otra vez. No tiene que ver con nuestra esencia femenina, sabia y alquímica, tiene que ver con la mente y el ego heridos. De pronto, estamos perdidas en la misma maraña de sentimientos que nosotras mismas hemos engendrado, alimentado y hecho crecer. Empezamos a matarnos de a poco con nuestros propios venenos. Al principio, no decimos nada; nos tragamos todo en silencio. Y si él nos pregunta qué nos pasa, callamos. Nos volvemos inaccesibles, como un atolón. Luego, evidenciamos el malestar de inexplicables y crueles maneras. Dañamos al otro y nos dañamos a nosotras mismas. En algunos casos, cavamos tan profundo la herida que no logramos ya nunca sanar.

Soy un ser humano, debe haber un modelo a seguir, un programa de mano, una guía de instrucciones. Debía partir de algún lugar, elegir el siguiente camino, el que me llevaría de regreso a mi propia coherencia. Estaba entre la bruma, sin poder ver ni siquiera mis pies. Me miraba al espejo y los ojos se me llenaban de lágrimas. ¿Qué debo hacer para amarme a mí misma? ¿Dónde ha quedado mi fuerza? ¿Cuál era mi propósito inicial? ¿Qué estoy haciendo de mi vida?

Yo me estaba sosteniendo por un hilo que llevo por dentro aún antes de nacer. El hilo que entrelaza mis propias palabras y me salva cuando pierdo la esperanza. En algún momento, supe que debía huir. Lo intenté. Me fui lejos, pero el fantasma estaba aún vivo, todavía latía su triste corazón. Goteaban recuerdos en mi mente que no eran de felicidad, y aun así quería volver. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cuándo se iría la nube gris sobre mi cabeza? ¿Cuándo sería suficiente de esperar y empezar a vivir? ¿Qué me impedía ver más allá de los árboles oscuros?

Debía volver y enfrentar el dolor, era todo lo que sabía. El regreso fue incluso más doloroso que el inicio del viaje. Cuando creemos que ya ha pasado lo peor, es precisamente cuando se desata la verdadera tormenta. Olas gigantescas me sepultaron, el agua era pesada y no estaba limpia, no lograba respirar lo suficiente como para sentirme viva. Estaba en el limbo, entre la vida y la muerte. No sabía si más allá que acá. Pensamientos terribles me asaltaban en la noche, me despertaba llorando. Dormitaba en el día, deambulaba. Me topaba con tu mirada, y hallaba la misma expresión de tristeza que desde el primer instante exacerbó mi compasión.

Cuando estamos en el sótano, no podemos bordear nuestros contornos. Empezamos a desaparecer en el moho y el olvido. Me acostumbré al olor de tus cosas guardadas, la más guardada de todas, tu corazón. Tus palabras de derrota eran patas con ventosas que se adhirieron a la superficie húmeda de mi garganta. Mis raíces no eran firmes. El día en que mi tronco empezó a tambalear, sentí que las hojas de las ramas más altas me pedían a gritos que reaccionara. Sus voces, al principio, sonaron a súplica, pero con el paso del tiempo y esto empezó a ocurrir a una velocidad inusitada, ellas empezaron a exigirme, a reclamar mi cambio de posición. Sube a un árbol, como cuando eras niña, y busca un nuevo ángulo de visión, me repetían por las noches. Yo estaba demasiado cansada para hacerles caso. Una de las hojas, al desprenderse, me recordó que el tiempo del aprendizaje por medio del dolor había terminado. Hasta entonces, sufrir había sido necesario para comprender, pero desde ahora sufrir era una elección. Estás lista para bailar en el aire, me dijo la hoja antes de caer.

Una a una fui descubriendo las marcas antiguas que yo misma había hecho en los árboles para recordar el camino a casa. Una de esas marcas llevaba tu nombre.

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Un comentario sobre “Las marcas en los árboles

  1. nadie sabe lo tiene hasta que lo pierde en el amor no hay orgullo solo cariño y comprencion ama como te aman y seras feliz

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