La cárcel de Velasco Mackenzie


  • Texto publicado en la revista Mundo Diners, marzo 2014

 

“Caminó tambaleante, sin imaginar lo que iba a vivir allí,

detrás de esa puerta que partiría su vida en dos.”

La Casa del Fabulante (Jorge Velasco Mackenzie)

UNO DE LOS ESCRITORES MÁS RECONOCIDOS DEL ECUADOR PASÓ SEIS MESES EN UNA CLÍNICA DE REHABILITACIÓN PARA ALCOHÓLICOS Y ADICTOS A LAS DROGAS. LA AUTORA DE ESTA CRÓNICA CONVERSÓ CON ÉL TRAS EL ENCIERRO Y CONSTRUYÓ EL RELATO A PARTIR DE SU TESTIMONIO. LA HISTORIA DE UN ATERRIZAJE FORZOSO PROMETE SER UNA DE LAS MEJORES NOVELAS DEL AUTOR.

Velasco

El toque de queda es a las seis de la tarde. Silenciosos, los enfermos se encierran en sus habitaciones. El escritor Jorge Velasco MacKenzie obedece como el resto. A veces, cuando reclama y se queja, le permiten ver algún noticiero en la televisión, pero lo más frecuente es que pasadas las siete de la noche desconecten la energía y la soledad sea la única que se pasee por los pasillos de la clínica. Salir es imposible pues los guardias ponen seguro a las puertas por fuera. Si alguien tiene una emergencia por la noche, no se enteran. Si alguien muere, tampoco.

Luis Camana, el compañero de cuarto de Velasco, tiene un hongo en el pie que duele y despide mal olor. Antes de acostarse a dormir, el escritor lo cura con paciencia, le pone una crema y lo arropa. Camana tiene 72 años. Cuando habla de él, Velasco lo llama “mi viejito”. Ambos son alcohólicos, viejos bebedores de cerveza, y fueron internados en esta clínica de rehabilitación por sus hijos. Camana le cuenta sus aventuras de cuando combatió en la guerra del 41, y Velasco le habla de sus amores imposibles. Han pasado noches enteras contándose historias reales o inventadas –la verdad importa poco– y alimentado la esperanza de poder salir pronto.

Tras una madrugada tranquila en la que duerme sin sobresaltos, los gritos de un guardia despiertan a Velasco cuando son apenas las seis de la mañana. Es el mismo guardia que siempre le restriega los privilegios que tiene dentro de la clínica. A los demás, le recuerda de mala gana, los despiertan a patadas. En cambio a él, que paga bastante, le tienen ciertas consideraciones. Velasco y Camana comparten una habitación con baño privado por la que cada uno paga setecientos dólares mensuales. El escritor se levanta lleno de ira para responder al guardia. Cuando se calma, nota que Camana no se mueve.

“Don Lucho, ya despiértese”, le dice tocándole el hombro. Camana no contesta. Velasco se da cuenta de que su amigo está muerto.

Enojado y confuso, Velasco sale del cuarto en busca de Bladimir Chiriboga, director y dueño de la clínica. “¡Anda a ver lo que has hecho!”, le grita desconsolado, aunque Chiriboga no tenga en realidad nada que ver con el asunto. Lo más probable es que Camana haya muerto de un infarto mientras dormía, pero  nadie puede confirmarlo y Velasco arma un alboroto en la clínica. Como cualquier otro día, lo obligan a ir a la terapia y no vuelve a ver el cuerpo de su compañero. Entre los adictos, dice Velasco, una muerte no es algo que espante demasiado. “Algunos internos han muerto en LaCasa, varios  adentro, de viejos, otros porque volvieron heridos; una mujer, la Ticsia, que usaba dos trenzas largas, fue lanzada hacia la puerta desde un automóvil, ahorcada con su propio pelo. Hubo un suicida que se tiró contra los cables de alta tensión. ¿Qué casa de rehabilitación no tiene un suicida?, no sería confiable, allí no encerrarían a nadie, mejor seguir consumiendo”. Escribió en La Casa del Fabulante, su nuevo libro autobiográfico. El 10 de noviembre de 2012, Jorge Velasco MacKenzie fue encerrado contra su voluntad en la clínica de rehabilitación para adictos Celare (Centro Latinoamericano de Recuperación). La muerte de Camana ocurrió cuando Velasco llevaba cinco meses interno. Para entonces, ya había terminado de escribir la novela.

“Yo provengo de una familia de alcohólicos. Mis tíos, los McKenzie, no son borrachos sólo por el nombre (escoces), yo de verdad nací con un gen alcohólico. Y no soy el único de mi familia”, reconoce. Un día, mientras bebía unas cervezas en Durán con un amigo, llegaron unos hombres de aspecto gorila que lo apresaron, lo inmovilizaron y lo subieron a un carro en el que lo trasladaron a la clínica. Sus hijos, impotentes ante el alcoholismo crónico de su padre, lo habían decidido sin consultárselo. “Me capturaron como si yo fuera un delincuente y me tuvieron ahí seis meses”.

La clínica está en el número 374 de la calle Chambers, en el sur de Guayaquil. En la novela, Velasco llama a la clínica LaCasa y a su dueño, La Sombra, un ser que como El Gran Hermano de George Orwell parece tener el don de la ubicuidad: sabe lo que hacen y dicen los internos en todo momento, siempre. Lo primero que le dijeron a Jorge Velasco Mackenzie al ingresar a la clínica fue que allí adentro no podía usar su verdadero nombre; tenía que escoger un don o un atributo suyo como identificación. Así el escritor construyó a Mateo-Valiente, el protagonista colocado al centro de la historia, la versión encerrada de sí mismo. Y el personaje, claro, no está solo. En LaCasa lo acompañan Olga-Pasión, LaVida, Gaspard-Flaquedad, LaPulga, Alvarito-Plebeyo, Martín-Belloso, Walter-Rapaz, Alfredo-Komodo el Dragón, OtroMundo, LaPulga, Aranka y OtraVida. Todos personajes sufrientes, solos y desesperados. “Te decían: cómo quieres llamarte y cada uno decidía qué nombre ponerse. Me puse Valiente porque soy cobarde. Mateo se odia porque no puede asumir el alcoholismo. Buen personaje ese Valiente, pero cómo sufre ese desgraciado. Es Valiente pero para sufrir”, dice Velasco como si no hablara de Velasco.

“LaCasa era una construcción blanca de hormigón cerrado, con  grandes prados y una piscina al centro. La habitaba una docena de internos, padecientes extraños que jamás podían salir hasta que terminara su recuperación. Mateo había llegado acompañado de sus hijos. El mayor caminaba adelante, indicándole la ruta. Él, tembloroso, apenas podía avanzar. Al acercarse a la puerta de entrada trastrabilló, ninguno de los dos pudo sujetarlo y cayó al piso. Caído, levantó los brazos y fue izado como uno de esos monigotes de aserrín que se queman para fin de año. Mateo no lograba explicarse qué había pasado. El mundo se le vino abajo, se nubló y le cayó encima. Ahora, en la caída, su rostro dibujó una derrotada  sonrisa…”. Así empieza La Casa del Fabulante.  La editorial Mar Abierto, de Manabí, hará el primer tiraje de la novela.

El encierro ocurrió luego de que Velasco recibiera alrededor de 60 mil dólares de jubilación por haber trabajado durante 34 años como docente en la Universidad Técnica de Babahoyo. Parte de ese dinero la dedicó a comprarle autos nuevos a sus hijos y el resto lo estaba invirtiendo en beber como si no existiera mañana. Cuando lo internaron, sus hijos le decían a los amigos de su padre que Velasco estaba disfrutando de su jubilación en Europa. “Nadie sabía lo que me estaba pasando allí adentro”, dice Velasco. Después de los primeros tres meses de encierro el escritor logró huir a Babahoyo, pero los guardias de la clínica lo rastrearon y volvieron a capturarlo. Dice que entonces lo trataron –otra vez– como si fuera un delincuente, que estuvo encerrado y lo tuvieron incomunicado durante días.

La estadía en la clínica no le curó el alcoholismo, mal que, por otra parte, lo emparenta con varios de sus poetas y escritores preferidos, pero sí le sirvió para escribir una novela que él considera distinta a todos sus trabajos anteriores, una novela en la que, según dice, nada fabula, y que está llena de un dolor y una soledad que hasta ahora no conocía o, al menos, no en esta dimensión. “Nunca había escrito desde el miedo, desde el dolor, y es fuerte”, confiesa. Dice que en cinco meses escribió trescientas páginas y que cuando se dieron cuenta de que estaba escribiendo el libro le confiscaron la computadora portátil. Me muestra su dedo índice y veo que tiene callos y una ligera hendidura por haber vuelto a escribir a mano. “Un día subí a la alcoba y mi laptop ya no estaba. Se la llevó un hombre de la clínica, muy malo, muy envidioso, que había sido un adicto, por ahí anda robando en las calles. Menos mal, logré salvar en un pen drive lo que había escrito, que era más de la mitad de la novela. Y me puse a escribir a mano. Después, yo mismo no me entendía, pero no importaba. Yo era dale y dale. Me mandaban a confiscar mis papeles y mis plumas”.

Aunque la clínica tenía gimnasio y piscina, nadie podía tocar esos espacios sin la autorización de La Sombra. Allí adentro, las únicas certezas eran las terapias, diarias y obligatorias, y el momento en el que rezaban la oración de los adictos: Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquello que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia. ¡Fuerza!

“Mateo-Valiente mira la sala de terapias y sus ventanales, amplios pero cerrados con vidrios y rejas; un bar donde no había ni agua, solo sillas de plástico, un escritorio sin libros ni papeles.” Antes de empezar las terapias, cada interno debía identificar con un número, del uno al diez, su estado de ánimo. El uno era “No tengo presión, me siento bien”. El dos “me siento bien, pero algo me está fastidiando”. El tres “estoy mejor, pero algo me pesa”. El cuatro “ya no me siento bien, necesito ayuda”… Y así hasta llegar a los peores estados. El nueve era “desesperado” y el diez, “ya estoy sin remedio, me quiero morir”. Cuando Velasco llegó dijo que estaba en el número nueve. Con el pasar del tiempo, fue subiendo. Llegó hasta el número cuatro, y ahí se mantuvo. “Ahora estoy aquí, sé que algún día saldré”, pensaba. Nunca llegó al número tres, mucho menos al uno.

En la novela también aparece Juan Calamarco, que era el administrador de LaCasa y sabía todos sus secretos. Se hacía llamar Principio y era la autoridad visible, pues a La Sombra, valga la redundancia, casi nadie lo veía. Un día Calamarco entró con un fajo de hojas en las manos y dijo: “Quédense quietos, muy quietos, deberán responder quiénes son, hoy mismo, lo que son hasta ahora”. Luego caminó entre los internos entregando las hojas. Cada una contenía el dibujo lineado de un hombre sentado, sin rasgos definidos, y cada parte de su cuerpo registraba una pregunta. Mateo-Valiente las contestó todas. Lo que pienso de mí: Me odio porque soy cobarde. Lo que yo sé  hacer: escribir. Lo  que odio de mí: Vagar. Lo que más amo: el trago. Mis mejores cualidades: beber, pensar y comer. Mis tres necesidades: vestirme, asearme, emborracharme.

la casa del fabulante

Jorge Velasco dice que dentro de la clínica todos eran adictos, algunos incluso lograban entrar drogas y venderlas entre los internos. Recuerda el caso de Misionero, un gordo adicto a la cocaína. Su madre preparaba encebollado para él y todos sus compañeros y dentro del caldo metía paquetitos de cocaína que se camuflaban debajo de trozos de pescado. “Él me decía: oye Valiente, ¿tú le haces? Y yo le decía: no, mi droga es el alcoholito. Con eso me quedo”. “En ese lugar todos eran adictos, desde el dueño hasta el que limpiaba; el portero, el cocinero, todos tenían una adicción. Hasta el perro era adicto”.

Poco a poco, en LaCasa se fue regando el rumor de que Velasco era un escritor famoso. El dueño de la clínica lo llamaba “doctor”, pero ese título no impidió que lo maltratasen psicológicamente como al resto. “Me insultaban, me humillaban. Una vez me llevaron al Lorenzo Ponce, allá donde están los locos, y eso fue para amedrentarme, para decirme: así vas a terminar”.

Otra de las torturas que soportaban dentro de LaCasa era la vigilancia permanente. Velasco siempre sospechó que dentro de los cuartos había cámaras o censores que registraban los movimientos de los huéspedes, era la única manera de que La Sombra supiera exactamente todo lo que hacían. “No entendíamos cómo era que La Sombra sabía todo, sabía hasta cuando se hacían la paja. Ayer te hiciste dos pajazos, decía, así, delante de todos. A mí no me gusta masturbarme, pero igual tuve que hacerlo alguna vez. Un día dijo: el doctor MacKenzie una vez que otra se hace la paja. ¿Y cómo sabes tú esa huevada?, le pregunté y me quedé con la curiosidad. Como siempre me ha gustado la cocina, un día me enviaron allá para ver si mejoraba un poco esa comida puerca, asquerosa, que hacían ellos. Y ahí descubrí ese censor famoso con el que nos vigilaban. La Sombra es un hombre sin escrúpulos, no le importa nada más que el dinero. Puede retener a personas sanas, que no tienen ninguna adicción. Por ejemplo, había un muchacho ahí, un muchacho serrano, que lo habían traído con engaños desde Quito. Parece que tenía problemas familiares, una herencia, había mucha plata de por medio. Lo mantuvieron en la clínica un año, sin ninguna razón. Él me decía: Poeta, yo no soy drogadicto ni alcohólico, yo no soy nada. Estoy metido aquí porque mis hermanos así lo quieren”, cuenta Velasco.

“…en LaCasa nadie es dueño de sí, todo lo decide el otro: lo que debes comer, la hora del baño, cuando hablas o caminas”, dice la novela. En la realidad ¿es así de terrible?, le pregunto. “Todo lo que digo en la novela es la realidad”, dice tajante. Le pregunto también por otro personaje, Aranka. Se trata de una viuda alcohólica que pasa de los sesenta años y nunca se está quieta. Me llama la atención porque, aún estando en la clínica, esta mujer puede consumir todo el alcohol que quiera, desde la mañana hasta el anochecer. Se dice que es muy rica y que sus hijos ya no pueden con ella. “Al medio día ya está achispada y a punto de encenderse, llama para pedir servicio y los dueños de las licoreras le mandan niños, porque si le envían muchachos ella los empuja adentro, se desnuda y se les tira encima”. Aranka va a parar a LaCasa cada vez que recae y, cuando la traen, entra gritando y patea a los enfermeros. Después se duerme y Mateo-Valiente asegura que en la mañana canta óperas. En cada recaída, este personaje amargo y encantador elige cambiar su nombre, como dándose una nueva oportunidad luego de haber desperdiciado miles. La última vez dijo: Buenas noches, familia, mi nombre es Aranka y soy Pasión, estoy en nueve: desesperada. En el cuarto de Aranka hay un sauna y una radio, pero cuando Mateo entra no ve ninguna ropa, solo un látigo de tres patas.

¿Por qué Aranka tiene tantos privilegios?, le pregunto. Porque era rica, así de simple. Escuchaba Verdi, se metía droga en la chepa. Ella bebía desde la mañana, a ella le permitían todo porque era rica. Es mentira que esto es una clínica de rehabilitación, aquí lo que quieren es el dinero. Esta no es una clínica para chiros. Qué loca era Aranka, pero qué bella.”

¿Hay esperanza aún después de recaer? “No. Recaer es como la muerte. Todo el mundo viene y me dice: oye, tienes que tener fuerza de carácter. Pero eso es lo que un adicto no tiene. No hay lugar para la esperanza y eso es aterrador.”

La Casa del Fabulante es la octava novela de Jorge Velasco. Publicó su primer libro a los 26 años, un volumen de cuentos llamado De vuelta al paraíso, y desde entonces ha sostenido por casi cuatro décadas una carrera en la que no han faltado premios y reconocimientos. Ganó dos veces el Premio Nacional de Novela “Grupo de Guayaquil”, convocado por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas; la primera vez con El rincón de los Justos, que será llevada al cine, y la segunda con Tambores para una canción perdida. Además, ganó el Primer Premio en el X Congreso Nacional de Relato José de la Cuadra de la Municipalidad de Guayaquil, con su cuarto libro de cuentos Músicos y Amaneceres, y el Primer Premio en el IX Congreso Nacional de obras de Teatro organizado por la Municipalidad de Guayaquil con la obra En esta casa de enfermos.

Desde que salió de la clínica, el pasado mayo, Velasco vive con uno de sus hijos en un amplio departamento del barrio del Astillero, dentro de un edificio de puerta rosa sobre la calle Eloy Alfaro. El escritor dice que no guarda rencor por sus hijos, pero está intentando demandar a la clínica. Por toda excentricidad, en la pared del departamento han colgado un tronco de árbol pintado de blanco. Esta tarde el recuerdo de Camana ha mojado de lágrimas su cara. Su mirada sale por la ventana, huye en dirección a la calle Venezuela y se planta en el castillo catalán. La brisa que llega de la ría limpia el aire y nos refresca, pero también parece acentuar la sensación de  tristeza que se ha apoderado de las horas, de la sala, de los muebles, de los libros y de los ojos de Velasco.

De pronto, me pregunta si quiero tomar una cerveza. Sin pensar, le digo que sí. Me dice que me quiere regalar un libro, que elija el que yo quiera mientras él va a la tienda para comprar la cerveza. Repaso los títulos de la estantería. Antes, me había contado que ha perdido tres bibliotecas, y que también ha perdido todo el dinero de su jubilación. Ha perdido, además, a las mujeres que lo han amado, y está por perder una casa de playa. Se siente solo, vacío, derrotado. ¿Por qué ha pasado todo esto? “No sé, no sé, no sé”, repitió tres veces un poco alterado. Luego, se calmó y dijo casi en un susurro: “debe ser por el alcoholismo”.

Elijo un pequeño poemario de Ezra Pound. Lo abro en la página 57, y leo:

Epitafios

Fu I

Fu I amaba las colinas y las altas nubes,

¡ay!, murió por culpa del alcohol.

Li Po

Y también Li Po murió borracho.

Intentó abrazar a la luna

en el río Amarillo.

El escritor regresa de la tienda con las cervezas en la mano. En enero próximo cumplirá 65 años y tiene la ilusión de encontrar esa edad en París. Me lo cuenta y un ligero brillo enciende sus ojos mientras sirve la cerveza que hará sudar el cristal de los vasos. “Sé que soy un alcohólico, lo reconozco, pero también soy un ser humano, y no debieron tratarme así”, dice. Brindamos. Jorge Velasco MacKenzie intenta sonreír.

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Poemas de invierno


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1. VIEJOS DEMONIOS

Toda la noche luché contra mis viejos demonios

Me atacaron ferozmente ayer

Caí en un estado de conmoción

No podía hablar

Me llevaron a la antigua angustia

Al vacío del que provengo

Todos somos puntos de luz en el vacío

Ni siquiera había lágrimas, tampoco hubo resistencia

Solo me dejé llevar hacia ese oscuro túnel

Ese que conozco tan bien

En él pasé largas temporadas, sin abrir los ojos

Sin salir a espiar el aire

Llorando y volviendo a llorar

mis heridas ancestrales,

mirando de cerca las llagas que me produjeron

la duda

el miedo

la soledad

Un hombre de ojos azules entró a la habitación

¿Estás bien? ¿Te duele algo?, me preguntó.

Me duele todo, querido ángel. Pero no tengo palabras para expresarlo.

Su voz me trajo al mundo de los vivos

Pero en la madrugada, en los sueños

Los viejos enemigos en mi inconsciente volvieron a atacar

Toda la noche luché contra mis viejos demonios

Amanecí exhausta, con una sensación de calma

Por primera vez, mis ojos estaban limpios

Mi corazón latía lento

Mi ropa estaba intacta

Mi mente tranquila

No sé si vencí, solo sé que fue una buena batalla

Esta mañana empecé a escribir poesía nuevamente

Esta mañana comprendí que soy lo que siempre quise ser

Una guerrera de la luz

Conciente de su oscuridad.

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2. LAS NUEVAS LÁGRIMAS

Últimamente lloro, pero no son lágrimas

O, al menos, estas lágrimas no están hechas

Del material de las antiguas

Las antiguas lágrimas eran ralas, débiles, se iban por el caño

No eran útiles, sobraban siempre

Eran incómodas, difíciles de controlar

me producían moco, angustia y desataban el dolor

de la pérdida

Las memorias más terribles salían de sus sepulcros

Venían por más

No tengo más qué darles, les decía

Pero ellas me reclamaban entera, querían mi vida

Yo me hundía con ellas, creyendo que si llegaba al fondo

Algo ocurriría

Es tan oscuro el fondo que nada puede verse

Es aterrador

Si paso este dolor, llegaré a otro sitio, me decía

Déjanos salir a la superficie, saldremos contigo,

ellas contestaban

Todo ocurre en una noche y en un día

Salí con ellas a la superficie

Seguía aferrada a mi miedo,

Empecé a desconocerlas, a evitarlas, a criticarlas, a esconderlas

Empezaba el invierno,

Las hormigas envenenando mi sangre

Cocodrilos rompiéndose

Arañas y saltamontes gimiendo conmigo en el armario

He visitado muchos mundos oscuros

Me han encontrado muerta varias veces

Las antiguas lágrimas se han ido

Las nuevas lágrimas no ruedan por la pendiente

Se quedan suspendidas

En mis ojos, expectantes

Las nuevas lágrimas observan, se detienen

En el vórtice y cuando están listas

Empiezan a descender tranquilas, despiertas

Sobre mi nueva piel, sobre mi nueva vida.

Por lejos que estés


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POR LEJOS QUE ESTÉS

(2038)

Haz que mi sol desaparezca

y la comadreja del silencio me deje ciega.

Pero responde a mi llamado.

El cielo vomitó su líquido transparente una semana entera, hasta vaciarse. En todo ese tiempo, Piedad ha permanecido en un rincón del cuarto en posición fetal, alimentándose de momentos trabados y lamiendo la humedad del suelo para no desecarse y morir. Alertada por el reloj que tictactea en su mente, le pregunta a la memoria si Pablo volverá. Piensa que si él no regresa, ella perderá toda razón de vivir y dejará que su cuerpo se acartone y desmigaje hasta quedar en polvo. Pero la memoria, aun dejándose sentir, no responde, no tiene oídos ni lengua, aunque sí manos como tenazas que saben dónde apretar. Es un juego de tres en raya de imposible acierto, al menos que ella se descuide y por un segundo cierre los ojos.

Piedad no quiere empezar de nuevo esta carrera que siempre le toca perder, no lo intentará más. Quiere morir y acabar con la falsa ilusión de creerse viva. Respira fuerte, pero sabe que respirar no es vivir. Hace falta mucho más que eso; hacen falta voluntad y una mínima esperanza. Hace tiempo decidió marchitarse, fue el día en el que la mente de Pablo se movió de su sitio. Aunque, pensándolo bien, es un error decir que aquello ocurrió en un solo día. Nada ocurre en un solo día, hasta Dios necesita más de eso para construir o destruir. Más cierto será decir que lo de Pablo fue un proceso lento y que el tiempo hizo bien su trabajo. Ella, aun viviendo con él, despertando y anocheciendo a su lado cada día de cada mes de cada año, casi no notó la degradación del hombre, dueño de aquel cuerpo tibio y callado que ahora la espera en la sala de este hospital de olores ácidos. Que la espera es una forma de decir, porque Pablo a nadie puede esperar.

A través del ventanal, la luz del día golpea a Piedad, hiere sus ojos, pero ella no se aparta, lagrimea pero sigue ahí. Las golondrinas del verano revolotean en torno a los nidos que han hecho en la persiana. El otoño está a las puertas, pero ellas, apuradas, se afanan en alimentar a sus polluelos para que el frío los coja fuertes. Piedad intenta mirarlas pero el velo acuoso que empaña sus ojos lo vuelve todo turbio.

Las imágenes que la atacan en forma de recuerdos recientes la llevan a esos lugares que quiere olvidar. Recuerda con nitidez los olores, los colores, el ruido, las sensaciones. Las malas visiones suelen ser así, diáfanas. En cambio, los instantes alegres se agrisan, se vuelven cenicientos y uno no atina a decir con claridad cómo ocurrieron, o si realmente ocurrieron. No hay nada más traicionero que la mente, nadie nos traiciona más que nosotros mismos. ¿Cuáles fueron exactamente las palabras que Pablo le dijo aquella noche? ¿Era de noche o era de tarde, qué expresión tenía su rostro, qué ropa llevaba puesta, en qué lugar de la casa hicieron el amor? Unas veces, trémulo, él le dice que la ama en el sofá del salón mientras desabrocha su blusa; otras, de pie junto a la ventana, se le ve ajeno, mientras ella, recogida, lo espera. Nunca el recuerdo es el mismo ni le llega nítido, pues lo que se siente empaña la realidad. En cambio, con total transparencia ve cómo se abre la puerta del cuarto donde él está y asoma un médico que la hace pasar. Una enfermera que huele a antiséptico perfumado abre de par en par la ventana, por la que se cuela una mariposa amarilla. Afuera hay sembradas rosas y buganvillas.

Pablo está tendido en una cama angustiosamente blanca. No se mueve, no la mira, parece haber envejecido una eternidad. Sus facciones han caído de su rostro, cuelgan en alguna otra parte, de alguna otra cara. Su cabello vigoroso ahora es ralo, feo de mirar y acariciar; sus manos están tiesas, congeladas, sus huesos saltan a la vista. A Piedad le cuesta ver en ese cuerpo deslucido el hombre que ama. Aún así, quisiera que él la mirase o hiciera un mínimo gesto que indique que la recuerda. Una luz, dame siquiera una luz, para que sepa que sabes quién soy, le pide sin palabras. Es inútil, Pablo ya no la recuerda y eso la hunde. Sale de la habitación.

Duerme, o así lo cree, enrollada como un feto. Siempre creyó que si doblaba las rodillas contra el pecho el miedo no iba a subir más, que quedaría atrapado en su estómago y no podría devorarla. El miedo es un perro que se acomoda a sus pies, pero en lugar de darle calor, la muerde. El patio está encharcado. La ropa, empapada en los cordeles y sus medias, empozadas en el suelo, permanecen enlodadas y solas. Son blancas pero han perdido color, como pasa con ella. Piedad era morena, ahora es opaca, sombría y gris como queda el monte luego de un poderoso fuego estival.

Hace siete días, cuando empezó la lluvia, salió al patio. Miró cómo su ropa se mojaba por entero, y sintió que esa agua helada se le metía por dentro. Entraba por sus oídos, por su boca, por sus ojos, por su vagina, por sus pequeños poros capilares; tanto y tan profusamente caía que ella misma se abrió para ser inundada. Quería que el agua la ahogara, pero no se sabe de nadie que haya muerto por exceso de lluvia en el cuerpo. Desde ese día duerme la siesta más larga de su vida. Sueña que corre por una avenida, la luz roja de un semáforo la detiene. Ella es como un pájaro de caderas menudas y cabello entrecano. Mira las hojas amarillas de la acacia que le da sombra a la vereda empedrada. Otros esperan que cambie la luz; ella espera que cambie el mundo. Mientras corre, cuenta cuántos días, meses y años ha estado junto a Pablo. Llega al cálculo de 26 años, 312 meses, los días son tantos que multiplica pero no alcanza a saber. ¿Para qué además? El tiempo es para los vivos y ellos ya no lo están. “Cuando despertemos de este mal sueño de amor, seremos viejos”, le decía Pablo mientras ella se arropaba con sus brazos. Pero Piedad ha despertado del sueño y él se ha quedado inmóvil, quién sabe si para siempre. Lo imagina muerto en esa cama blanca. Corre por las avenidas como una yegua sin brida; a veces, incluso vuela. Ella es como la tierra de una montaña suelta, sin raíces que la sostengan, desmoronándose sobre esta ciudad fría y solitaria. Ve a los que caminan descalzos por el monte, los que se bañan en la laguna, pescan truchas en el río, tienen sexo en la hierba, galopan como jinetes azules, jinetes locos que apestan a establo y gozo. Les ve haciendo todas esas cosas que ellos jamás hicieron. Si él regresara, ella jura que las harían, esta vez sí. Si él regresara…, musita.

Mojados, debajo de una luna escasa, ella le pidió ser su esposa. Él le dijo que no, que no era necesario, que no creía en papeles ni juramentos. “Atémonos entonces las manos con estos cordones blancos, esa será nuestra alianza”, se conformó ella y él, sonriendo, se dejó atar. Una tormenta eléctrica los obligó a entrar en casa. Pablo, con los ojos en ninguna parte, le contó un sueño en el que su alma se iba por el mundo y sobrevolaba cordilleras, campos, selvas, ríos y océanos. Después de años sin rumbo, el alma había olvidado cómo volver a la que creía era su casa, el cuerpo de él. Intentaba hallar el camino de vuelta, pero era imposible, no lograba recordarlo. Fue cuando encontró a Piedad que su alma errante supo que no era preciso volver, que ya no tenía sentido hacerlo. Que ella sería, de ahora en adelante, su casa.

“Solo fue un sueño, no te lo tomes tan en serio”, dijo él al ver su cara enamorada. Pero ella lo besó con alegría y le prometió que dedicaría la vida a recuperar su alma; no para quedársela, sino para que él no fuera sin alma por el mundo.

Piedad ha dormido durante siete días. En la habitación, una cortina roja pende de una varilla de fierro débil y vieja que oscila emitiendo un tímido gemido. Ese sonido persistente la saca del sopor. Las piernas y la columna vertebral le duelen. Se levanta, mira por la ventana y piensa que dejó de llover hace meses. Mira la fecha en el reloj, 25 de abril de 2038. Ha dormido demasiado. Coge el mendrugo de drof que está sobre la mesa de la cocina, lo pasa por el grifo de vapor para ablandarlo y se lo mete en la boca. Sabe a moho, pero lo traga. Sus ropas están sudadas, se las saca. Se mira al espejo y ve que sus pechos secos caen en forma de lágrimas, su vientre abultado parece que cargara algún engendro maligno, sus nalgas se han vuelto flácidas y su cara alargada y turbia. La ropa de Pablo sigue amontonada sobre la tabla de planchar. Su rostro, amable y pícaro, la mira desde una fotografía. El recuerdo de tiempos mejores la estruja y abofetea. Piedad cumplirá 56 años este septiembre. Sus ojos aún no han llegado a vaciarse. Siente que Pablo la llama con voz de marido, de amante, de niño perdido. Vuelve el diluvio sobre su ropa decolorada.

(Capítulo introductorio de mi novela Pedro Máximo y El Círculo de Tiza)