El minotauro o los hombres encarcelados


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La mujer desnuda rodea el torso del hombre. Se acurruca en su espalda, como un gato silente. Su respiración apenas se percibe. El hombre se encoge, siente los brazos de ella, y su cuerpo sinuoso, como una líquida sensación caliente que sube de su estómago a su corazón y llega más allá. Baja y sube por su cuerpo endurecido como una corriente eléctrica que incluso alcanza su mente, su corona.

El deseo, la necesidad de volverse uno con la mujer, lo envuelve y él se mece en un lento devaneo. No sabe si voltearse y consumar el abrazo o si permanecer encerrado en su cáscara de dragón, como envuelto en una nuez. El hombre sale de su cuerpo, se aleja para mirarse mejor y comprender qué le ocurre. Entonces, se descubre parado dentro del círculo del minotauro. Ha sido tomado prisionero, y ni siquiera sabe cuándo ocurrió.

El minotauro está sentado en un lado del círculo, con la cabeza agachada. Parece dormido. El hombre recuerda haber escuchado que los minotauros son muy hábiles para tomar prisioneros. Conducen a sus víctimas a su laberinto. Las lastiman, creándoles malas memorias de abandonos y pesadillas de rechazos, pero las conservan. No llegan a matarlas, pues el mayor miedo de cualquier minotauro es quedarse totalmente solo. En esto, el minotauro se asemeja a cualquier hombre. Esta es la razón de que los minotauros sólo tomen prisioneros masculinos. Sus preferidos son aquellos hombres que no saben amar, que guardan rencores y miedos atávicos.

Los minotauros han intentando encerrar a las mujeres, pero ellas siempre han levantado el vuelo y han encontrado la salida, esa que sólo hallan los corazones livianos. Los corazones de los hombres suelen pesar tanto que les resulta imposible levantarse.

El hombre reclina su cabeza sobre el cuerpo de la mujer. Necesita el calor de ella para enfrentar al monstruo que vive en su interior, y lo custodia desde afuera.

El minotauro no es un hombre, nunca lo será por más que lo desee. Aunque sea hijo de una reina, el minotauro siempre será una bestia. El minotauro no disfruta de la ternura, no conoce la liviandad. Le falta una mitad, un lado por explorar, le falta comprender el amor. El minotauro está perdido en su propio labertinto. Él no conoce las salidas, porque él no las creó. Vive un castigo. Sólo la mujer conoce las salidas.

El hombre se retuerce dentro del minotauro.

La mujer le coge la mano y la lleva hasta su pubis.

“La mitad que te falta la he tenido desde siempre entre mis piernas. Huele, palpa, mira de frente. Deja de temer. Aquí, en la creación, está todo lo que necesitas”, le dice.

El minotauro lanza un zarpazo desde adentro del hombre, quiere defenderse del amor. Pero no alcanza a hacerle daño a la mujer, no logra herirla.

“Calma, pequeño minotauro. Te dejaré para que mueras de soledad en paz”, dice la mujer y alza el vuelo. La cárcel del laberinto se abre de par en par. Ella sale a la luz y, en una última mirada, le dice que él también puede ser libre. El hombre respira, y agacha la cabeza. Elige permanecer adentro. “Al menos, el minotauro jamás me abandonará”, se dice, y se vuelve a arrinconar en su propia miseria.

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