La edad y el sexo


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La edad nunca es un estorbo para el sexo. Aunque más neuróticos, los hombres mayores suelen ser mejores amantes, por eso los prefiero. Los niños difícilmente saben dónde queda el punto G, les cuesta horrores no eyacular a los dos minutos, y no tienen la menor idea de qué hacer con una mujer luego de que se corren –solo se les ocurre volar a contarles a sus amigos-. Se hacen la paja con las modelos de las revistas, pero no serían capaces de complacerlas en la cama. ¡Qué pereza! Paso de tener sexo con veinteañeros por más buenos que estén.

En mi adolescencia tuve más sueños eróticos con Clint Eastwood que con Leonardo Di Caprio –de hecho, con ese cara de yo no fui no tuve ninguno-. El hombre que me enseñó lo que era un orgasmo tenía 38 –y yo 20-, y mi último amante tenía algunas canas y un par de hijos con piercings.

Pero también he tenido experiencias con jóvenes. Esta fue una de las peores: él tenía veintiuno y yo veinticinco. Habíamos salido a bailar. Él era de Texas y estaba de paso por la ciudad. No recuerdo su nombre, pero sí que sus padres eran mejicanos, que tenía un rostro hermoso, labios sensuales, piel morena y estómago tallado en piedra. Luego de bailar hasta el amanecer, me siguió hasta mi departamento. Empezamos a besarnos y a quitarnos la ropa en el ascensor.

Apenas llegamos a la cama me penetró. Eyaculó a los tres minutos, y yo quedé frustrada. Me di la vuelta, y me dormí. Al día siguiente, salimos con unos amigos a comer, y él actuó con frialdad, casi no me dirigió la palabra y jamás me preguntó cómo me sentía. Pero la venganza siempre llega y, a veces, no tarda. Esa misma noche, tocó a mi puerta. Yo lo rechacé esa vez y todas las siguientes. Nunca repito un mal plato.

Hace poco vi una película que me hizo estremecer. En alemán se llama Wolke Neun, de Andreas Dresen. Se trata del amor sexual que viven Inge –una mujer de sesenta y pico- y Karl –un hombre de 76 años-. No son novios, no son amigos, son amantes. Son dos personas que viven el sexo tan intensamente como un novato quinceañero o un experimentado cuarentón.

Inge es una mujer gordita, que viste simple y no se maquilla. No va a spas, se entretiene cantando en un coro de viejas. Por su cuerpo han pasado los años, y ella los ha dejado pasar sin botox ni liposucciones. Es hermosa e intensamente sexual. Dresen logra una excepcional escena de ella desnuda frente al espejo, y otras perturbadoras secuencias de masturbación y sexo en el piso.

Como ella, lo que yo quiero hacer cuando tenga sesenta y más es lo mismo que quiero hacer esta noche. Y para eso no necesito a un hombre joven, bonito, cuerpo de modelo de Calvin Klein y cabeza de basurero. Necesito a un hombre que sepa cómo tratar a una mujer antes y después de desnudarla. No me importa si tiene barriga o cien años. Como dice la cantante argentino-mexicana Liliana Felipe: “cuando cumpla los 80 me pondré calzones rojos, y sandalias satinadas / Sí, seré una vieja loca, vieja escupe curas, vieja puta, rematada, vieja pero no pendeja”. Y yo rezo todas las noches: ¡Líbrame, Señor, de la mojigatería ahora y por los siglos de los siglos! Amén.

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