El galán de noche


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Cuando era pequeña pasaba mucho tiempo entre las plantas del patio trasero de la casa de mi abuela, una campesina dulce pero fuerte que parió siete veces. Cuatro de sus hijos con sus parejas y ocho nietos vivían bajo su abultada pollera en esa enorme casa con tres patios. Nosotros habitábamos un departamento interior que daba al patio trasero. En él había una pileta con forma de foca hecha en granito que llevaba mi nombre. Alrededor de la pileta había un hermoso jardín.

Era un jardín de caminitos de tierra y bordillos de cemento, con árboles de mango, almendros, rosas, girasoles y un nutrido huerto con vegetales y plantas medicinales que mi abuela usaba para curarnos de males reales e imaginarios. También había una gran variedad de hongos que ella arrancaba de raíz y guardaba en recipientes sellados. Me gustaba levantar las piedras para buscar hongos y ver qué bichos escondían. Cucarachas, gusanillos y otros insectos corrían despavoridos cuando notaban mi presencia. Pero de todas las plantas y hongos, lo que más me llamaba la atención era un capullo como desmayado, que guardaba dentro una flor blanca, y que pendía de un tronco café, delgado y saludable. Alrededor habían crecido muchas hojas verdes, algunas de las cuales también miraban hacia abajo; y unos pequeños frutos de formas circulares. Esa flor no debe ser vista, me dijo mi abuela cuando le pregunté a qué hora brotaría. Es el galán de noche, se abre cuando ya todo está oscuro, permanece abierta durante la madrugada y se esconde al amanecer. Si la ves, debes huir de inmediato, me previno. Ella sabía de mis viajes noctámbulos al jardín. El diablo es el dueño de aquella flor y si te ve, es probable que se enamore de ti y te persiga todas las noches. Dicen que le gustan las niñas de pelo negro y largo, como tú. Me quedé mirando el capullo que escondía la flor, perpleja.

Estaba por caer la noche, empezaron a picarme los mosquitos. Esa madrugada, la idea de tener un encuentro con el dueño de la flor no me dejó dormir. Salí al patio, crucé la verja y lo primero que vi fue la flor abierta. Su blancura era deslumbrante; iluminaba como una luna el resto del jardín. Me acerqué todo lo que pude y me embriagó el delicioso aroma que desprendía su centro. Enseguida, tuve la sensación de que el dueño de la flor estaba a mis espaldas. Quise correr, pero la intensidad del aroma no me lo permitió. Estaba atada al suelo, mientras esperaba un zarpazo. Cerré los ojos, arranqué la flor, la apreté entre mi mano hasta que de ella emergió un líquido viscoso de agradable olor, entonces huí.

Cuando llegué, en puntillas, a mi habitación, puse lo que quedaba de la flor debajo de mi almohada. El resto de la noche pasó lento, y yo me dormí pensando que el dueño de la flor vendría a reclamarla. Apareció en mis sueños. Me convirtió en su flor e hizo que me abriera lentamente. Absorbió el olor que brotaba de mi interior con su nariz, semejante al pico de un colibrí, y bebió el rocío que la noche depositaba entre mis pétalos. Mi abuela tuvo razón; el dueño de la flor se enamoró perdidamente de mí.

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