Domingo en la cachinería


cahinería

Domingo, seis de la mañana. El sol surge en el oeste como una hermosa bola de fuego. Carolina y yo subimos enormes bolsas llenas de ropa usada y una mesa de plástico a la camioneta que ya va llena, y nos ponemos en marcha. Nos dirigimos a la 24 y la E, en lo espeso del suburbio guayaquileño, el lugar donde se despliega el mayor mercadillo informal de la ciudad. Lo que llaman la cachinería. La gente empieza a cocinar el contundente desayuno: tortillas de verde, bistecs de carne, encebollados, y a colocar los tenderetes para empezar la venta. Jimmy, un viejo vendedor, le ha reservado a Carolina un puesto. Ella vuelve después de meses de ausencia.

Llegamos, saludamos y empezamos a sacar la ropa de las fundas. Enseguida, como si nosotros fuésemos lámparas y ellos bichos de luz, gente que viene de otros puestos se arremolina y revuelve el contenido de nuestras bolsas. Son los revendedores, me dice Carolina haciendo una mueca. Vigila que no nos roben, me pide. Una mujer enana que habla como si tuviese una papa en la boca elige varias blusas de mi madre, camisetas de mi sobrino, jeans que ya no uso. ¿Cuánto por todo esto?, me pregunta. No sé qué decir. Carolina revisa pieza por pieza y le pone un precio a todo: entre 4 y 12 dólares. Se hacen 36 dólares. La mujer ofrece 20 por todo. Un tipo grande me dice, de forma altanera y vulgar, moviendo demasiado su brazo, que me da 5 dólares por tres camisetas que traje de Buenos Aires y que mi sobrino se ha puesto dos veces. Le digo que no, pero el tipo insiste de una manera agresiva, se lleva las camisetas y me tira el billete. Esta escena ocurre con varios revendedores, al mismo tiempo. Tuve suerte de que sólo me robaran una cosa, creo.

Aquí la venta es rápida y ruda. Si uno se descuida, le roban o le pasan billetes falsos. Me desanimo. Siento que no sirvo para esto, pero siguiendo las instrucciones de Carolina, antes de que el sol del mediodía nos calcine, porque no hemos traído sombrilla, logro reunir cerca de cien dólares. El otro día, Carolina se hizo alrededor de 400 dólares sólo vendiendo ropa usada. Ese es el sueldo que gana en un mes, trabajando de profesora en una escuela. Aquí ella es la reina del menudeo.

Carolina estudia Literatura a distancia, le gusta leer, escribir y dar clases. Pero eso no da dinero y tiene dos hijos que mantener. La opción que tiene es terminar su carrera y luego invertir en una maestría para, algún día, ganar un mejor sueldo, o dejar todo y dedicarse a la venta de ropa usada, con lo que ganaría más que un sueldo todos los meses. Es tentador.

La cachinería se extiende por varias cuadras sobre la calle 24, desde la A hasta la G. Nosotros éramos los que antes estábamos en la vieja cachinería de Seis de Marzo, me cuenta Jimmy, el que nos ha guardado el puesto. Ocupábamos la Diez de Agosto hasta Manabí y la Seis de Marzo hasta Machala, hasta que la regeneración nos sacó, dice. Los puestos aquí son peleados. Si uno no es de la zona es difícil que lo dejen entrar, salvo que tenga un contacto.

Desde objetos antiguos hasta celulares de última generación, la cachinería tiene de todo. Los puestos se despliegan en el suelo y la gente va caminando por lo que queda de calle. Carolina ha traído, además de la ropa, un play station y una bicicleta que no anda del todo bien. Aún así la vende. Un niño se va contento. La ropa de marca es lo que más fácil de vender. “Aunque esté viejo, si es de marca, lo compran. Compran hasta los envases vacíos de los perfumes caros”, dice Carolina. El sol nos pega en la cara. Hemos estado en pie cinco horas, ahora veo que ser vendedora es agotador. Aún así, el domingo siguiente volvemos.

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