Noches de bici


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Se pone la roja. Freno y pongo los pies en el suelo. Me voy con Ismael, le grita un niño pequeño a su madre. Da pasos rápidos hacia la esquina, debe tener unos tres años. ¡Ven acá!, le responde su madre casi sin apartar la vista de la bolsa de basura que abre sin repulsión. La mujer está embutida en su trabajo. Escudriña las bolsas negras y verde aceituna que llenan el enorme contenedor gris que está al pie de un cyber. La mujer es pequeña y rechoncha. Me voy con Ismael, dice el niño, esta vez más débilmente, como dudando. El contenedor está amarrado a una viga con una cadena de metal. Un guardia que cuida un restaurante, al lado del cyber, mira con desprecio a la mujer.

El niño dobla la esquina. Su madre no lo persigue, imagino que le duelen los pies. Se pone la verde, me subo a la bici y avanzo por la Víctor Emilio Estrada.

Me gusta salir por la noche a andar en bicicleta, porque además del viento, que pega frío en julio y agosto, siento con mayor hondura las historias de la ciudad. No me involucro, sólo las observo, las registro y continúo mi camino. Nunca hay que olvidar que Guayaquil es una ciudad peligrosa, que te traiciona cuando menos lo esperas. Me ocurrió hace unos meses que salí sola a un paseo nocturno, y dos hombres en una moto me acorralaron para robarme. Menos mal, logré subirme a una vereda y escapar. Lo ideal, si se quiere andar en bici por la noche, es salir en grupo. Y hay varias opciones para hacerlo.

Pedalear en grupo es la mejor manera de perderle el miedo al tráfico, y aprender a sortear los obstáculos que te pone una ciudad tan agresiva como Guayaquil. Aprendí a utilizar la bicicleta como medio de transporte en Valencia (España) hace un par de años. Pero Valencia no sólo es una ciudad ordenada y con carriles bici, sino que es una ciudad donde los conductores tienen cultura y respetan. En cambio, Guayaquil es desordenada y violenta. Los conductores parecen recién salidos de clínicas para neuróticos, pitan todo el tiempo y siempre están apurados.

Pero encontré gente en Guayaquil que también usaba la bici para transportarse. Creo que fue con la Masa Crítica que le perdí el miedo al tráfico guayaco. Este es un movimiento que celebra el ciclismo en todo el mundo, y que intenta enseñar a los conductores los derechos que tienen los ciclistas en las calles. Es un evento que se hace el segundo jueves de cada mes y que reúne gente de toda edad. He llegado a contar alrededor de doscientos bicicleteros en una noche. El sitio de reunión es la plaza Rodolfo Baquerizo, que queda cerca del Malecón del Salado. Este grupo suele recorrer el centro y el ritmo del pedaleo es lento, ideal para quienes empiezan.

Los Ciclistas de la calle son otra cosa. Son adrenalina y sudor. Con ellos perdí el miedo a subir puentes, descender empinadas cuestas o atravesar la ciudad. Sus paseos son bien hardcore. Ellos también se reúnen varias veces a la semana, siempre por las noches, en la plaza Rodolfo Baquerizo. Y hay más opciones, como ir al teatro en bici. Este grupo propone una salida el último martes de cada mes a un espectáculo diferente en un teatro diferente. Hacen también Bici Letras, un evento que promueve la lectura libre, de forma gratuita y divertida; y tienen la Compañía itinerante de teatro en bici, que presenta espectáculos escénicos, usando bicicletas como elemento escenográfico, en espacios públicos, escuelas y empresas. Ya no hay excusas para quedarse viendo tele por la noche. Le recomiendo que saque su bici y descubra las historias que la ciudad puede mostrarle.

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Domingo en la cachinería


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Domingo, seis de la mañana. El sol surge en el oeste como una hermosa bola de fuego. Carolina y yo subimos enormes bolsas llenas de ropa usada y una mesa de plástico a la camioneta que ya va llena, y nos ponemos en marcha. Nos dirigimos a la 24 y la E, en lo espeso del suburbio guayaquileño, el lugar donde se despliega el mayor mercadillo informal de la ciudad. Lo que llaman la cachinería. La gente empieza a cocinar el contundente desayuno: tortillas de verde, bistecs de carne, encebollados, y a colocar los tenderetes para empezar la venta. Jimmy, un viejo vendedor, le ha reservado a Carolina un puesto. Ella vuelve después de meses de ausencia.

Llegamos, saludamos y empezamos a sacar la ropa de las fundas. Enseguida, como si nosotros fuésemos lámparas y ellos bichos de luz, gente que viene de otros puestos se arremolina y revuelve el contenido de nuestras bolsas. Son los revendedores, me dice Carolina haciendo una mueca. Vigila que no nos roben, me pide. Una mujer enana que habla como si tuviese una papa en la boca elige varias blusas de mi madre, camisetas de mi sobrino, jeans que ya no uso. ¿Cuánto por todo esto?, me pregunta. No sé qué decir. Carolina revisa pieza por pieza y le pone un precio a todo: entre 4 y 12 dólares. Se hacen 36 dólares. La mujer ofrece 20 por todo. Un tipo grande me dice, de forma altanera y vulgar, moviendo demasiado su brazo, que me da 5 dólares por tres camisetas que traje de Buenos Aires y que mi sobrino se ha puesto dos veces. Le digo que no, pero el tipo insiste de una manera agresiva, se lleva las camisetas y me tira el billete. Esta escena ocurre con varios revendedores, al mismo tiempo. Tuve suerte de que sólo me robaran una cosa, creo.

Aquí la venta es rápida y ruda. Si uno se descuida, le roban o le pasan billetes falsos. Me desanimo. Siento que no sirvo para esto, pero siguiendo las instrucciones de Carolina, antes de que el sol del mediodía nos calcine, porque no hemos traído sombrilla, logro reunir cerca de cien dólares. El otro día, Carolina se hizo alrededor de 400 dólares sólo vendiendo ropa usada. Ese es el sueldo que gana en un mes, trabajando de profesora en una escuela. Aquí ella es la reina del menudeo.

Carolina estudia Literatura a distancia, le gusta leer, escribir y dar clases. Pero eso no da dinero y tiene dos hijos que mantener. La opción que tiene es terminar su carrera y luego invertir en una maestría para, algún día, ganar un mejor sueldo, o dejar todo y dedicarse a la venta de ropa usada, con lo que ganaría más que un sueldo todos los meses. Es tentador.

La cachinería se extiende por varias cuadras sobre la calle 24, desde la A hasta la G. Nosotros éramos los que antes estábamos en la vieja cachinería de Seis de Marzo, me cuenta Jimmy, el que nos ha guardado el puesto. Ocupábamos la Diez de Agosto hasta Manabí y la Seis de Marzo hasta Machala, hasta que la regeneración nos sacó, dice. Los puestos aquí son peleados. Si uno no es de la zona es difícil que lo dejen entrar, salvo que tenga un contacto.

Desde objetos antiguos hasta celulares de última generación, la cachinería tiene de todo. Los puestos se despliegan en el suelo y la gente va caminando por lo que queda de calle. Carolina ha traído, además de la ropa, un play station y una bicicleta que no anda del todo bien. Aún así la vende. Un niño se va contento. La ropa de marca es lo que más fácil de vender. “Aunque esté viejo, si es de marca, lo compran. Compran hasta los envases vacíos de los perfumes caros”, dice Carolina. El sol nos pega en la cara. Hemos estado en pie cinco horas, ahora veo que ser vendedora es agotador. Aún así, el domingo siguiente volvemos.

Escalón 37


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Lunes, cerro Santa Ana. La Taberna queda en el escalón 37, a mano izquierda. Tiene un letrero de madera con su nombre y un gato al lado. Cualquier día, este es un bar donde se escucha salsa a todo volumen y se habla a los gritos. Menos hoy. Los lunes es en un cálido y húmedo agujero en el que se presentan tangueros, se proyectan películas viejas o documentales, se lee poesía y también lo de siempre: se toma cerveza y se conversa. Esta noche en que, justamente, se celebra el aniversario de la muerte de Carlos Gardel, el bar ofrece tango y poesía.

Salí desde temprano con Carlos, un amigo fotógrafo de prensa. Nos conocimos en la redacción de un periódico hace once años, cuando empezaba mi corta carrera de reportera política. Llegamos a Las Peñas y subimos al escalón 37. La Taberna aún no abre, pero no nos hacemos lío. Nos vamos a tomar unas cervezas a otro bar. Vemos cómo el sol cae detrás de los edificios. El viento que llega del río nos limpia la cara. A las 8:30 decidimos que ya es hora. Entramos a La Taberna. Salvo la dueña, que limpia el piso, no hay nadie. Qué raro, dice Carlos. No es raro, es Guayaquil.

Pedimos cerveza. Vemos una película de Carlos Gardel que se proyecta. El bar está lleno de objetos antiguos; huele a sudor y a melancolía.

¡Mira! esos son discos long play de 33 revoluciones. Y ese es un televisor de 12 pulgadas blanco y negro, me dice Carlos mientras observa las cosas alrededor. Me cuenta que tuvo una tele como esa cuando se casó, allá por el año 85; que la compró en La Bahía y le costó algo así como 20 mil sucres. Menos de un dólar. Niño Guapo, uno de los gatos de La Taberna, se sube a la mesa de madera en la que estamos contándonos la vida. Se echa encima del trapo que huele a él y que cubre la mesa. Carlos y yo lo acariciamos. La cara del gato está llena de cicatrices por peleas callejeras. Me fijo en que Carlos y yo también tenemos cicatrices en la cara. Él por un corte, y yo por la viruela.

Esa vitrola podría ser una RCA Víctor. Y esa de allá es una radio de tubo, sigue Carlos describiendo lo que ve, como un niño que viaja al pasado. Yo no tengo idea de lo que habla. Gardel canta Cuesta Abajo, hoy que se cumplen 78 años de su muerte. Me gusta el lamento sofisticado del tango, también me gusta la voz de Carlos, pero le avergüenza cantar en público. Manuel y Rocío, los dueños de La Taberna, ya están engalanados y saludan a quienes van entrando. Antes, me contó Rocío, que el lugar se llamaba La Gran Chuleta. Lo pusieron por el año 86.

Llegan, saludan y se sientan en nuestra mesa Fausto y Cristian, que son poetas, y Estefanía, que es actriz y novia de Cristian; ellos tienen un grupo que se llama TeatroMiento. Luego, también llega Kervin, que escribe cuentos. Mientras bebemos cerveza, hablamos de cómo vender libros, de cómo bajar de peso tomando jugo de mandarina con pepa, o de lo último en juegos sexuales adolescentes: el carrusel del sexo. Carlos se ríe mucho. Al cabo de un rato y sin haberlo planeado, Cristian, Kervin y yo leemos poemas para el público. Yo leo un relato de ficción que ocurre en Buenos Aires, para no desentonar.

Luego aparece el cantante Julio González, un guayaquileño elegante y sombrío, que habla el lunfardo mejor que cualquier argentino, y canta el tango con dolor y angustia. El repertorio es amplio. Cuando ya es medianoche, González nos recita un poema que le acaba de hacer a Gardel. Me siento en el Tortoni. La Taberna está por cerrar. Carlos y yo salimos del bar prometiendo volver el próximo lunes. Niño Guapo nos despide en la puerta.