¿De qué se trata el Taller de Escritura Introspectiva?


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Empecé el Taller de Escritura Introspectiva a inicios de 2013 con la intención de mostrarles a las personas que lo tomaran que, a través de la escritura, tienen la posibilidad de crear y también de autosanarse. Estoy convencida de que todos somos creadores potenciales y que realizar actos creativos, como concebir un relato o un poema, nos permite conocernos más y mejorar. Una persona que se asume como creador se vuelve protagonista de la historia de su vida, y deja de ser una víctima o un personaje secundario.

Este es un Taller experimental, que parte de mi experiencia subjetiva con la escritura. Me resulta necesario compartir y enseñar estas formas de trabajo introspectivo que he venido desarrollando y aplicando conmigo misma desde hace muchos años. Me he dado cuenta de que los bloqueos creativos que las personas viven no son más que espejismos, la mayor parte fundamentados en dolorosos recuerdos o ideas que fueron metidas en sus mentes por alguien más. Sugiero la escritura como una forma de liberación de las pesadas cargas: de las culpas, los rencores, las tristezas, las torturas mentales y emocionales a las que nos sometemos para seguir adelante. Pero para lograr esa liberación es necesario tomarse en serio no el Taller, sino a uno mismo. Comprender que la existencia no es un regalo, sino una responsabilidad. Nos tenemos que hacer responsables del ser humano que construimos día a día a partir de los pensamientos, sentimientos y elecciones que hacemos.

Es importante que quien tome el Taller sepa que no es posible mentir cuando se escribe de esta manera, y que por más críptico que sea un poema, la verdad del escritor quedará expuesta. Sólo alguien valiente da ese paso.

Para muchas personas resulta difícil escribir un texto coherente sobre sí mismos o terminar un texto que empiezan porque no logran tomar la distancia suficiente. Basándome en mi propia experiencia y a partir de una investigación que he hecho y que hago permanentemente, he llegado a entender el poder que tiene lo que llamo “la postura del testigo o del observador”. Tal vez no haya ninguna cosa que no podamos comprender de nosotros mismos y de los demás si tomamos la distancia necesaria, y dejamos de lado los apasionamientos y los sentimientos más viscerales. De eso se trata este Taller: de sublimar nuestras vivencias a partir de la escritura. De convertir un hecho que, probablemente, nos ha marcado en la experiencia de vida de un personaje que creamos a partir de nosotros mismos. Suena complejo y lo es. Pero leyéndonos nos vamos entendiendo, y vamos eliminando de nuestras vidas lo que ya no necesitamos.

No digo que si hacen este Taller se volverán escritores (eso sería absurdo), pero sí digo que podrán utilizar la escritura para acercarse a ustedes mismos y a los eventos que creen más dolorosos. El dolor que atribuimos a los eventos del pasado pierde vigor cuando lo traemos al presente y lo escribimos desde la postura del observador. Es lo que he podido comprobar.

Lo primero que les pido a las personas para entrar al Taller es que escriban una autobiografía, que leerán en la primera sesión. La mayoría escribe en primera persona. El primer ejercicio del taller consiste en contrastar esa autobiografía con un texto que escribirán en esa primera sesión, a partir de una fotografía. Es un ejercicio de observación, descripción y empatía. Les pido que observen profundamente a la persona de la foto y que imaginen qué situación podría estar viviendo esa persona para mirar así, para tener esa expresión en el rostro. El ejercicio tiene la finalidad de comprender lo importante que es el lugar desde dónde miramos y escribimos. Al hacerlo, las personas notan la distorsión que provocamos al vernos con el zoom de la primera persona, y el sentido más auténtico y real que logramos cuando escribimos desde la distancia de la tercera persona. La fotografía funciona como un espejo. Las personas descubren que siempre están escribiendo sobre ellas mismas. Algunas lo descubren sólo cuando empiezan a leer el texto en voz alta. Y es aquí cuando empieza el viaje.

El Taller dura ocho sesiones, es decir, dos meses. En cada sesión realizamos un ejercicio de escritura in situ y hay otro ejercicio propuesto para que hagan en casa. Hasta el momento he hecho siete talleres, los tres primeros fueron sólo para mujeres y luego abrí la posibilidad de que los hombres también participen, lo cual resultó muy enriquecedor.

Si están interesados en tomar el Taller o en llevar el taller a su comunidad, escríbanme a marcenoriega@gmail.com

Marcela Noriega

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Los globos de mi abuelo


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Mi abuelo fabricaba globos y los vendía los domingos en la feria. Fue el primero en el pueblo en cambiar el aire por el helio, en hacer volar las rojas circunferencias. Todos sus globos eran rojos, en memoria de su juventud y sus viejos ideales comunistas. Mi abuela hacía artesanías y también las vendía en la feria. Recuerdo cómo ella movía sus hábiles manos y recreaba bosques enteros. Hacía flores de papel, y hermosos árboles de alambre y canutillos. Los domingos se levantaban muy temprano, y caminaban, sonriente ella, serio él, media hora hasta la plaza.

Un lunes, salió en el periódico una larga lista de cosas prohibidas. Era la segunda larga lista de prohibiciones desde que asumió el poder un hombre al que mi abuela se refería como “el hijo del mal”. No le diga así, le corregía mi tío, afiliado al partido, él ha hecho grandes cosas por la patria. ¿Y las que nos ha quitado, qué?, refunfuñaba mi abuelo, mientras inflaba sus globos. Entre la lista de nuevas cosas prohibidas, no sin asombro, los viejos descubrieron que se volvería ilegal, a partir de ese día, vender cualquier cosa que volara por los aires, así como también cualquier cosa hecha con las manos que se asemejara a un ser vivo. Los que se atrevieran a desafiar las órdenes venidas desde lo alto irían presos. Ya no podrás vender tus flores ni tus árboles, le dijo, triste, el abuelo a la abuela. Y tú tampoco tus globos, dijo ella espantada. Yo llenaré mis globos de viento, así no volarán, dijo él, levantando los hombros. Entonces, yo haré artesanías con piedras. ¿Las piedras no son seres vivos, o sí?, preguntó. No mujer, las piedras no nacen, no crecen, no se reproducen y no mueren. Por tanto, no son seres vivos. Pero nadie querrá comprar piedras, además es mejor que te quedes en casa. Ya iré yo a la plaza a ver cómo está el ambiente. Mi abuela lloró desconsolada toda la semana, hasta el sábado.

El domingo por la mañana, mi abuelo se fue solo a vender sus globos. Cuando llegó, en la plaza no había nadie. No había niños, porque había quedado prohibido que los niños salieran de sus casas los domingos, y no había adultos porque ese día había un partido de fútbol. Mi abuelo odiaba el fútbol, pensaba que era un distractor para los idiotas. Ya estaba por irse, cuando un policía se le acercó y le preguntó qué contenían sus globos. Viento, puro viento, respondió él sin pensar, un tanto nervioso. Señor, está prohibido vender viento, le dijo el policía con una mirada reprobatoria. Mi abuelo se quedó callado, perplejo. El viento, como todos saben, es propiedad del Estado, y usted no puede usufructuar de los bienes del Estado. Tendrá que acompañarme. Señor, pero el viento no puede ser del Estado, el viento es de todos los seres vivientes. ¿Para qué querría el Estado el viento, si el Estado no está vivo? El policía se quedó pensando. Además, mis globos realmente no contienen viento. Yo me he equivocado al decirlo. Están llenos, como todos los globos inocentes del mundo, de aire que he sacado de mis pulmones. Mis pulmones son míos, y el aire que guardo en ellos también es mío, así como es mía el agua que llevo dentro del cuerpo, y las piedras pequeñas que se han depositado en mis riñones. Señor, no trate de confundirme, lo interrumpió el policía con voz enérgica. Las órdenes que he recibido es que me lleve detenido a cualquiera que venda algún bien del Estado, y veo que usted está cometiendo esa grave infracción. El aire es lo mismo que el viento, y ambos le pertenecen al Estado. Mi abuelo soltó sus globos y empezó a correr a la velocidad que sus artríticas piernas se lo permitían. No tardaron en tirarlo al suelo y esposarlo.

Lo siguiente que recuerda es que lo llevaron a la capital, y lo aislaron en esa cárcel a la que llamaban Panóptico, donde lo vigilaban, o él pensaba que lo vigilaban, de día y de noche. Cuando mi abuela pudo volver a verlo, luego de cinco meses de aislamiento, lloró mucho al no reconocerlo. Tenía la piel amarillenta, los ojos hundidos y la expresión de ya haberse muerto. ¿De qué te acusaron, mi amor? Él, con desidia, le contó el episodio con el policía en la plaza, y dijo que luego, al ser sentenciado, en un extraño y rápido juicio en el que sólo estaban él y una voz que salía despedida por un parlante ubicado en lo alto, le dijeron que habían investigado sus antecedentes de comunista y de vendedor informal, y que esas eran dos razones suficientes para considerarlo un ciudadano peligroso, y privarlo de la libertad durante un tiempo que todavía no habían determinado. “No somos dueños de nada, nos lo han prohibido todo, incluso jugar con los globos, incluso sentir el viento”, le dijo a mi abuela, mirándola con profunda tristeza.

Al cabo de dos años, liberaron a mi abuelo, o lo que quedaba de él. Esto fue sólo una advertencia de lo que podría ocurrirle de seguir empeñado en hacer volar globos, le dijeron al salir. No fue necesaria ninguna nueva advertencia del Estado, porque él solo se fue encerrando en las entrañas de un gran globo negro del que nadie logró sacarlo.

El deseo oculto


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Desear la mujer del prójimo es una frase que carece de sentido. Las mujeres no son de nadie, y el prójimo soy yo mismo, se dice entre dientes mientras la ve del brazo de él. Luego, embravecido, se sube a un taxi y desaparece. Muchas veces, se acuesta con chiquillas adolescentes para sentirse admirado, para ser visto de esa manera en que, piensa, ella jamás lo verá. Otras, se masturba imaginándola desnuda, perdiéndose entre sus piernas, repitiendo su nombre al silencio. Ha habido noches en las que le ha escrito poemas y ha sentido que algo se pudre en su estómago. Ha imaginado que el fuego que lo habita terminará incendiándolo todo alrededor: su cena, sus hábitos, sus libros, sus intenciones. Pero él permanece inmóvil, no hace nada por detener el crecimiento, el ensanchamiento más bien, de ese deseo, que se expande hacia los costados de sus entrañas, como una nube de aire tóxico. La uva negra del deseo se ha ido fermentando dentro de su caparazón de hombre. Durante años, le ha dicho a sus amigos, incluso a algunos desconocidos, cuánto ella le gusta. Y ha callado al verla.

La otra noche se sintió valiente y le regaló una rosa. Ella le agradeció. Él se envalentonó aún más: le tomó la mano y, mirándola a los ojos, le dijo que la amaba. Lo soltó así, sin anestesias ni tartamudeos. Ella sonrió, parecía que ya se lo esperaba. Él sintió cómo caía desde lo alto a un suelo duro, pedregoso. Enseguida, se arrepintió de lo que había dicho. Bajó la mirada, y torpemente se justificó diciendo que estaba borracho, a pesar de que no había bebido más de dos cervezas. Le pidió a ella que, por favor, no lo tomara en serio, mientras la miraba con el deseo y la angustia con los que miran los lobos a la luna.

Cuando salen a relucir los colmillos del deseo es difícil volverlos a cubrir con los labios. Él no pudo volver a dormir en toda la semana. Se torturó pensando qué pensaría ella, queriendo llamarla, imaginando una conversación sobre el tema, se imaginó confrontando a su viejo amigo, el hombre con quien ella vive.

Las cosas van sucediendo en lo subterráneo, sin avisar. De pronto, lo invisible exhibe su hocico. El pájaro brujo aletea en la superficie, y olemos por primera vez el sudor del animal que nos ha crecido dentro.

El día del cumpleaños de ella, él quiso homenajearla y dijo algunas palabras a los invitados. Con estridencia, se resbaló en la cera dulce que contenían. Las personas que lo escucharon se quedaron atónitas. Ella le pidió que le dijera lo mismo, pero a solas. A ella. No a ellos. Él no pudo. Otra vez, se hizo el silencio.

Días más tarde, ella le tendió una trampa. Lo citó en su casa una noche en que estaba sola. Él se acomodó en un sillón rojo, y ella en uno amarillo. Ella bebía vino, él estaba tan nervioso que no quiso tomar nada. Se sentía como una mosca en una telaraña. Sus manos sudaban, su corazón latía por encima de la piel.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: si pudieras ¿qué harías ahora mismo?

Él estuvo mucho tiempo hablando de todas las cosas que quería hacer, mientras ella lo miraba fijamente. Todas las cosas tenían que ver con ella y con el sillón amarillo en el que ella estaba sentada. Su mundo entero podía caber entre sus piernas. Dios sabrá por qué.

Cuando finalmente él dijo todo lo que quiso y se vació, ella se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a besarlo con locura. Las manos de él se multiplicaron, la recorrieron como pulpos ansiosos, sus labios intentaron absorber toda la humedad que había en su interior, sus dedos se alargaron todo cuanto pudieron, entraron en sus cavidades y la exploraron por dentro. El deseo se hizo un cristal sobre el que él caminó a grandes pasos. Sabía que no habría un mañana. Nunca lo hay para los que se creen desdichados. Para cuando volvió del éxtasis, el mundo ya había dado la vuelta: ella estaba lista, pero él seguía siendo el mismo cobarde de siempre.