Yo, la perdida


Perdida en el bosque

Escribo cuando la sequedad me visita. Cuando mis arterias colapsan luego de un rito dominical, especie de desvarío y dolor uterino. A las mujeres las palabras y el amor nos salen del útero, el único órgano escondido, que no nos obligan a exhibir. Y escribo para nadie, como un ave salvada de un nido destruido. Mi visión de anoche empezó así. Había olvidado dónde quedaba el nido, el sitio donde hallaba la paz. Resulta que esa palabra ya no tiene sentido, que se convirtió en un anagrama de mi nombre. No hay más guarida ni cueva, ni persona, ni animal ni dios. Es una calle desierta, donde aparezco de repente, sola… un laberinto de soledad. Me visto mil veces, pero sigo desnuda. Me desvisten mil veces, trato de taparme, pero no hay caso: estoy desnuda en el vacío. Y escribir es una compulsión que, extrañamente, me arroja a sus pies, a los pies del vacío. ¿El vacío tiene pies, o solo aliento?

En mi visión el vacío tiene pies, manos, testículos, lengua, cuernos, dedos que saben penetrar, y saben dónde duele.

La calle, la calle de mi niñez, lodosa en el invierno, soleada los demás días, llena de niños gritando, no sé dónde queda. Olvidé la dirección de mi estómago. Estoy perdida entre mil arterias desdobladas. Siempre odié los mapas que no llevan a ninguna parte. Mi corazón no tiene mapa, es un músculo polvoso al que nadie quiere ir. Soy una perdida por convicción.

Anoche hablaba con Dios, y él me decía qué camino era mejor. Mi niña, ¿qué hiciste?, me preguntaba. Yo pedía perdón porque me fui de su casa sin cerrar la puerta. Sin decir adiós. Quiero estar fuera. Regresar partida en dos, hecha un trapo para que me acaricie y no me castigue. Mi visión no llega a tanto, pero algo me dice que todavía habrá cielo. Un nido que me esperará hasta que encuentre el camino de vuelta.

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