Conversaciones del preludio


telefono

¿Cómo son tus bragas? le preguntó él. Son negras, de randa… pequeñitas, dijo ella, mintiendo. Llevaba un calzón holgado, de algodón, de esos que se usan para dormir o para los días difíciles. ¿Dónde estás? Recostada bocabajo en la cama. Quiero que te acuestes en el suelo, dijo él con una voz marcial, que sonaba más a una orden que a un pedido. Ella obedeció de inmediato. Ahora, lentamente vete quitando las bragas. Ella enganchó el teléfono entre su hombro y su oreja derecha, levantó su pubis hacia el cielo, abrió un poco las piernas y, tan lentamente como pudo, se liberó de la tela que, no del todo, contenía su fuego. Ella hervía por él, por el mágico sonido de su acento severo. Y, cuando dejó caer sus nalgas sobre el suelo frío, tuvo el primer espasmo. El estremecimiento fue tal que, instintivamente, volvió a levantar los glúteos y los dejó suspendidos en el aire, en una intensa contracción de sus labios y orificios. Déjate caer, dijo él con aquella voz que a ella la eclipsaba. Yo estaré abajo. Sólo déjate llevar. Ella empezó a respirar de la manera en que él deseaba. Sácate toda la ropa, ordenó áspero y sereno. Ahí estaba ella: tendida y desnuda en el centro de su habitación oscura. Sólo un débil haz de luz se colaba desde la calle por entre la cortina roja. El viento gemía en las alturas. Las aureolas de sus pechos se convirtieron en pequeños pedruscos café. Poco a poco, su cuerpo se acostumbró al frío. Con tu mano izquierda tócate lentamente la parte interna de tus muslos. Ella empezó a tocarse con suavidad. Masajea tu monte de Venus, su empinadura. No vayas más allá, sólo quédate en los alrededores. Al principio, ella sintió como alambres de púas los pequeños pelos que habían crecido en la cima. Pasto sin desbrozar. Impedirán pasar a los cobardes, pensó. Pero, al acariciarlos nuevamente, éstos se volvieron dóciles, como negras espinas derribadas. Ahora abre las piernas de par en par, dijo él. Ella lo hizo y sintió la piel de las ingles estirarse. De sus profundas montañas bajaba un agua cristalina que brotaba, tímida aún, por las compuertas. Sus piernas formaron una escuadra. ¿Hasta dónde vas a llegar?, le preguntó ella. Hasta donde tú me lo permitas, respondió él. Entonces, ella supo que no habría marcha atrás:  se dejaría someter por aquella voz, sin cuerpo y sin alma.

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