Un sueño II


mar

Sueño que el mar se retira de la Costa. Se repliega como si no quisiera vernos más. Los vientos canturrean violentas canciones sobre nuestras cabezas. Se han enojado los cielos. Las nubes parecen lúgubres camas de enfermos. Veo mi cara en una de esas nubes, mi reflejo en el horizonte. Mis pies colgando de los precipicios. Siento vértigo, pero no tengo miedo. El mago me ha dicho que así deben ser las cosas. No hay que temer la muerte; la muerte es una aliada de los hombres de paz. ¿Pero quiénes son esos hombres y dónde están? Nadie aparece a mi alrededor. De pronto, se hace de noche y la luz de una estrella surge, en lo alto. Envía su aliento caliente a la playa. Envuelve la nube, el mar y el balcón desde donde la observo. No hace faltan los catalejos que me regaló el viejo Santiago. Mi rostro, el de la nube, desaparece en un pestañeo. Estoy sola delante de la luz de la estrella. La tierra se mueve de su lugar. Yo no consigo mover ni un dedo. Una ola gigantesca, como de mil metros, se levanta sobre patas de agua descomunales. Mi corazón salta como un conejo. Una voz me dice que entre a la casa y cierre la puerta. No tengo tiempo de pensar qué sentido tiene. La ola acabará con todo. Sólo obedezco. La casa se eleva sobre el agua, como si fuese una colina. Un águila vuela sobre la gran ola. Corro a la parte posterior de la casa, donde solía haber una enorme ventana. La recordaba abierta, pero ha sido cerrada, lo mismo que las claraboyas. El agua no ha entrado por ninguna rendija. A través del cristal observo cómo las demás casas, los postes eléctricos, las personas, son arrancadas de la tierra como muñecos de plástico. La ola desaparece los colores de todo lo vivo. Nada ni nadie logra flotar. La luz entra por la ventana, recorre las habitaciones de la casa como comprobando que no haya nadie, y sale por el balcón. El movimiento dentro de la casa es violento. Me sujeto de los pilares. Cuando todo se calma, me acuesto en la cama y me tapo de pies a cabeza con una sábana. Nada está mojado. No puedo abrir puertas ni ventanas. Afuera, sólo hay oscuridad.

 

 

 

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