Carta a Aníbal


querubindos (1)

Querido niño:

Existe una cualidad humana que valoro por encima de cualquier otra, inclusive de la inteligencia. Y es la lucidez. La razón es que ella le permite a las personas ver todo como a través de un prisma de cristales de infinitos colores. Lo que podemos comprender con el cerebro es limitado, como sabes. En cambio, la lucidez proviene de la luz, y la luz, como te he dicho antes, es infinita. Eso lo sabemos con la intuición del corazón. No te he contado un secreto: es posible oler la luz cuando estás de espaldas a ella. La luz te golpea en la nuca y, mientras tú volteas la nariz, ella te sale, luminosa como siempre, al encuentro. Esa lucidez es la que hace que no le tengas miedo a la oscuridad.

De algo de lo que no quería hablarte es del miedo. Solía hacerlo antes y me iba mal. Pero sé que es necesario hacerlo.

Así como la luz, el miedo puede volverse físico. Podemos ser tangibles para él. Si le damos poder, puede estrujarnos por dentro, exponer nuestra desnudez, meterse en nuestros huesos y orificios secretos. El miedo es una bomba maligna que crece dentro de nosotros, siempre y cuando se lo permitamos. Si revienta un día, su líquido se riega por todas las cavidades y nos vuelve seres oscuros, así como las larvas o los aye aye (esos horrendos animales que te enseñé en el libro de seres extraños). Antes, le daba cabida y el miedo me hacía mala. Tú me lo decías: yo soy lento y torpe, y tú eres mala conmigo. Exagerabas un poco, no mucho. La verdad es que el miedo puede volver malo al ser más bueno. No era yo la que quería ahogarte con mi indiferencia ni maltratarte con mi crueldad. Al contrario, habría querido amamantarte como a un bebé elefante. Habría querido escabullirte entre mis ropas, hacerte dormir entre copos de algodón como a un querubín, llevarte siempre en mi bolso como si fueras un muñeco de lana, hacerte dormir en mi útero mientras te cantaba una canción de cuna. Así lo quería, pero el miedo no me dejaba. El miedo me llevó a cometer muchas maldades contra ti, que eres mi propio ser.

(versión reducida).

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