Volver de la muerte


El crepúsculo cae sobre los pinos y los chopos inescrutable. Como una mujer gorda se despereza sobre el río que unos días es pardo, otros plata, otros del color de una brillante piedra esmeralda. El atroz río Júcar. La tarde se duerme sobre él y lo arropa lentamente con su oscuridad balbuciente, helada. El viento late sobre todo ser viviente. Los pájaros ya han emprendido la retirada de los cielos a los árboles. Gemidos de una tormenta amenazan en el horizonte. Estoy sentada sobre un mirador desde donde veo en estado pleno el vórtice del mundo y sus vicios. El pueblo que está a mis pies se desparrama sobre los cerros, como un niño juega a no caerse al abismo. Es un pueblo blanco de gente campesina que habla a grandes voces, que va dando alaridos por las callejuelas, estrechas y adornadas de flores. Van chillando sus alegrías y tristezas por los caminos que conducen a las antiguas cuevas donde habitaron en distintas épocas enanos y hombres, árabes e íberos. De ellos no quedan ni las tumbas, pero sí suspendido en el murallón un inmenso castillo gris que me trae recuerdos de cuando imaginaba que era una presa esperando el beso de un montaraz. Él llegaba, libre y pelilargo, para salvarme de la soledad, de la ruina, de la miseria. Me veía a lo lejos, yo estaba en algún ventanal, desnuda. Mi imagen se balanceaba sobre sus ojos negros.

Esta mañana fui al bar de la aldea para desayunar. Me encontré con los viejos solitarios, doblados sobre sus vasos de vino rojizo. Pedí un café con leche y una tostada con tomate y queso. Mientras comía, leía en un libro de Javier Marías que lo peor que le puede pasar a alguien, peor que la muerte misma, y también lo peor que uno puede hacerle a los demás, es volver de la muerte. Regresar del lado del que no se vuelve, resucitar a destiempo, cuando los demás ya no se lo esperan, cuando ya es tarde y no corresponde, cuando los vivos lo tienen a uno por terminado y han proseguido o reanudado sus vidas sin contar más con nuestra presencia. No hay mayor desgracia para el que regresa que descubrir que está de sobra, que no es deseado, que perturba el universo, que constituye un estorbo para sus seres queridos y que éstos no saben qué hacer. Estos pensamientos me ayudaron a decidir que jamás volveré a la que fue mi casa, que de ahora en adelante otro, otros, aquellos que yo elija, serán mi familia, serán mis lugares. No quiero ser como un muerto que resucita y espanta a los que hace mucho tiempo dejó.

España, 2011 (fragmentos de mi nueva novela)

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