La mujer luciérnaga


 

Soy una luciérnaga, lo sé, porque cuando me pongo en estado luciferino, es decir, en el estado de la luz, una antorcha se me enciende en la zona de la genitalidad, que es donde quedan todos aquellos órganos oliscosos y soberanos en sus apetencias. Supe que era una luciérnaga un día de aquellos en que la poesía me había colmado y se había alojado en uno de los ventrículos de mi pueril corazón cuando, de pronto, sentí un fuego que me quemaba en las tierras bajas, esas que han sido tan codiciables por las lenguas de mis amantes, allá donde el orgasmo reclama su porción vital, el sótano húmedo que ha sido la perdición de muchos.

Chucha, concha, vulva, coño, vagina, chepa, almeja, conejo, raja, seta, breva, higo, parrús y todas aquellas denominaciones que he venido escuchando a lo largo del paseo por este mundo. Decía que cuando sentí aquel lúcido y benigno fuego pude unir, enlazar, asociar, ensartar, hacer copular la dimuta imagen de una luciérnaga con mi ardor. Sí, una luciérnaga. Yo no sabía cómo era aquel bicho de cola brillante, me preguntaba si tendría antenitas o si sus patas pincharían como las patas de los grillos, si tendría los ojos salidos como los saltamontes. Lo único que sabía era que emitía destellos de luz, mensajes lumínicos para los machos que vuelan a su alrededor. Solo las hembras pueden producir aquel bello resplandor gracias a la luciferina, una clase de pigmento que hace centellear a algunas bacterias, algas, hongos y animales.

Siempre he sido consciente de que soy un animal; todas las mujeres lo somos, solo que algunas no lo reconocen y a otras se les olvida. Lo que no sabía era qué tipo de animal era, no atinaba a clasificarme como mamífero, ave o reptil. Me ubiqué entre los mamíferos por ser los más cercanos biológicamente. Algunas veces pensé que era una felina y amé los gatos con devoción. Otras veces, me creí gacela. Aquello ocurrió a partir de que aquel moreno al que una vez quise me llamó de ese modo, mi gacela. Por supuesto, durante algún tiempo pensé que era una yegua, una potra, un cuadrúpedo insaciable que nunca sería capaz de conformarse con las horas, siempre escasas, que aquel que controla el tiempo y la vida le dejaba para el placer. ¡Cómo si algún dios pudiese domesticar nuestras ansias! Cada vez que me sentía gata, gacela o yegua actuaba como tal.

Estuve varios años en cada estado. La evolución entre uno y otro era lenta, tanto que me parecía que iba a permanecer de una sola manera para siempre. Primero fui mujer gato. Esto ocurrió desde mi despertar sexual hasta más o menos los veinticuatro años, con algunos intervalos del siguiente estado, el de gacela. Durante todo ese tiempo nunca, pero nunca, actué como una yegua. Las gatas seducen, tientan y se van. Otras veces, desprecian y humillan. A algunos hombres los obligaba a que me amasen largamente, sin que yo diese ninguna muestra de querer hacer lo mismo, hallaba mi deleite en nunca devolver lo que podía recibir a borbotones. Era egoísta, misántropa, cruel. En esos años viví la peor versión de mí misma. Cuando me convertí en una gacela fue cuando quise ser sometida. Era como si, de pronto, me supiese merecedora del castigo lento, de la tortura. Quería pagarles a los hombres todo el rechazo anterior. Me transformé en un mamífero indefenso en las garras de un león, de un chacal, de un guepardo. Me puse bajo la pisada de un elefante. Hacía lo que ellos esperaban que hiciese, era sumisa y obediente, jugaba el papel de esclava, de la hembra que dice frases como te pertenezco, soy tuya o eres mi dueño. Tuve orgasmos sublimes siendo gacela, pero fui infeliz fuera de la cama o de los cuerpos que me habitaban. Mi espíritu no es domesticable y yo quería dejar de ser ese animal.

El día en que pasé a ser yegua fue un lunes. Mudé en un ser totalmente hedonista, capaz de recibir tanto placer como le era posible, una protanca sin brida que quería ser cabalgada durante instantes infinitos. No le permitía a mis hombres derramarse demasiado pronto. Estaba dispuesta a enfrentar el dolor, la ansiedad, el desasosiego, a cambio de explorar los límites de mi cuerpo, de correr y correr, más allá, más allá, más allá. Fui lejos y, tal vez, crucé alguna cerca, porque un día dejé de ser yegua. Soy desde hace poco tiempo, una luciérnaga. Tal vez lo he sido siempre, pero no me había detenido a mirar aquel destello. La mujer luciérnaga no devora ni se deja devorar. Es un animal pequeño que encuentra su satisfacción en permanecer invisible, de ella solo se ve la luz que irradia. Eso debe ser suficiente. En esa luz, que se aloja entre sus piernas y emerge de su útero, está su fuerza, su vida. La mujer luciérnaga nunca será madre, pero parirá todos los días.

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