Siete meses


Lourdes Paola Haro García – Ilustración

La bolsita con cocaína está sobre mi velador de madera de acacia negra. No la he tocado desde la última vez que vi a Francisco, esa noche en que me dijo que nos diéramos un tiempo, la noche en que lloré por esos siete meses perdidos. Meses de sexo blanco, de alcohol y sexo, de charlas hasta el amanecer y sexo. De meses está hecho el tiempo, y el tiempo es la vida. De meses está hecho el mundo y los pasos que damos sobre él. Esos meses fueron la vida y la muerte. Así debe ser el amor. El amor es idiota, se mete en cualquier cuerpo como si fuese un viejo fantasma con ganas de descansar, un fantasma olvidadizo que no sabe dónde quiere vivir o morir. Está aquí, cohabito con él en el mismo cuerpo. Algún día lo liberaré, y volveré a ser el vacío.

Todo ha pasado ya. La tragedia del amor estuvo por aquí. Incendió lo que vino a incendiar; ahogó lo que vino a ahogar. Me encuentro entre ruinas, como después de un cataclismo antiguo. Ninguna ruta cierta lleva a este lugar, nadie puede venir, solo los que han vivido la desazón del olvido, la crueldad del desarraigo.

El desarraigo no ocurre solo cuando perdemos un país, cuando olvidamos a un padre, a un hermano, también sucede cuando perdemos el alma de aquel al que amamos. Mi alma salió detrás de él, en estampida, como un ciervo asustado. Desde ese día soy un ser que deambula, una caminante inerte, un árbol derribado, una fiel devota de las imágenes eternas del recuerdo. Siempre esperando una recompensa por lo que he llorado, por lo que he perdido. Y el miedo.

El sexo me saca de ese sopor etílico, de esa idiotez congénita que es el amor. El sexo también me divierte, como a un niño cuando mete la nariz en lugares sucios, o como cuando grita desde lo alto de un árbol. Me gusta gritar. Y quiero gritar ahora, gritar y morder, gritar y lamer, gritar y sollozar, gritar y pedir más. Espero a uno de mis amantes, el de pelo entrecano, el escritor frustrado, el poeta mediocre, el pájaro cobarde. Sé que es un perdedor, un errante de su propia vida, un tipo confundido y confuso. Pero me excita su ruindad, su miseria, me moja el saberme más cruel que él.

Abro un papelito verde, de esos en los que se envuelve el tabaco, y empiezo a desgranar, a desengominar, a hacer menudencia un pequeño atado de weed. Estoy desnuda y hambrienta. Mi sexo está abierto y húmedo como el de una anaconda. Pongo la weed en el papelillo, la esparzo como si se tratase de hormigón sobre una carretera. El ventilador gira sobre mi cabeza; las sábanas rojas y las cortinas esmaltadas ondulan con cada gemido del viento. Yo aún no he dejado de gemir por esos siete meses, aunque ahora sean otros los que me posean. Antes de envolver el cigarrillo, tomo la bolsita con cocaína del velador, y la rocío sobre el pasto verde, hasta que da la impresión de que una tenue nevada ha caído sobre él. Dejo el delgado porro sobre un radio antiguo, herencia de mi padre, y me pongo a leer Adiós a las armas.

Suena el timbre. No hay nadie en la casa. Lucía, la colombiana con la que comparto piso, está internada en un centro de rehabilitación. Se le fue la mano con la cocaína y acabó como yo hace tres años, fundida. Me daba por esconderme. Me metía debajo de la cama, pasaba horas en el armario de mi habitación, o encogida detrás de algún mueble. Fue horrible. Me escondía de mí misma y del mundo. Pero ya no me escondo, ahora quiero que todos me vean como soy de verdad: puta y loca. A veces, perversa. Demasiadas veces. No quiero ir a visitar a Lucía, porque sé que me pedirá dinero, que querrá llorar, lamentarse de su mala suerte, y no estoy dispuesta a cargar con ese peso. Prefiero esperarla acostada en el sillón verde de la sala, viendo algún capítulo viejo de Seinfield. Ya me perdonará, que ella también me ha hecho unas cuantas.

Lucía es escultora, pero trabaja en bienes raíces. Su pasión son las líneas rectas, las protuberancias, las riberas del cuerpo masculino. Es pequeña y muy blanca, casi pálida, del color de una gaviota. Me lleva tres años, y es más bien flácida, un poco regordeta, de tetas excesivamente grandes para su tamaño y sin mucho culo. Su mayor atractivo está en su rostro de ángulos escarpados. Tiene unos ojos café oscuro que delatan su ambición desmedida por el sexo.

Algunos tipos me han dicho que la ven y les dan ganas de comérsela por cómo los mira. Los mira con lujuria, con el desparpajo que tienen los sicarios antes y después de disparar, con la valentía que ya no tienen los hombres. Los hombres ya dejaron de ser hombres, la mayoría no son más que discapacitados emocionales, miedosos crónicos o niños egocentristas. Simples tipos. Y no es divertido seducir a simples tipos, no hay reto, no hay adrenalina. Por eso el camino más sencillo para las mujeres de estos tiempos es la dominación. Los hombres se han vuelto tan dóciles que me dan asco.

Y hay varias maneras de dominar a un hombre. Con casi todos resulta la más sencilla, el sexo. Ellos quieren una puta en la cama y yo hago de puta. Quieren sentirse machos, animales, dueños y amos. Eso les hago sentir un tiempo. Luego, se vuelven antojos que ordeno como en un local de comida rápida. Es ahí cuando les demuestro de qué están hechos, pura materia maleable, esponjosa, cobarde.

Suena el timbre. Es Gustavo, el poeta. Le abro desnuda. Él me observa con esos ojos caídos, que se desperezan sobre cada objeto que pisan. Me mira lentamente, como un anciano ve el mar, deseando abarcarlo entero, descubrir su secreto, sabiéndose un indefenso anhelando lo imposible. Tomo su rostro con las dos manos y lo beso. Él mueve su lengua dentro de mi boca, me agarra las nalgas, las abre apenas, las aprieta. Me iza bruscamente, y me pone sobre el sillón de Lucía. Me besa con la desesperación con la que un criminal besa la libertad cuando sale de la cárcel. Me aburre.

— Espera, tengo algo para ti -me suelto, y salto por encima de él-. Sígueme- casi susurro.

Él se levanta con desgano, y apenas llega al cuarto se tira en la cama que resopla como un gordo cansado.

¿Y Lucía?, me pregunta.

Está en la clínica, sus padres decidieron internarla. Sus crisis ya eran demasiado peligrosas—. Tomo el cigarrillo que está encima del radio, me muevo con la delicadeza de una serpiente-. Vino un tipo una mañana, le dijo que la grúa se estaba llevando su auto. Ella bajó corriendo las escaleras, despeinada y sucia. Pero no era la grúa, eran sus padres al pie de un camión ambulancia. Después, todo fueron gritos de la mamá, y llantos de Lucía.

¡Qué mal, pobrecita! me mira ansioso.

Ella se lo ganó, se pasó de la raya hace tiempo, no sabe medirse, no entiende que no puede jalar siempre. Está bien un par de días a la semana, pero no todos los días ¿no crees? —, enciendo el porro y le doy dos largas caladas, lo fumo como si quisiera que esa mezcla del pasto verde y la nieve me llevaran para siempre a otro lugar, muy lejos de él-.

Dame le paso el cigarrillo y él empieza a fumar con hondura.

Bailo por la habitación, siguiendo una pista imaginaria. Él pone algo de Nora Jones, y yo empiezo a entender que lo único que quiero de él es su verga empinada dentro de mí. La weed ha logrado su cometido, encenderme. No me interesan sus poemas ni sus bobalicones ensayos sobre la historia y la humanidad. Me dan pereza sus teorías sobre conspiraciones o sus disertaciones sobre el amor. Me agotan porque suelen ser una larga retahíla de lugares comunes, que él cree haber inventado. Nunca he entendido por qué la mayoría de hombres se cree más inteligente que las mujeres. Yo me he dado cuenta de que soy mucho más inteligente que todos los hombres que conozco, pero los dejo creer que pueden conquistarme. A algunos se los dejo creer horas, a otros días, semanas, meses, no he podido fingir durante años, creo que jamás podré. Pensaba que Francisco era inteligente, y lo sigo pensando, pero también sé que es un discapacitado emocional.

Intento pensar esto en la voz más alta posible. El poeta de pacotilla me penetra. Lo miro con deseo y sin piedad. Intento ver si él adivina mis pensamientos a través de mi mirada. Pero es inútil, está seducido.

Soy tuya le digo al oído.

Relato publicado en la antología de narrativa TODOS LOS JUGUETES, Dinediciones 2011

2 comentarios sobre “Siete meses

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