Me acuerdo


 (Relato sobre una visita a Persia, la tierra de Mr. Mamut)

Me acuerdo de que el avión de Tame iba repleto. Era la Navidad de 2008. Me acuerdo de que a la ida hicimos cuatro escalas para recargar combustible. Me acuerdo de que mientras sobrevolábamos Siria, mr. Correa cantaba villancicos. Me acuerdo de que mr. Correa se sentó a jugar varias partidas de cuarenta con Carlos Marx Carrasco al lado mío. Me acuerdo de las risas en el avión. Me acuerdo de querer dormir y no poder. Me puse a releer El Sha, de Ryszard Kapuscinski, un libro clave para entender qué ha ocurrido en Irán en los últimos treinta años. Me acuerdo de que ni yo ni el resto de periodistas sabíamos a qué íbamos a Irán. Todos decían que a hacer negocios, pero nadie entendía de qué tipo. En el avión iban muchos empresarios, exportadores de diferentes frutas. A mí no me interesaba la visita oficial, yo quería saber cómo era aquel país que en 1979 vivió una revolución que lo llevó de vuelta al ostracismo del islam chiíta. Quería saber cómo era ser mujer en Irán.

Me acuerdo de que, antes del viaje, conversé con un reportero español que cubría temas iraníes. Me acuerdo del desaliento que me causaron sus palabras: no vas a poder hacer nada, mucho menos si vas solo una semana. Me acuerdo del horror que sentí cuando supe que mr. Mamut había sido instructor de los llamados Basiji Mostazafan, una organización fundada en 1979 por Jomeini, el líder político y religioso de la revolución de 1979. Los basiji eran niños de hasta 12 años que estaban obligados a defender el régimen de Jomeini armados de una llave de plástico en el cuello, una llave que les aseguraba su entrada en el paraíso. Los niños eran utilizados para limpiar los campos minados. Se había intentado con asnos, ovejas y perros, pero éstos, al ver una explosión, se asustaban y huían. En cambio los niños, plenos de fervor religioso y con sed de paraíso, se ofrecían jubilosamente. Para evitar la dispersión de sus cuerpos, antes de entrar a los campos minados los niños se enrollaban en alfombras, para que sus partes permanecieran juntas tras la explosión. Me acuerdo haber leído también que detrás del ataque a la embajada de Estados Unidos que llevó a la crisis de los rehenes de Irán estuvo mr. Mamut.
Me acuerdo de que antes de pisar suelo iraní, a las mujeres nos obligaron a ponernos un velo de color oscuro en la cabeza. Me acuerdo de algunas instrucciones: nunca deben ir descubiertas, no deben mostrar ninguna parte del cuerpo, no miren a los hombres a los ojos ni les den la mano al saludar. Es prohibido cualquier contacto físico con los hombres. Me acuerdo de que en Teherán nos pusieron un traductor, que no era traductor sino un espía del gobierno iraní. Cuando nos dimos cuenta nos quedamos callados el resto del tiempo.
Me acuerdo de que Ecuador contrató a dos traductores independientes, sus nombres eran Ghazaal y Amir. Me acuerdo que me hice amiga de Ghazaal. Ella me presentó a otras chicas iraníes que me contaron cómo vivían y pensaban, y me acompañó a hablar con mujeres en la calle. Casi ninguna quiso decir nada. Me acuerdo de que todas creían que debían obedecer a los hombres. Me acuerdo de que me compré una túnica negra, larga y ancha. Me acuerdo de que Amir me contó sobre las fiestas clandestinas, cómo hacían para emborracharse o escuchar música gringa.
Me acuerdo de que era prohibido tomar fotos en muchas calles de Teherán, y prohibidísimo sacarle alguna a los enormes rostros de los ayatolas que aparecían en vallas por doquier. Me acuerdo de que el Internet del hotel estaba restringido. No se podía entrar a Facebook ni a muchos sitios vetados por el Gobierno. Me acuerdo de sentirme siempre vigilada. La seguridad y la inteligencia en Irán son agobiantes. Me acuerdo de la alegría que sentí cuando reconocí al tío de un amigo, que era agregado comercial en Teherán. Quise abrazarlo, pero no pude, porque era prohibido.
Me acuerdo de que siempre comíamos cordero. Me acuerdo de la asfixia y el calor que me producía el velo en la cabeza. Me acuerdo de que los hombres de la inteligencia iraní nos despistaban, nos armaban agendas falsas para que no estuviéramos en las reuniones entre Correa y mr. Mamut. Me acuerdo de que no nos dejaron entrar a una rueda de prensa en el palacio de Gobierno, solo pudieron entrar los medios iraníes, que son todos oficiales. Me acuerdo de que ningún periodista pudo hacerle ni una sola pregunta a mr. Mamut. Me acuerdo de que, por el parlante, escuché que mr. Mamut le decía a mr. Correa: de ahora en adelante, Ecuador tiene quién lo defienda. Los enemigos de Ecuador serán también los enemigos de Irán. Me acuerdo que pensé: ¿y esto a cambio de qué? Hasta ahora no sé la respuesta.
Me acuerdo de que fui al baño en el palacio presidencial, era un agujero en el piso. Me acuerdo que al día siguiente la seguridad de mr. Mamut nos tuvo encerrados en una sala con televisores para impedirnos ir al Congreso, donde había una reunión oficial. Me acuerdo de los reclamos nuestros, y los oídos sordos de aquellos gorilas. Me acuerdo de la impotencia que sentía cuando un iraní no me miraba a la cara ni me hablaba solo porque soy mujer. Me acuerdo de la angustia por conseguir información y por entender qué pasaba. Me acuerdo del frío que hacía en Teherán.
Me acuerdo de que las mujeres iban con túnicas negras por la calle, y los hombres con camisetas normales. Para ellas, existe la policía de la moda. Pueden llevarlas presas si usan faldas cortas, mucho maquillaje o tienen mal puesto el velo islámico. Me acuerdo de que la noticia por esos días en Irán era la condena a un hombre a quedar ciego –le echarían ácido en los ojos- por haber desfigurado con ácido a su esposa. Aquí el ojo por ojo sigue siendo ley. Me acuerdo de que el tráfico en Teherán era un caos, estuvimos tres horas en un embotellamiento.
Me acuerdo de que la última noche en Teherán, Gazaal me llevó a un mercado al sur de la ciudad, donde se podía conseguir de todo, incluso trago y marihuana. Era una zona peligrosa, llena de paquistaníes, hindúes, afganos, pashtunes. No lo pude resistir: me alejé de Gazaal y me fui a caminar sola por primera vez. Sin hablar ni una pizca de persa o farsi, compré con riales iraníes una linda pipa de agua roja. No me acuerdo cuánto me costó. Me acuerdo, sí, de la alegría de Gazaal al encontrarme feliz y a salvo, “conversando” con el vendedor. Me acuerdo de estar triste porque no pude despedirme con un beso o un abrazo de Amir, solo porque es hombre.
Me acuerdo de que fuimos a Isfahán, una ciudad hermosa llena de mezquitas, donde las mujeres son aún más conservadoras. Algunas usaban burka, todas iban de negro absoluto, el color del islam chiíta. Me acuerdo del mercado y de los tapices que compré. Desde Isfahán emprendimos el camino de regreso a Ecuador. Fue el viaje más largo de mi vida. Me acuerdo que hicimos cinco paradas, cuatro en África y una en Brasil. Me acuerdo de la parada en Trípoli, donde Muamar el Gadafi recibió a mr. Correa. Me acuerdo de que lo esperamos por cerca de tres horas en la casa del ahora muerto líder libio, mientras ellos conversaban en un lugar apartado. Me acuerdo de que no nos dijo de qué hablaron. Me acuerdo de que mr. Correa nos ofreció disculpas, sobre todo a las mujeres, por los malos ratos que la seguridad de mr. Mamut nos hizo pasar. Me acuerdo de que los empresarios no cerraron ningún negocio y que un año después, seguían sin cerrarlo. Me acuerdo de que de regalo de Navidad, mr. Correa nos dio unos dátiles.

Texto publicado en GkillCity.com

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