La conmovedora ilusión



Hoy la casa del tío Vicent no huele a soledad. Antes, me había dado la impresión de que era demasiado grande para un anciano solo, cuya única compañía por las noches es un maniquí andrógino que usa sombrero y viste de rojo. Pero esta tarde, es un lugar cálido y luminoso. En la sala han dispuesto sillas, no muchas, menos de veinte y los libros están todos organizados en las altas estanterías. La gente ha pagado dos euros por la entrada, han hecho cola, han aguardado en la calle, muchos no han conseguido plaza. Hay mucha expectativa. Anoche, el Primer Festival de Teatro Íntimo de Valencia arrancó bastante bien. Mucha gente, mucha birra y una explosiva inauguración con un par de actores que parecían salidos del psiquiátrico. Las carcajadas siempre hermanan. La fiesta duró hasta la madrugada.

Un viento otoñal llega del Mediterráneo, su aliento recorre las calles del antiguo barrio de pescadores de Valencia. El Cabanyal. El tío Vicent vive en un piso alto, en el número 195 de la calle Escalante. De su casa al mar hay exactamente ocho cuadras.

Los espectadores entran al salón en silencio, con profundo respeto. En la esquina izquierda está una mujer joven de mirada triste. A un metro de ella, un hombre toca al piano algo parecido a la melancolía. O a la tristeza. Los que pueden, toman asiento, los demás se acomodan atrás, o en las esquinas. Los seres mitológicos que el tío Vicent esculpe permanecen blancos y mudos.

Es el sábado 22 de octubre en el Cabanyal. Este barrio es un tesoro arquitectónico, lugar de veraneo, cuna de valencianos ilustres. No sé si decir que es, o que fue. Decir que fue sería como acabar de matarlo, hablar en pasado siempre es como asesinar. Prefiero decir que el Cabanyal aún es, a pesar de que desde hace años sufra un deterioro constante. Muchas de sus casas han sido derribadas, otras ocupadas ilegalmente. San Pedro, Progreso y varios tramos de Escalante lucen como las calles de cualquier villa miseria, chabola, ciudad de dios en la que los niños juegan descalzos, las mujeres ofrecen droga y los yonkis se inyectan en solares vacíos. Este barrio mítico de Valencia es también su cloaca más fétida.

Es necesario decir que la degradación del barrio empezó con el plan de Rita Barberá, alcaldesa de Valencia, que contempla la construcción de una carretera que desemboque directo en el mar. Sueño de oligarcas. Hacer la avenida implica la destrucción de la trama urbanística original del barrio, e incluye la demolición de 1.654 casas, muchas de ellas catalogadas como Bien de Interés Cultural por sus elementos arquitectónicos propios de un modernismo popular y marinero que se arraigó en el Cabanyal a principios de siglo XX.

El peligro que se cierne sobre el barrio es latente. Basta mirar los solares vacíos donde antes hubo casas que fueron compradas por el Ayuntamiento y luego fueron derribadas, o alquiladas a población marginal. Basta caminar por las calles degradadas, o ver las paredes que la alcaldesa ha mandado pintar de tonos ocres y que dan la sensación de estar en un estado de guerra. Es tan grave la situación que el barrio fue incluido en la lista mundial de patrimonios en riesgo de la organización estadounidense World Monuments Fund.

El colectivo Francachela Teatro no pudo encontrar un mejor sitio en Valencia para montar el Primer Festival de Teatro Íntimo. Con el apoyo de la plataforma Salvemos el Cabanyal, una organización integrada por hombres y mujeres que han vivido toda su vida en el barrio y que lo han defendido de las pretensiones del Ayuntamiento durante trece años, Francachela montó durante tres días obras de teatro emergente, danza contemporánea, cabaret underground, teatro infantil y acciones poéticas dramatizadas; en todas sobrevoló el espíritu del Cabanyal, de sus personajes y de sus historias.

El tío Vicent es un artista solitario que ronda los ochenta años; dueño de una biblioteca que cualquier escritor envidiaría. Su casa, una reliquia del Cabanyal que corre el riesgo de ser derribada si se concreta el proyecto de Barberá, fue uno de los escenarios elegidos. Aquí se montó La novia del pianista, la puesta en escena más conmovedora del Festival que se realizó durante los días 21, 22 y 23 de octubre en varias casas del Cabanyal.

La novia del pianista nos habla, nos mira a los ojos, como si estuviese a punto de contarnos un secreto. El pianista toca una melodía leve. Ella cuenta que nació en el Cabanyal, que este barrio lo ha sido todo para ella. Habla como si algo le doliera, como si se le reventara la angustia por dentro. Y habla en valenciano, como todos en el Cabanyal. “Soy como una ánima en pena”, dice, “como esas almas de las que hablaba mi abuela, las que vivían en el purgatorio. ¿Y si en realidad el Cabanyal es el purgatorio de Valencia? Sí, puede ser, porque en el purgatorio todos están esperando a que llegue el juicio final. Muerta, así me siento. Aquel día no se me va de la cabeza. Allá estábamos los dos, en el mercado, tomados del brazo. El mercado, y nosotros, y el Cabanyal. Yo quería hacerme una foto. Desde la primera comunión que no me había hecho un retrato. Mi novio debía marchar al frente y yo quería un recuerdo. Mi novio es pianista, y tocaba una canción rebonica de la rosa del azafrán, tenía una gracia y una alegría” (…).

La mujer ralentiza el relato. Las lágrimas ruedan mientras el secreto va emergiendo. Ese día, mientras los novios posaban para la foto, una bomba de la Aviación explotó en el mercado del Cabanyal. Esta es una historia real que ocurrió durante la guerra civil española. La bomba tumbó el cine Imperial y decapitó a los novios. “Ahí estábamos los dos, tirados, desfigurados, ensangrentados, reventados”, dice ella. El llanto de quienes han vivido toda su vida en el Cabanyal es silencioso, pero colectivo.

Salimos conmovidos de casa del tío Vicent. Le doy un abrazo y apuro el paso para no perderme la siguiente obra. La casa queda a tan solo cuatro cuadras. Nos hacen pasar. Adentro hay un velorio. La viuda y la pariente lloran a un cadáver de cuerpo presente. Se lamentan, pero también lo critican por mujeriego y bebedor. El hombre había sido “picha brava” como se dice. Nos enteramos de la vida de quien fuera el Don Juan del Cabanyal en una comedia que nos llevó a los espectadores a recorrer la sala, la cocina, el patio de la enorme casa. Nos movíamos según el antojo del muerto, quien intentaba huir de su viuda, en una mezcla compleja de risas e incertidumbre.

La compañía valenciana Francachela recorre escenarios de toda Europa desde 2009. Pueden ser serios y desfachatados a la vez. Han propuesto travesías sensoriales por complejos temas como el miedo o el pecado, utilizando diferentes variantes artísticas como el teatro íntimo, el vídeo, o la danza contemporánea. Durante el sábado y el domingo se sucedieron las obras Cronofonías, Carrusel de niños perdidos, Bucle, El gordo del mercado, Mamá Natura, Seres excéntricos y Bienvenidos al Cabanyal. En total fueron ocho las obras que montó el grupo exclusivamente para este festival. Todas fueron presentadas en casas de vecinos que, más que eso, son amigos.

Este texto fue publicado en el número 4 de la revista de artes escénicas El Sótano.

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