El senegalés



(Barcelona)

El senegalés tiene ojos de ciervo y de lince a la vez. Nos mira con miedo y arrojo, de prisa y con intensidad. Se acerca. Es alto, negro como una noche sin luna, de piernas largas y raíces antiguas. Pertenece a esa especie de hombres que saben cuidarse, pero también atacar si los provocan, una raza de supervivientes. Como él han muerto miles, muchos de hambre cuando eran pequeños. Él ahora está agazapado en esta llanura de cemento, huyendo de los perseguidores de migrantes, de la luz del día. Sigue siendo, de muchas maneras, un niño asustado. Despliega sus brazos como si fuese un águila y saltan a la vista múltiples objetos: pulseras con motivos africanos, anillos de piedras traídos desde algún sitio caluroso y feroz, todo tipo de artesanías. Lo observamos con interés desde nuestra mesa de metal, cubierta por un mantel de tela amarillo, sobre la que descansa una botella de vino tinto que estamos por terminar. Sobre la mesa, dispuesta en la terraza del Austral, el restaurante argentino al que hemos venido a cenar esta noche, también quedan los restos del entrecot y la costilla de ternera que nos hemos comido. Es la medianoche. Estamos sobre la calle Cartagena, esquina Valencia, no muy lejos del centro de Barcelona. Una ligera brisa mueve el mantel. Más allá, un cuarteto de ruidosas mujeres ignora al mundo, hablan trivialidades. Le muestro al senegalés que en mi muñeca tengo una pulsera gruesa muy parecida a aquellas que él me intenta vender. Y un enorme anillo negro con blanco que me queda flojo y llevo en el anular. Le contamos que esta mañana, en la playa de Mar Bella, se nos ha acercado un compañero suyo y le hemos comprado esto, además de un cofrecito precioso de madera, todo por 55 euros. Él sonríe. Se siente en confianza, nos muestra su dentadura blanca y poderosa, mientras nos pregunta en castellano que cómo era su compañero. Empezamos a hablar todos a la vez y se produce ese brevísimo y mágico instante en el que la curiosidad por el otro hace que cualquier tipo de diferencia cultural desaparezca. El momento en el que somos más humanos. De pronto, la cocinera, una mujer mayor, blanca y enorme, se acerca bamboleando toda la grasa acumulada en sus largos años de bifes y provoletas. Pone sus manos en la cintura y habla, o mejor dicho, grita con acento argentino. Usa las palabras para reclamar, vociferar, agredir, insultar. ¡¿Cuántas veces te tengo que decir que no quiero que hables con mis clientes? La próxima vez que te vea haciéndolo llamaré a la policía! Enmudecemos. El senegalés se indigna, se enoja, se ofende. Sus púas se ponen erectas en todo su cuerpo. Ya le ha pasado antes, no cabe dudas. ¡No llame a la Policía, llame a Zapatero!, le responde altivo a la mujer gorilla que no deja de gritar. De dentro del restaurante salen dos hombres, al parecer, sus hijos. Uno de ellos es el dueño, un tipo grande que nos atendió con una cordialidad que se ha ido al traste en dos segundos. El otro, más joven, va vestido de cocinero y con una forzada actitud de machito empuja al senegalés y le ordena que se largue. La vieja sigue vociferando. El senegalés les pide que le hablen con respeto, les dice que él no es un delincuente, y que es más educado que todos, que habla castellano, inglés y francés. Ellos ni siquiera lo escuchan. Lo echan con el asco que una señora se quita una cucaracha de su vestido. Él se va, se pierde en la noche al virar la esquina. Los argentinos entran al bar enfurecidos. El cuarteto de mujeres ruidosas sigue hablando trivialidades, no se han enterado de nada. La brisa aún mueve el mantel.

Texto publicado en la revista Mundo Diners,

noviembre 2011

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