El Diablo


En algún lugar de Castilla-La Mancha

España por dentro

El Diablo tiene bigotes largos, tan largos que asustan. Ahora, que acaba de cumplir los sesenta, son grises, casi blancos, pero algún día fueron negros. Lo vi en fotos cuando visité su cueva, un lugar frío y húmedo, que tiene un mesón al que llegan, fácil, trescientos turistas cada verano, y está lleno de recovecos, escaleras interiores, animales disecados, malos poemas pegados en las paredes y una desagradable cantidad de fotos en las que aparece él en varios escenarios toreando, cocinando, charlando, cantando, o simplemente haciendo el ridículo en programas de televisión. El Diablo lleva los bigotes al estilo Dalí desde los 19 años cuando quiso volverse torero. Sus padres no lo apoyaron. Solo llegó a novillero. Quería dinero y mujeres, pero sobre todo quería salir en la tele y ser famoso. Al parecer, lo logró, o eso piensa él. Funge de secretario de Turismo de los pueblos de la Manchuela, tiene siete coches, varios negocios y dinero para comprar mujercillas menores de 25. Me lleva en su auto rojo, un deportivo de carreras, a un pueblo escondido pasando Casas-Ibañez. Hace calor, el sol pega de lleno en el parabrisas. Vamos a 140 kilómetros por hora, en el costado derecho de una carretera flanqueada por olivares y almendros. A lo lejos se ven los molinos de viento, altísimos y blancos, moviéndose con ligereza. Apago el aire y abro apenas la ventana. El chiflón invade todo dentro del coche, se cuela hasta debajo de mi pelo, me acaricia la nuca, pero no logra mover el bigote del diablo que parece apelmazado con gomina. El viento también tapa con sus sonidos la canción de Amaral que el hombre ha puesto para parecer más joven, o menos viejo. Lleva ojeras y un tufo a borracho de dos días. Me cuenta cosas que no me interesan, dice que es amigo de Joselito, un viejo cantante de la comarca que se hizo muy famoso en América Latina; que ha toreado en plazas de toda Castilla, que suele acostarse con una jovencita boliviana a quien le ha comprado dos móviles y varios trapos. Ignora el asco que me provoca cada vez que abre la boca, o que intenta rozarme la pierna cuando hace un cambio de velocidad. Ve que me incomodo y me pregunta si tengo móvil, quiere comprarme uno. También me ofrece trabajo en uno de sus negocios, dice que podría pagarme 60 euros al día y, si lo necesito, puede dejarme uno de sus coches, el que yo quiera. Le digo que jamás oí hablar de Joselito y que no necesito un móvil. El diablo va puesto, ha bebido toda la noche y ya es mediodía. Tiene la cara enrojecida por el alcohol, muchas ganas de correr y de follar. Ha dejado la fiesta en la que estaba por venir a verme. Nos habíamos citado a las diez en el antiguo puente romano sobre el río Júcar. Me había prometido llevarme a conocer un pueblo tranquilo a pocos kilómetros de Casas-Ibañez. Yo me levanté contenta, muy temprano, como a las ocho, me puse una pantalón de algodón largo y descendí por el camino del cerro donde vivía, sorteando cardos y espinas de flores silvestres, y oliendo el aroma de los pinos y los chopos que habitan aquel bosque.

Llegamos a aquel pueblo, nada del otro mundo, los he visto mejores. Pero es el sitio donde este rufián de poca monta trae a sus posibles amantes. Un lugar ideal, lejos de los ojos de su esposa, una mujer huraña, gorda y de bigote. Me lleva a ver una noria, a un arroyo y a tomar una cerveza a un bar. Dice que demos un paseo antes de comer. Le digo que bueno. Voy por la calle riéndome, mientras él intenta agarrarme el culo y besarme. Lo empujo sin violencia, le digo que qué se ha creído, que él jamás podrá tener a una mujer como yo. Él no entiende la sinceridad. Está acostumbrado a que le mientan a cambio de dinero. Me dice que si acepto irme a la cama con él, no solo que me dará lo que le pida, sino que no será mucho trámite porque se corre muy rápido. Solo serán cinco minutos, promete. Imagino su pito flácido, rendido entre mis piernas. La idea es repugnante. Le digo que me espere que voy al baño, y le advierto que cuando regrese le pediré lo que quiero a cambio de sexo. Voy al baño, me retoco el delineador de ojos, me lavo con meticulosidad las manos y salgo. Él me espera ansioso con una coca cola light en la mesa. Le digo que lo único que quiero es acostarme con su hijo, el menor, el que va a cumplir 15 años la semana entrante. Se sorprende. Pregunta lo obvio. Le contesto que quiero eso, y que vea la manera de conseguirlo. Le prometo que si logra que me acueste con su hijo al día siguiente o ese mismo día me iré a la cama con él. Se queda pensativo, viajamos de regreso a casa, está como ausente, ya no quiere tocarme la pierna.

Texto publicado en la revista Mundo Diners, diciembre 2011

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