Otra Navidad sin Amalia


Ilustración de Miguel Almeida (El Comercio)

Ayer fui a la licorería y no estaba Juan, el pana que me vendía antes el trago. Dijeron que ya no trabajaba ahí. Mala suerte. Con Juan solía tener un pacto: él me daba el trago más barato y yo lo dejaba colarse en la sala de cine donde trabajaba. Pero eso fue como hace siete años, cuando Amalia me dejó y quedé desempleado. Las desgracias siempre llegan juntas. Dónde se habrá metido ese cretino. No quiero pagar tanto por una botella de whisky. No sabía que había subido el precio de esta forma tan obscena. Pero es víspera de Nochebuena y tengo que beber whisky. Solo los perdedores beben champán o vino. Esos no son hombres. Hombre que se precie de tal celebra con whisky. Aunque, para ser sincero, nunca he entendido de qué se trata esta celebración. Toda la gente comprando cosas que no necesitan, corriendo de acá para allá como pavos neuróticos. Niños pidiendo caridad en las calles, y unos cuantos canallas que se vuelven buenos estos días y les arrojan unas monedas. De noche irán a misa y luego se atragantarán con una cena digna de un rey.

Yo lo único que necesito es una botella para pasar tranquilo toda esta desgracia navideña. Esta época me deprime. Ahí están mis amigos Jack, Johnny, el viejo Parr. No los he olvidado, quisiera llevarme a alguno a casa, pero no tengo el dinero suficiente. Seguramente, mañana volveré derrotado, sabiendo que debo comprar una de esas botellas al precio que sea, aunque me quede sin dinero para comer un mes. Dirán ustedes que soy una escoria. A veces, hasta mi madre lo ha dicho. Pero qué más se puede ser en este mundo tan ruin, tan inhumano. El hombre es una farsa, y muchas mujeres también lo son. No me importa lo que piensen. Yo voy por la calle tan sonriente caminando de medio lado como caminan los tipos que no saben caminar de otra manera. Regreso a mi casa.

Acabo de cumplir los cincuenta; vivo solo desde los cuarenta y tres. Antes vivía con ella, mi Amalia, mi gordita preciosa. Cuando ella estaba yo dudaba si la amaba o no, pero desde que se fue ya no dudo. La amo. Y la extraño como se extraña ver el mar. Ella sí creía en la Navidad. Colocaba un árbol patuleco en la sala, al que le ponía luces y guirnaldas. Quedaba más feo todavía. Cómo extraño ver aquel árbol ridículo en la sala. Ahora hay una ruma de periódicos viejos. La noche del 24, Amalia preparaba la cena con un pollo asado que rellenaba con carne, mojellas, jamón, pasas y almendras. Yo le quitaba las pasas y me comía el resto. Era delicioso, pero jamás se lo decía. Simplemente, me comía todo en silencio. Nunca le di un regalo por Navidad, tampoco por su cumpleaños. En cambio, ella siempre me compraba algo, cualquier cosita. Una vez me dio un perfume de marca. Esto apesta, le grité. Ahora entiendo por qué me dejó. No la culpo. Fui un malgradecido. Yo, que no creo en la Navidad, ahora reparo en que será mi Navidad número ocho sin Amalia.

Ella siempre decía que yo bebía demasiado. Me pedía, me rogaba que lo dejara. Decía que el alcohol me mataría. Y puede que sea verdad, porque yo bebía todos los días. A veces, ella me escondía las botellas, y yo me enfurecía. Nunca le pegué, pero sí la maltrataba. Le daba una vida miserable. Desde que ella se fue yo dejé de beber. Cambié mis hábitos sin proponérmelo. Lo hice porque pensé que ella volvería algún día, sin avisar, y no quería que me encontrara borracho. Pensaba que iba a aparecerse por la mañana como un pájaro, o por noche como un ladrón. Y yo no bebía nada de nada. Me volví abstemio. Tenía miedo de volver a perderla.

Tenía terror y ese terror me ayudaba a vivir.

Pero hoy me levanté con un deseo incontenible de beber, de recordar aquellas nochebuenas que ella me regaló. Llego a la casa. Como un desquiciado, voy a la bodega y saco el inútil árbol. Boto los periódicos, lo pongo con sus luces y guirnaldas en medio de la sala. Barro y trapeo la casa. Pienso: ojalá ella apareciera por la puerta. Amalia, Amalia… regresa por favor, regresa te lo ruego, digo al viento. Lo deseo con todas mis fuerzas. Me concentro. Me arrodillo. Junto las manos, le pido al Barbón que me ayude, que haga que mi mujer regrese. Barbón, ¡ayúdame! ¡ayúdame! digo llorando como un niño. Si haces que ella vuelva, te prometo que creeré en la Navidad, creeré en lo que quieras que crea. Me vuelvo loco. Ella no aparece. Al día siguiente me siento un imbécil. Cojo todo el dinero que tengo, incluido el de la renta, voy a la licorería, me compro dos botellas de Jack Daniel’s. Regreso a la casa, le doy dos patadas al árbol, que se ladea, y empiezo a beber como un maniático. Me encolerizo. Ojalá esa maldita no aparezca.

Cuento publicado en Diario El Comercio el 24 de diciembre de 2011

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El Diablo


En algún lugar de Castilla-La Mancha

España por dentro

El Diablo tiene bigotes largos, tan largos que asustan. Ahora, que acaba de cumplir los sesenta, son grises, casi blancos, pero algún día fueron negros. Lo vi en fotos cuando visité su cueva, un lugar frío y húmedo, que tiene un mesón al que llegan, fácil, trescientos turistas cada verano, y está lleno de recovecos, escaleras interiores, animales disecados, malos poemas pegados en las paredes y una desagradable cantidad de fotos en las que aparece él en varios escenarios toreando, cocinando, charlando, cantando, o simplemente haciendo el ridículo en programas de televisión. El Diablo lleva los bigotes al estilo Dalí desde los 19 años cuando quiso volverse torero. Sus padres no lo apoyaron. Solo llegó a novillero. Quería dinero y mujeres, pero sobre todo quería salir en la tele y ser famoso. Al parecer, lo logró, o eso piensa él. Funge de secretario de Turismo de los pueblos de la Manchuela, tiene siete coches, varios negocios y dinero para comprar mujercillas menores de 25. Me lleva en su auto rojo, un deportivo de carreras, a un pueblo escondido pasando Casas-Ibañez. Hace calor, el sol pega de lleno en el parabrisas. Vamos a 140 kilómetros por hora, en el costado derecho de una carretera flanqueada por olivares y almendros. A lo lejos se ven los molinos de viento, altísimos y blancos, moviéndose con ligereza. Apago el aire y abro apenas la ventana. El chiflón invade todo dentro del coche, se cuela hasta debajo de mi pelo, me acaricia la nuca, pero no logra mover el bigote del diablo que parece apelmazado con gomina. El viento también tapa con sus sonidos la canción de Amaral que el hombre ha puesto para parecer más joven, o menos viejo. Lleva ojeras y un tufo a borracho de dos días. Me cuenta cosas que no me interesan, dice que es amigo de Joselito, un viejo cantante de la comarca que se hizo muy famoso en América Latina; que ha toreado en plazas de toda Castilla, que suele acostarse con una jovencita boliviana a quien le ha comprado dos móviles y varios trapos. Ignora el asco que me provoca cada vez que abre la boca, o que intenta rozarme la pierna cuando hace un cambio de velocidad. Ve que me incomodo y me pregunta si tengo móvil, quiere comprarme uno. También me ofrece trabajo en uno de sus negocios, dice que podría pagarme 60 euros al día y, si lo necesito, puede dejarme uno de sus coches, el que yo quiera. Le digo que jamás oí hablar de Joselito y que no necesito un móvil. El diablo va puesto, ha bebido toda la noche y ya es mediodía. Tiene la cara enrojecida por el alcohol, muchas ganas de correr y de follar. Ha dejado la fiesta en la que estaba por venir a verme. Nos habíamos citado a las diez en el antiguo puente romano sobre el río Júcar. Me había prometido llevarme a conocer un pueblo tranquilo a pocos kilómetros de Casas-Ibañez. Yo me levanté contenta, muy temprano, como a las ocho, me puse una pantalón de algodón largo y descendí por el camino del cerro donde vivía, sorteando cardos y espinas de flores silvestres, y oliendo el aroma de los pinos y los chopos que habitan aquel bosque.

Llegamos a aquel pueblo, nada del otro mundo, los he visto mejores. Pero es el sitio donde este rufián de poca monta trae a sus posibles amantes. Un lugar ideal, lejos de los ojos de su esposa, una mujer huraña, gorda y de bigote. Me lleva a ver una noria, a un arroyo y a tomar una cerveza a un bar. Dice que demos un paseo antes de comer. Le digo que bueno. Voy por la calle riéndome, mientras él intenta agarrarme el culo y besarme. Lo empujo sin violencia, le digo que qué se ha creído, que él jamás podrá tener a una mujer como yo. Él no entiende la sinceridad. Está acostumbrado a que le mientan a cambio de dinero. Me dice que si acepto irme a la cama con él, no solo que me dará lo que le pida, sino que no será mucho trámite porque se corre muy rápido. Solo serán cinco minutos, promete. Imagino su pito flácido, rendido entre mis piernas. La idea es repugnante. Le digo que me espere que voy al baño, y le advierto que cuando regrese le pediré lo que quiero a cambio de sexo. Voy al baño, me retoco el delineador de ojos, me lavo con meticulosidad las manos y salgo. Él me espera ansioso con una coca cola light en la mesa. Le digo que lo único que quiero es acostarme con su hijo, el menor, el que va a cumplir 15 años la semana entrante. Se sorprende. Pregunta lo obvio. Le contesto que quiero eso, y que vea la manera de conseguirlo. Le prometo que si logra que me acueste con su hijo al día siguiente o ese mismo día me iré a la cama con él. Se queda pensativo, viajamos de regreso a casa, está como ausente, ya no quiere tocarme la pierna.

Texto publicado en la revista Mundo Diners, diciembre 2011

El senegalés


 

(Barcelona)

El senegalés tiene ojos de ciervo y de lince a la vez. Nos mira con miedo y arrojo, de prisa y con intensidad. Se acerca. Es alto, negro como una noche sin luna, de piernas largas y raíces antiguas. Pertenece a esa especie de hombres que saben cuidarse, pero también atacar si los provocan, una raza de supervivientes. Como él han muerto miles, muchos de hambre cuando eran pequeños. Él ahora está agazapado en esta llanura de cemento, huyendo de los perseguidores de migrantes, de la luz del día. Sigue siendo, de muchas maneras, un niño asustado. Despliega sus brazos como si fuese un águila y saltan a la vista múltiples objetos: pulseras con motivos africanos, anillos de piedras traídos desde algún sitio caluroso y feroz, todo tipo de artesanías.

Lo observamos con interés desde nuestra mesa de metal, cubierta por un mantel de tela amarillo, sobre la que descansa una botella de vino tinto que estamos por terminar. Sobre la mesa, dispuesta en la terraza del Austral, el restaurante argentino al que hemos venido a cenar esta noche, también quedan los restos del entrecot y la costilla de ternera que nos hemos comido. Es la medianoche.

Estamos sobre la calle Cartagena, esquina Valencia, no muy lejos del centro de Barcelona. Una ligera brisa mueve el mantel. Más allá, un cuarteto de ruidosas mujeres ignora al mundo, hablan trivialidades. Le muestro al senegalés que en mi muñeca tengo una pulsera gruesa muy parecida a aquellas que él me intenta vender. Y un enorme anillo negro con blanco que me queda flojo y llevo en el anular. Le contamos que esta mañana, en la playa de Mar Bella, se nos ha acercado un compañero suyo y le hemos comprado esto, además de un cofrecito precioso de madera, todo por 55 euros. Él sonríe. Se siente en confianza, nos muestra su dentadura blanca y poderosa, mientras nos pregunta en castellano que cómo era su compañero.

Empezamos a hablar todos a la vez y se produce ese brevísimo y mágico instante en el que la curiosidad por el otro hace que cualquier tipo de diferencia cultural desaparezca. El momento en el que somos más humanos. De pronto, la cocinera, una mujer mayor, blanca y enorme, se acerca bamboleando toda la grasa acumulada en sus largos años de bifes y provoletas. Pone sus manos en la cintura y habla, o mejor dicho, grita con acento argentino. Usa las palabras para reclamar, vociferar, agredir, insultar. ¡¿Cuántas veces te tengo que decir que no quiero que hables con mis clientes? La próxima vez que te vea haciéndolo llamaré a la policía! Enmudecemos.

El senegalés se indigna, se enoja, se ofende. Sus púas se ponen erectas en todo su cuerpo. Ya le ha pasado antes, no cabe dudas. ¡No llame a la Policía, llame a Zapatero!, le responde altivo a la mujer gorilla que no deja de gritar. De dentro del restaurante salen dos hombres, al parecer, sus hijos. Uno de ellos es el dueño, un tipo grande que nos atendió con una cordialidad que se ha ido al traste en dos segundos. El otro, más joven, va vestido de cocinero y con una forzada actitud de machito empuja al senegalés y le ordena que se largue. La vieja sigue vociferando. El senegalés les pide que le hablen con respeto, les dice que él no es un delincuente, y que es más educado que todos, que habla castellano, inglés y francés. Ellos ni siquiera lo escuchan. Lo echan con el asco que una señora se quita una cucaracha de su vestido. Él se va, se pierde en la noche al virar la esquina. Los argentinos entran al bar enfurecidos. El cuarteto de mujeres ruidosas sigue hablando trivialidades, no se han enterado de nada. La brisa aún mueve el mantel.

Texto publicado en la revista Mundo Diners,

Noviembre 2011

ORIGINAL

Senegalés 001