El olor de Madrid



 Moría la tarde de agosto, los últimos rayos del sol caían débiles sobre Lavapiés. Un olor conocido pero indescifrable perseguía a Esther desde hacía varias calles. Cuando lo pensaba dormido, se despertaba en una esquina, en un mercado; le sacaba la cabeza detrás de una manzana, la lengua desde lo alto de un edificio, le ponía una zancadilla en un semáforo en rojo. Había viajado diez horas en avión, era la primera vez que pisaba Madrid. El jet lag le provocaba náuseas, mareos, disritmia cardíaca, agotamiento. Se sentía cansada y lejana, caminaba con pesadez. Tenía hambre y sueño. Pero la necesidad de salir a recorrer aquellas calles trajinadas por ojotas de migrantes podía el doble. ¿No lo huelen?, nos preguntó a Pablo y a mí. ¿El qué?, dijimos. Ese olor de Madrid, dijo. ¿Y a qué te huele Madrid?, preguntamos. No sé, es como un olor a flores blancas, las flores del cidro. Es algo que se te mete profundo en la nariz, contestó. Nosotros llevábamos demasiados años en la ciudad como para percibirlo.

Esther se quedó callada, sería el cansacio, pensamos. Seguimos caminando un cuarto de hora más y entramos al bar Nietzschesobre la calle Doctor Fourquet. Fue entonces cuando Esther tuvo la certeza del déjà visité, un fenómeno que le hace creer a las personas que conocen con anterioridad un lugar en el que nunca han estado. Ella creía que en un antes remoto había caminado por estas calles y entrado a aquel bar, que también es galería de arte. Su nariz lo sabía. Se veía lívida y preocupada. Tomemos una caña y verás que se te pasa, le dijimos. Los olores no engañan, replicó. Al día siguiente, Esther se levantó muy temprano. Quería ir al Museo del Prado. Se duchó para aliviar un poco el calor asfixiante que hacía, se puso un vestido de verano, bebió un zumo de naranja y salió por la calle Lavapiés. Sin preguntarle a nadie ni ver un mapa, como si sus pies supieran la ruta, tomó rumbo este hacia Echegaray, continuó por la Plaza de las Cortes, luego tomó la calle de Felipe IV, caminó por el Paseo del Prado, giró a la izquierda hacia la plaza Murillo, luego otra vez a la izquierda, de ahí a la derecha y, por último, a la izquierda donde está el Museo. El olor la guiaba como una estela casi imperceptible, de esas que dejan los aviones.

Me llamó y me lo contó. Yo le dije que eso no podía ser. Durante toda la semana siguiente, Ester tuvo una pesadilla recurrente. Soñaba con una niña de once años que moría atropellada. No sabía muy bien cómo ocurría la muerte, veía a la niña cruzando una avenida y luego tirada sobre la calzada con el uniforme de colegio ensangrentado. Veía la calle San Benito y el Paseo de la Castellana. Oía gritos, y se despertaba sudada y con ese olor cítrico, áspero, hiriente, impregnado en la habitación. Madrid huele a una flor blanca, como flor de muerto, me dijo uno de esos días. Esther se volvió taciturna y la ciudad, un embudo que la aprisionaba, le provocaba migrañas y un agobio que no podía entender. Se sentía una pequeña estrella de mar perseguida por los ocho brazos de un pulpo que buscaba atraparla, desmembrarla, comérsela viva. No podía dormir, salía por las noches a caminar sin rumbo, intentaba que la ciudad, de alguna manera, se manifestara y le explicara qué le ocurría. A veces, veía el amanecer en una banqueta. Cuando el cansancio la vencía, regresaba a su cuarto, sin respuestas. El olor estaba en la calle, en sus ropas, en su aliento, suspendido en el aire pesado de sus sueños. No había forma de escapar de él.

 Como si la estuviese buscando, Esther conoció a Milagros, una chica que estaba en silla de ruedas y vendía boletos de lotería en un kiosko. Se pusieron a hablar y Milagros percibió la turbación en la mirada de Esther. Le contó que tenía el don de la clarividencia del pasado, y le explicó que ver lo que ha ocurrido, mucho antes incluso del nacimiento, es posible porque nada perece, y en los planos superiores de la materia quedan imperecederamente registradas todas las escenas y pensamientos que han ocurrido. Esther no le contó sus pesadillas, solo le dijo que Madrid la agobiaba y que quería comprender la razón. Milagros le propuso que fuera a su casa para, entre las dos, descubrir qué ocurría. Esther me pidió que la acompañase. Fui con ella a un barrio pobre de Puente de Vallecas, subimos a un octavo piso de un edificio guarro y nos sentamos a esperar a Milagros, que apareció después de un largo rato, muy pálida, seria y vestida de negro. Me asustó un poco su apariencia, tenía la sensación de que nos íbamos a meter en una especie de ritual ocultista, o que se nos aparecería la niña de once años y nos acuchillaría a las tres. Intenté calmarme. Esther había ido hasta ahí por una respuesta y no se iría sin ella. Eran las nueve menos veinte.

Una tenue luz entraba por la ventana abierta. Milagros tomó las manos de Esther y miró escrupulosamente las pupilas de sus ojos. Sin desviar la mirada y casi susurrando, le dijo que la niña estaba sentada a su lado, que ella no podía verla pero la escuchaba respirar. A mí se me heló la sangre. Milagros cerró los ojos y le pidió a Esther que hiciera lo mismo. Yo, por pura cobardía, metí la cabeza entre mis manos. La vidente empezó a hablar de una manera extraña. Dijo que se llamaba Piedad y que estudiaba en el colegio Nuestra Señora del Pilar, que queda sobre la calle San Benito. Le dijo que el 11 de noviembre de 1967, mientras cruzaba el Paseo de la Castellana con su mejor amiga, Nerea, la atropelló un camión. Quedó muy mal herida, tenía rotas las costillas, hemorragias internas, estaba desfigurada. Agonizó durante tres semanas. Los últimos diez días estuvo en coma. Nerea la iba a visitar a diario, le ponía en la frente colonia de azahar, ese olor es lo último que recuerda de estar viva. Esther empezó a llorar desconsolada, era como si reviviera aquello que, conscientemente, jamás había vivido. El viento hacía ondular las cortinas. La sala se llenó del olor del azahar. La noche caía tibia sobre Madrid.



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