La Aguadita, el pueblo que se niega a morir de sed


Texto publicado en SOHO, abril de 2011

Por Marcela Noriega / Foto: Gabriel Proaño

El único pozo de La Aguadita permanece seco

El viejo Volkswagen peina la antigua ruta del sol. Vamos con rumbo oeste. Paramos en una gasolinera, detrás de una larga fila de autos. Es un sábado propicio para ir al mar. Tanqueamos y llenamos una poma de plástico con más combustible, por si acaso. Compro un par de botellas de agua. Hace mucho calor. Diógenes Efraín me ha llamado un par de veces para preguntar por dónde estamos. Cuando nos parqueamos al pie de su casa, en Santa Elena city, él aparece radiante, como un niño el primer día de clases. Va en camisa blanca, pantalón de tela y lustrosos zapatos de vestir.

–Este carro es muy bajo, no podremos subir la montaña-, nos advierte. Su esposa nos ofrece un jugo. La casa es pobre; una desgastada hamaca cruza la sala de cemento cuarteado. Sobre una vetusta mesa, hay un televisor. Desde ahí, el primer mandatario le habla al país o, al menos, al país en el que nació Diógenes, ese que está por enseñarnos. Escondida detrás de su pierna, la más pequeña de sus nietas sonríe.

–Bueno, vámonos-, dice.

Diógenes Magallanes Ramírez es un hombre alto y fuerte, de mirada tan café y tan viva como la un venado. Nació hace 58 años en La Aguadita, comuna que pertenece a la parroquia Colonche, provincia de Santa Elena. Cuatro generaciones de Magallanes han vivido ahí. Es un sitio perdido, semi desértico, detenido en el tiempo. Los que aún permanecen en el pueblo no son personas comunes, son sobrevivientes.

Tomamos el camino que va a Colonche. Serán dos horas hasta llegar a la comuna. En el paisaje los colores mutan; los verdes quedan atrás y aparecen los ocres. El mar deja de verse por la ventana; lo reemplazan cactus y ramas secas. La sed arrecia. El polvo tiene la costumbre de alojarse en la garganta. Bebo toda el agua que tengo, pienso que allá habrá tiendas. Llegamos a Palmar. Viramos a la derecha y avanzamos cuarenta kilómetros más. La ruta es agreste, el estómago del viejo Volkswagen sufre varios golpes. Diógenes tenía razón.

Pasamos la iglesia Santa Catalina de Colonche, una hermosa construcción en base de madera que data de 1537. Luego, están las poblaciones de San Marcos, Sevilla y la antesala de La Aguadita: Campo Blanco, donde viven un par de hermanos de Diógenes.

–La Aguadita siempre ha sido un pueblito solo, lejos de todo, sin las atenciones necesarias. Siempre vivimos a oscuras, nos alumbrábamos con candil-, va contando mientras damos pequeños saltos-. Los alimentos los teníamos que salir a buscar en burro a Colonche o al Azúcar. Viajábamos 22 kilómetros. Esa comida nos duraba una semana. El agua la traíamos por barril. Traíamos veinte, treinta burros llenos de agua al pueblo para poder tomar, porque en verano el agua del único pozo que había se secaba. El camino era pésimo, nos demorábamos un día en traer el agua-.

El viejo Volkswagen cae en baches, esquiva las piedras.

–¿Era un camino como este?

–No, pues. ¡Esto es una autopista!

***

Los Magallanes provienen de Lima. El primero en llegar a Ecuador fue el tatarabuelo de Diógenes, pero se asentó en Portoviejo. Dice Diógenes que su abuelo, José, fue quien fundó La Aguadita hace unos 250 años. Él encontró el acta de fundación de la comuna, en Quito, y la guarda como si fuera el retrato de su madre. El viejo José vivió 105 años; buena parte de ellos se dedicó a hacer hijos. Tuvo 14 y llegó a tener 264 nietos. De ahí salieron las familias que poblaron el lugar: los Magallanes, los Ramírez, los Matías y los Malavé. Cuando Diógenes nació vivían en el pueblo unas 180 personas que se dedicaban a la ganadería.

El papá de Diógenes, Octavio, y su mamá, Amada, se conocieron en Colonche y se fueron a vivir a La Aguadita. Para no perder la costumbre tuvieron 15 hijos: Alejandro Euclides, Augusto –murió de niño-, Dora Esperanza, Elacio Esteban, Leonardo, Dioselina, Ángel Onofre, Francia Azucena, Blanca –murió el año pasado-, Diógenes, Kléber, Alba, Andrea, Norma, Elsa. Los hijos de ellos son incontables. Diógenes solo tuvo cinco, porque ya en Santa Elena se compró un televisor.

–No ve que en la cama la persona es intentuosa-

–¿Intentuosa?-

–Sí, o sea que el intento está siempre allí. Y sí o no que eso es lo más rico para el ser humano. Porque si no ¿para qué se vive?

Después de 16 novias, este galán peninsular se casó a los 28 años.

***

Leonardo, hermano de Diógenes, tiene 67 años y jamás abandonó La Aguadita. Vamos a su casa, que queda a unos pasos del viejo pozo del que bebieron las cuatro generaciones. El viento nos libra un poco del calor espeso que se siente. Aquí nadie ofrece nada de beber. No es que no sean hospitalarios, es que no hay nada qué beber. La gente sale de sus casas de caña, nos miran extrañados, nunca viene nadie por aquí. Los chivos hacen sus ruidos, una vaca raquítica cruza.

— Los padres sufrieron mucho, nosotros sufrimos mucho, señorita. Nuestro pueblo ha sido el más olvidado de la provincia, creo que del país-, me dice Leonardo, quien como la mayoría de hombres de este lugar va sin camisa, no porque se crea sexy, sino porque el calor es insoportable-. Entonces, como si fuera desgranando una mazorca va contando sus recuerdos.

— En tiempo de mi padre salíamos en burro. Nosotros llorábamos cuando mi padre nos mandaba a traer los alimentos o el agua. En veces nos hacíamos un día hasta encontrar agua. La traíamos en barril, para tomar y para la cocina. Nos duraba 4, 5 días. En veces no nos bañábamos porque no había agua. Nos turnábamos: hoy tomaba agua la gente, y al otro día los animales. En veces no había agua tres días, la gente tenía que irse a buscar a otros pozos lejos-.

Diógenes lo interrumpe.

— En el 65 se murieron todos los animales, fue cuando hubo la sequedad grande. Aquí solo se quedaron los berracos, como él-.

Sí, porque hasta Diógenes se mandó a cambiar. Apenas cumplió los 18 años y se fue a Santa Elena. Allá empezó a militar en la Izquierda Democrática y aprendió cómo organizar a la comuna.

Leonardo prosigue.

–Me quedé con mis chivos, los iba vendiendo y tenía cómo pasar. Pero los animalitos de todos se murieron, eran miles. Éramos un pueblo ganadero.

–¿Y por qué se quedaron sin agua?-

–Fue por causa de la tala de los árboles-, contesta Diógenes.

–Ah claro, sí-, confirma su hermano. Todas estas cosas ocurrieron hace más de 40 años. ¿Te acuerdas? Era un martirio tan grande.

Alguna vez aquí hubo mucho ganado, voluptuosos inviernos y tierras fértiles. Pero la gente empezó a talar la madera y poco a poco terminaron con el bosque, así empezó a morir el pueblo. Casi todas las 180 personas que vivían en La Aguadita se fueron en el 65, cuando el pozo y las lluvias se achicaron. Cada cual cogió su rumbo. Lo mismo pasó en Carrizal, un pueblo cercano, donde vivían unas 200 personas. No quedó nadie.

Y así como en la historia bíblica, la gente se fue a buscar la tierra prometida a otra parte y abandonó su lugar de origen. Entonces, llegaron los invasores.

–En el gobierno de Febres Cordero empezaron a llegar los invasores. Gente que tenía dinero y pensaba que podía hacer con estas tierras lo que quisiera. Sufrimos en ese gobierno y en el de Bucaram. Nos quitaron lo que era nuestro por herencia-, dice Diógenes, quien luego de 40 años en los que no faltaron peleas, amenazas, persecusiones, intentos de soborno y hasta la cárcel, ha conseguido recuperar las escrituras de las tierras ancestrales que les pertenecen.

–Ahora es que la gente está volviendo al campo, porque el Gobierno nos están haciendo las vías, nos está alumbrando, nos van a dar canales de riego, agua potable. Para que toda esa gente que está en otro lado busque su pueblo. Porque Dios dijo que el hombre tiene que vivir de la tierra. Nosotros queremos rescatar La Aguadita para que la generación que viene detrás de nosotros sobreviva. No hay trabajo para nuestros hijos en la ciudad. Allá solo les espera la cárcel o la muerte. En cambio acá no les cuesta nada la carne, el huevo, la leche, solamente tienen que trabajar la tierra. Si es que ellos quieren vivir como personas honestas tendrán que venirse-, dice Diógenes muy en serio.

Hasta ahora no ha convencido a ninguno de sus hijos. Pero asegura que sí ha convencido a muchos amigos de la ciudad de que separen su parcela. La idea de Diógenes es hacer un pueblo nuevo con gente que vaya y trabaje la tierra para que el Gobierno les construya los canales de riego y la carretera. Él les ofrece terrenos de diez por 25 metros a cambio de que se comprometan a cultivar.

***

La Aguadita es una estepa. Aquí no hay calles, no hay tiendas, nadie vende nada, salvo chivos. Son 18 casuchas desperdigadas en un terreno polvoriento. Cualquier cosa que uno tenga, desde un celular, pasando por un cuaderno o una cámara de fotos, es una riqueza. Pero el mayor tesoro siempre será una botella de agua.

Podría decirse que María Isidra Flores, una anciana de 82 años, vive diagonal a Leonardo, el hermano de Diógenes. Ella nació en Sube y Baja, pero a los 20 años se enamoró de un tal Federico y se fue a La Aguadita. Tuvo una docena de hijos.

–¿Por qué tantos?-

–Así es en el campo. La costumbre era que los hombres a las 4 de la mañana tomaban el desayuno. A las 5 cogían el hacha y el machete. Caminaban dos o tres horas adentro en la montaña. A las 7, 8 empezaban a trabajar. A las 6 de la tarde regresaban al pueblo, y a esa hora se ponían a hacer hijos. A las 8 vuelta ya estaban durmiendo. Y vuelta lo mismo a las 4 de la mañana.

–¿Y cómo ha sido su vida en este pueblo?

— Siempre ha sido seco. Para mantener a los animales uno tenía que coger una mata de cardón –es un cactus gigante, espinudo que por dentro tiene agua fresca-, pelarla, sacarle las espinas y darles eso para poderlos mantener un poco más, si no se morían. La gente aquí se acostumbró a sufrir-.

***

Elacio tiene 70 años y vive junto a su esposa, Cristina Matías, y su hermana, Dora, en Campo Blanco, a unos diez minutos de La Aguadita. Ahí, sobre lomas desiguales y entre tachos vacíos, viven 14 familias. Pareciera que lo único que se mueve en este sitio es el viento. La gente está aletargada, son como frágiles cuerpos sin ilusión.

Elacio y Dora son hermanos de Diógenes. Ellos también abandonaron el pueblo, pero volvieron.

— Yo me casé jovencísimo, a los 17 años. Mi señora no completaba los 15 años. Tuvimos doce hijos. Nos fuimos a Libertad para que los hijos aprendieran aunque sea a hacer algo. Volvimos después de 40 años, porque el negocio que tenía se dañó. Yo vendía gas, repartía a todos los restaurantes, pero vinieron las cocinas modernas y ya no vendí más. Ahora, el Gobierno nos regaló 800 chivos para toda la comunidad de Campo Blanco y La Aguadita, y nos dedicamos a criarlos. También tenemos unos pavitos. Pero estamos sufriendo por el agua-, cuenta Elacio.

El municipio de Santa Elena envía agua a estas comunas, pero no es suficiente. Muchas veces ellos tienen que pagar el flete del tanquero, que cuesta 35 dólares. Dos semanas les dura el agua. O sea que deben reunir entre las 14 familias 70 dólares mensuales.

Un pavo de largas plumas se sube al techo del viejo Walkswagen y lo caga. Cristina Matías limpia.

–Antes era peor. A veces no teníamos agua ni para tomar. No lavábamos la ropa, no nos bañábamos-, se acuerda Cristina-. Desde pequeños nos acostumbramos a tomar poca agua, y agua salada, porque era la que sacábamos del pozo-.

–A los 40 años vinimos a probar lo que era el agua dulce-, la interrumpe su marido.

La sensación de la sed es una de las peores que pueda soportar el ser humano. Solo de escuchar sus relatos, una ansiedad por beber me atormenta. Prefiero cambiar el tema, y hablar lo menos posible.

–¿Fueron a la escuela?

–Yo no sé leer-, confiesa él-. Ella sí un poco, porque fue a un programa de alfabetización-.

— No íbamos a la escuela, porque estaba a cinco horas caminando-, explica Cristina un poco avergonzada.

–¿Y el mar queda lejos?

— Sí, está a 35 kilómetros siquiera. De pequeño mi papá me mandaba a Palmar a conseguir pescado, ahí me bañaba yo en el mar. Iba en burro, se hacía lejísimo. Salíamos a las once, doce de la noche y amanecíamos allá-, dice Elacio.

–Eso fue durísimo. Nosotros hemos sido pueblos olvidados. Ningún gobierno ha mandado a nadie. Ahora hasta usted ha venido. Ni en sueños hemos visto a una periodista-, dice Diógenes con inocencia.

Pero Dora, la hermana, sabe que lo más importante es el agua, y no está dispuesta a hablar de cosas menores.

–Queremos que el Gobierno nos mande agua. Yo le matara un pavo para que se comiera el Gobierno, con tal de que nos dé agua-, grita desde una hamaca.

–Sí mandan el aguita-, dice bajito Elacio.

–Pero falta más para poder sembrar el tomate, el pimiento, la yuca, el camote, el limón, la maricuyá, el pepino, porque de todo se produce aquí, señorita-, replica ella en alta voz.

–Eso es verdad. Aquí teníamos hasta lechuga, col, zanahoria-, coincide Elacio.

–Lindas yuquísimas sacaba mi papi-, dice Cristina. Mi papito sembraba cuando llovía-.

–Siéntese nomás señorita-. Dora me ofrece un lugar en su hamaca que cuelga de los palos de la casa de caña.

–No, gracias-. Tengo la garganta seca y lo único que quisiera es un poco de agua, pero prefiero no pedir. La cerveza que me tomo en Santa Elena, al atardecer, me sabe a gloria.

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