Flor María Palomeque: el sueño cumplido


(Publicado en Mundo Diners, marzo de 2011)

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Las luces se encienden, el público aplaude moviendo globos amarillos, rojos, verdes y naranjas. Es 1997 y en el set de A todo dar aparecen Marcos Vinicio Bedolla y Sonia Villar, los animadores del momento. Él lleva un pantalón de tela negro y una camisa verde; ella, un cursi vestido corto.

–En todos los jardines hay flores, hay rosas; pero nosotros hemos arrancado una flor y la tenemos aquí: ¡Flor María! –anuncia Villar con voz de vendedora informal.

Ella aparece con sus enormes cejas, vistiendo un apretado mameluco rojo y un cinturón dorado.

Bedolla la llama “la deshojada”, le hace bromas y dice “sé que bailas bonito. Pongámosle música, Juanito. Esta es la preciosa Flor María”. Ella empieza a batirse con fuerza sobre el escenario. Tenía 17 años, estaba en quinto curso del colegio fiscal 28 de Mayo, y tenía un sueño: salir en televisión.

Flor María Palomeque (Guayaquil, 1979) proviene de una familia tradicional y sencilla. No pudo estudiar danza por falta de dinero, y desde los 18 años empezó a trabajar para ayudar a su papá –azogueño- y a su mamá –nacida en Balzar-. Los Palomeque-Guadamut vivían en Sauces II, un barrio popular de Guayaquil.

Ahora Flor tiene 31 años, y acaba de ser madre por segunda vez. Espero en la sala de su casa. Ella está en el piso de arriba intentando convencer a Robertito, su hijo de dos años, de que no hay nadie en la sala. Fizgoneo un poco. Una pequeña piscina y un par de piletas afuera; mesa para ocho y una elegancia producida con metódico afán, adentro. Una niñera, dos niñeras. El típico silencio de las casas de la vía a Samborondón.

Ella baja con cara de estrés. Dice que hablemos bajito para que su hijo se quede tranquilo. No quiere fotos, por ahora. Solo acepta hacerlas junto a su esposo, Roberto, y siempre y cuando se haya maquillado antes. Se maquilla desde que era una niña.

Siempre hay un momento en que nos damos cuenta de lo que queremos ser ¿recuerdas en el momento en que descubriste que querías ser bailarina o actriz?

Mi anhelo fue siempre estar en televisión. Creo que como soy Leo –no es que crea mucho en los signos, pero como buena Leo siempre quise el centro de atención-, a mí me pasaba que en una matiné tenía que ganarme el premio. Yo empecé en esto del mundo de la farándula cuando bailé con Gerardo Mejía y Fabián Fariña; tenía 14, 15 años. El baile es una de mis pasiones, pero yo lo quería era estar en la televisión.

¿Estuviste en una academia de danzas?

Nunca estuve por falta de dinero. Y mi mami siempre me decía: yo te hubiera querido meter porque yo me daba cuenta que eso era lo que te gustaba. Con mi hijo, arriba solitos los dos, pongo música y me pongo a bailar. Tampoco es que bailo espectacular, pero creo que si tú te sientes bien haciéndolo, no se ve mal.

De hecho, te hiciste “famosa” por un baile

Sí, el baile de La Mosca.

¿Quién te enseñó a moverte así?

¡Nadie! Tengo ese alma de bailarina. Nació porque yo estaba bailando en el estudio (de A todo dar). bailábamos entre amigas. Y de repente en un pedacito de esa canción quedaba espectacular eso de mover la nalga. Atrás mío estaba un productor, que me dijo: eso que estás haciendo aquí, quiero que lo hagas allá en el escenario, en vivo.

Quería tu nalga en la pantalla

Obviamente, a él no le interesaba mi cara. Me dijo, ¡date la vuelta! Cuando yo me di cuenta de que el baile se centraba en la nalga, empecé a perfeccionar el paso. Mucha gente cree que yo muevo la nalga, pero yo muevo las piernas y con el rebote es que se mueve la nalga jajaja!

El baile con el que Flor María empezó su carrera de bailarina/modelo/actriz fue el de La Mosca. Imposible de olvidar. Empezaba con un rápido movimiento de piernas, similar a un temblor sostenido, que provocaba una sensual vibración de sus pomposas nalgas. Aunque suene ridículo, hacer eso le abrió el camino en la pequeña pantalla.

¿Cómo era tu vida de niña? ¿En qué barrio te criaste?

Viví desde los dos años en Sauces II. Yo diría que fue una vida excelente. A mí me encanta la vida de barrio, me parece que eso me ha ayudado mucho en mi carrera. Porque cuando tú eres de barrio (se ríe), tú sabes lo que siente y lo que le está pasando a tu vecino. Nosotros nos cruzábamos las paredes sin que mi mamá se entere. A mi papá no le gustaba que nosotras juguemos pelota.

¿Cuántos hermanos son?

Somos cuatro, pero un primo vivió con nosotros 22 años, entonces es como otro hermano. Éramos cinco y la Pinina, una perrita pekinés que se murió a los 20 años, se murió de viejita.

¿Tú eres la menor?

Sí, la menor. Mi hermana mayor se llama Paola, cumplió 35 años; mi hermano Jaime va a cumplir 34; mi primo tiene 33; mi hermana Pamela tiene 32 y yo tengo 31.

¡Pobre tu madre!
Yo no entendía cómo hacía, y cuando tienes hijos es cuando más empiezas a valorar lo que ella hace. Por ejemplo, cuando yo recién di a luz estaba con mi bebé en brazos dándole de lactar, y Robertito me halaba la falda. Hubo un momento en que los dos estaban llorando. Era un domingo en que mi mamá no podía venir, mi esposo tuvo que salir y mi niñera no estaba. Yo estaba solititita, y no sabía qué hacer. Me puse a llorar con ellos.

Jajaja!!

Mi papá dice que una vez llegó y mi hermana estaba subida en la mesa comiendo azúcar, mi hermano había mordido una cebolla y estaba llorando, mi otra hermana también lloraba para que la cambien de pañal, y yo no sé porqué lloraba. Y mi mamá estaba más allá, en un rincón llorando. ¡Ahora la entiendo!

¿En qué trabajaba tu mamá?

Siempre se ha dedicado a los cosméticos, a los tratamientos capilares. Trabaja de vendedora en una empresa.

¿Y tu papá?

Era chofer en el Consejo Provincial, manejaba volquetas. Ahora no, ya se puso un currier.

A Flor María le encanta el campo. Su madre y su abuela son de Colimes de Balzar, un pueblito de montubios en la provincia del Guayas. Allá, Flor tiene una vaca a la que no le ha puesto nombre, pero que lleva las iniciales de ella y de su esposo, Roberto Chávez, también actor cómico.

¿Ibas mucho a Colimes de pequeña?

Sí, a veces nos quedábamos los tres meses de las vacaciones. Ahora no tengo tiempo, pero me encanta. Cuando yo voy, me tienen un caballo ahí. Cuando mi mamá va los domingos, mi abuelita me manda queso sacado de mi vaca; pero no es que tenemos una hacienda con muchas vacas, es solo una, como para el día a día de mi abuelita. El arroz de Colimes me parece lo máximo, pero tiene que ser arroz piedra, el del grano chiquito.

La casa de tu infancia, ¿cómo era?

Era chiquita, pero súper acogedora. Mis dos hermanas y yo dormíamos en un cuarto –ellas dormían juntas, no querían dormir conmigo porque yo pateaba-, mi hermano y mi primo dormían en otro cuarto, y mi papi y mi mami en otro. Con mis hermanas compartía los mismos cajones, era algo como normal. Viví ahí hasta los 23 años.

Hasta que..

Un día le dije a mi papá que me iba a vivir sola. Mi mamá me dijo: ¡has matado en vida a tu padre! Pero en realidad no era que yo quería independencia; yo lo que quería era tener mis cosas. Ya había empezado a trabajar en televisión, y yo quería comprarme más vestidos, más zapatos y ¡ya no entraba nada más en esa casa! Por eso, le prepuse a mi papá que nos compremos una casa.

Pon pausa, me dice. Su hijo Robertito se acaba de caer y grita desconsolado. Ella sube a toda prisa. La veo irse y tengo un claro pensamiento masculino: ¡pero qué culo tiene! Entonces entiendo todo lo de La Mosca. Regresa después de un rato con su hijo: un hermoso niño de melena rubia y mirada pícara.

¿Y por qué Samborondón?

Yo siempre quise venir a Samborondón, porque me gusta eso de urbanización cerrada. Aunque ahora como está el país ya no hay seguridad en ningún lado. Pero bueno, mis papás se fueron a buscar casa y les gustó aquí. Mi papá se jubiló, y con eso pagamos la entrada; yo puse el resto. Yo viví ahí dos años y medio. Fue traumático, porque cuando ya tenía mi cuarto grande solo para mí, Roberto me propuso matrimonio.

Se ve que eres muy tradicional, muy familiar

Somos muy familiares Roberto y yo, por eso es que nos llevamos bien. No hay sábado que no vayamos a visitar a mis suegros, ni domingo que no vayamos a casa de mis papás. Eso es así todos los fines de semana desde que nos casamos, hace cinco años.

¿Nunca te planteaste vivir sola?

No, nunca. Yo dije eso solo como presión para que salgamos de ese lugar. Yo le agradezco a mi papá que nos haya dado lo que necesitábamos. Nunca tuvimos más, pero tampoco menos.

Flor María estudió en la escuela fiscal Emilio Clemente Huerta número 312, y en colegio fiscal técnico experimental de comercio y administración 28 de mayo. Ahí una profesora no quería que se graduara porque bailaba en la televisión. Se quedó supletorio por faltas y no se graduó con sus compañeras. Pero todo tiene su precio. Ganó un espacio en la pantalla.

¿Cómo fue tu debut?

Bueno, cuando estaba en quinto año mi mamá me metió en un curso de modelaje de Denise Klein y Ximena Carchi. Y después en otro curso de una chica que se llamaba Flérida y tenía su academia de modelaje, Flérida Staff. Con Flérica nos hicimos amigas. Un día me dijo: oye, no quieres ir a hacer un casting para TC. Y le dije: ¿y qué tengo que hacer? No sé de pronto te piden que bailes. ¡Ya chévere, vamos! Entonces me presenté y no me pararon bola. Era para No te lo creo narizón. No me llamaron nunca.

Robertito dice que quiere una cola helada.

Mamita ¿tú quieres?, le pregunta.

Sí, mi amor-.

Mi mamá siempre andaba atrás mío cuidándome. Me decía: mijita, no comas tanto –porque yo siempre he sido comelona-. Mira que a lo mejor te llaman de TC Televisión, ya tienen tu casting. Mi mamá, cual bruja, ¡ese día me llamaron! Me pidieron que vaya al canal, que querían verme. Entonces, mi mamá me buscó la ropa, y nos fuimos escondidas de mi papi.

¿Qué te pusiste?

Me puse una falda short negra, un busito y un moño. Tenía 17 años.

¿Y qué pasó ese día?

Llego al canal y Jimmy Tosso me dice: ¡ven acá gordita que yo te mandé a llamar! ¿Quisieras ser modelo-bailarina? Ahí hablaron con mi mamá, con su permiso me dejaron estar ahí. Cuando empezamos a grabar se dieron cuenta de que me gustaba bailar y que bailaba bien, modestia aparte, y me quedé de largo. En el 97 salimos al aire en A todo dar y en menos de un año ya estaba en Ni en vivo ni en directo.

Siempre te sentiste segura, ¿sabías que ese era tu lugar?

Cuando yo pisé y empecé a vivir lo que era la televisión, dije: mira, de aquí yo no me muevo más.

¿Qué dijo tu papá?

Cuando hicimos el piloto, me tenían que hacer el cambio de look, y me dijeron: te queremos rubia. Yo dije: ¡no, mi papá me mata! Pero, por suerte, solo me sacaron las cejas y me cortaron el pelo. Y cuando llegué a la casa y mi papá vio que me habían cortado el pelo, que me habían sacado las cejas y que estaba recontra maquillada, me dijo: ¡te sales de eso en este momento!

¿Al menos te iban a pagar bien?

¡No, qué va! Pero para mí, en esa época, era Dios mío lindo… Yo fui un pilar en mi casa, porque solo trabajábamos mi papá, mi mamá y yo. Yo empecé a comprar la comida desde los 18 años.

¿Te fue fácil adaptarte a ese mundo falso de la televisión, a esa forma de vivir?

Sí y no. Yo pienso que cuando entras a la televisión tienes que tener los pies en la tierra. La formación de tu hogar te ayuda mucho. Cuando yo entré a la televisión era lo más ingenua que puede existir en esta tierra. Yo era super relajosa en el colegio y todo, pero nunca había visto lo que vi en la televisión.

¿Qué viste?
La primera vez que vi un gay en mi vida fue en el canal y los adoro, tengo muchos amigos gays, y siento que son más incondicionales con las mujeres. Pero hay mucha farra, mucha droga, te puedes dañar si no vienes de un hogar bien formado. Tuve la suerte de que nunca nadie me ofreció droga. Yo estuve en varios lugares donde estaba ahí, yo pasaba y veía. Nunca me dio por probar o querer. Fue difícil adaptarme. Pero yo tenía adentro los valores; el ángel malo nunca apareció. Por eso, yo no estoy de acuerdo con la gente que dice: no le pegues al niño, porque después necesita psicólogo. A los niños desde chiquitos hay que enseñarles. A Robertito no es que me encante pegarle, pero le he tenido que pegar.

¿A ti te pegaban?

A mí me pegaban. Nosotros escondíamos el látigo porque nos pegaban con el látigo ese que tiene dos patas. Hasta tenía nombre. Mi mamá decía: ¿dónde está Pedrito? Por ese refrán que dice: Pedro Moreno, saca lo malo y pone lo bueno. Jajaja!! Cuando venían las libretas lo mandábamos al fondo, hasta que mi mamá descubrió nuestro escondite. Nos decía: no está el látigo, bueno, con la correa entonces. Mi mamá nos pegaba con lo que encontraba.

¿Piensas que eso sirvió?

Sí, sirvió bastante. A los niños si se van desviando, el látigo los regresa. Yo soy fiel creyente.

¿O sea que hablar no funciona?

No funciona. Yo le digo a Robertito: mírame a los ojos, no hagas esto mi amor, no está bien. Pero a él le importa un comino. Entonces, le digo: por las buenas o por las malas. Y él ya cogió de chiste: ¡por las malas! ¡por las buenas! Pero él sabe que cuando yo me pongo la correa aquí (sobre los hombros) no es por gusto. Si se sigue portando mal, ¡Plaz! Flácate! Sí funciona.

Después de A todo dar vino Ni en vivo ni en directo en TC, uno de los programas con mayor sintonía en la historia televisiva del país. Un show cómico que inauguró una nueva manera de hacer humor en la televisión y que dejó de lado los recatos a la hora de imitar.

¿Cómo ocurrió Ni en vivo?

Por un lado, Jorge Toledo y David Reinoso estaban haciendo un piloto para TC televisión. Y, por otro lado, Gustavo Segale y Galo Recalde estaban haciendo otro proyecto. Estos dos proyectos llegaron a la oficina de Estefanía Isaías y Jorge Kronfle. Ellos decidieron fusionar estas dos ideas y cuando hicieron el piloto quedó increíble. Entonces, el abogado Kronfle dijo: pero a esto le hace falta la presencia de una mujer. Yo quiero a Flor María Palomeque, que es la niña esa que baila el baile de la mosca.

¿Qué tenías que hacer?

Tenía que entrevistar al marciano. Pero me temblaba tanto la mano que se notaba en pantalla. Y no podía memorizar lo que me decía Jorge. David, Galo y Jorge fueron para mí una gran escuela.

¿No tomaste ningún curso de actuación?

No, para mí el curso de actuación ha sido día a día. Aprendí al andar. Me di cuenta de que empecé a hacer las cosas bien cuando perdí el miedo.

¿De qué tenías miedo?
De que Toledo me fuera a retar porque lo hacía mal. Él tiene la fama de bravo, duro y estricto. Pero más bien me dio confianza. Me decía: explórate, conócete, mírate en el espejo, haz caras.

Después de eso, mi primera actuación fue Rechita, y tuvo su público, tuvo acogida. De repente, Jorge me empezó a dar más y más personajes.

Tú haces comedia sin querer hacerlo, es decir, haces reír sin proponértelo

En el colegio siempre me pasaba eso. Yo actuaba para mis compañeras, siempre me decían: habla como chiquita. Yo era el payasito de ellas, imitaba a los profesores y todo eso. Pero no me di cuenta de lo que hacía hasta que no estuve en este mundo. Y después vinieron otros personajes: la enfermera, la fea –que era la que tenía un lunar de pelo-, de ahí empecé a hacer caracterizaciones.

¿Te daban un concepto del personaje, te guiaban en cómo tenía que ser?

No, no, no. Yo creo que todos íbamos aprendiendo. Jorge me decía: ponte una peluca, a ver prueba un diente, sácate el diente, no, no. Prueba un lunar, sácate el lunar, no. Píntate la ceja, !ya! Y cuando a él le gustaba ya así salía.

¿Y el texto quién lo hacía?

En ese momento. Nosotros trabajámos sin libreto, por eso era que yo me moría de nervios. Y hasta el día de hoy nosotros trabajamos así.

¿Nunca has hecho teatro?

Obras de teatro no, pero yo pienso que lo lindo del teatro es tener el contacto con el público, y he hecho muchas presentaciones en vivo. Hemos recorrido todo el Ecuador, y nos hemos ido a Nueva York, y ahí nos presentamos en un teatro pero con nuestros sketchs.

¿Quiénes son tus referentes, algún actor cómico, o actriz?

Sí, yo tengo muchos actores a los que admiro. Me encanta Jim Carrey, me encantan las caras que hace, me parece que es súper creativo. Me encanta Ben Stiller, las películas de él son para mí lo máximo.

¿Alguna actriz de la que hayas aprendido algo?

No, no quiero sonar estúpida, pero no. No, porque yo veo a la gente.

¿A la gente?

Sí, eso me pasa mucho. Yo empiezo a conversar con alguien y estoy todo el tiempo viendo cómo se comporta.

Supongo que también ayudó el hecho de que te criaras en un barrio. Si hubieras crecido en esta urbanización cerrada tal vez no hacías nada

¡Claro! Una de las cosas que es importante saber es quién te escribe las cosas. Si tú tienes un guionista que ha vivido en Samborondón no puede escribirte algo de barrio. En la novela del Cholito pasó eso. En el libreto decía: mientras Xiomara trapea la casa…

Yo les dije: miren el lugar, aquí no se trapea, ¡aquí se b-a-l-d-e-a! Tú sabes: con detergente, barres primero, le echas el agua y luego pasas el trapo. En ese tipo de cosas, yo choco bastante. A Xiomara (compañera de reparto en novela del Cholito) le ponían frases como: ¿por qué me miras así? Siento incredulidad en tu mirada. ¡¿Quién habla así?!

¿Entonces nunca sigues un libreto?

No! porque nadie mejor que actor para sentir las palabras. Bueno, en algún momento me tocará hacer alguna obra de teatro o programa donde tenga que decir lo que escriben los libretistas. Tocará. Pero mientras no llegue el momento ¡no! Porque nosotros estamos haciendo programas en base a mi personaje y el personaje de David (Reinoso). Estamos en todo el derecho de cambiar las palabras. La Mofle jamás diría: dame mi cena.

La Mofle es el personaje más querido de Flor María. Es la caricatura de una esposa después de cinco años de matrimonio. Lo ha interpretado durante ocho años. La Mofle y el Panzón nació como un sketch cómico del programa Vivos! pero decidieron convertirlo en una serie a la que llamaron La Pareja Feliz, que va por la segunda temporada. Cuando Flor piensa en La Mofle inmediatamente le cambia la cara. Es como ver la transformación de la princesa Fiona.

¿Has tenido problemas por caricaturizar a alguien?

No, nunca. Yo pienso que la gente sabe que esto es comedia. Pierina Correa una vez me dijo: ¡oye, yo no soy así! Yo le dije: pero de eso se trata.

¿Quisieras hacer cine?

Sí, sí, pero no me llaman.

¿Qué harás este año?

Vamos a hacer circo y estamos en la preproducción de la tercera parte de La Pareja Feliz. En abril empezamos a grabar. Además, vamos a hacer otra serie, y ahora en febrero entro a grabar Nananina, la serie de Tres Patines. El año pasado yo trabajé de lunes a domingo; grabábamos de lunes a viernes la novela, y el fin de semana grabábamos Pareja Feliz, todo eso estando embarazada. Por mí nunca pararon una grabación. El horario no es que entras a las 8 y sales a las 4, era de 8 a 9 todos los días. Yo no soy hipócrita: el dinero a mí me gusta, pero bien ganado. Yo tengo todo lo que tengo porque me he sudado la gota gorda.

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El guardián de Jaboncillo


Publicado en Mundo Diners, marzo 2011

En este cerro manabita y otros aledaños existió una ciudad prehispánica tan grande que los arqueólogos dicen que Macchu Picchu palidecería a su lado. Miguel Ángel Rodríguez Tejena ha dedicado su vida a proteger este patrimonio.

Por Marcela Noriega

En la mente de los niños del campo habitan duendes y hadas. Pero en la cabeza de Miguel Ángel Rodríguez Tejena había más que eso. A los 8 años la idea de una ciudad perdida, sepultada en el cerro Jaboncillo, empezó a crecer como una ola enorme que arrasó con todo. La imaginaba como una ciudad de poderosos caciques, shamanes que tenían línea directa con los dioses, monumentos, pirámides, casas en piedra, jardines, cascadas que brotaban de la roca, hermosas mujeres con pechos descubiertos, fuertes guerreros, sabios ancianos y niños, muchos niños soñadores. Miguel no estaba tan equivocado.

Picoazá es una parroquia urbana de unos 18 mil habitantes, que queda a once kilómetros de Portoviejo. Está rodeada por cerros que guardan secretos y tesoros arqueológicos. Aquí viven los Rodríguez. Es gente pobre. José, el padre, es agricultor; Luz María, la madre, es lavandera. Tienen once hijos: Teodoro, Víctor, Narcisa, Eladio, María, Juan, Miguel, Dolores, Alberto, Giovanni y Luis. Los niños no van a la escuela, porque no hay dinero. Miguel hace el primer grado, lo repite y jamás lo vuelve a intentar. Su destino es otro, intuye. Y lo descubre un día en la montaña, mientras siembra maíz junto a su papá.

José lleva a su hijo número siete al cerro porque con sus manos pequeñitas logra esparcir mucho mejor las semillas. Ese día llueve. Miguel se sienta frente a un pilo de piedras de todo tamaño que había reunido días atrás. Era como medio saco de piedras multiformes. El agua las lava lentamente y el niño, perplejo, descubre un tallado en ellas.

¿Qué es eso?, pregunta. El papá le cuenta que no son simples piedras, sino restos de cerámica de los hombres que vivieron en el cerro hace miles de años. Miguel se queda pasmado. Días más tarde, va donde su abuelo para averiguar más. Los viejos siempre tienen algo qué contar. Y Ramón Tejena no es la excepción. Le informa que en Jaboncillo hay una ciudad enterrada que fue construida por los indios, que él y otros ancianos habían visto sillas ceremoniales hechas en piedra, muchas vasijas, muñecos, estructuras de casas y varios pozos de agua que aún funcionan. Es ahí cuando la combustión en la cabeza del niño empieza.

***

El niño tiene ahora 36 años. Es un hombre recio como un ceibo manabita, de dientes muy blancos y heredero de una tradición de la que está orgulloso. Su historia está ligada a sus ancestros: los manteños, cuya civilización se asentó en Manabí entre los años 880 a 990 después de Cristo y continuó hasta la llegada de los españoles en 1530.

Miguel usa pantaloneta naranja, camiseta negra, gorra y mochila. En ella mete una revista que le regalo. Ni siquiera la ojea, parecen no interesarle las cosas del mundo exterior. Sin embargo, ha visto mucha televisión. Es un aficionado a la lucha, y tiene un tatuaje de búfalo que simboliza a The Rock. Si no fuera por su mirada apacible y su porte pequeño, podría pasar por un hombre rudo.

Continúa con el relato. Después del hallazgo, empieza a pedir que lo lleven al cerro con la insistencia con la que otros niños piden dinero. Aprovecha cuando su papá sube a recoger pitahayas, se aprende los caminos, las rutas de subida y de bajada. Pero aún no se atreve a ir solo. Recolecta las mejores piezas y las lleva a su casa. Siempre baja con las manos llenas de cerámicas. Su mamá se enoja, le dice que para qué trae esa basura. Su papá deja de llevarlo.

Sus hermanos le dicen loco y enfermo. Pero uno de ellos, Juan, accede a acompañarlo a Jaboncillo con una condición: que todos los domingos Miguel le dé la presa del almuerzo –los domingos era el único día en que había “presa”-. Así logra subir durante mucho tiempo, y recorre la zona baja.

Un día el abuelo le cuenta que hay una maquinaria trabajando en la parte alta del cerro, y que ha levantado huesos humanos y dañado muchas estructuras. ¡Llévame, llévame!, pide con insistencia. Miguel tenía unos 11 años.

Van en burro hasta cierto lugar, y caminan tres horas. Llegan y ven cómo han tractorado una terraza completa.

–Había trozos de ollas, vasijas, muñecos quebrados, cosas así bastante que daba gusto de ver. No sé de qué compañía serían, pero era una cantera. Se me rodaron las lágrimas de ver que a mis abuelos les habían hecho eso, los huesos estaban por un lado y por otro-.

Su abuelo le pregunta que por qué llora, le dice que son solo muertos, que los muertos ya no sirven para nada y que, por último, esas empresas peores cosas han hecho. Pero Miguel siente que esos huesos son parte de su vida. No recoge nada, pero se aprende el camino –deja los árboles marcados-.

Pasan cuatro días. Miguel convence a un amigo de que lo acompañe al cerro. Penetran el bosque de jaile, sebastián, palo santo, barbasco. Pocos árboles de jaboncillo quedan en el lugar que lleva su nombre. Casi todos fueron hechos carbón.

Llegan. Otra vez las maquinarias y los huesos desperdigados. La razón es que los antiguos indios no tenían cementerios, sino que enterraban a los muertos en sus casas para que las cuidaran de los malos espíritus, me explica Miguel.

El chico se encuentra un cráneo que tiene entera toda la parte frontal. Pide permiso a las ánimas, y se lleva eso y unos “huesitos” de la canilla de alguien.

Su mamá lo recibe con una paliza. Le dice que para qué ha llevado esos huesos de indio. Son de mis abuelos, responde Miguel. Su papá también lo golpea por decir semejante barbaridad. ¿Cuáles abuelos?, ¡tus abuelos están acá! ¡Cada día estás más loco! ¡Lo que tú estás es endemoniado!

Un amigo de Miguel le guarda los huesos en el patio de su casa. Pasan los años. A los 15, Miguel se enfrenta a su mamá. ¡Yo quiero tener los huesos conmigo, y nadie me lo va a impedir! Los trae, los vela, les reza como si los huesos fueran algo sagrado, como si fueran un santo. A través de ese cráneo, él cree entender algunas cosas.

–Desde que lo encontré empecé a sentir una presencia conmigo, veía a un anciano. Se me presentó su espíritu en mi casa. Era un viejito semidesnudo que me hablaba del cerro. Desde ese momento, ese espíritu me cuida. Yo empecé a defender este lugar por él.

***

Mientras Miguel me cuenta esta historia, un viento recorre el cerro. Estamos a 640 metros sobre el nivel del mar. Hemos subido por un sendero accidentado hasta un mirador desde donde se ve la bruma que recubre Portoviejo. Abajo quedó el Centro de Interpretación, un sitio conmemorativo inaugurado a fines de octubre de 2010 por el Gobierno. En él hay réplicas de sillas y otros objetos prehispánicos. También, la imagen de un cacique, una shamana y un guerrero manteños.

Después de soportar que sus familiares, amigos y hasta la gente del pueblo lo llamara loco, enfermo, endemoniado, come muerto y hasta huaquero, Miguel se tuvo que enfrentar a los peso pesado: los dueños de las tierras y las trece empresas mineras que extraen piedra del lugar.

–Yo les decía a los dueños que aquí había un patrimonio, que había algo que salvar. Ellos solo sabían responder: ¡En mi tierra no quiero que te metas! Comencé a aparecer en los medios. Se volvió todo un caos. Yo fui mal visto, tuve amenazas de muerte de gente de las canteras.

Después de años de luchar solo, Miguel se encontró “con otro loco como él” que le hizo caso: Alberto Miranda, un señor de Portoviejo que tiene una organización llamada Fortaleza de la Identidad Manabita, que se encarga de recuperar costumbres y tradiciones olvidadas. Alberto se interesó por conocer el cerro, se hizo buen amigo de Miguel y hasta su compadre. Él fue quien lo contactó con las autoridades de Patrimonio Cultural y con los arqueólogos.

El año pasado, después de cinco años de tocar puertas, Miguel y Alberto consiguieron lo que creían imposible: que el presidente de la República visitara Jaboncillo, lo declarara Patrimonio Cultural y decretara 4 millones de dólares para estudios arqueológicos en la zona.

Cuando Correa fue a Jaboncillo, Miguel dijo una oración para “sus abuelos” y lo bautizó con agua del pozo.

–Yo estaba contento, pero no sé si a él le haya gustado el agua-.

El guardián del cerro se define ahora como “un trabajador más”. Hace de guía y ayudante de arqueólogo. Miguel tiene en su casa alrededor de 600 piezas prehispánicas. Las ha preservado con la idea de ponerlas en un museo.

***

Desde Picoazá al cerro Jaboncillo hay cuatro kilómetros. Los recorremos en una camioneta vieja que se bambolea con cada piedra que pisa. El camino por el que vamos antes no existía. Fue hecho por Miguel y ocho amigos a punta de pico y pala.

–Nos sangraban las manos, pero lo hicimos para que pudieran entrar los carros de los arqueólogos, para que ellos pudieran ver lo que hay en el cerro.

En junio del 2009 el Gobierno declaró Patrimonio Cultural al conjunto de cerros Jaboncillo, Bravo, La Negrita, de Hojas y Guayabal por albergar una serie de construcciones monumentales como terrazas de cultivo, corrales, muros, silos o graneros, escalinatas, pozos, entre otros, y por poseer una variada riqueza ecológica.

Los expertos llegaron en 2009 con sus carros, cámaras, satélites y sistemas GPS. Uno de esos

arqueólogos es el reputado Jorge Marcos –ganador del Premio Eugenio Espejo 2003 y fundador de la Escuela de Arqueología de la Espol-, quien se ha instalado en Manta desde hace dos años para dirigir el proyecto de rescate del cerro Jaboncillo, que concluirá en 2013 con la construcción de un parque arqueológico-natural.

Marcos y sus colegas, entre ellos César Veintimilla –arqueólogo graduado en la Espol y master en Etnobotánica por la universidad de Columbia- trabajan en un área protegida del cerro de 57 hectáreas a las que llaman El camino del puma. Solo el año pasado encontraron ahí 318 estructuras, entre bases de casas, pozos de almacenaje, terrazas, templos con formas piramidal, mosaicos con formas rectangulares, un mirador enorme, y 88 pisos de vivienda. Ellos eran más avanzados que los españoles en muchos sentidos. Por ejemplo, no tiraban la vacinilla por la ventana ni gritaban ¡agua va!, pues tenían canales para desechos en las casas y en el cerro.

Hay sectores que están separados de las viviendas y que son de uso agrícola, donde corren sistemas de regadío, y de reboso en caso de que llueva demasiado. “Todo esto nos muestra una altísima diversidad de construcción, un gran nivel de planificación. Los tipos planificaron con gran visión”, me cuenta Marcos un fin de semana, en Guayaquil.

Se suma a la conversación otro experto, el arqueólogo Felipe Baque (chileno-mexicano). Ellos están seguros de que los manteños constituyeron un estado prehispánico, que probablemente empezó en el período que llaman de Desarrollo Regional (alrededor de la época de Cristo) y que se desarrolló sobre todo en los cerros. Lo hicieron ahí para aprovechar la garúa de las nubes, ellos sabían cómo ordeñarlas. La ciudad perdida en Jaboncillo era la capital de este estado manteño.

Las últimas sociedades que poblaron el Ecuador antiguo eran avanzadas. Y esta es una prueba. En la parte baja de los cerros vivía también gente de la misma cultura. Los de arriba guardaban en silos el excedente de las cosechas, y así les garantizaban la comida a los de abajo. Debieron decirles algo como: ustedes no se preocupen, nosotros les garantizamos la comida, nosotros somos el Estado. “Eso también lo hicieron los incas, pero lo hicieron 300 años más tarde”, explica Marcos, quien usa la canción de Indiana Jones de ring tone.

“Lo que tenemos en el cerro de Hoja-Jaboncillo son las bases de una espectacular ciudad en los cerros que incluía todo y donde todo funcionaba. Una verdadera urbe. Probablemente a los arquitectos actuales no les interesa saber que antes hubo mejores arquitectos que ellos”, dice. Él está convencido de que esta fue la ciudad prehispánica más grande de América del Sur. “Macchu Picchu es el diez por ciento de esto, la tercera parte como mucho”.

Y semejante hallazgo no es ningún secreto para los arqueólogos. La primera publicación sobre los manteños y los restos de Jaboncillo data de 1907 y la hizo Marshall Saville, quien publicó un libro ilustrado con fotos y grabados. Saville inventarió todo; y un sabido compró 88 sillas prehispánicas de Jaboncillo que están en el Museo del Indio Americano, en Washington.

Pero no solo hay restos en Jaboncillo, sino en todo Cancebí. Así denominaron los cronistas a esta región, que va desde la zona sur de Bahía, pasando por toda la cuenca del río Portoviejo y hasta el sur del Cabo de San Lorenzo, y adentro hasta Santa Ana. Dentro de Cancebí están las 3.500 hectáreas que fueron declaradas patrimonio por el Gobierno. Toda esta es zona de trabajo de empresas canteras. Y la lucha de quienes intentan preservar el patrimonio contra los que buscan amasar más dinero aún no termina. Varias canteras siguen trabajando en estos cerros.

“Nada se ha hecho por Jaboncillo en todos estos años. Ningún gobierno hasta ahora puso dinero para preservarlo, como sí lo hizo el gobierno peruano con Macchu Picchu. Esto es culpa de todos los ecuatorianos”, dice Marcos.

Apenas él llegó a Jaboncillo se puso a trabajar con Miguel y sus hombres. “Ellos nos abrieron el camino, si no fuera por ellos tal vez nunca habríamos podido llegar”.

Pero las cosas están cambiando. El grupo de arqueólogos trabaja con la última tecnología. Tienen una base de datos que arman con un sistema de información geográfica que registra todo con satélites. Y van a trabajar con aviones de la Fuerza Aérea que tienen un sistema de escáner y hacen mapas tridimensionales. Esto con la idea de producir un atlas del cerro para publicarlo. También trabajan en un sitio web, y piensan incluir esta historia en los programas escolares. Todo eso vamos a hacer, adelanta Marcos.

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Miguel se casó a los 16 años y tiene ocho hijos. Tuvo tantos para imitar las costumbres de sus antepasados, también hace chicha y tortillas de maíz. Pero sobre todo, no pierde su sueño de niño: ver la ciudad tal como fue. Habla de ella como si la hubiese habitado. “Este de aquí es un barrio, cincuenta metros para allá está el otro, todos están conectados por caminos, ¿si ves?”.

Yo quiero ver los muros de hasta ocho metros que levantaron los manteños, pero para eso hay que subir y bastante. Estamos a 230 metros desde la base del cerro. Ascendemos por la pendiente empedrada que va hacia una cantera prehispánica. La cuesta es empinadísima y parece no tener final. Las piernas de Miguel se mueven como las de un lince hambriento. Las mías suplican perdón. Tengo que arañar la tierra para no caerme en el barranco. Miguel me da la mano, está decidido a mostrarme la cantera.

Después de media hora llegamos al lugar donde una roca de más de 30 metros de alto se levanta en medio de los árboles, de ahí los indios extraían la piedra para hacer sus objetos. ¿Quieres escalar? No, gracias. Miguel se sube como un gato salvaje por la piedra. Yo tomo agua, y veo cómo un enorme búho blanco se posa en una rama cercana. Me mira y me lo confirma: este bosque es mágico. Miguel no solo ha visto búhos blancos –los indios creían que eran los espíritus de los sabios-, sino también duendes de 30 centímetros, con orejas puntiagudas y los pies al revés. Cualquier cosa podría pasar en este cerro, que que es también un gran cementerio.

Seguimos el camino empedrado. Veo huellas de algún tigrillo, dos ardillas y muchos pájaros. Vamos por los lechos de varias de las trece cascadas que se forman en invierno. Miguel ha bautizado algunas: La niña, La tina, Escalerita, La doble. Subimos y bajamos, pero no llegamos a los muros. Otro día será. Pronto caerá el sol. Antes de despedirme, Miguel me pide que tome un poco de tierra en la mano y que cierre los ojos. Voy soltando la tierra de a poco, mientras él dice una oración a sus abuelos. Un repentino viento nos envuelve mientras duran sus palabras y la tierra. Cuando abro los ojos, el viento se ha ido.