Teherán, entre el caos y lo prohibido


Amanece al norte de Teherán, en la avenida Navab, que cruza los barrios más acomodados de la capital iraní. En esta ciudad el caos vehicular madruga y llegar al sur, al bazar de Molevi, uno de los mercados con mayor movimiento comercial y donde, dicen, se pueden comprar “las cosas prohibidas”, puede tomar dos horas y media.
En la víspera del día sagrado musulmán, que es el viernes (equivalente al domingo en el cristianismo), los jóvenes suelen visitar el sur para abastecerse del alcohol que consumirán en sus fiestas privadas.
Jeremías (nombre oculto) muestra, en su laptop, las fotos de su última fiesta en casa: chicas sin jihab que visten coloridos y apretados vestidos, lucen mucho maquillaje y sostienen vasos de whisky. Gente riendo, fumando tabacos extranjeros y divirtiéndose como en cualquier país de Occidente.
Para llegar al sur hay que sortear el cotidiano trancón. La fila de Peugeots –el favorito de la clase media y que se consigue por 15 mil dólares-  es interminable. Los comerciantes de chucherías  se cuelan entre los carros intentando vender por diez mil dumanes (1 dólar) cualquier baratija de plástico traída de China.

Pero ni el tráfico ni la lentitud provocan un insulto o un grito. Ni siquiera un pitazo. Hay silencio en las calles de esta macrourbe de más de 15 millones de habitantes, donde la basiyi (la policía religiosa) está siempre alerta para castigar cualquier infracción moral: un beso entre un hombre y una mujer, un atuendo que denote algún rasgo homosexual o un velo mal puesto. Por ganar tiempo y evitar el acoso policial, la mayoría elige el metro (subterráneo) que tarda 20 minutos en cruzar la ciudad, y reserva dos vagones por tren para las mujeres. También hay un sistema de buses parecido al Trole, pero si se es mujer la regla es ocupar los asientos de atrás. A pesar de ello, esto es más seguro que conducir aquí donde irrespetar las señales de tránsito es la norma.
Las mujeres, al menos, en este otoño han tenido una razón no religiosa para cubrirse: el frío que bajó hasta los 2 grados.
Pero si hiciera calor lo mismo tendrían que usar el jihab. Los rostros colocados en gigantografías, vallas o en simples letreros a lo largo de esta y casi todas las grandes vías  de la dupla sagrada: los ayatolas Jomeini y Kamenei, recuerdan que en este país manda la sharía (en árabe significa “vía” o “senda”), la rigurosa normativa social islámica.
En Irán, que antes de la revolución islámica era considerado el país más occidental del Oriente Medio, todo cambió después de que se impuso el régimen coránico, manejado por los ayatolás. Mucho influyó también la figura de Mahmud Ahmadineyad, actual presidente y quien fue alcalde de Teherán entre 2003 y 2005.

Los teheraníes cuentan que hasta inicios de este siglo, antes de la alcaldía de Ahmadineyad, era común pasar por fuera de un cine y ver un cartel de un estreno hollywoodense, porque la dictadura del Sha tenía amistad con Estados Unidos. Pero hoy eso y el ingreso de música de Occidente están prohibidos. Los jóvenes la consiguen por medio de amigos que viajan o en el mercado negro del sur.

Y es que con el régimen islámico la basiyi salió a la calle para castigar públicamente (muchas veces en los parques y a punta de latigazos) a los infractores de la sharía, que es un código detallado de conducta musulmán. El embotellamiento permite detenerse en los detalles de cómo la gente evade las reglas. Por ejemplo, en Irán están prohibidas las antenas parabólicas, pero se ven en muchas casas. Dicen que cada tanto la policía hace redadas para impedir que las familias tengan acceso al cable, pero vuelven a colocarlas.
Al fin aparece el bazar de Molevi, donde el olor de los inmigrantes que llegan de las ciudades más pobres del oeste iraní, como Kordestan o Lorestan, y de aquellos que vienen huyendo de la pobreza de  Pakistán y Afganistán, se confunde con el de las especies y de los dátiles acaramelados.
Este mercado es el similar de la Bahía, de Guayaquil; o el Once, de Buenos Aires, solo que aquí las mujeres, en lugar de escotes y tacones, lucen mantos de negro perpetuo, el color del islam chiíta.
Una anciana de Bahrein pregunta cuánto cuestan los abrigos y la ropa usada que se amontona en uno de los cientos de locales y que es traída de China e India. Más allá, unos chicos buscan discos y películas piratas. Este también es el enclave del mercado negro en el que se consigue no solo alcohol, sino también películas porno caseras y otras traídas de Occidente. Pero, debe saberse, alertan los iraníes, que distribuir o comprar pornografía, lo mismo que el adulterio, se castiga con la pena capital.
Eso no detiene la venta. “Aquí todo se consigue, inclusive hachís”, asegura un vendedor de narguile (pipa) en un inglés difícil. El hachís (derivado del canabis) se fuma mucho en este Teherán secreto, dicen los jóvenes. “Y el mashrub (alcohol) se vende mucho más en las noches de los jueves, víspera del día sagrado, y es cuando más detenciones hace la policía”, comenta el vendedor, y corrobora que para hallar lo prohibido en Teherán hay que venir al sur.

(Texto publicado en El Telégrafo, en 2008)

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