La historia de Pascual


(Pascual Holguín pide caridad y vende lotería en Víctor Emilio Estrada y Las Monjas, Urdesa)

Yo estaba trepado en una escalera, arrimado a un poste de luz. Tenía una varilla de fierro en la mano porque me pidieron que hiciera una losa. El fierro topó el cable de alta tensión de la calle y me electrocuté. La corriente me cogió en los brazos y me salió por los pies. Me pasó por los dedos, las orejas, las rodillas, el sobaco, por todos lados. Mi jefe, desde abajo, me gritaba: ¡afloja la varilla, afloja la varilla! Pero no podía, estaba pegado.

Había escuchado que cuando a alguien le coge la corriente se muere, y yo no quería morirme. Mi mujer estaba embarazada de dos meses. En todo eso pensaba mientras me quemaba. Tenía veinte años.

Un transformador estaba cerca, los cables echaban candela y eso lo hizo explotar. Se fue la luz. Cuando me bajaron no aguantaba la quemazón, pero jamás perdí la conciencia. Me llevaron al hospital Guayaquil; y yo gritaba ¡atiéndanme que me muero! Esos manes me echaban suero, y eso me aliviaba. Yo estaba quemadito, parecía un pollo.

De ahí me llevaron en ambulancia al Luis Vernaza. Nadie me quería atender porque decían que yo ya me iba a morir. Me metieron sondas por la nariz, por la boca, por el pene. Por todos lados botaba sangre, estaba quemado por dentro. Me dejaron tirado en la sala de emergencia esperando que me muriera. Recién al cuarto día, cuando vieron que no me moría, me metieron al quirófano. Allí detectaron la gangrena. Me dijeron: llama a tu familia, porque te vamos a amputar las manos. Ahí me puse a llorar. Yo soy de Guale, cantón Paján, en Manabí. Llegó mi familia y les dije: ¡no firmen, no firmen, déjenme morir, yo no quiero estar sin manos!

Pero la familia prefirió que viviera. Yo sentí cuando me pusieron la anestesia. Yo estaba heladito. Me metieron como a las dos de la mañana. Me desperté a las diez. Levanté mi mano y solo tenía un pedazo, levanté la otra y lo mismo. Chuta. Otra vez me puse a llorar.

El pedazo del brazo izquierdo me latía durísimo. Yo pedía inyecciones a cada rato para el dolor. El lado derecho me lo cortaron tal como está ahora, un solo tajo. Pero el izquierdo me lo trazaron por aquí, por acá, por acá. Me lo cortaron tres veces, porque no limpiaban bien y se gangrenaba.

Me tenían listo para cortarme el pie. Pero mis papás dijeron que no, que trataran de salvarlo, porque si me cortaban el pie iba a quedar inútil. Me pusieron una malla y me hicieron más de cien injertos. Saca piel y ponle piel, saca y pon. Ahí están las cicatrices en los pies. Me los reconstruyeron. Cuando me mandaban a la tina yo era parches por todos lados. Parecía un trapo, y en la tina me echaban cloro para desinfectarme. Eso sí que ardía.

Yo me quería morir. Mi mujer me decía: no, todo va a estar bien. Ella me cuidó, pero me abandonó como a los dos años, porque yo no hacía nada, no podía ni caminar. Mis dedos quedaron tiesos, no los puedo mover. Cuando tengo que firmar un papel tengo que pararme encima del papel para hacerlo.

Ahí fue que empecé a subirme a los buses para pedir caridad. Es que ya tenía a mi hijo, Maicol, que ahora tiene 6 años. Todo el día pasaba en la calle llorando, y la gente me ayudaba. Hice como 400 dólares. Me compré un terreno en la Sergio Toral, y me fui a buscar a mi mujer. Le pedí que volviera conmigo. Me dijo que sí, pero quería una casa. Busqué a alguien que hace casas; compré cañas, palos y en una semana estuvo la casa. Compré una cama y me la traje. Tuvimos otra hija, Adrianita, que tiene 4 años.

Me puse a pedir en los semáforos. Pedí en La Puntilla, Atarazana, en el centro, en el Policentro. Reuní plata. Hice mi casa más grande. Antes era de cuatro por cuatro y la hice de ocho, de caña. Y desde hace 3 años estoy en Urdesa. Aquí llego a las 7 de la mañana y me quedo hasta las 2. No solo pido, también vendo lotería. En un buen día hago unos 20 dólares. Mi sueño ahora es ahorrar para ponerme un bazar, un kioskito de caramelos.

Le doy gracias a Dios porque a pesar del accidente, mi mujer se quedó conmigo. Se llama Ana María Zambrano. Nos hicimos novios cuando ella tenía 13 años y yo 20. Ella es la madre de mis hijos y el amor de mi vida. Nos casamos el jueves pasado en el registro civil y el sábado nos vamos a casar por la iglesia evangélica, porque ella es hermanita. Ella me lava los dientes, me da de comer, y nos bañamos juntos todos los días.

(Testimonio publicado en SOHO, 2010)

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